Aceptando a Aaron (Los Evergreens nº 1) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

Amber se quedó dormida echándose una siesta a media tarde, pero Aaron no conseguía descansar.

Sorprendentemente, no tenía nada que ver con su frustración sexual acumulada.

Las nubes se habían cernido sobre ellos. El aire estaba pesado y húmedo. Una tormenta iba a desatarse en cualquier momento. Como bombero, los días de tormenta siempre significaban una cosa: problemas.

Los accidentes de tráfico aumentaban. Las riadas dejaban a gente atrapada que había que rescatar. Y en primavera, cuando se formaban tornados, la cosa cambiaba por completo. Odiaba esas malditas cosas. Tan peligrosas, con el potencial de hacer daño a personas y propiedades.

Aquel día tenía toda la pinta de ser problemático. No de tornado, necesariamente. Hacía demasiado calor y no había ningún frente frío a la vista. Pero por alguna razón, su instinto de bombero le decía que algo iba a pasar.

Desde el pequeño porche de la cabaña, observó las nubes oscuras agitarse con furia sobre su cabeza. Los relámpagos surcaban las profundidades de aquella masa turbulenta, como si en su interior estallaran bombas.

Eso es, pensó. Los relámpagos. Por eso estoy tan inquieto. De los relámpagos nunca sale nada bueno.

Los truenos arreciaron, pasando de sonar como cañonazos lejanos a retumbar cerca, ensordecedores. Se preguntó si Amber podría seguir durmiendo con aquel estruendo y se giró para asomar la cabeza por la puerta, pero notó que alguien se acercaba.

Su percepción no le había fallado. Beckett apareció por un lateral de la cabaña, viniendo de la suya.

—¿Esta tormenta te está poniendo tan nervioso como a mí? —preguntó el policía.

—Justo estaba pensando en eso —confirmó Aaron.

En ese momento, no eran solo Littles en un resort divertido y abierto al kink. Eran dos profesionales de emergencias hablando de trabajo.

Aaron se alegraba de haberse puesto unos vaqueros con la camisa y no llevar solo un pañal, por si aquella sensación punzante que lo carcomía resultaba ser algo más que su imaginación.

Beckett llevaba pantalones cortos y camiseta.

Si surgían problemas, al menos llevaban algo más que ropa de Little. Aunque con suerte no haría falta.

—Amber está dormida, pero ¿quieres quedarte un rato? Solo tenemos que estar callados —dijo Aaron.

—Sí. Pero tío, tengo que preguntarte... —Parecía disculparse al continuar—: ¿Estás seguro de que estamos bien por lo que pasó antes?

Aaron sonrió y lo descartó con un gesto.

—Que sí, hermano. Créeme. Estamos mejor que bien.

Beckett le devolvió la sonrisa.

—¿De verdad no te molesta?

Aaron negó con la cabeza.

—En absoluto.

Beckett asintió, comprensivo.

—Ya. A mí tampoco me molestaría. Si tuviera una esposa para...

Un resplandor cegador los envolvió y Aaron habría jurado que se le erizó el pelo. El trueno que acompañó al relámpago sacudió toda la cabaña.

—¡Joder! —exclamó Beckett.

—Tío, tenemos que entrar —dijo Aaron.

Beckett no lo oyó porque cayeron más relámpagos y truenos simultáneos. Amber apareció en la puerta, ya completamente despierta.

—¿Va a ser fuerte? —preguntó.

Aaron se encogió de hombros.

—Ruidosa, al menos. Pero no creo que haya que preocuparse por tornados. No hace el frío suficiente detrás de la tormenta. Las inundaciones podrían ser un problema. Y los relámpagos podrían...

Como si quisiera darle la razón, la tormenta soltó otra descarga eléctrica. Pero esta vez se oyó un fuerte crujido, audible incluso por encima del trueno. Un grito resonó a lo lejos.

—¿Un árbol? —preguntó Beckett.

—Puede —dijo Aaron—. Pero ha sonado demasiado fuerte para ser un árbol, a no ser que fuera enorme. ¡Vamos!

—¡Aaron! —gritó Amber. Pero entonces debió de recordar a qué se dedicaba, porque cuando él se volvió, corriendo de espaldas un momento para mirarla, ella se limitó a decir—: Ten cuidado. Te quiero.

—Y yo a ti.

Se dio la vuelta y aceleró el paso, con Beckett pisándole los talones.

***

La persona gritó varias veces más, lo que permitió a Aaron y Beckett seguir el sonido a pesar del fragor de la tormenta.

