PHOENIX
Sigo a Ty al interior del almacén, con una mezcla de aprensión y anticipación. El olor a sangre y miedo impregna el aire. Esta es la parte que espero con ansias.
Los hombres que dejamos apenas están vivos; la sangre les tiñe el suelo de hormigón.
Uno sigue colgado del techo, el cuerpo lánguido, el rostro magullado e hinchado.
El otro está doblado sobre la mesa, con la espalda arqueada y las manos atravesadas por cuchillos que lo inmovilizan. Parecen patéticos y derrotados.
—Despertémoslos —sugiere Ty.
Agarro el dispositivo de electrochoque; las puntas metálicas brillan bajo la tenue luz.
Con un clic, el dispositivo cobra vida y aplico las puntas contra el cuello del hombre colgado, descargando una sacudida eléctrica.
El cuerpo se convulsiona, los ojos se abren de golpe, un gemido gutural brota de sus labios.
Hacemos lo mismo con el otro, devolviéndolo a la consciencia.
Los hombres gimen; el miedo es palpable.
Ty se acerca más.
—Habéis causado muchos problemas. Ahora llega el gran final.
Doy un paso adelante, con la mirada fija en el hombre colgado del techo. Con una sonrisa sádica, aflojo las cadenas, saboreando cada gemido mientras lo libero.
Cae al suelo y queda arrodillado ante mí como un pecador penitente. Le pongo una mano en la cabeza, hundiéndolo más, y digo:
—Vas a desear estar muerto cuando acabemos contigo.
El pánico en sus ojos es casi palpable. Intentan alejarse retorciéndose, pero es inútil. Ty y yo somos ahora sus amos.
—¿Alguna última palabra antes de que empiece la fiesta? —pregunto con voz calmada.
—Por favor, tío, ten piedad —suplica.
Con una risa cruel, Ty se acerca a la mesa.
Observo con un placer distante mientras Ty se mueve con precisión quirúrgica y les abre la carne con una cuchilla. Sus gritos perforan el aire y se convierten en gorgoteos sangrientos a medida que la vida se les escapa lentamente. Es una sinfonía de agonía, y quiero saborear cada momento.
Uno de los hombres, el que sigue clavado a la mesa, aún está consciente, con los ojos desorbitados de terror mientras nos mira.
El otro yace inerte, con los ojos cerrados y un estertor en el pecho. Ty se acerca a él con una sonrisa diabólica y le rebana el cuello, poniendo fin a su miseria.
Doy un paso adelante con el corazón latiéndome de anticipación. Quiero que este momento dure para siempre. Me tomo mi tiempo, prolongando el miedo, saboreando su desesperación. Con un movimiento rápido, acabo con su vida y silencio sus gritos.
Nos quedamos ahí, recuperando el aliento. El olor acre de la sangre inunda la habitación.
—Deshagámonos de las pruebas —dice Ty, rompiendo el silencio.
Juntos, envolvemos los cuerpos en bolsas con movimientos eficientes y practicados. Limpiamos las superficies sin dejar rastro de lo que ocurrió aquí. Luego lo rociamos todo con gasolina; el líquido se acumula en el suelo manchado de sangre.
Ty me entrega un encendedor con la mirada fría. Con un giro de muñeca, prendo el combustible y la habitación estalla en llamas; el fuego devora las pruebas de nuestros actos siniestros.
Retrocedemos, observando cómo el fuego devora el almacén y se lleva nuestros secretos. La noche nos engulle mientras nos alejamos; nuestros pasos resuenan en el pavimento y el resplandor ilumina el camino hacia nuestro próximo destino.
El silencio entre nosotros es denso mientras conducimos de regreso al carnaval; el peso de nuestras acciones pende sobre nosotros como una nube de tormenta. Pero ambos sabemos que era necesario. Y vendrán más noches como esta, más gritos y más sangre. Es el precio que pagamos por nuestro imperio.
Tras lavarme los restos de mis actividades vespertinas, me planto en medio del recinto ferial. Las luces de neón del carnaval brillan contra el cielo crepuscular mientras paseo inquieto, esperando a Tilly. El corazón me truena en el pecho.
Vislumbro su figura acercándose y se me corta la respiración. Está aquí, tal como exigí.
A medida que se acerca, estudio cada uno de sus movimientos y grabo cada detalle en mi memoria. Cómo el cabello castaño le cae sobre los hombros, la suave curva de sus labios, el brillo de sus ojos avellana... todo resulta hipnotizante.
—Hola —me saluda.
Asiento con la cabeza, luchando por encontrar las palabras. En su presencia, me quedo sin habla.
—Estoy aquí, como pediste —dice.
—¿Vamos? —digo señalando hacia el carnaval.
—¿Vas a decirme tu nombre? —exige.
Sonrío con suficiencia y me inclino hacia ella.
—¿Por qué? ¿Piensas gritarlo toda la noche, cariño?
Dejo escapar una risa baja ante el silencio avergonzado de Tilly. El rubor de sus mejillas y su mirada esquiva aumentan su encanto.
—Me llamo Phoenix —revelo, inclinándome hasta que siente el calor de mi aliento en la piel.
Sus labios se entreabren mientras asimila el nombre.
—Phoenix... —susurra.
Oír mi nombre brotar de esos labios deliciosos me vuelve jodidamente loco. Cómo lo pronuncia me provoca escalofríos por toda la columna.
