Aceptando a Aaron (Los Evergreens nº 1) Capítulo veinticuatro
83%

Capítulo veinticuatro

Que Amber y Grant estuvieran besándose tenía a Aaron al límite, en todos los sentidos.

Tenía los nervios destrozados de esa forma excitante y angustiosa a la vez, pero además estaba a punto de correrse en el pañal, solo por lo que oía y las imágenes que conjuraba su imaginación.

Los suaves chasquidos. Esos suspiros eufóricos. Todos los sonidos delicados e íntimos de sus bocas al encontrarse.

Sin siquiera darse cuenta, Aaron empezó a frotarse a través del pañal. Pero el plástico crujió demasiado fuerte para poder continuar. ¡Aquello ya era bastante vergonzoso! ¿Y si Grant entraba y lo pillaba tocándose?

¡Sería más humillación de la que podría soportar!

Así que intentó pensar en otra cosa mientras los sonidos se volvían más intensos e íntimos. Pero cada pensamiento lo devolvía al mismo punto.

Parecía que docenas de revelaciones y preguntas le pesaban en la cabeza.

El sexo de anoche había sido tan bueno que Amber necesitaba repetirlo para empezar el día.

¿Cuánto se habían acercado ya Amber y Grant?

¿Aquello era más que sexo? Quizás iban a tener una relación de verdad.

Todo era agridulce hasta la agonía. Nunca había sentido el deseo y el miedo chocar así: el anhelo que lo empujaba hacia adelante y el temor que lo frenaba.

Era imposible pensar en otra cosa en ese momento. Estaba completamente indefenso. Lo único que podía hacer era quedarse sentado en el corralito y escuchar.

Mientras otro hombre se follaba a su esposa...

***

Amber fluía como una fuente.

Si la noche anterior servía de referencia, el sexo iba a ser genial. Pero era más que eso.

Era la forma en que Grant la trataba.

No era brusco. No era exigente. No se mostraba dominante en absoluto.

Pero tenía seguridad en sí mismo. Era como si supiera exactamente lo que ella necesitaba y cómo hacerla llegar. Confiaba en sus habilidades y sabía que era un amante diestro, sin caer en la arrogancia.

Y ella era incapaz de resistirse.

Habían empezado despacio, con besos, y eso también era parte de lo que la tenía tan mojada.

No eran simples preliminares. No los trataba como un preludio ni como algo que hubiera que hacer antes de lo importante.

No, era deliberado. Intencional. No un medio para un fin, sino algo tan importante como todo lo demás.

A Amber le encantaba de verdad.

Besar era una de las cosas que más le gustaban, y Grant era jodidamente bueno haciéndolo.

Pero después de unos diez minutos besándose, ella no pudo aguantar más y ambos se quitaron la ropa a toda prisa.

Lo que vino después transportó a Amber al cielo...

***

Una corriente inquieta le zumbaba bajo la piel a Aaron, y le resultaba imposible quedarse quieto.

Cada segundo parecía tirar más de los extremos ya deshilachados de su paciencia. ¡Quería ver lo que estaba pasando! Y si no podía, quería que terminara para que se lo contaran todo con pelos y señales.

Pero el tiempo parecía arrastrarse con una lentitud dolorosa.

¡Y esos sonidos! Madre mía, podía oírlo todo. Los gemidos de ella. Los gruñidos de él.

Sombras danzantes parpadeaban en la pared, pero Amber y Grant debían de haber cambiado de posición, porque las siluetas provocadoras desaparecieron y Aaron se quedó anhelando que volvieran.

Se oyeron arrullos suaves y luego la risa de Amber.

¡Dios, su risita siempre volvía loco a Aaron!

Pero se transformó en algo más, y pronto los gemidos lujuriosos de Amber resonaron por encima de los golpes repetidos de la cabecera contra la pared. Grant dijo algo, y después se oyó un fuerte azote y otro gemido.

¡Mierda! ¡Estaba claro que Grant sabía cómo dárselo! Sabía que eso era lo que Amber quería. Algo firme. Algo que a Aaron, por su naturaleza sumisa, le costaba darle.

Aaron echó la cabeza hacia atrás y gimió mientras se frotaba la erección a través del plástico y el algodón abultados del pañal. Se removió buscando una postura cómoda, pero no encontraba alivio para el delicioso dolor en los testículos.

Y en realidad, no quería alivio. Todavía no. Sabía que en cuanto se corriera, la situación sería aún más enloquecedora de lo que ya era.

Así que aflojó el ritmo y se limitó a escuchar los gemidos de Amber, que subían de tono y se volvían más entrecortados con cada rebote de la cama.

La voz de Grant llegó hasta Aaron.

—Date la vuelta, nena. Levanta ese culito.

¿Nena? ¿Ahora le ponía motes cariñosos? ¡¿Pero qué cojones?!

Otro azote y Amber soltó una risita.

Aaron gimió y la polla le palpitó mientras empujaba hacia arriba contra el relleno del pañal. El algodón absorbió una gota de líquido preseminal y quedó cálido y húmedo.

El crujido de la cama se desvaneció, ahogado por el palmoteo rítmico de piel contra piel. Los gritos de Amber se volvieron aún más desesperados y se mezclaban con los sonidos húmedos de la dura follada que estaba recibiendo.

Aaron no pudo evitar tumbarse boca abajo sin pudor alguno y restregarse contra el colchón del corralito, desesperado por un alivio que estaba tan cerca y tan lejos a la vez.

Gimió, largo y grave, y las lágrimas le picaron en las comisuras de los ojos mientras se dejaba llevar por las sensaciones de la polla rozando la suave tela del pañal.

Se sentía tan patético restregándose así contra el colchón, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¡Joder, estaba al borde del delirio!

Quería entrar ahí y pararlo todo. Quería reclamar a su esposa e intentar darle lo que necesitaba.

Pero no lo haría. En el fondo, no quería hacerlo.

Porque aquel momento era mágico y hermoso, y Amber se lo merecía.

Aaron anhelaba verlo, pero también era una tortura deliciosa tener que limitarse a escuchar e imaginar lo que estaba pasando.

Y entonces la voz de ella alcanzó una nueva octava —una que él nunca había oído— y sus gritos se volvieron frenéticos.

Aaron sabía que los amantes habían alcanzado el clímax. También sabía cómo se le apretaba el coño cuando se corría, y recordaba lo increíble que era sentirlo. Apretó los dientes y jadeó imaginando la gruesa polla de Grant palpitando dentro de ella, con el coño ordeñándola hasta la última gota.

Justo cuando pensó que aquello no podía ir a mejor, la voz de Amber resonó aún más fuerte, aguda y penetrante, al correrse de nuevo. La voz de Grant se unió a la suya en un grito gutural de liberación.

La polla de Aaron palpitaba de excitación. ¡Estaba tan cerca de correrse! Pero entonces Amber y Grant terminaron, y oyó el crujido de la cama al levantarse.

Temiendo que pudieran verlo en cualquier momento, aflojó el ritmo justo antes del punto de no retorno.

Joder, ¡le dolían los huevos una barbaridad! No solo quería alivio; lo necesitaba. El dolor palpitante era casi más de lo que podía soportar.

Pero eso tendría que esperar. Lo único que podía hacer era quedarse allí sentado, escuchando a su esposa besar a su amante una vez más antes de que volvieran a vestirse.

Jamás en la vida habría imaginado encontrarse en esa situación.

Y sin embargo, allí estaba: un cornudo pequeño, indefenso y con pañal.

Y la sensación era maravillosa.