Capítulo 20
La deseé desde el primer maldito segundo en que la vi, pero también la detesté con la misma intensidad.
Ella es todo lo opuesto a lo que me atrae en una mujer.
Mimada y frívola. Intransigente y rebelde.
Nada sumisa.
Orgullosa, con la nariz siempre en alto.
Y aun así, cada vez que nos encontrábamos, mi sangre hervía.
¿A quién estoy tratando de engañar? April Berger ha sido la única mujer hasta hoy que ha captado mi interés no solo por su apariencia deslumbrante, sino también por su personalidad.
No hice ningún movimiento, aunque la deseaba debajo de mí, entregada, apasionada y gimiendo mi nombre.
No soy un niño.
Conozco su tipo. Además de haber sido criada para ser una niña rica, probablemente sueña con cuentos de hadas.
Yo solo busco satisfacción física en mis relaciones.
Y ahora está aquí, en mi oficina, proponiéndome un acuerdo: será mía durante un mes, siempre que yo saque a su padre, ahogado en deudas y envuelto en escándalos de corrupción, de la cárcel.
No, no es solo eso. También quiere un millón de euros, recuerdo con disgusto.
Y lo más increíble es que estoy dispuesto a negociar.
Va en contra de todo en lo que creo. Odio a los corruptos y ayudar a su padre en cualquier nivel es una idea abominable. Tampoco he necesitado nunca pagar por una mujer, pero sé que no voy a poder resistirme.
—¿Negociar mi precio? —repite.
—Sí. Según lo que me dijo, sus términos son: un millón de euros en efectivo; intentar sacar a su padre de la cárcel, y espero que preste mucha atención a esta parte, porque aunque yo ponga a su disposición a los mejores abogados, es probable que sea condenado; y, por último, pagar las deudas de su empresa.
Abre y cierra la boca como si fuera a decir algo, pero no lo consigue.
Entiendo su sorpresa. Yo también estoy sorprendido conmigo mismo.
La observo con más atención de la que jamás me he permitido.
April es perfecta.
Desde su cabello negro hasta su mentón bien definido, desde su boca carnosa hasta sus manos delicadas, es sin duda la mujer más hermosa que he conocido en mis treinta y tres años.
Su piel muy blanca, casi translúcida, hace que sus ojos oscuros resalten. Las mejillas sonrosadas, como ahora, le dan un aire de dama recatada que contrasta tanto con su personalidad impertinente como con la propuesta que acaba de hacerme.
—¿Sorprendida?
—Yo… eh… nunca pensé que…
—¿Nunca pensó qué? ¿Que aceptaría? Está negociando su cuerpo, señorita Berger, y yo estoy interesado en la mercancía.
Veo cómo se aferra a los brazos de la silla. Por la forma en que los nudillos se le ponen blancos, sé que está a punto de levantarse, pero ya he tomado mi decisión y, cuando quiero algo, soy un negociador implacable.
—Puedo transferir un millón de euros en media hora a su cuenta.
Como esperaba, después de unos segundos en los que su mirada refleja puro impacto, vuelve a recostarse en la silla.
Sabía que era frívola y que, como el fruto no cae lejos del árbol, por ser hija de Jim probablemente también era inescrupulosa, pero nunca imaginé que se ofrecería como un objeto en exhibición y, desde luego, jamás pensé que yo sería quien haría la oferta.
—Usted ya puso sus condiciones. Ahora vamos con las mías.
—Creo que las suyas están bastante claras.
—No actúe como si estuviera ofendida, April. La oferta fue suya. A menos que haya cambiado de opinión.
—No —responde rápido—. Pero tiene que garantizarme que un millón de euros será depositado en mi cuenta hoy mismo.
—Tiene mi palabra. Y si no quiere esperar hasta mañana para mudarse, con una llamada puedo encargarme de todo.
—¿Y qué es lo que… tendré que hacer?
Parece mortificada al preguntar eso y, si fuera un hombre mejor, daría un paso atrás.
No lo haré. April, sin saberlo, acaba de ofrecerme un acuerdo perfecto.
Durante más de un año, esta mujer ha estado bajo mi piel, ocupando mis pensamientos cada vez que nos veíamos.
Ahora tengo la oportunidad de cerrar ese capítulo de una vez por todas. Durante treinta días será mía para hacer lo que quiera entre cuatro paredes.
Cuando el plazo termine, no volveré a pensar en ella.
—En una habitación no me gustan los planes, pero es mejor que sepa, April, que lo voy a querer todo. Cada parte de usted sometida a mí.
Solo la idea de tenerla desnuda, a mi disposición todos los días, hace que mi enorme verga dura presione contra el cierre del pantalón.
—No hace falta ser tan… explícito. Un caballero no diría algo así.
—No soy un caballero. Soy un bárbaro. Si aún no lo sabe, es más ingenua de lo que pensé. Ahora, venga aquí.
En lugar de obedecerme, se aferra con más fuerza a los brazos de la silla.
—¿El acuerdo ya está en vigor?
—No. Contaremos a partir de mañana, pero quiero una prueba de lo que tiene para ofrecer.
—No va a ponerme un dedo encima hasta que me transfiera el dinero.
Ese sería el momento en el que debería echarla.
La mujer que está aquí conmigo no se parece en nada a la que tanto me fascina. Parece una mercenaria, alguien a quien solo le importa el beneficio material.
—¿Tiene una cuenta bancaria?
—Una cuenta corriente, no. Tenía tarjetas de crédito, pero fueron canceladas. ¿Por qué?
—¿Cómo espera que le transfiera el dinero?
—Oh, yo tengo… eh… una cuenta de ahorros. Puede transferirlo allí.
—Envíeme los datos por mensaje.
La observo mientras toma el teléfono y escribe con dedos temblorosos.
Debe estar ansiosa por poner las manos sobre una suma tan alta.
Reviso los datos que acaba de enviarme y, sin apartar mi mirada de la suya, tomo el teléfono fijo de mi escritorio. Pongo la llamada en altavoz mientras le doy las instrucciones a mi gerente bancario.
Unos cinco minutos después, llega la confirmación.
Cuelgo y llamo a mi secretaria.
—No quiero ser interrumpido, señorita Erdogan. No importa quién sea. No estoy disponible para nadie. —Extiendo la mano hacia ella—. Ya recibió parte de su pago, April. Ahora venga aquí.