Joder. Anhelo poseerla por completo —mente, cuerpo y alma—, reclamarla como mía en todo sentido. Marcarla con mi nombre, mi esencia, hasta que me pertenezca a mí y solo a mí.
Obligándome a mantener la compostura, trazo la curva de su mandíbula con las yemas de los dedos.
—Así es. Phoenix. El nombre que vas a gemir toda la noche.
Se le abren los ojos, a partes iguales intrigados y aprensivos ante mi audaz declaración. Pero distingo el destello de anhelo en esas profundidades hipnotizantes. Una súplica silenciosa para que traspase sus límites y despierte los deseos primales que hierven bajo la superficie.
Con una sonrisa de suficiencia, me inclino hasta que nuestros labios quedan a un suspiro de distancia.
—Dilo otra vez —exijo.
—Phoenix... —susurra, con una audacia nueva en la voz.
Antes de que pueda responder, se acerca y pega su cuerpo al mío. Su atrevimiento inesperado me manda una oleada de lujuria directa a la polla.
—Phoenix —repite.
Un gruñido grave me retumba en la garganta mientras la atraigo con fuerza contra mí y reclamo su boca. Jadea, y su cuerpo se derrite contra el mío mientras nuestros labios luchan por el dominio. Mi lengua saquea su boca, saboreando esa esencia embriagadora que solo es suya.
Una mano se enreda en su pelo y le inclina la cabeza para profundizar el beso, mientras la otra recorre las curvas deliciosas de su cuerpo. Gime contra mis labios y me enciende una necesidad ardiente en las venas.
A regañadientes, rompo el beso. Los dos jadeamos con fuerza. Los ojos de Tilly están vidriosos, velados de deseo.
—Joder, me estás volviendo loco, cariño —digo con voz ronca, y voy dejando besos abrasadores por su cuello esbelto.
Tiembla bajo mi tacto y me clava los dedos en los hombros mientras le mordisqueo donde le late el pulso.
—Phoenix...
—Se me ocurre una forma mejor de pasar el tiempo que quedarnos aquí parados —murmuro contra el hueco sensible bajo su oreja.
Me echo hacia atrás y le aparto un mechón de pelo del rostro sonrojado. Mi pulgar traza la curva de sus labios hinchados por los besos.
—¿Qué te parece si damos una vuelta en la noria?
Guío a Tilly hasta la noria con la mano en la parte baja de su espalda, disfrutando de cómo le brillan los ojos bajo las luces del carnaval. Mientras nos acomodamos en los asientos, la acerco a mí y deslizo la mano posesivamente sobre su muslo.
La rueda empieza a girar y nos eleva hacia el cielo nocturno. Abrazo a Tilly con más fuerza mientras le acaricio la piel con suavidad. Cierra los ojos y un suave suspiro se le escapa de los labios.
Me inclino y le rozo la oreja con los labios.
—Te gusta eso, ¿verdad, cariño? —murmuro mientras le rozo con el pulgar la piel sensible del muslo interno.
Asiente ligeramente y se le acelera la respiración.
—Mmm-hmm —responde.
Mi mano continúa su camino perezoso por su muslo, y mis dedos avanzan peligrosamente más arriba.
Tilly gime y su cuerpo se arquea sutilmente hacia mí.
—Phoenix —susurra, y se aferra a mis hombros.
Una risa grave me vibra en la garganta y la atraviesa.
—¿Qué pasa, Tilly? ¿No te gusta?
—Yo... sí —tartamudea, y se le sonrojan las mejillas—. Es solo que...
—¿Solo qué? —le levanto la barbilla con los dedos para que me mire—. Dime qué quieres.
Sus ojos buscan los míos un momento antes de bajar la mirada, y un rosa delicado le tiñe las mejillas.
—Quiero... —vacila.
Le acaricio el muslo de nuevo, animándola en silencio a que exprese sus deseos.
—Dime, Tilly —la animo con los labios rozándole la oreja—. Te daré lo que quieras.
Respira hondo, temblorosa, y cierra los ojos.
—Quiero que me toques —confiesa—. Por favor.
El corazón me late con fuerza mientras le rozo con el pulgar la tela satinada de las bragas.
Me inclino con los labios a un suspiro de los suyos.
—Como desees, nena —susurro, y le capturo la boca en un beso.
Me acerco más, saboreando el calor de su cuerpo contra el mío.
Con una mano le acaricio la mejilla y mi pulgar traza suavemente el contorno de sus labios.
La otra mano se desliza bajo el dobladillo de su falda, lenta, deliberadamente, y las yemas de mis dedos provocan la piel sensible de su muslo interno.
Se le entrecorta la respiración mientras mis dedos bailan más cerca de su centro. Escucho su suave gemido y sé que ansía más.
—Te gusta eso, ¿verdad? —murmuro.
Deslizo la mano más arriba y las yemas de mis dedos rozan la tela sedosa que cubre su coño húmedo. Siento la humedad que se ha acumulado allí, prueba de su excitación.
—Sí —susurra, y su cuerpo se tensa bajo mi tacto.
Con una presión suave, la acaricio a través de la tela, provocándola. Sus caderas se sacuden ligeramente.
—Joder, estás tan mojada, preciosa —susurro.
Continúo con mi tormento, dibujando círculos perezosos, disfrutando de cómo se le acelera la respiración. Sus suaves gemidos llenan el aire, música para mis oídos.
A medida que su excitación aumenta, acelero el ritmo de mis caricias, con los dedos firmes e implacables. Grita mi nombre y me clava las uñas en los hombros mientras se rinde a las sensaciones.