31 LIA
Las asistentes retiran la última horquilla de mi cabello y lo dejan caer en ondas sueltas por mi espalda. Apenas me reconozco en el espejo, vestida de verde esmeralda. La tela es tan translúcida que parece que estoy casi desnuda.
—Es hora —dice una de las mujeres con voz suave pero firme—. Te está esperando.
Me entrega una máscara verde que hace juego con la de Vane y me la pongo.
El corazón me late con fuerza contra las costillas mientras me guían por el pasillo en penumbra. El aire fresco me acaricia la piel y se me pone la carne de gallina en los brazos. Sin embargo, no tengo frío; estoy ardiendo por dentro, con la anticipación recorriéndome las venas como fuego.
Llegamos a la entrada de lo que una vez fue la sala de orgías. Las puertas se abren de par en par y entro: está completamente transformada. Han desaparecido las cadenas, el aroma embriagador del sexo y el sudor. Han limpiado y rediseñado el espacio, ahora iluminado por cientos de velas que proyectan un resplandor dorado sobre los cazadores reunidos alrededor de un estrado con espejos.
Y ahí está Vane.
Nuestras miradas se cruzan al otro lado de la sala y, de pronto, vuelvo a tener diecisiete años, sentada en clase de química con el corazón acelerado mientras finjo que lo odio.
Una sola mirada. Eso es todo lo que necesita Vane Blackwood para reducirme a esa adolescente con un enamoramiento que nunca quise admitir.
Respiro hondo y empiezo a caminar hacia él, hacia el hombre que ha tenido mi corazón todo este tiempo.
Vane da un paso adelante y me rodea la cintura con el brazo, atrayéndome contra su costado. No me guía hacia el estrado; la plataforma elevada permanece vacía, a la espera de lo que venga después en este ritual.
—La reclamación ocurre ahí —me susurra Vane al oído; su aliento cálido me roza la piel—. Nadie sube hasta que empiece la ceremonia.
Sus dedos trazan patrones en mi cadera, posesivos y tiernos a la vez. A nuestro alrededor, los otros cazadores y sus presas reclamadas forman un círculo. La anticipación en la sala es palpable, tan densa que casi puede saborearse.
La mirada de Vane vuelve a mi rostro y algo en su expresión cambia. El hambre depredadora que ha estado ahí desde que me atrapó se suaviza en algo más, algo que me hace contener el aliento.
—Estás preciosa —dice, pero no son las palabras lo que importa, sino cómo las dice. Como si yo fuera agua en el desierto. Como si fuera la respuesta a una pregunta que lleva haciéndose toda la vida. Su voz me envuelve, algo físico tan tangible como el brazo en mi cintura—. Como todo lo que siempre he querido, vestida con el color que te estaba esperando.
—Tú tampoco estás nada mal —digo mientras le recorro el pecho desnudo con la mirada.
Vane está frente a mí vestido únicamente con sus pantalones negros, el torso completamente expuesto. A pesar de todo lo que hemos hecho en las últimas horas, me doy cuenta de que no me he parado a apreciar de verdad el arte grabado en su piel.
Extiendo la mano, incapaz de resistirme a trazar el intrincado patrón que comienza en su clavícula y se extiende por su pectoral. Los dedos se me deslizan sobre cada línea, cada sombra, siguiendo el diseño hasta donde desaparece bajo la cinturilla.
—Eres tan jodidamente guapo —susurro—. Tan perfecto.
Los dedos me bajan más, siguiendo un diseño particularmente intrincado que se curva alrededor de su cadera. El músculo bajo mis dedos se tensa y, de repente, su mano se cierra en torno a mi muñeca y detiene mi exploración.
—Para —gruñe; los ojos se le oscurecen detrás de la máscara—. A menos que quieras que rompa las reglas y te folle aquí mismo antes de que empiece la ceremonia.
Noto cómo se me curvan los labios en una sonrisa detrás de mi propia máscara, mientras la emoción familiar de desafiarlo me recorre el cuerpo. Quince años separados y todavía bailamos este mismo baile.
—No me importaría —respondo mientras aprieto el cuerpo contra el suyo.
Vane me aprieta la muñeca con más fuerza.
—Siempre fuiste una jodida provocadora, Morgan.
—Solo contigo —respondo, pegándome a él deliberadamente hasta que siento su excitación contra la cadera—. Hay algo en ti que lo provoca.
Reconozco esa mirada en sus ojos, la que dice que apenas se está conteniendo. Dios, me encanta provocarle este efecto. Después de horas siendo su sumisa, de rendirme a cada una de sus órdenes en el laberinto, hay algo delicioso en recuperar este poder.
—Creo que olvidas quién atrapó a quién en esta Cacería —afirma, aunque hay un toque de diversión bajo la advertencia.
Me inclino hacia él.
—Creo que olvidas que te dejé atraparme.
Se echa hacia atrás y arquea las cejas con incredulidad.
—¿Eso es lo que te dices a ti misma?
—Es lo que pasó —me encojo de hombros y dejo que la seda se deslice un poco más por el brazo—. Podría haberme escondido mejor. Podría habértelo puesto mucho más difícil.
Le recorro la mandíbula con el dedo.
—Pero ¿dónde está la diversión en eso?
La risa de Vane suena peligrosa.
—Quince años separados y sigues siendo la mujer más exasperante que he conocido.
