Capítulo 18
Sabía que la familia de Kahraman era rica, pero recién cuando entro al edificio donde se encuentra la sede de la Aydin Steel Group me doy cuenta de cuánto.
No hay nada, desde el piso hasta el techo, que no grite la palabra “poder”.
Estudié mucho sobre el país cuando supe que nos mudaríamos aquí de forma definitiva. Hasta entonces, solo había venido en visitas esporádicas con mi padre y, aun así, muy pocas veces, porque no siempre quería llevarnos en el “equipaje”.
Si lo que Kahraman me dijo sobre la relación de mi padre con el narcotráfico mexicano es cierto, tal vez tengamos que quedarnos aquí por mucho tiempo, quizá para siempre.
Me gusta Estambul. Ya la considero un hogar, aunque no pueda decir que realmente conozco la ciudad. Nunca he caminado por sus calles, por ejemplo, salvo en raras ocasiones en las que fui a tiendas o pisé la acera al bajar de un vehículo para asistir a eventos.
En teoría, sin embargo, soy una experta.
Sé que la ciudad es la más grande de Turquía y también la cuarta más poblada del mundo. La mayor parte de la población es musulmana, aunque, si los rumores que escuché son ciertos, los Yavuz Aydin, con excepción de su madre, son todos ateos o, al menos, no siguen la religión predominante del país.
Estambul fue la capital del Imperio Romano de Oriente y, aunque la capital de Turquía sea Ankara, la ciudad sigue siendo el principal centro industrial, comercial, cultural y universitario.
“En cuanto las cosas se calmen”, me prometo a mí misma, “voy a hacer turismo”.
Planes. Eso es lo que necesito para no volverme loca.
Tener un objetivo es lo que me salvará de una depresión porque, si siguiera mi verdadero deseo, me encerraría en una habitación oscura sin ver a nadie. En este momento, ni siquiera a Hayden.
Lo amo con todo mi corazón, pero estoy muy herida. Pasé toda mi vida dedicándome a su crianza, porque, incluso con la poca diferencia de edad entre nosotros, me siento mucho mayor que mis veinte años.
¿Y para qué me sacrifiqué? Dejé de lado mis sueños, de expresar mis deseos y mis voluntades, completamente comprometida con la promesa que le hice a mi madre en su lecho de muerte. Aun así, él actuó a mis espaldas.
—Puede subir, señorita Berger —me dice una recepcionista en turco en cuanto me presento.
—Teşekkür ederim[17] —agradezco.
—De nada. Debe dirigirse al elevador privado, que la llevará directamente al piso del señor Kahraman Aydin —indica, señalando hacia la izquierda.
Apenas bajé del automóvil, le envié un mensaje a Kahraman avisándole que había llegado, y él me dio instrucciones sobre cómo acceder al edificio y a quién debía dirigirme.
Los guardaespaldas se quedaron atrás, así que soy la única persona dentro del elevador, que es completamente de vidrio.
Una sensación de estar siendo observada me hace levantar la vista hacia el techo. Una diminuta cámara, discreta, parpadea en la esquina derecha. Obviamente, un edificio tan lujoso estaría monitoreado, pero mi intuición me dice que no es un guardia común quien me observa.
Es él. Kahraman.
Sin poder evitarlo, siento cómo todo mi cuerpo se estremece.
Nunca voy a entender el tipo de locura que ese hombre despierta en mí. Estoy sumergida en problemas y, aun así, soy capaz de pensar en algo tan superficial como la atracción física.
No, no puedo mentirme. No hay nada superficial en la manera en que mi cuerpo responde al suyo. Es algo incontrolable y que jamás imaginé posible: sentir antipatía por alguien y, aun así, desear sus manos sobre mí.
Las puertas del elevador se abren y llego a una antesala, donde una secretaria vestida casi igual que la recepcionista que me atendió en la planta baja (vestido negro con chaqueta de traje encima y el cabello recogido en un moño firme) se levanta para recibirme.
—İyi günler[18] —saludo.
—Buenas tardes, señorita Berger —responde en inglés.
—¿Lo dije mal?
—No, pero me gusta practicar mi inglés. —Sonríe, amable—. La acompañaré hasta la oficina del señor Aydin.
Asiento y ella camina delante de mí.
Abre la puerta y, después de anunciarme, se hace a un lado para que pase.
Me preparé para verlo. Respiré hondo varias veces y me repetí que Kahraman es un arrogante, un cínico, sin importar lo atractivo que sea, pero aun así mi corazón parece querer salirse de mi pecho.
No estoy mirando al frente, sino al suelo. No es timidez, es que intento ganar tiempo antes de que nuestras miradas se encuentren. Así, lo primero que veo son sus zapatos de cuero, impecables, que reconozco de inmediato como italianos y hechos a mano. Mi padre y mi hermano tienen algunos así.
Está ligeramente recostado contra el escritorio, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.
Dejo que mi mirada suba por sus piernas largas y fuertes, cubiertas por un pantalón de traje gris claro. Sigo ascendiendo y noto que, además del saco, lleva un chaleco abotonado sobre la camisa.
Sé que la secretaria ya se ha retirado, pero aún no me muevo.
—¿Señorita Berger? —me llama, y por su tono puedo percibir que sabe cuánto me afecta verlo.
No puedo seguir paralizada, así que finalmente levanto la vista hacia él.
Esperaba encontrar una expresión de burla, de superioridad, pero no es eso lo que veo.
Es un reflejo del mismo deseo que yo siento.
Kahraman debería representar todo lo que detesto. Hombres como él se creen dueños del mundo. No dudan en pasar por encima de cualquiera para conseguir lo que quieren, pero, por desgracia, en mi caso no hay nada racional en el calor que se apodera de todo mi cuerpo.
—¿April? —repite, y su voz ahora suena más grave.
No logro responder y, ni siquiera cuando lo veo levantarse y caminar hacia mí, digo algo para detenerlo.
Vi en sus ojos cuáles son sus intenciones, y estoy ansiosa por que cumpla la promesa silenciosa que habita en ese gris profundo.