Capítulo 9
A la mañana siguiente, Amber se despertó antes que Aaron, preparó café y entró en el estudio, donde encendió el ordenador.
Era raro que estuviera levantada y activa antes que él. Aaron entraba temprano los días que iba al parque de bomberos, y eso marcaba su horario incluso cuando libraba.
Pero se alegraba de que siguiera dormido. Por un lado, necesitaba descansar. Por otro, así tenía tiempo para investigar un poco.
La página que buscaba ya estaba en favoritos. La había consultado varias veces, pero no creía que Aaron fuera a aceptar nada de lo que ofrecían. Ahora daba igual. Iba a obligarlo a ir. Por su propio bien.
Mientras navegaba por la web, tuvo claro que era exactamente lo que Aaron necesitaba. Le encantaría en cualquier momento —si lograra soltarse lo suficiente para disfrutarlo—, pero ahora, con la ansiedad tan disparada, sería perfecto.
Fue al formulario de consulta y envió las fechas, aunque supuso que el complejo estaría completo con tan poca antelación.
Apenas le dio tiempo a dar un sorbo al café antes de que se abriera una ventana de chat.
Creyendo que sería un bot, respondió sin esperar gran cosa.
Un momento después, se sorprendió al darse cuenta de que al otro lado había una persona de verdad.
Chatearon unos minutos y enseguida Amber lo tuvo todo organizado.
Cerró sesión con una sonrisa, se recostó y terminó el café.
El pequeño Aaron iba a llevarse la sorpresa de su vida.
***
Amber entró en el dormitorio justo cuando Aaron se dirigía al baño.
—Eh, alto ahí. ¿Adónde vas?
Se le encendieron las mejillas y apartó la mirada.
—Ibas a escabullirte para usar el váter de niño mayor, ¿verdad?
Asintió.
Dios, estaba tan adorable y vulnerable allí de pie, con solo una camiseta y el pañal.
Pero que estuviera tan mono no significaba que pudiera pasarlo por alto.
Había sido muy clara con las reglas el día anterior.
Lo había puesto en pañales y eso significaba que haría todos los pipís en ellos hasta que ella dijera lo contrario.
—Quédate ahí mismo, jovencito —dijo, y cruzó el baño a toda prisa hacia el vestidor. Abrió el cajón superior de la cómoda empotrada, sacó la cuchara de madera que guardaba para momentos así y volvió al dormitorio.
Le bajó el pañal y ordenó:
—Inclínate sobre la cama.
Abrió la boca como si fuera a protestar, pero debió de pensárselo mejor porque obedeció sin rechistar.
Con el trasero al aire, Amber le propinó unos cuantos azotes secos con la pesada cuchara.
Su marido se retorció un poco y dejó escapar suaves gemidos, pero aguantó los azotes como un buen chico. Ella no se pasó. No era un castigo de verdad —aunque no tenía reparos en darlos cuando tocaba—. En este caso solo quería dejar las cosas claras y marcar el tono.
Cuando terminó, las nalgas le habían quedado teñidas de un suave carmesí, aunque no había sido un azote tan fuerte como quizá debería.
Le subió el pañal, lo giró con suavidad y lo abrazó.
—A Mami no le gusta tener que azotar ese culito tan mono. Pero tienes que aprender. Cuando digo algo, lo digo en serio. ¿Entendido?
Por lo relajado que tenía el cuerpo, Amber notó que Aaron estaba completamente en su Espacio Pequeño.
Bien. Era justo lo que necesitaba. Aunque eso no significaba que fuera a durar.
Sabía por experiencia que un mal recuerdo o un simple detonante podían sacarlo de ese estado.
Pero adonde iban a ir le ayudaría en ese sentido.
—Sí, señora —dijo.
Lo abrazó más fuerte.
—Buen chico.
Le deslizó la mano hacia abajo y le dio palmaditas en el trasero acolchado.
—Ahora no te aguantes los pipís. Inunda ese pañalito, cielo.
