Capítulo 37
El Verdadero Propósito del Pacto
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—Explíquemelo con detalle —exigió Sofía, la voz temblando de furia contenida—. Todo. No me deje afuera de nada esta vez.
El Custodio, con la resignación de quien finalmente puede liberar una carga que ha llevado durante décadas, les explicó el mecanismo completo: el ritual, envuelto en simbolismo y tradición aparentemente inofensiva, funcionaba en realidad como un contrato legal disfrazado, firmado bajo condiciones de coerción psicológica cuidadosamente diseñadas para que la elegida no comprendiera del todo lo que estaba aceptando hasta que fuera demasiado tarde para negarse.
—Tu madre lo descubrió a tiempo —continuó el Custodio—.
Estaba a días de firmar cuando le mostré los documentos originales, los mismos que hoy están ocultos en los archivos privados de los Roth.
Por eso escapamos. Por eso fingimos su muerte.
Era la única forma de sacarla del sistema sin que la Cofradía pudiera reclamarla legalmente después.
—¿Y ahora quieren hacerme lo mismo a mí?
—Peor. Porque esta vez tienen dos generaciones de motivo para no fallar.
Ezequiel, con la mandíbula tensa, tomó la mano de Sofía con una firmeza que buscaba transmitir una promesa silenciosa, sin necesidad de palabras.
—Voy a romper la cadena que mi familia sostuvo durante generaciones —dijo, mirando al Custodio directamente, sin flaquear—. Sea lo que sea que tengamos que hacer, cuente conmigo.
El Custodio los observó un largo momento, evaluando la sinceridad de la promesa con la mirada entrenada de quien ha visto demasiadas promesas rotas, antes de asentir lentamente.
—Va a necesitar más que buenas intenciones, señor Roth. —Se puso de pie, ajustándose el abrigo contra el frío nocturno—. Hay algo más que deben saber, y es la parte más peligrosa de todo esto.
—¿Qué cosa?
—Alguien muy cercano a vos, Sofía, ya aceptó el trato del Pacto en tu nombre, hace años. Antes de que nacieras, incluso.
La revelación cayó sobre Sofía como un peso helado que le cortó la respiración.
—¿Quién?
El Custodio dudó, mirando hacia los andenes vacíos como si temiera que alguien pudiera estar escuchando incluso ahí, a esa hora.
—Eso, todavía, no puedo decírtelo con certeza. Pero necesito que confíen en mí lo suficiente como para ayudarme a confirmarlo antes de que sea demasiado tarde para todos.