Acid (Los Cazadores MC nº 2) 12
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Perrie – Un mes después

Guardo con cuidado los cinturones de campeón de papá, de cuando peleaba, y me tiemblan las manos mientras los coloco en la bolsa antes de coger una de sus corbatas. No pienso perderlo todo, necesito conservar algunos recuerdos de él.

Conteniendo las lágrimas, me dirijo al fondo del armario que compartía con mamá e ignoro todas sus pertenencias. Tiro suavemente del espejo largo y dejo al descubierto la caja fuerte a la que mamá nunca ha conseguido entrar.

Por las marcas de arañazos, se nota que lo ha intentado.

Pongo los ojos en blanco e introduzco el código: el día en que nací, el de Cassidy, mi mes de nacimiento, el de ella y el año en que nací. Suena el clic y la abro.

Hoy estoy recogiendo todo lo que no quiero que acabe en la beneficencia. Mi habitación y la de Cassidy ya están vacías. Guardé todas sus cosas en un trastero para cuando vuelva, si es que vuelve…

Lo de papá es lo único que me queda por revisar, y si mamá no ha recogido sus trastos, la furgoneta de la beneficencia se lo llevará todo.

La casa por fin se ha vendido por 330.000 dólares. La mitad la voy a ingresar en la cuenta de Cassidy —por suerte ya tengo los datos de la transferencia—, y el resto irá a una cuenta de ahorros que abrí cuando murió papá, donde he ido metiendo casi todo lo que gano con las peleas.

Por eso arreglar el gimnasio me ha llevado años.

Me he puesto un límite de gastos y me aseguro de respetarlo. Con el sueldo del restaurante cubro el día a día, y una cuarta parte de lo que gano peleando va para el gimnasio.

Trago saliva mientras recojo algunas fotos de cuando Cass y yo éramos bebés, con papá. Se me llenan los ojos de lágrimas al ver su enorme sonrisa mientras me sostiene en brazos y Cass me mira fascinada. Cojo tres fajos de billetes y se me escapa una sonrisa, una risita al leer la nota.

Dinero que Perrie me debe devolver de sus peleas –

Claro que sabía que estaba peleando; eso explicaría por qué me entrenó más duro que a nadie y dejó que Acid no se contuviera conmigo.

Se me escapan unas lágrimas y me las seco.

Meto el dinero en la bolsa de lona que tengo a los pies, cojo todos los papeles del gimnasio y la casa que hay dentro y los guardo también.

Luego reviso el resto de la documentación y abro los ojos como platos al ver que algunos son de un investigador privado.

Les echo un vistazo rápido y trago saliva.

Dios mío…

Me aclaro la garganta y guardo los papeles en la bolsa. Compruebo que no me haya dejado nada en la caja fuerte. La mayoría de las cosas son reemplazables, y algunas valiosas; solo quiero asegurarme de que lo importante esté a salvo.

Suspiro y cierro la cremallera de la bolsa. Echo un último vistazo al armario. No veo nada que papá hubiera querido conservar. He revisado todos los bolsillos de sus camisas y chaquetas, y solo he encontrado algunos recibos de regalos de cumpleaños para Cass y para mí.

Cojo la bolsa y vuelvo al dormitorio de mis padres para asegurarme de que no se me haya pasado nada.

Asiento al no ver nada, salgo de su habitación y vuelvo a revisar la de Cassidy. La habitación está vacía, igual que el armario. Luego voy a la mía.

Solo quedan los muebles que puso mamá; no hay nada personal. He revisado los dos trasteros y el desván. Todo lo que era de papá lo empaqué y lo llevé al guardamuebles mientras mamá estaba fuera con Andrea, seguramente comprando cosas para el bebé.

—Vamos a tener un bebé, Perrie. Tienes que hacerte a un lado. Deja el restaurante y sal de su vida. ¡No voy a permitir que mi bebé se sienta culpable por haber nacido!

Parpadeo para contener las lágrimas, negándome a darle más vueltas.

Llevo así desde que Andrea apareció en mi trabajo, esta vez para restregarme que Acid la ha dejado embarazada. Ahora tiene unas siete semanas, y ella y mamá se han dedicado a comprar una cuna y ropa, y a montarlo todo en mi antigua habitación, como si eso fuera a hacerme cambiar de opinión.

Mamá intentó acorralarme hace dos semanas y me exigió que cancelara la venta de la casa, que Andrea necesitaba su ayuda. La amenacé con llamar a la policía y pedir una orden de alejamiento si no se largaba de una vez.

