PHOENIX #2
—Eso es, nena, déjame oírte —la insto, implacable, mientras la acerco al borde.
Su respiración es irregular y se arquea hacia mí, suplicando que la deje correrse. Pero todavía no estoy listo para dejarla.
Con una última caricia provocadora, retiro la mano y la dejo suspendida al borde, sin aliento y anhelante. Gime suavemente, el cuerpo temblándole de pasión contenida.
—Todavía no, cariño —murmuro con una sonrisa traviesa—. Pienso hacer que esto dure.
Abre los ojos de golpe, frustración y deseo arremolinados en sus profundidades color avellana.
—Pero yo...
La silencio con un beso abrasador. Mi lengua se enreda con la suya y le transmite todo lo que anhelo hacerle. Su sabor, su aroma y sus suaves gemidos alimentan el fuego que arde en mí. Pero todavía no estoy listo para rendirme a él.
Me retiro lentamente, sin soltar su mirada.
—Paciencia, Tilly —susurro mientras le rozo el labio inferior hinchado con el pulgar—. Lo mejor está por venir.
Tilly gime suavemente y pega su cuerpo al mío como si buscara consuelo del mismo tormento que le inflijo. Saboreo cómo se derrite contra mí, el aroma de su deseo intensificando el mío.
—Estamos a punto de parar —murmuro mientras le aparto un mechón de pelo del rostro—. No querríamos que nadie pillara mi mano en tu dulce coño, ¿verdad?
Abre los ojos de par en par ante mis palabras atrevidas, y una expresión mortificada pero intrigada le cruza el rostro.
—Oh —susurra, y se le encienden las mejillas.
Me inclino y le capturo la boca en un beso abrasador, saboreando su vergüenza y su deseo al mismo tiempo. Nuestras lenguas se enredan desesperadamente y transmiten la necesidad urgente que hierve entre nosotros.
Cuando la noria se detiene, me aparto a regañadientes con una sonrisa. —Vamos —susurro, tomándola de la mano y guiándola fuera de la atracción—. Busquemos un sitio más íntimo para seguir con esto.
La guío a través del carnaval, rodeándole la cintura con el brazo. Los colores vibrantes y el ambiente animado palidecen ante la electricidad que crepita entre nosotros.
Sus ojos recorren las atracciones, reflejando una mezcla de anticipación y nerviosismo. —¿Adónde vamos? —pregunta con curiosidad en la voz.
—Ya lo verás —respondo con aire misterioso, esbozando una sonrisa traviesa.
Nos acercamos a una zona apartada del carnaval, donde la multitud se dispersa y nos deja cierta privacidad. Me detengo frente a los coches de choque con un brillo enigmático en la mirada.
—¿Aquí? —pregunta Tilly con un deje de confusión.
Asiento, acercándome hasta que nuestros cuerpos quedan a escasos centímetros. —Aquí —confirmo con voz grave y seductora—. Pero primero necesito conseguir algo.
Con un guiño, me acerco al operador y le pido que nos reserve dos coches. El encargado accede con una sonrisa cómplice; sabe reconocer un romance en ciernes.
Cuando regreso, los ojos de Tilly brillan de anticipación. —¿Cuál es el plan? —pregunta con la respiración entrecortada, ansiosa.
—Súbete al coche, preciosa —ordeno en un tono que no admite discusión.
Obedece sin vacilar y se desliza en el coche de choque. Me subo al de al lado con un brillo travieso en la mirada.
Hago una seña al encargado y la atracción cobra vida. Nuestros coches arrancan con una sacudida y chocan entre sí.
—Entonces, ¿dónde aprendiste a hackear? —pregunta.
Me río. —Eres curiosa, ¿eh, Tilly? Siempre quieres saber más.
Se encoge de hombros con una sonrisa juguetona. —Quizás solo quiero saber más de ti.
—¿Ah, sí? —acerco mi coche hasta que nuestros parachoques chocan—. Bueno, pues te daré una pista.
Sus ojos brillan de emoción mientras espera ansiosa a que hable.
—Digamos que lo aprendí por las malas —confieso con una mezcla de orgullo y amargura en la voz—. Cuando creces en hogares de acogida, haces lo que sea para sobrevivir.
Su expresión se suaviza y me roza la mano antes de apartarla, como si no estuviera segura de los límites. —¿Hogares de acogida? —repite con sorpresa y un deje de tristeza.
Asiento mientras acerco mi coche al suyo. —No todo fue malo. Aprendí habilidades valiosas que me han venido muy bien.
Una sonrisa traviesa le cruza el rostro. —¿Ah, sí? ¿Como hackear mi ordenador y acosarme?
—Culpable de los cargos —me río y le doy otro golpe con el coche—. Pero tienes que admitir que valió la pena. Al fin y al cabo, aquí estamos.
Atraigo a Tilly hacia mí mientras salimos de los coches de choque; la electricidad crepita entre nosotros. Sus ojos brillan cuando la acorralo contra la barandilla metálica y mi cuerpo se aprieta contra el suyo.
—Me vuelves loco —gruño, enredando los dedos en sus sedosos mechones—. Cada mirada, cada sonrisa... joder, hasta tu forma de respirar me hace perder el control.
Sus labios se entreabren con un suave jadeo mientras me inclino. —Phoenix... —susurra, aferrándose a la tela de mi camisa.
Le recorro la mandíbula con los labios. —Quiero oírte gemir mi nombre como si fuera una plegaria en esos labios preciosos.
—Phoenix —gime, arqueando el cuerpo contra el mío mientras mis labios trazan un camino ardiente por su cuello—. Por favor...
La desesperación en su voz enciende un hambre primitiva en mí. Le atrapo la boca en un beso abrasador y vierto en él todo mi deseo. Gime suavemente, enredando los dedos en mi pelo.
La presiono con más fuerza contra la barandilla, con una mano en la parte baja de su espalda mientras la otra le sostiene la mandíbula e inclina su cabeza para profundizar el beso.
A regañadientes, rompo el beso; ambos jadeamos con fuerza. Sus labios están hinchados y brillantes, sus ojos vidriosos de deseo. Le recorro la mandíbula con el pulgar mientras la miro con una mezcla embriagadora de posesión y reverencia.
—Eres mía —digo con voz ronca—. Cada centímetro de este cuerpo precioso me pertenece.
Antes de que pueda responder, le atrapo la boca en otro beso que abrasa el alma.
En ese momento, el mundo a nuestro alrededor se desvanece y solo quedamos nosotros dos, encerrados en un abrazo apasionado, con nuestros cuerpos y almas entrelazados en una danza primitiva tan vieja como el mundo.