Acuerdo con El Magnate Turco Posesivo (Multimillonarios Turcos nº 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Puedo ver su vacilación cuando se levanta de la silla, y siento alivio al comprobar que no es habitual en ella ofrecerse a los hombres. Tal vez la perspectiva de perder la vida lujosa de la que siempre ha disfrutado la esté empujando a actuar de esa manera.

April se detiene cerca de mi silla, que giré para que quedáramos frente a frente. Abro las piernas y la atraigo hacia el espacio entre ellas.

La jalo hacia mi regazo, sentada de lado, porque la falda color crema, a la altura de las rodillas y muy ajustada, le impide montarse sobre mí.

Su rostro está cerca del mío y sería fácil apoderarme de esa boca que he deseado durante tanto tiempo, pero como un masoquista, postergo ese placer, sabiendo que cuando suceda, será exquisito.

—Estás temblando, April. ¿Estás arrepentida?

—No. Yo solo…

—¿Qué?

Ella desvía la mirada.

—Si espera a una mujer con experiencia, que lo vuelva loco en la cama, se llevará una decepción.

—Si quisiera una mujer con experiencia, todo lo que tendría que hacer sería una llamada. No me sirve cualquiera. Es solo a ti a quien deseo en este momento.

Intuí que no tenía mucha experiencia sexual porque su padre la mantenía bajo control. Nunca hubo una ocasión en la que la encontrara y en la que Jim, el hermano, o ambos, no estuvieran a su alrededor.

—Pero ahora me dio curiosidad. ¿Cómo pensabas negociarte si no tienes experiencia?

—Si digo la verdad, va a echarse atrás con nuestro acuerdo.

—Ni lo sueñes. La transferencia ya se hizo. Eres mía.

—No soy una mercancía.

Sujeto su rostro porque sus ojos rehúyen los míos.

—No dije que lo fueras.

—Entonces, ¿qué soy?

—Mi deseo secreto.

—¿Por qué secreto? Somos libres.

—No me cae bien tu familia.

—Y tampoco yo te caigo bien.

—No puedo negarlo.

—Pero me desea.

Puedo ver por su expresión que no tiene la menor idea de cuánto. ¿Será realmente tan inocente? Eso no encaja con la imagen que tenía de ella, y antes de que mi conciencia intervenga, decido silenciar cualquier duda.

—Hablas demasiado, meleğim[19]. No somos amigos. Nunca lo seremos, así que, ¿qué importan nuestros motivos? Yo te deseo y, si no estás arrepentida del acuerdo, quiero lo que me corresponde.

Le levanto los brazos y los paso por encima de mis hombros, y April está temblando. La manera en que reacciona a mí solo incrementa la excitación de este acuerdo inmoral y prohibido, haciendo que la necesidad de tomarla sobre la mesa ahora mismo sea casi incontrolable.

—Tu piel es como la seda, April. Hecha para ser acariciada.

Ella se estremece, con los ojos entreabiertos, completamente rendida.

—Bésame. He estado esperando esto desde el día en que bailamos, Kahraman.

La confesión honesta desata el hambre voraz que he estado conteniendo a la fuerza.

La sujeto por la nuca y tomo su boca casi con furia.

Es una caricia intensa e íntima, como si no fuera nuestro primer beso. Es un acto de pasión en el que las bocas se devoran, las lenguas luchan y bailan a su propio ritmo. En el que el calor de los cuerpos se mezcla, volviendo imposible distinguir quién seduce y quién es seducido.

April apoya una mano en mi pecho, deslizando los dedos sobre la camisa, al mismo tiempo que se entrega a mi boca y a mis dientes, imitando todo lo que hago con ella, ansiosa y hambrienta.

No es solo un beso. Nos estamos consumiendo el uno al otro, ahora que finalmente nos rendimos a esta hambre mutua.

Deslizo una mano por su cintura, apretando la carne sensible, y ella gime dentro de mi boca.

Acaricio sus costillas hasta alcanzar el pezón, pero ella casi salta de mi regazo e intenta apartarse.

—¿Te lastimé?

—No… es que… nunca me habían tocado así.

Sonrío, pensando que se refiere a la intensidad de la atracción.

—¿Quieres decir que nunca sentiste algo así?

—No. Nunca dejé que un hombre me tocara de esa forma. Solo he besado hasta ahora. A dos chicos.

—¿Qué?

—Te dije que no esperaras a alguien con experiencia —dice, visiblemente avergonzada.

—¿Qué es exactamente lo que me estás diciendo, April?

—Dios mío, ¿tenemos que tener esta conversación?

Intenta escapar de nuevo, pero en lugar de permitirlo, la levanto y la siento sobre mi escritorio.

Ella trata de bajarse la falda, que se ha subido, dejando al descubierto gran parte de sus muslos desnudos.

—Habla —le pido, tratando de concentrarme.

—Soy virgen.

Pasan unos segundos y no puedo decir nada.

—¿Quieres deshacer el acuerdo? —pregunta.

—¿Estás obsesionada con eso?

—No. Es que pensé…

No dejo que continúe, porque algo se me ocurre y me golpea el estómago como una bola de hierro.

Me levanto y doy un paso atrás.

—¿Estabas subastando tu virginidad? ¿Ofreciéndola al mejor postor, quizá?

—¿Qué? No. ¿Cómo puedes pensar algo así?

Estoy fuera de mí, furioso, celoso. Si no hubiera tomado en serio su propuesta, ¿qué habría hecho ella? ¿Negociar con Berat?

—¿Y qué quieres que piense?

Ella baja del escritorio, igual de enfadada.

—¿Sabes qué? No me importa lo que pienses. Hicimos un acuerdo en el que ambos tenemos interés, así que no vengas a culparme por vender mi virginidad. Además, acepté esta locura solo porque eras tú. Nunca lo habría hecho con nadie más.

Creo que al principio ni siquiera se da cuenta de lo que acaba de decir, pero yo sí. Entonces avanzo hacia ella como un cazador y no le doy tiempo a protestar antes de enredar el puño en su cabello y tomar su boca otra vez. Si el primer beso fue intenso, este nace de la pura locura.

No hay contención ni pausa. No estoy conociéndola. Estoy devorando su boca.

Y no quiero detenerme.