Sacudo la cabeza e intento ignorar cómo se me desgarra el corazón al pensar en Andrea, mi supuesta amiga, y en Acid, el hombre al que se lo di todo, esperando un bebé juntos. Y él ni siquiera tuvo los huevos de decírmelo a la cara.

Aunque, ¿qué derecho tengo a saberlo? Solo soy la chica que le dio asco después de follársela en el mostrador del restaurante. Tampoco es que fuera mi mejor amigo ni nada, ¿no?

Bajo las escaleras despacio, y mientras lo hago oigo la risa de mi padre. Recuerdos de cuando me perseguía porque no quería bañarme, de las veces que tarareaba mientras me llevaba a la cama cuando me había quedado dormida.

Mi madre interrumpe mis recuerdos.

—Pensaba que ya habías sacado todas tus cosas y las de Cassidy. ¿Qué llevas en esa bolsa? —pregunta confundida.

Pongo los ojos en blanco y la miro.

—Todo lo de papá es mío; acabo de revisarlo.

Entrecierra los ojos, pero la ignoro.

—Tienes tres días para irte de la casa.

Andrea se pone roja y se levanta.

—¡Perrie, estás siendo celosa y mezquina! Esta es la casa de Trudy; no puedes venderla.

Arqueo una ceja mirándola a ella y su elección de ropa para ser una supuesta embarazada.

Juro que cuanto más tiempo pasa, peor viste. Lleva un vestido tan jodidamente corto y escotado que casi se le ven las bragas y los pezones. Ni las zorras del club van así.

Resoplo ante la zorra que, una vez más, ha decidido meterse donde no la llaman, y le suelto:

—Pues mira, Andrea, sí puedo venderla porque es mía. Y además, ya está vendida.

Las dos abren los ojos como platos.

—Y si seguís aquí dentro de tres días, los nuevos propietarios os denunciarán por allanamiento.

Miro a mi madre.

—Esto dejó de ser tu casa cuando decidiste tener una aventura y dejaste que la hija de tu amante se hiciera amiga mía, sabiendo que me estaba utilizando, poniéndote siempre de su parte aunque sabías que ella estaba equivocada.

A mamá le caen las lágrimas, pero niego con la cabeza, asqueada, y echo un vistazo a la sala para asegurarme de que lo tengo todo.

Veo el reloj de oro de mi padre en la repisa de la chimenea y, sin hacer caso a mamá ni a Andrea, me acerco, lo cojo y lo meto en la bolsa junto con la foto de él sentado en el capó del Mustang.

Oigo a mamá jadear «Perrie, no», pero sigo sin hacerle caso y salgo de la casa.

—Perrie, por favor. Tu abuela le compró ese reloj a tu padre cuando nos casamos. Te dejó todo lo demás, por favor —suplica mamá mientras me sigue hasta la calle.

Ah, así que está molesta por el reloj pero no por la foto.

Sorprendente… No.

Coloco la bolsa en el asiento trasero del Mustang antes de mirarla y recordarle:

—Y no te dejó nada porque sabía que tuviste una aventura. ¿Por qué otra razón crees que se quedaba en el apartamento encima del gimnasio? No soportaba verte.

Tuerzo el gesto con desprecio ante la mujer que me dio a luz.

—No mereces nada de lo suyo, especialmente algo que puedas vender.

Me subo al Mustang y continúo:

—Vacié la caja fuerte pero dejé tu certificado de matrimonio. Tres días, mamá…

Cierro la puerta de un portazo, ignorando sus lágrimas de cocodrilo, antes de arrancar el Mustang y salir derrapando.

Vi el odio en sus ojos.

Odia que papá no le dejara nada, que ella no pensara en poner su nombre en las propiedades y que firmara un acuerdo prenupcial.

Odia que la pillaran antes de que él muriera, pero no creo que se diera cuenta de que papá nunca cambió el testamento; todo iba a ser para Cassidy y para mí de todos modos.

Además, no es que no tenga nada.

Los documentos del investigador privado que había en la caja fuerte mostraban que el padre de Andrea lleva años dándole dinero a mamá. Así es como se ha podido permitir todas sus compras compulsivas y sus citas en la peluquería.

No trabajaba a tiempo parcial en una escuela como todos creíamos.

Por eso Andrea ha estado intentando que mamá vuelva con su padre. La madre de Andrea se fue cuando se enteró de la aventura y ahora él la ignora.

