Acosada (Hermanos Blackwood) 30 VANE
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30 VANE

Las paredes de Lia se contraen alrededor de mi polla con una presión tan perfecta que casi me vuelve loco. Echa la cabeza hacia atrás contra mi hombro, los ojos cerrados, los labios entreabiertos en un grito silencioso. Joder, está magnífica cuando se corre.

—Eso es, flor silvestre —murmuro contra su oído mientras atraviesa las últimas oleadas.

El banquete continúa a nuestro alrededor: gemidos y cuerpos chocando, el olor a sexo y sudor mezclado con el aroma de la comida gourmet. Pero mi atención se centra solo en Lia mientras su respiración se calma poco a poco. Su cuerpo se vuelve más pesado contra el mío.

Uso una copa espejada de la mesa para ver sus ojos cerrados, los labios entreabiertos. Se ha quedado dormida. Aquí mismo, en medio de una orgía, conmigo dentro de ella. Algo primitivo y posesivo crece en mi pecho.

Ajusto mi posición con cuidado de no despertarla, y mi mano traza círculos lentos sobre su estómago. Está jodidamente perfecta: completamente relajada y entregada en mis brazos mientras el caos y el desenfreno continúan a escasos metros.

Marcus, al otro lado de la sala, cruza su mirada con la mía y me lanza una mirada interrogante al notar a mi presa dormida. Respondo con una sonrisa burlona y un ligero asentimiento, rebosante de orgullo. La he satisfecho tan a fondo que se siente lo bastante cómoda como para rendirse al sueño, rodeada de extraños entregados a todo acto imaginable.

Me bajo la máscara para depositar un beso suave en su sien, respirando el aroma de su cabello. Estoy completamente perdido para cualquier otra. Siempre lo he estado, desde el momento en que la vi por primera vez. Algo en esta mujer siempre ha despertado las partes más oscuras de mí, exigiendo posesión absoluta.

Con cuidado, alcanzo una manta suave doblada cerca y la cubro con ella, no por pudor, sino porque no quiero que pase frío. Mis manos vuelven a su piel bajo la manta, trazando las curvas que he memorizado, las marcas que he dejado.

—Duerme, flor silvestre —susurro—. Te tengo.

Capto movimiento al otro lado de la sala y veo a Landon, mi psicótico hermano menor, observándonos con esa mirada analítica suya. Incluso con su máscara de calavera blanca cubriendo la mitad inferior de su rostro, puedo leer su expresión. Esa ceja levantada me dice que me está juzgando por envolver a mi presa en una manta y dejarla dormir.

Inclina ligeramente la cabeza, los ojos yendo de la mujer dormida en mis brazos a mí. La pregunta es clara: ¿Por qué coño la dejas dormir?

Levanto el dedo medio en dirección a Landon. Sus ojos se arrugan ligeramente, lo más cercano a una risa que conseguiré de él en público. Que le jodan a él y a su juicio. Siempre ha sido demasiado controlado, demasiado calculador; incluso con su chica sobre su polla, me está provocando. No entiende lo que significa desear a alguien así, obsesivamente durante quince jodidos años.

Mi estómago gruñe y me recuerda que no he comido desde que me dio esa barra de proteínas antes. La mesa junto a nosotros está cargada de bandejas de comida: uvas, quesos, carnes en lonchas dispuestas en un despliegue decadente. Alcanzo un racimo de uvas con cuidado. La respiración de Lia sigue constante contra mi pecho, suave y acompasada.

Me meto una uva en la boca, saboreando el estallido de dulzura. Al mismo tiempo, mi otra mano sigue trazando círculos sobre su piel bajo la manta. Aunque está completamente relajada en el sueño, sigo duro como una piedra dentro de ella. Su cuerpo encaja perfectamente a mi alrededor, como si hubiera sido hecha específicamente para esto, para mí.

La presión de su peso, su calor rodeándome... es jodidamente embriagador. Podría quedarme así durante horas, solo sintiéndola respirar, sabiendo que por fin está donde pertenece. Mi flor silvestre, por fin en casa.

Mantengo una mano curvada con gesto posesivo alrededor de la cintura de Lia bajo la manta mientras observo la sala. Estos cabrones no tienen ni idea de lo que costó traerla aquí, ni de que su peso contra mí es la victoria hecha carne.

Un gemido suave escapa de los labios de Lia mientras se mueve ligeramente en mi regazo y su cuerpo se tensa alrededor de mi polla aún dura. Reprimo un gruñido y me inclino para morderle el lóbulo de la oreja.

—¿Sigues conmigo, flor silvestre? —murmuro.

Antes de que pueda despertarse del todo, la voz de Xavier atraviesa la sala como un cuchillo. Mi hermano siempre ha tenido el don de captar la atención sin levantar la voz, algo que yo nunca he dominado.