Por suerte, la lluvia aún no había empezado a caer, pero las nubes estaban tan bajas y cargadas que parecían a punto de reventar. Con suerte, el diluvio aguantaría un poco más.

Y con suerte, quien había gritado estaría bien.

—¡Viene del edificio principal! —gritó Aaron al doblar una esquina y ver la antigua estructura neogótica alzándose ante ellos—. ¡Joder! ¡Ahí!

Un olor familiar le llegó a la nariz. Sin embargo, no veía ningún incendio. Quizá solo fuera el rastro de quemado que había dejado el rayo.

Pero lo que sí vio requería atención igual de urgente.

Un montón de ladrillos cubría la mitad inferior de un hombre. Aaron lo reconoció al instante: Sam Mason, el dueño del resort junto con su esposa.

Se arrodilló junto a Sam.

—¿Estás bien?

—Estoy... bien. Ayuda... a Misty...

Otro grito resonó y Sam señaló hacia el edificio.

El olor a fuego se intensificó y Aaron miró a Beckett.

—¿Te encargas de él?

—Yo me ocupo.

No era difícil deducir qué había pasado. Un rayo había alcanzado una de las chimeneas del edificio histórico, y el pobre Sam estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Los ladrillos de aquella chimenea, ahora medio derruida, le habían caído encima.

Pero el rayo había causado más daños.

Aaron vio entonces que una de las puertas traseras estaba abierta y que el humo empezaba a salir por ella. El humo se espesó cuando Aaron entró y echó un vistazo rápido. Era una especie de recibidor trasero, un espacio pequeño que se estaba llenando de humo a toda velocidad.

Pudo ver lo suficiente para hacerse una idea de lo que había pasado, gracias a la pared ennegrecida donde el fuego había comenzado y de donde se había extendido.

Un rayo había impactado y enviado una descarga eléctrica masiva de alto voltaje directamente al sistema de cableado del edificio. Esa sobrecarga repentina hizo que los cables se sobrecalentaran al instante, derritieran el aislamiento y se incendiaran. Pero nada de eso importaba ahora.

Lo que importaba era Misty.

—¡Por aquí!

A través del humo, cada vez más denso, pudo verla, pero en lugar de correr directamente hacia ella, contuvo ese impulso y se dio un par de segundos para evaluar la situación.

No era buena.

Estaba rodeada de llamas.

Por suerte, había un extintor cerca al que él podía acceder, pero que quedaba fuera del alcance de ella. En un momento lo tuvo en la mano y empezó a abrirse paso.

—¿Puedes caminar? —preguntó a gritos, por encima del crepitar cada vez más intenso.

—Sí. No estoy herida.

—¡Vamos!

Más llamas brotaron en su camino, pero Aaron logró sofocarlas. El único problema era que quedaba mucho fuego detrás de ellos y el extintor ya estaba vacío.

Si no controlaban ese fuego pronto, se propagaría y devastaría aquel hermoso edificio histórico.

—¿Hay alguien más ahí dentro? —preguntó una vez fuera.

Por suerte, lo primero que vieron fue a Sam —ya libre de los ladrillos— que se ponía de pie tambaleándose con la ayuda de Beckett.

—No. Solo estaba yo.

Vio a su marido y gritó:

—¡Sam!

Los dos corrieron a encontrarse —aunque Sam cojeaba un poco— y la escena le llegó al corazón a Aaron.

Pero no tenía tiempo para pensar en eso. ¡Había un incendio que apagar!

—¿Dónde está el cuadro eléctrico? —preguntó.

Misty y Sam señalaron un punto en la pared exterior trasera. Por suerte, estaba cerca y Aaron podía verlo y acceder a él fácilmente. Abrió la puerta metálica de golpe y bajó todos los interruptores.

Luego cogió la manguera que ya estaba conectada al grifo exterior —seguramente para regar los parterres cercanos—, abrió el grifo y volvió corriendo al interior.

El fuego se estaba propagando, pero aún no había salido de aquella habitación, y pudo apagar la mayor parte sin demasiada dificultad. La manguera no llegaba a los rincones más alejados, pero consiguió que el agua los alcanzara.

Cinco minutos después, el fuego estaba apagado.

—¡Vosotros dos nos habéis salvado! ¡Y habéis salvado el edificio! —dijo Misty, y les dio un fuerte abrazo a Aaron y a Beckett.

Por primera vez desde que llegó a los Evergreens, a Aaron no le habría importado que los chicos de la estación de bomberos lo vieran en ese momento.

Ser Little —o sumiso, o un cuck— no cambiaba quién era ni lo que era.

Era Aaron Garrett, y le encantaba su vida y ser quien era.