Capítulo 14
Empiezo a guardar mis cosas para poder distraerme. Estoy ansiosa, esperando la llamada de Kahraman para saber si podré visitar a mi padre en la cárcel hoy.
Debo de ser muy estúpida, porque, aunque sé que todo lo que estamos pasando es responsabilidad suya, no dormí en toda la noche, preocupada por cómo estará en la cárcel.
Papá creció rodeado de lujos, viene de una familia rica, así que no logro imaginar lo degradante que debe de ser para él estar encerrado en una celda.
Para un hombre que siempre se consideró intocable, por encima del bien y del mal, debe de ser un golpe enorme para su orgullo haber sido llevado a prisión.
¿Por qué nunca me habló del acuerdo con el padrastro de Kahraman?
“Porque nunca te consideró digna de saber nada sobre sus negocios”, susurra una voz en mi cabeza. “Así fue como llegaste a los veinte años siendo completamente incapaz”.
Aun así, estoy decidida a cambiar ese panorama. Con el insomnio, pasé la noche en YouTube viendo videos sobre delitos de cuello blanco y sus castigos.
Aunque, si lo que Kahraman dijo es verdad, hay mucho más detrás de toda esta historia, al punto de que podríamos estar en peligro de muerte.
No sé cómo el narcotráfico cobra sus deudas, en caso de que papá también les deba a esos criminales, pero sí sé que los delitos de corrupción y evasión fiscal, que fue lo que hizo al ocultar impuestos en Estados Unidos, se castigan con severidad en ese país.
¡Dios!
Miro la ropa esparcida a mis pies.
Separé tres maletas, pero no pondré todo lo que tengo dentro de ellas. No alcanzaría ni de lejos. Necesitaría al menos unas quince, pero hice un pacto conmigo misma: llenaré solo estas y el resto lo donaré. Ya es hora de romper mi burbuja y vivir como una persona normal.
Tomo dos bolsos, uno para la noche y otro para el día, y los guardo junto al resto de mi “mudanza”. Cuando tiro de una caja desde una repisa del clóset, esta cae al suelo y varias fotografías se esparcen.
En la mayoría estamos nosotros dos, Hayden y yo, junto a mamá. Ni siquiera cuando ella estaba viva papá pasaba mucho tiempo en casa y ahora, al mirar sus fotos sin el filtro de los recuerdos infantiles, noto que su sonrisa era triste.
Cálida, pero aun así, triste.
Y entonces encuentro otras fotografías, de su adolescencia. En esas sí sonríe con todo el rostro, los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas.
¿Fue mi padre quien le robó las ganas de vivir?
No logro recordarlo. Aunque siempre fue cariñosa cuando estaba con nosotros, crecimos más en manos de las niñeras.
Cierro los ojos, pensando en la promesa que le hice en su lecho de muerte y también en las consecuencias para Hayden si no logramos pagar la deuda de juego.
Mi teléfono suena y corro a tomarlo de la mesa de noche.
Es Kahraman. Guardé su número desde la tarjeta que me dio, porque necesito al menos cinco segundos para prepararme antes de hablar con él.
—Hola.
—April, soy yo.
Dios, ¿cómo puede sonar tan atractivo incluso siendo tan arrogante?
¡Soy yo!
Él estaba seguro de que lo agendé.
—¿Yo quién? —No puedo evitar provocarlo.
No importa que el mundo se esté derrumbando a mi alrededor, él despierta mi peor lado.
—¿Le gusta jugar, señorita Berger?
—Tal vez solo estoy intentando ayudar en su crecimiento como ser humano. Ya sabe, hacerlo un poco más humilde.
—Me gustaría saber si sería tan valiente si estuviera frente a mí.
—Ya estuve frente a usted y aun así no dejé de decir lo que pensaba, señor Aydin.
—Me gusta cómo me llama: señor Aydin. Me gustaría oírlo en otro contexto.
Estoy segura de que está irritado, pero también me está devolviendo la provocación.
Siento el corazón acelerado y resulta tentador tener un poco de distracción en medio del caos, pero no es inteligente irritar a una de las pocas personas que pueden ayudarnos.
Decido cambiar de tema.
—¿Llamó para hablar de mi padre?
—Sí. He arreglado para que un abogado la acompañe en la visita dentro de un rato.
—¿Es necesario?
—Si quiere privacidad con su padre, está bien —dice, como si tuviera derecho a decidir por mí—, pero no me gusta la idea de que vaya sola a una prisión.
—Yo… gracias. ¿Era solo eso?
No quiero ser grosera, pero hablar con él no es bueno para mi salud.
—Avíseme cuando salga de allí.
—¿Para qué?
—Para que podamos… hum… hablar sobre la mudanza.
—Sobre eso… ¿podría ser hoy mismo? No me gustaría pasar otra noche aquí.
—¿Ocurrió algo?
Es tentador contarle la verdad, pero entonces recuerdo que la preocupación que muestra no es personal, sino algo que lleva en la sangre. Recuerdo perfectamente cómo habló de mi falta de experiencia para cualquier trabajo. El tono burlón.
No hay nada más difícil que tener que estar agradecida con alguien a quien detestas.
—No. Solo que ya no quiero seguir en esta casa —respondo al fin—, ahora que sé que ya no nos pertenece.
—Llámeme cuando salga de la prisión y entonces lo hablamos.
—¿No puede hablar conmigo cualquiera de sus otros hermanos?
—¿Qué tipo de pregunta es esa?
—Por lo que entendí, su padrastro dejó como encargo que sus hijos velaran por nosotros. Está claro que no le gusta tener que hablar conmigo, señor Aydin.
—Lo que me gusta no viene al caso. Ahora sea una buena niña y llámeme cuando salga de la visita con su padre.
—¿Y qué pasa si no soy una buena niña?
—No me provoque, April. No me cae bien ni usted ni su familia, pero la deseo. Si decido ir tras usted, no podrá detenerme y terminará lastimada. Yo no soy su “felices para siempre”. No estoy buscando una novia.
—Es recíproco —digo sin pensar y me corrijo de inmediato—. En cuanto a lo de caer bien, quiero decir.
—Claro que eso quiso decir —ironiza—. No me confunda con los hombres que está acostumbrada a manipular. La quiero, pero no piense que mi deseo cambia algo. Si la llevo a la cama, me iré al día siguiente sin mirar atrás.
—Que tenga un buen día, señor Aydin.
Cuelgo el teléfono sin esperar respuesta.
Debería sentirme ofendida por lo que dijo, pero en lugar de eso, pienso en cómo sería pasar una noche en los brazos de un hombre como Kahraman.
Disfrutar de todos los placeres que podría darme sin sentir culpa y luego seguir con mi vida.