—Damas y caballeros, gracias por acompañarnos esta noche.

Siento los músculos de Lia tensarse mientras la conciencia vuelve a ella. Su respiración cambia, y prácticamente puedo sentir cómo su mente se acelera al darse cuenta de dónde está y qué está pasando. Mi mano se aprieta alrededor de su cintura, manteniéndola firmemente en su sitio.

—La parte pública de nuestra celebración ha concluido —continúa Xavier, de pie en la cabecera de la mesa con su máscara roja. El cabrón parece un rey dirigiéndose a sus súbditos—. Lo que sigue es un ritual privado reservado solo para quienes participaron directamente en la Cacería.

Los ojos de Lia se abren, la confusión evidente en sus profundidades ámbar mientras se gira ligeramente para mirarme. Le dedico una sonrisa, disfrutando del rubor que se extiende por sus mejillas al darse cuenta de que ha estado dormida, empalada en mí, en una sala llena de la élite de Ravenwood.

—Les pedimos que respeten esta tradición y nos permitan proceder sin observadores —concluye Xavier.

La multitud comienza a moverse a regañadientes, siguiendo a un camarero hacia la salida.

—¿Qué está pasando? —la voz de Lia suena ronca por el sueño.

Aprieto el agarre en su cadera, manteniéndola firmemente sentada sobre mi polla mientras intenta moverse.

—Ahora viene la reclamación —explico—. Te llevarán a prepararte. Te vestirán de verde para que combine con mi máscara. Cada presa llevará el color de la máscara de su cazador —continúo—. Luego hay una ceremonia en la que decido formalmente si te reclamo durante el año del contrato.

Lia contiene la respiración.

—¿Y lo harás? ¿Reclamarme?

Mi risa es oscura, posesiva.

—Flor silvestre, voy a reclamarte por el resto de tu jodida vida —aprieto el agarre sobre ella, asegurándome de que sienta cada centímetro de mí aún dentro de ella—. Esta vez no hay escapatoria. No voy a renunciar a ti después de un año, ni de diez, ni de veinte.

—No puedes hablar en serio —susurra.

—Nunca he hablado más en serio sobre nada —la giro en mi regazo para que me mire de frente, mi polla aún dentro de ella, y le tomo el rostro, obligándola a mirarme a los ojos—. Te he amado desde que teníamos dieciocho años, Lia. Eso nunca cambió. No cuando te fuiste sin decir adiós. No durante los quince años que te mantuviste alejada de mí. No cuando te follabas a otros hombres en Nueva York, pensando que no lo sabía.

Su pulso se acelera bajo mis dedos.

—No me estaba alejando de ti —protesta débilmente.

—¿No? —recorro su garganta con el dedo—. Llevas huyendo desde la noche del baile de graduación. Pero eso se acaba ahora. Esta noche.

La vulnerabilidad en sus ojos casi acaba conmigo. Después de quince años de obsesión, de planificar y esperar, por fin está aquí, donde siempre debió estar.

—¿Me has querido desde el instituto? —pregunta con la voz apenas audible.

—Cada maldito día desde que nos conocimos —presiono mi frente contra la suya.

Antes de que pueda responder, la levanto de mi polla y la acomodo en mi regazo, de cara a mí. Mis manos enmarcan su rostro y la sujeto con firmeza contra mí mientras me aparto lo justo para bajarme la máscara de calavera verde, que queda colgando suelta alrededor de mi cuello.

—¿Qué haces? —susurra con los ojos muy abiertos—. Creía que las máscaras debían quedarse puestas durante el banquete.

—Que se jodan las reglas —presiono mi frente contra la suya para que vea mi rostro por completo—. Se acabó esconderse. Se acabaron los juegos.

Xavier me lanza una mirada fulminante desde el otro lado de la sala, pero me da igual. Que todos lo vean. Que todos en esta sala sepan exactamente lo que siento por Lia.

—Estás rompiendo la tradición —murmura, pero sus dedos recorren mi mandíbula al descubierto con algo parecido al asombro.

—Mereces que rompa todas las reglas por ti —le cojo la mano y le beso la palma—. Nunca he tenido novia, ¿sabes? No una de verdad.

Arquea las cejas sorprendida.

—¿En quince años?

—Cuerpos para satisfacer la necesidad física, nada más —le sostengo la mirada porque necesito que lo entienda—. ¿Cómo iba a comprometerme con nadie si mi corazón te pertenece desde que nos conocimos en el instituto?

Traga saliva con dificultad; la vulnerabilidad destella en sus ojos.

—Vane...

—Lo orquesté todo.

Su cuerpo se tensa contra el mío.

—¿Qué?