—¿Exasperante? —inclino la cabeza y dejo que el pelo me caiga en cascada sobre un hombro—. No es eso lo que me decías cuando estaba suspendida en esas cuerdas.
Se le ensanchan las fosas nasales y siento una oleada de satisfacción por haberlo alterado. A nuestro alrededor, los otros cazadores y sus presas se difuminan hasta desaparecer. En este momento, somos las únicas dos personas en la sala.
—Cinco minutos —anuncia Xavier desde algún lugar a nuestra espalda—. Posiciones en cinco minutos.
Vane no aparta los ojos de los míos.
—Cinco minutos no son ni de lejos suficientes para lo que quiero hacerte.
—Entonces supongo que tendrás que esperar —susurro mientras me aparto deliberadamente de su agarre—. La paciencia es una virtud, Blackwood.
—Uno, creo que he demostrado que la tengo, teniendo en cuenta cuánto tiempo te esperé —contraataca mientras me atrae de nuevo hacia él.
Xavier empieza a dirigir a todos a sus posiciones y observamos cómo da comienzo la primera reclamación. Landon Blackwood sube al estrado.
—Reclamo a Sadie Reynolds por un año completo —anuncia; su voz resuena por la cámara—. Me pertenece por completo.
Noto cómo Vane se tensa a mi lado. Cuando alzo la vista hacia él, su expresión ha pasado del deseo a la incredulidad. Frunce profundamente el ceño tras su máscara verde mientras observa a su hermano.
—Parece que hubieras visto un fantasma —susurro, apretándole el brazo—. ¿Qué pasa?
Vane niega con la cabeza sin dejar de observar a Landon, que lleva a una Sadie bastante reacia hacia el estrado; incluso forcejea con él.
—Estoy... sorprendido —admite en voz tan baja que solo yo puedo oírlo.
—¿Por qué? —pregunto con auténtica curiosidad—. ¿No es ese el objetivo de esta Cacería? ¿Reclamar a alguien?
—No para Landon —Vane se vuelve hacia mí con genuina confusión en la mirada—. No lo entiendes. Mi hermano es... bueno, psicótico es la forma más amable de decirlo.
Arqueo una ceja.
—Viniendo de ti, eso es mucho decir.
—Hablo en serio —echa un vistazo a Landon—. Nunca ha mostrado interés en reclamar a nadie por más de una noche, a menos que fuera para destrozarla. No es de los que reclaman a una mujer durante un año —la voz de Vane baja aún más—. No va de relaciones ni de vínculos. En absoluto.
Observo cómo Landon posa la mano de forma posesiva en la parte baja de la espalda de Sadie, guiándola a su lado. Hay algo en cómo la mira: intenso y concentrado, como si fuera un rompecabezas que está decidido a resolver.
Vane me toma la barbilla y me aparta suavemente el rostro de Landon y Sadie.
—Eh, flor silvestre. Mírame a mí —su pulgar me roza el labio inferior—. Olvídate de ellos.
Le sostengo la mirada, cautivada por la intensidad que descubro en ella.
No puedo evitar que una sonrisa se me dibuje en el rostro.
—¿Te preocupa que cambie de opinión si veo demasiadas reclamaciones?
—Ni por asomo —su seguridad es tan atractiva como exasperante—. Te reclamé hace años; esto es puro trámite.
—Siempre tan seguro de ti mismo —susurro.
—Solo contigo —su voz se dulcifica.
Julian sube al estrado a continuación, guiando a Elliot a su lado. Observo la expresión de mi jefe: una mezcla de aprensión y deseo mientras Julian lo reclama formalmente para el año. La sala se llena de murmullos apreciativos ante la pareja inesperada.
Luego viene Knox, con su máscara azul puesta, llevando a Bianca al centro. Su reclamación es más juguetona que las demás, rematada con un beso que hace que Bianca se sonroje intensamente.
—Nos toca —susurra Vane, su aliento cálido contra mi oído.
Me toma de la mano y me conduce hacia el estrado. La multitud se aparta a nuestro paso, y siento todas las miradas de la sala clavadas en nosotros mientras ocupamos nuestro lugar en el centro. Vane me baja la cremallera del vestido y lo deja caer al suelo, luego me suelta la mano solo para coger varios tramos de cuerda esmeralda de una mesa cercana.
—Brazos extendidos —ordena.
Obedezco y extiendo los brazos mientras él empieza a tejer la cuerda alrededor de mi cuerpo. Cada pasada de la cuerda sedosa contra mi piel se siente como una caricia; los puntos de presión generan una sensación deliciosa mientras elabora un arnés intrincado sobre mi pecho y torso.
Con cada pasada de la cuerda, siento que me entrego más por completo a él. Ata las cuerdas de suspensión al arnés y, con un movimiento experto, me iza en el aire. Mi cuerpo se eleva con gracia, suspendido en el centro del estrado donde todos pueden verme. Estoy completamente expuesta, vulnerable, exhibida.
—Mía —anuncia Vane a la sala mientras camina a mi alrededor y yo cuelgo suspendida.
El calor me inunda las mejillas al sentir el peso de todas las miradas. Pero en lugar de vergüenza, siento una oleada de poder: soy el centro de atención, la posesión más preciada de Vane, y ese pensamiento me humedece de deseo.
—Diles a todos a quién perteneces —exige Vane mientras su mano se desliza entre mis piernas.
—A ti —jadeo mientras sus dedos me rodean el clítoris—. Te pertenezco, Vane.