Acosador del carnaval (Serie Carnaval) PHOENIX
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PHOENIX

Aprieto los puños hasta que los nudillos se me ponen blancos mientras el Mustang de Ty ruge y se detiene a quinientos metros del almacén. La rabia me hierve en las venas solo de pensar que Veronica ha tocado a Tilly, a mi Tilly. Respiro hondo varias veces, intentando calmar mis nervios crispados.

—¿Estás listo para esto? —la voz áspera de Ty rompe el tenso silencio. Asiento secamente, con la mandíbula apretada.

Salimos del vehículo, la grava cruje bajo nuestras botas.

Recorro con la mirada el edificio en ruinas, evaluando el objetivo.

Gracias a que hackeé los sistemas de Veronica, sé que no tiene más de dos matones con ella.

Aun así, me niego a subestimarla: esa perra celosa está desquiciada y desesperada.

—Recuerda, esto lo hacemos limpio y en silencio —le murmuro a Ty mientras nos acercamos a la entrada lateral—. Sin víctimas, salvo Veronica, pero quiero que sufra.

Ty gruñe en señal de asentimiento; su enorme figura irradia una violencia apenas contenida. Con movimientos hábiles, anulo la cerradura electrónica y abro la puerta. El chirrido oxidado perfora la quietud y hago una mueca.

Nos movemos como sombras, con los pasos amortiguados sobre el suelo de hormigón. El aire viciado apesta a moho y abandono. Al doblar una esquina, me detengo y aguzo el oído. Un gemido ahogado, inconfundiblemente el de Tilly, me hace retumbar el corazón contra las costillas.

La furia me da alas mientras corro por el pasillo con Ty pisándome los talones. Irrumpo por una puerta y me detengo en seco: la escena que tengo delante enciende en mí una rabia primitiva, aguda.

Tilly está atada a una silla, con el hermoso rostro surcado de lágrimas y el maquillaje corrido. Un hilo de sangre mana de los cortes en el brazo y el pecho: heridas infligidas por esa perra sádica, sin duda.

Veronica está de pie frente a ella, con una hoja afilada que reluce en la mano mientras atormenta a mi dulce Tilly.

Apunto el arma a Veronica con la furia grabada en líneas duras en el rostro.

—Aléjate de ella. Ahora.

Los ojos de Veronica se abren de par en par mientras su mirada oscila entre el cañón apuntado a su corazón y mi rostro crispado de rabia.

—¿Phoenix? ¿Cómo has...?

—Cállate —gruño mientras me acerco con la Glock firme en la mano—. Vas a pagar por lo que has hecho.

Tilly gime desde la silla, suplicándome con la mirada. Verla atada y sangrando enciende un calor abrasador en mis entrañas: el instinto de protegerla, de destruir a cualquiera que se atreva a hacerle daño.

—S-solo estaba dándole una lección a la putita —tartamudea Veronica mientras esa sonrisa cruel intenta torcerle los labios—. Necesita aprender cuál es su lugar y entender que nunca podrá tenerte de verdad.

Un gruñido salvaje me brota del pecho mientras acorto la distancia entre nosotros. El cañón besa la frente de Veronica, que tiene los ojos cerrados con fuerza por el miedo.

—Eres tú quien necesita aprender, perra psicópata.

El dedo me acaricia el gatillo, ansioso por apretar y salpicar estas paredes de carmesí con su sangre. Sería tan fácil acabar con el tormento, los celos, esa obsesión suya que me ha perseguido desde niño.

—Yo no haría eso si fuera tú —la voz azucarada de Veronica rompe el tenso cuadro, destilando un deleite desquiciado—. Tilly y yo estamos íntimamente conectadas ahora mismo. Si muero, ella muere. Tengo un dispositivo de seguridad configurado. Nadie puede desactivarlo excepto yo, ni siquiera tú.

Entrecierro los ojos y recorro la expresión engreída de Veronica. Siento que su mirada se desvía hacia la parte inferior de la silla de Tilly, y el corazón se me desploma como una piedra. Unas correas con luces rojas parpadeantes confirman mi peor temor.

—Está mintiendo —murmura Ty mientras recorre la escena con la mirada—. Es un maldito farol, Phoenix.

Pero no logro quitarme de encima esa duda persistente. Es un riesgo, una apuesta que no estoy seguro de poder asumir. Las habilidades tecnológicas de Veronica son formidables: solo pensar que haya conseguido acceso a mis sistemas me provoca un escalofrío. Y si ha equipado a Tilly con explosivos...

—Phoenix, escúchame —el tono de Veronica se suaviza y sus ojos brillan con placer malicioso—. Si quieres que tu preciosa Tilly viva, bajarás esa arma y me dejarás salir de aquí. De lo contrario, todos morimos y tu obsesión acaba en un desastre sangriento.