Quizá fue la amenaza de otro azote, o que estaba tan sumergido en su Espacio Pequeño, pero fuera cual fuese la razón, Amber oyó de inmediato cómo Aaron empapaba el pañal, y sonrió.
—Aww, qué niño tan bueno y dulce para Mami. Te cambiaré en un ratito, amorcito. Pero primero quiero darte unos minutos para que termines de hacer todos los pipís.
Le agarró la parte delantera del pañal y apretó el algodón y el plástico, cálidos y esponjosos.
—Qué buen chico —repitió.
Le tomó la mano y añadió:
—Ven. Te preparo el desayuno. Tengo algo emocionante que contarte.
Estaba claro que Aaron quería saber cuál era la sorpresa, pero no insistió mientras ella lo llevaba a la cocina y le sacaba un taburete alto.
Amber rebuscó en los armarios, cajones, despensa y nevera hasta reunir todo lo necesario para hacer tortitas. Empezó a preparar una tanda. Miró a su marido desde el otro lado de la isla, sonrió y preguntó:
—¿Tienes el pañal empapado?
—Sí, señora.
Dios, hasta la voz le sonaba Pequeña. Estaba demasiado tierno.
—Bueno, te daré un cambiecito en un ratito. Intenta hacer más pipí antes de que te pongamos un pañal seco.
Pasó un momento antes de que Aaron preguntara:
—Mami, ¿cuál es mi sorpresa?
Amber casi se derritió. Se le olvidaba lo adorable que podía ser cuando estaba completamente sumergido en su Espacio Pequeño. Rara vez se dejaba llevar hasta ese punto, así que no ocurría a menudo.
La primera vez que lo vivió, no supo qué pensar. Al fin y al cabo, el Age Play, el kink y esas cosas no venían «de serie» en ella. Se había ido adaptando desde que él se lo había presentado.
Pero no le molestaba.
De hecho, había aspectos que incluso había llegado a adorar.
Amber también había llegado a entender que no se trataba solo de kink, por así decirlo.
No era únicamente un fetiche —aunque los elementos sexuales a veces jugaban un papel importante en su dinámica—.
Pero también se trataba simplemente de soltar las preocupaciones y el estrés de la vida.
Había descubierto que Aaron a veces solo necesitaba estar en pañales viendo su película o sus dibujos favoritos mientras bebía zumo de un vasito con boquilla. Nada del otro mundo. Nada travieso.
Solo regresión.
Este era uno de esos momentos.
Recordando su pregunta, volvió en sí y respondió mientras seguía añadiendo ingredientes al cuenco. —Mañana nos vamos de viaje. Estaremos fuera unos días.
Aaron ladeó la cabeza, y ella vio que estaba a punto de salir del Espacio Pequeño mientras sopesaba los pormenores del viaje. Seguro que estaba pensando en el tiempo, el dinero y todo lo que implicaba viajar.
Para cortarle el paso, Amber empezó a remover la masa de las tortitas y dijo: —No está tan lejos. Solo unas horas en coche. Y es bastante barato. Nos lo vamos a pasar genial. Alzó la vista y le sonrió. —Te va a encantar este sitio. Ya verás cuando lo veas.
Al parecer tranquilizado, preguntó: —¿Dónde es?
El sonido de la masa al removerla se fue apagando a medida que espesaba. Una vez decidida, Amber dijo: —Quiero que sea una sorpresa. Digamos que seguirás llevando tus pañalitos monos. No hace falta que metas calzoncillos de niño grande.
Lo miró sonriendo y vio cómo una expresión de absoluto asombro se apoderaba de su rostro. Era un milagro que no se desmayara.
—Pero mami, quiero saber...
Le alegraba ver que seguía en el Espacio Pequeño, pero eso no significaba que fuera a aflojar. Lo interrumpió negando con la cabeza. —Como te dije, va a ser una sorpresa. Tendrás que tener paciencia.
Sería un tormento para el pobre, pero del bueno, del divertido.
Y luego, cuando llegaran a su destino, empezaría la verdadera diversión.
El pequeño Aaron iba a pasárselo como nunca en su vida.