34 LIA
Mis dedos trazan las marcas de las cuerdas en mis muñecas mientras espero mi café. Cada movimiento me recuerda a Vane: su tacto, su voz, su agarre posesivo. Después de quince años huyendo, me he rendido completamente a él, y lo más aterrador es lo correcto que se siente.
Cuando Vane se fue esta mañana —sus hermanos bombardeándole el móvil por haberse saltado alguna reunión— el silencio en mi apartamento resultaba asfixiante. Necesitaba salir, respirar, procesar la Cacería y las horas que siguieron.
—Un café con leche de avena —dice la barista, deslizando mi taza por el mostrador.
Al girarme para buscar un asiento, choco con alguien y casi derramo mi bebida.
—¡Mierda, perdona! —Una mujer con llamativos ojos violeta azulados sujeta mi taza con manos gráciles—. Tengo buenos reflejos —explica con una sonrisa fugaz—. Tu cafeína está a salvo.
La reconozco de inmediato: una de las otras participantes de la Cacería, Keira, creo que se llamaba. Fue reclamada por dos hermanos gemelos.
—Eres Lia, ¿verdad? —Me tiende la mano—. Soy Keira Valentino. Nos conocimos brevemente en la Cacería.
—Lo recuerdo —confirmo, estrechándosela.
—Escucha, no sé tú, pero me vendría bien algo de compañía con mi café —Keira señala una pequeña marca visible en su clavícula—. Las secuelas de la Cacería y todo eso.
Hay algo en su franqueza que me cae bien al instante. —Me has leído el pensamiento.
Encontramos una mesa tranquila en un rincón, y me fijo en la fluidez con la que se mueve.
—Llevo en Ravenwood cosa de un año —explica Keira, removiendo su té—. Haciendo coreografías para clubes de alto standing. Así fue como me invitaron.
—¿Cómo estás... después de todo? —pregunto.
Su expresión cambia. —Asimilándolo. Fue intenso que me cazaran dos hermanos —Me estudia con la mirada—. ¿Y tú? Corre el rumor de que Vane y tú tenéis historia.
Me río por lo bajo. —Es una forma de verlo. Quince años de historia condensados en setenta y dos horas de... —No termino la frase.
—¿Ajuste de cuentas? —sugiere Keira con una sonrisa cómplice—. Oye, hay un bar a la vuelta de la esquina que prepara unos martinis de muerte. ¿Qué te parece si seguimos con esto en un sitio donde podamos hablar más a gusto de lo que pasó?
—¿Sabes qué? Me parece perfecto —digo, apurando lo que queda de mi café—. Después de lo que hemos pasado, creo que nos merecemos una copa, aunque apenas sea mediodía.
Keira sonríe y recogemos nuestras cosas. El corto paseo hasta el bar me da tiempo para readaptarme al mundo después de la intensidad de la Cacería. Todo parece extrañamente normal: gente yendo a reuniones de trabajo, mirando el móvil, viviendo vidas corrientes, mientras yo aún tiemblo con las réplicas del vuelco que ha dado mi vida.
El bar está en penumbra y casi vacío a estas horas. Nos acomodamos en un reservado del fondo, y un camarero se acerca enarcando una ceja.
—Dos martinis sucios —pide Keira—. Con aceitunas extra.
Cuando se aleja, Keira se inclina hacia delante. —Parecías saber exactamente lo que hacías ahí dentro. La mayoría estábamos aterradas, pero tú recorriste ese laberinto como si fuera tuyo.
Dibujo con el dedo en la condensación del vaso de agua. —Tenía experiencia del The Red Room de Nueva York. Pero también... sabía quién venía a por mí.
El camarero vuelve con nuestras copas, y doy un sorbo, agradeciendo el ardor.
—¿Y? —pregunta Keira—. ¿Sigues tan segura ahora que ha terminado? Yo todavía estoy intentando asimilar lo que pasó.
—¿Sinceramente? —Hago girar la aceituna en mi copa—. Disfruté cada segundo. Que me cazaran, que me atraparan, que me reclamaran: fue exactamente lo que esperaba —Doy otro sorbo—. Quizá mejor.
—¿Incluso con público? La sala de la orgía fue...
—Intensa —completo por ella—. Pero sí, incluso eso. Quizá sobre todo eso.
Keira me observa con curiosidad. —Vane y tú tenéis historia, eso estaba claro. Pero hay más, ¿verdad?
Asiento, notando cómo me sonrojo ligeramente. —Fue mi primera vez en el instituto, y después huí. He estado huyendo desde entonces.
—Hasta ahora —dice, alzando su copa.
Hago chocar mi copa con la suya. —Por sobrevivir a hombres peligrosos —brindo.
Keira da un largo trago a su martini mientras me estudia por encima del borde de la copa. —Entonces, ¿qué pasa ahora? Después de tanta huida, tanta espera... la Cacería ha terminado. Estás reclamada.
—Nos vamos a vivir juntos —digo, sorprendida de lo fácil que me salen las palabras—. Después de tantos años de distancia, ahora no hay... nada entre nosotros. Es aterrador y emocionante a la vez.
—Ya te digo —se ríe Keira, tocándose la marca de la clavícula—. Imagínate tener a dos hombres planeando tu futuro. Ace y Cyrus tienen ideas muy... concretas sobre nuestro acuerdo.
Me inclino hacia delante, curiosa. —¿Y cómo es? ¿Que te reclamen dos hermanos?