Maldigo para mis adentros mientras los dedos se me tensan sobre el arma. Estoy atrapado en una trampa de su invención: si actúo contra ella, arriesgo la vida de Tilly. Miro a Ty, cuyo rostro refleja la misma indecisión atormentada.

—Solo estamos tú y yo, Phoenix —ronronea Veronica—. Es hora de decidir. ¿Su vida o tu venganza?

Venganza. La palabra resuena en mi mente como una melodía discordante. ¿Me atrevo a arriesgar la vida de Tilly por la satisfacción de ver sufrir a esta mujer traidora? Trago el nudo ácido que tengo en la garganta, con la mirada fija en los ojos aterrorizados y esperanzados de Tilly.

Con claridad cristalina, sé que mi venganza debe pasar a segundo plano.

—Está bien —digo entre dientes—. Tú ganas. Te dejaré ir, pero Tilly se queda conmigo.

El rostro de Veronica se ilumina de alegría mientras teclea una secuencia en el dispositivo de la muñeca.

—Sabia elección, Phoenix. Siempre supe que eras el listo. Solo recuerda: un movimiento en falso tuyo o de tu amigo, y detono los explosivos. El destino de Tilly está en tus manos ahora.

Ardo de rabia impotente mientras pasa junto a mí con aire arrogante, los ojos brillándole con un triunfo demente. No llegará lejos. La rastrearé hasta el fin del mundo si es necesario.

El cuerpo me vibra de violencia contenida, a punto de estallar y aplastarla. Pero no puedo, no con la vida de Tilly en juego.

El sollozo roto de Tilly me hace mirarla de nuevo. Sus ojos asustados se clavan en los míos.

Giro hacia ella. Se me encoge el corazón ante la visión de su cuerpo maltratado, con el labio temblándole mientras lucha por sostenerme la mirada.

Cruzo la habitación en dos largas zancadas, me arrodillo ante ella y le acuno la mejilla manchada de lágrimas con una ternura que contrasta con la tormenta que ruge dentro de mí.

—Tranquila, cariño —murmuro mientras corto las ataduras—. Ya te tengo.

Las cuerdas caen y ella se desploma contra mí, con el cuerpo delgado sacudido por los sollozos. La envuelvo en mis brazos, le meto la cabeza bajo la barbilla y le cubro la coronilla de besos suaves.

—¿C-cómo me e-encontraste? —hipa contra mi cuello.

Retrocedo un poco y le aparto el cabello enmarañado del rostro, dejando al descubierto esos ojos expresivos que me perseguían en sueños. —¿Recuerdas cuando te dije que siempre sería capaz de encontrarte?

Asiente y frunce el ceño, confundida. Con delicadeza, le subo la manga del jersey destrozado y dejo a la vista la pequeña cicatriz bajo la muñeca: el punto donde le implanté el microchip el día que me la llevé.

Tilly abre los ojos de par en par y su boca forma una «o» perfecta de sorpresa. —¿Me pusiste un localizador?

Me preparo para la acusación, la ira, el miedo a que se aparte de mí como tantas otras personas. Pero lo que hace es hundir la cara en el hueco de mi cuello mientras sus dedos se aferran a la tela de mi camisa.

—Gracias a Dios que lo hiciste —susurra, y su aliento me acaricia la piel—. Si no lo hubieras hecho, esa psicópata habría...

Se le quiebra la voz y rompe a llorar de nuevo. La estrecho con más fuerza y le doy un beso largo en el pelo.

—Shh, ya pasó. Te tengo —dejo que la profundidad de mis emociones impregne mis palabras: el alivio visceral de tenerla de vuelta, la determinación de aniquilar cualquier amenaza contra ella—. Veronica no volverá a ponerte un dedo encima. Te lo prometo.

Tilly asiente contra mi pecho y sus temblores van cediendo a medida que mi presencia le da fuerzas.

—¿Quién era, Phoenix? —pregunta Tilly con voz queda y frágil—. ¿Quién era Veronica para ti?

Su pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada con el peso del momento.

Me tenso y se me corta la respiración cuando un torrente de recuerdos no deseados amenaza con abrumarme.

El aroma de su champú se mezcla con el olor acre de su miedo y desata una vorágine de emociones en lo más profundo de mí.

Sus ojos buscan los míos, un océano de confusión y confianza a la espera de respuestas.

Lucho por encontrar las palabras mientras el nudo en la garganta se me aprieta como una soga.

El pasado que tanto me he esforzado en enterrar está de pronto aquí, y me asfixia.

Una parte de mí quiere protegerla de la oscuridad, ahorrarle la dolorosa verdad de mis cicatrices.

Pero otra parte sabe que, si queremos avanzar, si de verdad va a entender hasta dónde llega mi obsesión y por qué la hice mía como lo hice, necesita escuchar esto.

Me armo de valor y la estrecho entre mis brazos. —Veronica era... alguien de mi pasado. Alguien que me hizo daño.

