Acceso denegado (La colección del cornudo) Capítulo 1
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Acceso denegado (La colección del cornudo)

Acceso denegado (La colección del cornudo)

Por Paul Garland

© inepub.com

Capítulo 1

—Sam, ¿qué vamos a hacer? —me preguntó Sarah nada más entrar por la puerta. Esa tarde en la oficina me habían comunicado la mala noticia. Debido al brote de coronavirus, el país iba a entrar en confinamiento nacional y yo me quedaba sin trabajo por un tiempo.

Como ingeniero de sonido, mi trabajo —y todos mis ingresos— se habían ido al garete. Todos los conciertos que tenía reservados para el año se cancelaron. Llamé a Sarah para contárselo y me fui directo a casa.

—No lo sé —respondí con sinceridad mientras me quitaba el abrigo—. Pero intenta no desanimarte. Ya se me ocurrirá algo.

Sarah estaba en la universidad estudiando enfermería, pero trabajaba a tiempo parcial como camarera en un restaurante para sacarse un dinero. Ahora que todos los restaurantes estaban cerrando, esa tarde le habían dicho que ella también se quedaba sin trabajo.

—Tenemos algo de dinero en el banco, ¿no? —preguntó—. Pero cuando se acabe, ¿cómo vamos a pagar las facturas? Tenemos una hipoteca, Sam.

—Mira, con suerte este confinamiento no durará demasiado —intenté tranquilizarla—. Saldremos adelante. No somos los únicos en esta situación, tiene que haber mucha gente como nosotros. El gobierno intervendrá y echará una mano si esto va para largo.

—Eso espero —Sarah estaba nerviosa, y la entendía perfectamente.

Hacía justo un año que habíamos comprado la casa —nuestra primera casa— y hasta ese momento el futuro parecía prometedor.

Ahora, de un plumazo, los dos nos habíamos quedado sin trabajo y nos enfrentábamos a un panorama completamente diferente.

Sarah preparó la cena e hicimos todo lo posible por no preocuparnos, pero cuando nos sentamos a comer, el brote de coronavirus copaba todos los canales. Era imposible escapar de ello.

Miré a mi preciosa y joven esposa. Solo llevábamos un año casados, pero sumando los dos años de noviazgo, habían sido los mejores años de mi vida. Nos habíamos conocido en la universidad y me había enamorado perdidamente de ella desde el primer momento.

La miré y, como casi todos los días, volví a darme cuenta de lo afortunado que era de tenerla.

Me venía grande. Yo era un tipo del montón: estatura y peso normales, pelo castaño, trabajo normal.

Era el señor del Montón. Pero Sarah… Sarah era preciosa.

Tenía ascendencia norteafricana, su padre era tunecino, así que su piel era morena y su largo pelo ondulado lucía un hermoso color caoba.

Sus ojos eran castaño oscuro, con largas pestañas negras —y la mayoría de la gente decía que eran su rasgo más destacado—, pero mentían.

Su rasgo más destacado eran sus pechos. Sarah tenía una 100E, algo que odiaba porque siempre se quejaba de que eran demasiado grandes y pesados, pero cada vez que siquiera mencionaba el tema de una reducción, yo la cortaba en seco.

De ninguna manera iba a hacerse nada en los pechos. Me encantaban. Eran perfectos.

—Hola, chicos —dijo una voz familiar a nuestra espalda justo cuando terminábamos de comer. Nos giramos.

—Hola, Danny —respondió Sarah mientras recogía nuestros platos y pasaba junto a él camino de la cocina.

—No sabía si ibas a irte a casa o no —le dije a mi mejor amigo—. Supongo que te has enterado de lo del confinamiento, ¿no?

—Pues claro —suspiró mientras se dejaba caer en el sillón libre del salón, frente a mí—. Todavía tengo trabajo, pero la cosa no pinta bien.

—Yo me he quedado sin trabajo de momento —le dije—. Sarah también. Con suerte no será por mucho tiempo. Me preguntaba si te irías a casa de tu madre.

Danny estaba viviendo con nosotros temporalmente. Se había peleado con sus padres hacía unos meses, así que le habíamos dejado quedarse en la habitación de invitados hasta que encontrara algo.