Es idiota si piensa que mamá hará que su padre vuelva más a casa. Él lleva años dándole dinero aunque ella no se acueste con él, pero supongo que es porque el padre de Andrea es un puñetero político y mamá ha estado amenazando con hacer pública la aventura.

Sorprendente, ¿verdad?

Pero Andrea ya tiene lo que quiere, ¿no? Sin casa, mamá irá corriendo a los brazos de su padre, mientras ella puede sonreír y disfrutar de su embarazo con Acid, quedándose con la vida que yo quería.

Unas horas más tarde, sujeto el saco de boxeo con los nudillos en carne viva y las lágrimas corriéndome por la cara.

Tengo el cuerpo empapado en sudor y la respiración entrecortada, pero me da igual. Todo me supera.

La violación, Cassidy, Acid, mamá, Andrea… Papá.

¿Qué tengo a mi favor? Nada…

Me pica la piel y maldigo lo rápido que se me está yendo todo de las manos.

Respiro hondo, me aparto del saco y salto del ring, lista para coger el móvil y llamar a Viking para decirle que pelearé esta noche aunque Austin sea el contendiente principal.

Necesito liberar este dolor, ¿y qué mejor manera que darle una paliza a uno de mis violadores?

No se han acercado a mí desde que los apuñalé, y juré no volver a verlos, pero necesito esto antes de que mi mente se oscurezca. Otra vez.

Me arden las piernas, me pican las cicatrices, pero las ignoro mientras llego al mostrador de recepción justo cuando suena el móvil. Frunzo el ceño y miro la pantalla: es Piston.

—¿Hola? —contesto, y la respiración pesada de Piston resuena en mi oído antes de que diga con voz ronca:

—Natalie está en el hospital…

Se me para el corazón y, sin hacer preguntas, cuelgo y echo a correr hacia la puerta.

Veinte minutos después, ninguno gracias al tráfico de Nueva York, entro corriendo en la sala de espera que me indicó la enfermera, con las lágrimas escociendo en los ojos y el pánico oprimiéndome el pecho por mi amiga, mi única amiga de verdad.

Veo a Piston sentado en una silla, con la cabeza entre las manos, y contengo el aliento al ver su ropa empapada.

Dios mío, ¿qué ha pasado…?

—Pez…

Miro a mi izquierda y veo a Steal, con la cara pálida. Lo ignoro, como llevo haciendo desde que mi hermana huyó, y vuelvo a mirar a Piston, cuyos ojos se encuentran con los míos. Tiene la cara bañada en lágrimas, y corro hacia él, ignorando a Acid.

Piston se levanta cuando me acerco y, al instante, estoy entre sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho empapado.

—¿Qué ha pasado? —pregunto en un susurro, y me estrecha con más fuerza.

—L-La sacaron de la carretera, luego la arrastraron fuera del coche. Los perseguimos y… la tiraron del puente de Brooklyn —tartamudea, y las lágrimas me caen mientras lo abrazo con más fuerza.

—Estará bien, tiene que estarlo, por fin te está dando una oportunidad —murmuro, y sus brazos me aprietan con más fuerza mientras algo se rompe dentro de mí por este hombre.

El año pasado le gritaba a su esposa en el restaurante, la acusaba de intentar quedarse embarazada, le decía a todo el que quisiera escuchar que ella intentaba atraparlo de nuevo, que quería un bebé.

Y sin embargo, aquí está, después de darse cuenta por fin de que no era así, de que la amaba, destrozado porque podría perderla.

Permanecemos así unos minutos hasta que se abre la puerta de la sala de espera y me quedo paralizada, con los ojos como platos y las piernas flojas ante la persona que está allí de pie.

Piston me sostiene mientras me apoyo en él y me besa la cabeza mientras miro a mi hermana mayor, que lleva una bata blanca sobre el uniforme médico.

Está aquí, de verdad está aquí…

Sin pensar, me separo de Piston y camino hacia ella. A Cassidy le caen las lágrimas, sus ojos avellana fijos en mí y, como si estuviera en piloto automático, levanto la mano derecha y le cruzo la cara.

La sala queda en silencio; se podría oír el vuelo de una mosca.

Cassidy se lleva la mano a la mejilla, asiente y me envuelve en un abrazo. Las lágrimas me caen a raudales mientras mi hermana mayor me estrecha tan fuerte que no puedo respirar, pero no me quejo. En lugar de eso, sollozo y dejo que todo el dolor salga.

Ha vuelto, ya no estoy sola…