Tilly se aparta y me escudriña con la mirada. Sé que percibe las capas ocultas bajo mis palabras. —¿Cómo te hizo daño?

Trago con dificultad; de pronto tengo la garganta seca.

Casi puedo sentir las manos sobre mí, el contacto que debería haber sido reconfortante pero que me dejó manchado.

—Cuando era niño, acabé en el sistema de acogida después de que mi madre me abandonara a los cinco años —intento mantener la voz firme, pero se me quiebra en la última palabra—. Veronica era mi madre de acogida.

La comprensión se abre paso en los ojos de Tilly, y veo que entiende lo del abuso, reflejado en su mirada atormentada. Alza los dedos para tocarme la cara mientras sus ojos buscan los míos. —Oh, Phoenix. ¿Qué te hizo?

El dolor de los recuerdos reprimidos durante tanto tiempo me araña el pecho, pero me obligo a continuar por ella.

—Se suponía que tenía que cuidarme, pero en lugar de eso se aprovechó de mí.

Me fue preparando, me usó para sus propios deseos enfermizos —aprieto los dientes sin apartar la mirada de los ojos compasivos de mi chica—.

No fue solo el abuso sexual; fue la manipulación psicológica, la forma en que me hacía sentir especial un momento y descartado al siguiente.

Tilly deja escapar un suspiro dolorido y sus ojos brillan con lágrimas contenidas. —Lo siento mucho, Phoenix.

Sus palabras abren una presa dentro de mí y liberan una emoción en carne viva.

—Esa perra me destrozó. Me hizo cuestionar mi cordura y mi valía.

Me obsesioné con el control, con asegurarme de que nadie volvería a hacerme daño así —la voz se me reduce a un susurro áspero mientras el peso de mi pasado me aplasta—.

Por eso te tomé, te encerré. Me dije a mí mismo que era para protegerte, pero también se trataba de control: de tener control sobre ti.

Ella escucha con los ojos rebosantes de compasión. Alza la mano y traza suavemente los tatuajes que serpentean por mis antebrazos. —¿Los tatuajes ayudaron? ¿A darte una sensación de control?

Asiento. Su contacto es un bálsamo para mi alma maltratada. —Cada uno representa una parte de mi pasado, un recordatorio de lo que sobreviví. Es como recuperar el poder, marcar mi cuerpo bajo mis propias condiciones.

La mirada de Tilly recorre los diseños intrincados mientras sus dedos se aferran a mi piel. —¿Cuánto tiempo duró? ¿El abuso?

Inspiro con brusquedad al recordar el día en que por fin escapé. —Cuatro años. Tenía catorce cuando por fin huí y llegué al carnaval donde Ty me acogió.

—¿Y Veronica? —pregunta ella.

—No la había vuelto a ver hasta hoy —mi voz se vuelve amarga mientras el recuerdo de su sonrisa cruel me quema en la mente—. Salió impune, nunca pagó por lo que hizo.

Los ojos de Tilly destellan de ira y las comisuras de la boca se le tuercen hacia abajo en una mueca. —No se saldrá con la suya esta vez, Phoenix. Nunca más.

Le busco la mirada y veo la fuerza que me devuelve. —No, no lo hará.

—Esa perra va a pagar por lo que nos hizo —gruño, y Tilly se tensa en mis brazos ante la ferocidad de mi voz.

Ty carraspea con el ceño fruncido de preocupación. —Primero tenemos que llevar a Tilly de vuelta al carnaval, a un lugar seguro. Luego nos ocuparemos de Veronica.

Sé que tiene razón. Racionalmente, entiendo que la seguridad de Tilly debe ser lo primero. Pero la idea de dejar que Veronica se me escurra entre los dedos, aunque sea por un momento, me enfurece. Cierro el puño a un costado, deseando rodear con él el cuello de Veronica y arrancarle la vida.

—No —interviene Tilly, y nos sorprende a los dos—. No podemos esperar, Phoenix. Tenemos que ir a por Veronica ahora. Se nos escapará la oportunidad.

—Tilly, has pasado por un infierno. Necesitas descansar, estar a salvo...

—Puedo con esto —me interrumpe mientras alza la barbilla con esa obstinación que conozco tan bien—. Hay que detener a Veronica, y no me sentiré segura mientras siga ahí fuera. Por favor, Phoenix. Acabemos con esto de una vez.

Le busco la mirada y veo el acero en sus ojos. Conozco esa mirada: refleja la determinación que me ha impulsado una y otra vez. Es fuerte y feroz, y me implora que la deje formar parte de esto.

Suelto un hondo suspiro y cedo. —De acuerdo, vamos tras Veronica. Pero quédate cerca y haz exactamente lo que te diga. ¿Entendido?

Asiente con los ojos chispeantes de emoción. Me maldigo por haberla puesto en esta situación, pero está aquí, y juntos acabaremos con la locura de Veronica.