—Soy el dueño del edificio. Sabía qué salario te haría volver a Ravenwood —le acaricio el pómulo con el pulgar—. He esperado, he planeado, me he asegurado de que todo fuera perfecto para cuando por fin volvieras a casa conmigo.

La conmoción en sus ojos da paso a una emoción más compleja.

—Bastardo manipulador —susurra, pero sin verdadera rabia.

—Prefiero «decidido» —la beso de nuevo, más suavemente esta vez—. Quince años, Lia. ¿De verdad pensaste que dejaría algo al azar después de esperar tanto tiempo?

Antes de que pueda seguir confesando, Lia se inclina hacia delante y me besa, silenciándome.

—Cállate —susurra contra mi boca—. Cállate un segundo.

Su beso es feroz, como si intentara transmitir una emoción para la que no tiene palabras. Sus dedos se enredan en mi pelo y tiran con la fuerza justa para hacerme gemir.

La voz de Xavier atraviesa la niebla del deseo.

—El período tradicional de reclamación comienza ahora. Tenéis hasta el amanecer para decidir si deseáis conservar a vuestra presa durante el año completo, tal como se estipula en los contratos.

Me aparto lo justo para mirarla a los ojos, ignorando la explicación monótona de mi hermano sobre reglas que conozco desde que creamos este maldito evento.

—Eres mía —murmuro contra sus labios—. En una hora, te reclamaré delante de todos los cazadores aquí presentes.

Sus pupilas se dilatan, se le corta la respiración mientras mi mano se desliza por su espalda.

—¿Y luego qué?

—Y luego tendrás veinticuatro horas para ir a casa y prepararlo todo para mudarte conmigo. A nuestro hogar —la agarro con más fuerza—. El hogar que llevo preparando para ti desde que te fuiste.

Se estremece contra mí y pega su frente a la mía. Sus labios encuentran los míos de nuevo. Respondo con igual fervor y le agarro la nuca.

—Es la hora —anuncia una voz femenina, rompiendo nuestra burbuja—. Las presas deben prepararse para la ceremonia de reclamación.

Gruño contra la boca de Lia y aprieto el brazo alrededor de su cintura. La idea de dejarla ir, aunque solo sea una hora, me resulta físicamente dolorosa. ¿Y si desaparece de nuevo? ¿Y si...?

—Vane —susurra, cogiéndome la cara entre las manos—. No voy a huir. No esta vez.

Escudriño sus ojos en busca de cualquier señal de engaño, pero solo encuentro sinceridad. Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, aflojo el agarre y la dejo ponerse de pie.

—Una hora —prometo.

Asiente y se aleja despacio.

—Una hora.

Observo a Lia seguir a la asistente hacia las cámaras de preparación. La manta en la que estaba envuelta se arrastra tras ella como una capa mientras me lanza una última mirada antes de desaparecer por la puerta arqueada.

Una hora. Sesenta malditos minutos.

Me recoloco y me subo la cremallera mientras echo un vistazo a la sala. La mayoría de los cazadores siguen ahí, mis hermanos entre ellos. Xavier está de pie en la cabecera de la mesa, hablando con Landon. Ambos miran hacia mí, y sé que están comentando que me he saltado el protocolo. Que les den. Ahora mismo me importa una mierda la tradición.

—Vaya, vaya, vaya —oigo la voz de Knox antes de verlo, y entonces mi hermano menor se desliza en el asiento vacío a mi lado, con la máscara de calavera azul colgando del cuello—. Menudo espectáculo, hermano mayor.

Gruño como respuesta y cojo mi copa.

—Nunca te había visto así —el tono de Knox se vuelve burlón mientras se acerca más—. Vane Blackwood, el ejecutor despiadado, mirando a una mujer como si fuera la octava maravilla. Estás tan enamorado que da asco.

Algo caliente y volátil estalla en mi pecho.

—Vete a la mierda, Knox.

—¡Uy! —Knox levanta las manos en señal de rendición burlona y su sonrisa se ensancha—. ¿He tocado la fibra sensible? Venga, sabes que solo estoy...

—He dicho que te largues. —Doy un golpe con el vaso contra la mesa y el whisky se derrama por el borde—. Ahora no.

La sonrisa de Knox flaquea y la sorpresa genuina se refleja en su rostro. Siempre nos hemos lanzado pullas con facilidad, nuestra relación se basa en el sarcasmo y la burla mutua. Pero ahora mismo, con Lia por fin a mi alcance después de tantos años de obsesión, no puedo soportar sus gilipolleces de crío.

—Joder —murmura Knox, escrutándome el rostro—. Estás pillado de verdad.

Lo miro fijamente, con la mandíbula tan apretada que me duele. Hay una tormenta fraguándose dentro de mí: miedo, anticipación, posesividad y algo peligrosamente cercano a la esperanza, todo mezclándose en algo que apenas puedo contener.