Academia Oscura - Libro Uno (ACADEMIA OSCURA TRILOGÍA nº 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Máscaras Blancas

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La respuesta llegó apenas unos días después, a través de un contacto que el Custodio, todavía en las sombras pero comprometido a ayudar a Sofía hasta el final, logró establecer con extremo cuidado, moviéndose entre intermediarios que ni siquiera conocían el nombre real de quién los había contratado.

Se encontraron en un café discreto de Buenos Aires, lejos del campus, lejos de la Cofradía, en un terreno que Sofía esperaba, ingenuamente, que fuera neutral.

El hombre que el Custodio había contactado no era Leonor. Era alguien que había trabajado con ella en los últimos años, de traje gastado y manos nerviosas alrededor de una taza que no tocaba, y que, tras mucha insistencia, aceptó compartir lo que sabía.

—Su madre no escapó del Pacto como cree, señorita Montiel —dijo, con una cautela que sugería que sabía exactamente el peso de lo que estaba a punto de revelar—.

Escapó de la Cofradía de la Anglada, sí.

Pero desde entonces, ha estado construyendo algo propio.

Una red paralela, mucho más antigua incluso que la organización que la persiguió durante veinte años.

—¿De qué está hablando?

—De que su madre no es una víctima escondiéndose del Pacto, Sofía. Es la persona que lo lidera ahora, desde las sombras, con una agenda que empezó a diseñar el día mismo que fingió su propia muerte.

Sofía sintió que el suelo, una vez más, se abría bajo sus pies, el café entero volviéndose borroso alrededor de ella.

Todo lo que había asumido, que su madre era una superviviente, una víctima que había sacrificado la relación con su hija para protegerla, se derrumbaba ante una posibilidad mucho más oscura: que cada coincidencia de los últimos meses, incluyendo su propia llegada a la Anglada, hubiera sido orquestada, no por la Cofradía de Augusto Roth, sino por Leonor Montiel misma, desde el principio.

—¿Por qué? —logró preguntar, la voz apenas un susurro—. ¿Por qué haría eso?

El hombre se limitó a encogerse de hombros, incapaz o no dispuesto a responder esa pregunta, la mirada bajando hacia la taza intacta.

Ezequiel, sentado junto a ella, tomó su mano con una firmeza silenciosa, la promesa hecha semanas atrás todavía intacta entre ambos: enfrentarían lo que viniera, juntos, sin importar cuán oscura resultara ser la verdad debajo de todo.

Esa misma noche, de vuelta cerca del campus, mientras caminaban en un silencio cargado de todo lo que acababan de descubrir, una figura femenina los observó desde la distancia, oculta entre las sombras de los plátanos centenarios que bordeaban la avenida de entrada a la Anglada, inmóvil como parte del paisaje.

No se acercó. Solo los observó, durante un largo momento, antes de susurrar, para nadie más que para sí misma, las palabras que sellarían el destino de todo lo que vendría después:

—Bienvenida a casa, hija mía. Ahora empieza lo verdadero.

FIN DEL LIbrO 1