—Complicado —dice, haciendo girar la aceituna en su copa—. Funcionan como una unidad, dos mitades del mismo todo. Pero son tan distintos: Ace es muy controlador, mientras que Cyrus es más ardiente, más volátil. Juntos son... —Se interrumpe mientras el rubor le sube por el cuello.
—¿Abrumadores? —sugiero.
—Perfectamente equilibrados —me corrige—. Como si estuvieran diseñados para complementarse, y de algún modo yo encajo entre ellos —Sacude la cabeza—. ¿Y Vane? Durante toda la Cacería te miraba como si fueras la única mujer del mundo.
Siento un calor que se extiende por todo mi cuerpo y que no tiene nada que ver con el alcohol.
—Ha estado obsesionado conmigo desde que éramos adolescentes.
—¿Y eso no te molesta? —pregunta Keira con auténtica curiosidad.
—Debería —admito mientras paso el dedo por el tallo de mi copa—. Pero después de tantos años fingiendo que no lo deseaba, hay algo liberador en estar con alguien que sabe exactamente lo que quiere. Alguien que me desea lo suficiente como para esperar tanto tiempo.
—No solo esperar —señala Keira—. Perseguir. Planear. Orquestar.
—Sí —reconozco—. Y es esa intensidad la que me fascinó desde el principio.
Keira le hace una seña al camarero para pedir otra ronda.
—Entonces, además de que te cacen hombres posesivos, ¿a qué te dedicas en Ravenwood? Vi tu nombre en la galería del centro.
—Dirijo la galería de Elliot, que resulta que en realidad es la galería de Vane —digo con una sonrisa irónica—. Por lo visto, triplicarme el sueldo de Nueva York fue su manera de asegurarse de que no pudiera negarme.
—Hombre listo —asiente Keira.
—¿Bailas en algún espectáculo? —pregunto.
—Prefiero la coreografía —dice, encogiéndose de hombros con modestia—. La danza ha sido mi refugio desde que era niña en hogares de acogida. Me dio estructura cuando nada más lo hacía.
—Lo entiendo. El arte también fue mi vía de escape, solo que de otra forma —apuro mi martini y noto el agradable calor del alcohol—. Al crecer aquí, siempre me sentí atrapada. Organizar exposiciones me daba control: decidir dónde va cada pieza, crear una narrativa con la disposición.
—Y ahora has vuelto al lugar del que huiste.
—Con mejor sueldo que en Nueva York —me río—. ¿Y sabes qué? Ahora lo siento diferente. Menos asfixiante.
—¿Por Vane?
—En parte —hago una pausa para pensarlo—. También porque he madurado. Nueva York me enseñó que estaba huyendo de mí misma tanto como de él.
—Sé lo que es eso: encontrarte a ti misma —vacila y luego añade—: Oye, la verdad es que no conozco a mucha gente en Ravenwood fuera del trabajo y, bueno, de los Dexter. ¿Te apetecería quedar a cenar algún día? ¿Quizás probar ese nuevo tailandés de Maple?
—Me encantaría —digo, sinceramente contenta—. Estaría bien tener a alguien que entienda... —hago un gesto vago.
—¿Que te reclamen hombres de una intensidad aterradora? —completa Keira entre risas.
—Exactamente. Además, me vendría bien una amiga que no esté vinculada a mi época del instituto. Todos los demás aquí siguen viendo a la Lia de diecisiete años.
—Bueno, yo solo conozco a la Lia a la que Vane ha reclamado, así que conmigo empiezas de cero —levanta su copa—. Por las nuevas amistades forjadas en circunstancias inusuales.
Choco mi copa contra la de Keira y me invade una sorprendente oleada de alivio. La Cacería terminó hace menos de veinticuatro horas y todo sigue pareciendo un sueño: las marcas de las cuerdas, las palabras posesivas, la forma en que Vane me miró como si yo fuera su mundo.
—Mis amigas del instituto me han escrito esta mañana —admito mientras dejo la copa—. Quieren quedar mañana para un brunch, «ponernos al día» y «que les cuente todo sobre la galería».
Keira me lanza una mirada cómplice.
—Pero no todo sobre la Cacería.
—Dios, no —me río, aunque la risa suena forzada—. Megan, Zoe, James, Dani... nunca lo entenderían. Éramos los chicos buenos, ¿sabes? Consejo estudiantil, equipo de debate.
—Y ahora eres la mujer a la que colgaron del techo delante de una sala llena de gente mientras tu primero te reclamaba.
El calor me sube a las mejillas.
—Exactamente. Todavía me ven como la Lia predecible y organizada que marca su agenda con colores y nunca se arriesga. Se horrorizarían.
—Pero es quien siempre has sido por dentro —observa Keira mientras remueve su bebida—. El exterior organizado mantenía esa parte de ti a salvo.
La miro fijamente, impresionada por lo bien que me ha calado con una sola conversación.
—Sí. Eso es... exactamente.
—Lo entiendo —dice simplemente—. Todos tenemos máscaras.
—¿La posesividad te asusta alguna vez? —pregunto—. ¿Lo absoluta que es?
—Lo voy descubriendo día a día —admite Keira—. Pero ayuda tener a alguien que entienda la contradicción: querer independencia pero desear rendirse.
Asiento, más agradecida de lo que puedo expresar por este encuentro fortuito. Mis amigas del instituto montarían una intervención si les contara la mitad de lo que pasó en ese laberinto. Nunca entenderían lo bien que se siente dejar por fin de huir de Vane, de mí misma.
—Es extraño —digo en voz baja—. Me siento más yo misma ahora de lo que me he sentido en quince años.