Capítulo 36
El Encuentro
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Un hombre mayor, de pelo cano y porte discreto, la esperaba sentado en un banco casi vacío, las manos cruzadas sobre las rodillas.
—Sofía Montiel —dijo, sin levantarse—. Te pareces mucho a tu madre.
—¿Usted es el Custodio?
El hombre asintió, con una tristeza antigua instalada en cada gesto, en la forma en que sus hombros parecían cargar un peso invisible.
—Ayudé a tu madre a escapar hace veinte años.
Fingimos su muerte juntos, con recursos que no debería haber usado, y pagué el precio con mi expulsión de la Cofradía.
—Le indicó que se sentara a su lado—. Desde entonces, la he vigilado a vos desde lejos, esperando el momento en que necesitaras encontrarme.
—¿Por qué ahora?
—Porque el ritual que se acerca no es lo que la Cofradía te ha hecho creer. —El Custodio la miró con una gravedad que la hizo estremecer, el frío de la estación de pronto más intenso—. No buscan simplemente incorporarte al Pacto, Sofía. Buscan algo mucho peor.
Ezequiel, que había estado observando a distancia, se acercó al ver la expresión de Sofía transformarse de curiosidad a horror genuino, sin importarle ya la instrucción de venir sola.
—Roth —dijo el Custodio, sin sorpresa al verlo aparecer—. Supongo que era inevitable que la siguieras.
—¿Qué es lo que realmente buscan? —preguntó Ezequiel, colocándose junto a Sofía.
El Custodio suspiró, como si hubiera esperado veinte años para finalmente decir esta verdad en voz alta, cada palabra costándole un esfuerzo visible.
—El ritual final del Pacto no es simbólico. Es un acto legal, disfrazado de ceremonia ancestral, que cede el control total del futuro y la fortuna de la elegida a la Cofradía, de forma permanente y vinculante. Una vez completado, no hay marcha atrás posible.