—Los dos son mayores —me recordó—. Hablé con ellos esta tarde, pero han decidido aislarse por ahora. No hay problema si me quedo con vosotros un tiempo, ¿verdad?

—Claro —respondí. Danny era un buen tipo. Alto y delgado, con el pelo corto y oscuro y una sonrisa contagiosa, éramos amigos desde que acabamos el instituto—. Supongo que no tenemos muchas opciones. Todos tenemos que quedarnos donde estemos viviendo, creo, así que tiene sentido.

—Quédate todo el tiempo que quieras —dijo Sarah, que salía de la cocina con una taza de café caliente para cada uno. Se rio—. Puede que acabemos dependiendo de ti y de tu sueldo si este confinamiento se alarga.

—Sí, sin problema —Danny cogió el café y le dio un sorbo—. Seguro que solo será un par de semanas hasta que aplanen la curva. Lo que sea que eso signifique.

—Ni siquiera sé por qué tenemos que confinarnos —Sarah se encogió de hombros—. Solo es peligroso para la gente mayor.

Tenía razón. Danny tenía 23 años, uno más que yo, y Sarah 21, uno menos. Todos estábamos sanos y no corríamos ningún peligro si pillábamos el virus, pero la teoría era que aún podíamos contagiárselo a alguien vulnerable; los padres de Danny, por ejemplo.

—Bueno, tendremos que aguantarnos y hacer lo que nos digan —respondí—. Lavarnos las manos, mantener la distancia social, y si todo el mundo se porta bien, saldremos de esto en un abrir y cerrar de ojos.

Por supuesto, estaba equivocado. Dos semanas después nos dijeron que el confinamiento se prolongaría al menos un mes más y pronto quedó claro que el covid había venido para quedarse.

Las dos primeras semanas habían sido bastante agradables.

Danny seguía trabajando y nos ayudaba con los gastos de comida y aportaba su parte para las facturas como siempre, pero era agradable pasar tanto tiempo con Sarah.

Ninguno de los dos había empezado a buscar un nuevo trabajo porque esperábamos volver a los antiguos cuando terminara el confinamiento inicial de dos semanas.

Así que habíamos pasado el tiempo disfrutando del buen tiempo en el jardín, leyendo, viendo la tele e incluso haciendo el amor por las tardes; algo que no hacíamos desde los días embriagadores en que nos conocimos.

—¿Nos vamos a la cama un rato? —sugerí una tarde, con ganas de echar un polvo. Sarah estaba fantástica ese día, con una camiseta de tirantes blanca y ajustada que mostraba su escote dorado a la perfección y unos pantalones cortos de lino fino—. Danny no volverá hasta dentro de un rato.

—Hmm —dijo Sarah, mirándome fijamente durante un buen rato. Estábamos sentados en el jardín trasero, disfrutando de otro día de abril inusualmente cálido—. ¿Qué te pasa últimamente? Siempre estás cachondo.

—Es de pasar tanto tiempo con mi esposa despampanante —respondí con sinceridad—. Si no te gusta, quizá no deberías ser tan sexy.

—No me quejo —dijo riéndose. Se levantó y entró en la casa mientras me lanzaba una mirada por encima del hombro que decía: «venga, pues».

Subimos y, en cuanto entramos en el dormitorio, empezamos a arrancarnos la ropa el uno al otro, quitándonos todo lo más rápido que pudimos hasta quedar desnudos en la cama.

El cuerpo de Sarah era increíble: su piel color cacao claro era suave y sus pechos generosos se sentían firmes y redondos en mis manos al abarcarlos.

Hundí la cara entre ellos mientras ella me agarraba la polla, ya dura, y la acariciaba despacio.

Le chupé uno de los pezones, de un rosa oscuro, disfrutando del sonido de sus gemidos, y cuando se tumbó y abrió los muslos, me coloqué entre ellos.

No tenía la polla más grande del mundo —era un poco más pequeña que la media, eso ya lo sabía— pero Sarah siempre había dicho que le daba igual.

—Fóllame —me susurró al oído.

Apoyé la punta de mi polla contra la suave carne de sus labios y me deslicé dentro de ella, disfrutando de su calidez. Bajé la mirada y observé mi polla, corta pero rígida, entrando y saliendo de su joven coño totalmente depilado.

