1. Elio #3
—¿Ya huyes de los viejos, Principessa? —El apelativo cariñoso escapa de mi boca antes de que pueda contenerlo, y estoy a punto de maldecirme por semejante debilidad.
Resulta irónico que el nombre siempre haya perdurado cuando Isabella es cualquier cosa menos frágil.
No es una muñeca protegida a la que colocar en una estantería y admirar desde una distancia segura.
Hay acero en ella.
Una inteligencia que no puede desdeñarse.
Una rebeldía silenciosa que no se doblega ante hombres como yo.
Pero la palabra sigue sabiendo bien en mi lengua cuando la miro.
Se vuelve despacio y esa mirada dorada como la miel se clava en mí.
De cerca no existe el parapeto de una sala abarrotada ni el decoro público que nos vigile.
Aquí solo está su rostro realzado por la luz de la luna, sus ojos brillantes y su boca curvada en una sonrisa de las que deberían venir acompañadas de una advertencia.
—¿No debería ser yo quien te dijera eso? —pregunta.
Exhalo una vez por la nariz, un sonido que casi parece una risa y que no es ni de lejos tan divertido como suena.
—No he sido yo quien ha desaparecido del lado de su padre mientras este hacía la ronda.
—No. Pero sí eras tú quien nos miraba como si quisiera prendernos fuego. ¿Pensabas eliminarnos cuando nadie estuviera mirando? —La franqueza de su tono cae como una cerilla sobre hierba seca.
Durante un segundo, me limito a mirarla.
La mayoría de las mujeres no se atrevería a decirme algo así.
Las inteligentes mantendrían la acusación oculta bajo el coqueteo.
Las prudentes jamás la reconocerían. Por desgracia, Isabella nunca ha pertenecido a ninguna de esas categorías.
Dice lo peligroso sencillamente porque es verdad y porque sabe que nunca consigo decidir si quiero silenciarla por ello, como haría con cualquier otra persona, o atraerla hacia mí hasta que diga cosas peores.
—O quizá —dice, ladeando apenas la cabeza y entrecerrando los ojos— nos mirabas por una razón completamente distinta...
—Cuidado —murmuro, dando otro paso hacia ella—. Deberías tener más juicio que para idealizarme.
Un destello de diversión roza su expresión.
—¿Sería una observación desacertada?
Cristo.
Debería marcharme.
Ese pensamiento surge claro, sensato y absolutamente inútil en cuanto se forma, porque mi cuerpo ya ha elegido lo contrario.
Mis ojos recorren su rostro y descienden hasta la elegante línea de su garganta. Es ahí donde percibo el leve aleteo de su pulso.
Es demasiado rápido para alguien que finge estar tan tranquila.
Así que sí le afecta.
Sin embargo, el descubrimiento no me proporciona paz alguna; solo añade otra capa de tentación bajo la que ahogarme.
Me pregunto qué otras partes de ella traicionan la serenidad que luce con tanta belleza.
¿Mantiene la respiración así de acompasada a la fuerza o le duelen las manos por tocar algo como me ocurre a mí?
Que tenga la menor idea de lo cerca que estoy de olvidar todas las reglas que han impedido que esto se convierta en una catástrofe está dejando de importar a toda velocidad.
—¿Has venido aquí para comprobar si te seguía? —pregunto con una voz que apenas supera un murmullo.
Baja las pestañas lo justo para fingir que reflexiona, aunque ambos sabemos que ya contiene una respuesta en la punta de la lengua.
—¿Acaso importa?
—Sí.
Alza la barbilla. Pequeña criatura desafiante.
—¿Por qué?
El calor estalla en lo más profundo de mi vientre.
En lugar de responder a su pregunta, salvo la distancia entre ambos en dos zancadas, le rodeo la garganta con una mano y la obligo a retroceder hasta apoyarla contra la pared junto a las ventanas.
Ahora estamos tan cerca que su perfume me llena los pulmones. Es ligero y floral, con un fondo cálido similar al clavo.
Flexiono la mano una sola vez mientras lucho contra el impulso de inclinarme y atormentarle la boca con los dientes.
La lujuria es sencilla.
Se puede controlar, es una necesidad corporal que viene y se va como el mal tiempo.
Lo que siento cuando miro a Isabella es algo completamente distinto, algo más corrosivo.
Permanece, se infecta, hace que me sienta inquieto en mi propia piel haga lo que haga para purgarme de ello.
—Cuidado —repito en un murmullo. Mi mano asciende desde su garganta para apartarle detrás de la oreja un mechón suelto de cabello castaño. Mis dedos se demoran allí, recorriendo el delicado contorno de su oreja—. Una chica como tú no debería jugar con hombres como yo.
El aliento se le entrecorta, pero no se aparta. En cambio, se inclina hacia mi caricia.
—¿Y qué clase de hombre eres esta noche, Elio Conti?
De los que están a punto de infringir todas las reglas que les inculcaron desde que pudieron sostener un arma, quiero responder.
En cambio, le sujeto el rostro entre las manos y le ladeo la cabeza.
Rozo con los labios el punto situado justo debajo de su oreja, deleitándome con el escalofrío que el contacto provoca en su cuerpo.
—De los que van a follarte hasta que olvides por qué alguna vez pensaste que esto era una mala idea.
Ella ríe con suavidad.
Alza las manos, aferra mi camisa con los puños y tira de mí para acercarme.
—Entonces deja de hablar y hazlo.
Nunca puedo negarle nada.
Me abalanzo sobre su boca.