—Qué bien se está dentro de ti —le dije mientras le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza y empezaba a embestirla con fuerza.

Le gustaba que la tratara así de bruto. Solo había estado con una chica antes de Sarah, mi primera novia del instituto.

Habíamos durado un año y luego rompimos al ir a universidades diferentes.

A ella le gustaba despacio y con suavidad, así que al principio me sentí raro cuando Sarah me dijo que lo quería duro —ponerme bruto con las mujeres no era algo con lo que me sintiera cómodo— pero una vez que aprendí a follármela duro y rápido como ella quería, me acostumbré.

Sarah había estado con tres hombres antes que yo.

Dos fueron rollos de una noche, me había contado, pero el tercero había sido una relación de un año, como la mía.

La suya, sin embargo, había sido con un hombre mucho mayor.

Nunca me lo había dicho directamente, pero sospechaba que era su profesor de universidad.

En el campus lo conocían como el señor Brooks, pero yo sabía su nombre de pila porque Sarah siempre se refería a su «ex mayor» como Chris.

Me contó que habían roto porque él estaba casado y su trabajo hacía arriesgado que siguieran viéndose, así que habían decidido dejarlo, justo antes de conocerme a mí.

Todo cuadraba, pero nunca la había presionado con el tema.

Prefería que olvidara a su ex a estar recordándoselo constantemente.

Quería que fuera historia antigua; ahora era mía, sobre todo porque me había dicho que él la tenía muy grande —casi demasiado— y que había sido él quien la había iniciado en el sexo duro que había aprendido a disfrutar.

Entonces oí que la puerta de abajo se abría y se cerraba, justo cuando estaba cogiendo el ritmo.

—Mierda —maldije—. Danny ha llegado antes de tiempo.

—Me da igual —gimió Sarah en voz baja—. No pares ahora. Ya casi llego.

Miré por encima del hombro. La puerta del dormitorio no estaba del todo abierta, pero sí lo bastante entornada como para que Danny pudiera vernos si subía directamente.

—Pero la puerta está abierta —le advertí.

—Pues date prisa —dijo Sarah mientras meneaba las caderas y se empujaba contra mí—. Fóllame. Quiero correrme.

—Vale —respondí a regañadientes. Yo también necesitaba correrme. Sarah bajó la mano hasta el coño y se frotó el clítoris mientras yo la embestía tan rápido y fuerte como podía. Me alivió lo rápido que se corrió.

—Oh, joder —gimió en voz alta. Demasiado alta. Le tapé la boca con la mano para amortiguar el sonido y que Danny no la oyera, y la follé con urgencia mientras disfrutaba viendo sus enormes pechos rebotar al ritmo de mis embestidas, hasta que sentí que explotaba dentro de ella.

En cuanto terminé, salí de ella y crucé el dormitorio corriendo para asomarme al rellano. Ni rastro de Danny. Lo habíamos conseguido antes de que subiera.

—¿Chicos? —le oí gritar, y luego el sonido de sus pasos subiendo pesadamente las escaleras.

—Estamos en el dormitorio —respondí—. No entres, que Sarah se está cambiando.

Cerré la puerta y me sequé el sudor de la frente con una sonrisa dirigida a mi esposa, que seguía tumbada en la cama completamente desnuda.

—Me ha gustado —me susurró entre risas—. El sexo con riesgo es el mejor. También me ha gustado cuando me has tapado la boca. Sammy travieso. Muy travieso.

—Vístete —le siseé—. Antes de que empiece a preguntarse qué hemos estado haciendo.

—Que se lo pregunte. Me da igual —se rio, pero se levantó y empezó a vestirse.

Tenía razón. El riesgo de que nos pillaran había aumentado la diversión del polvo que acabábamos de echar, pero no era algo que quisiera repetir.

Al final, siempre te pillaban haciendo este tipo de cosas, y eso no me haría ninguna gracia.

Danny era buen tío, pero también un buen broma, y sabía que no me lo dejaría olvidar en la vida.

Además, no quería que viera desnuda a mi preciosa esposa, y estaba bastante seguro de que ella tampoco.

¿O sí?