Capítulo 34
Camila
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La confrontación llegó esa misma noche, en la habitación que compartían, con Sofía sosteniendo el registro de acceso frente a Camila con las manos temblando de furia contenida, la luz del velador proyectando sombras duras entre ambas.
—Fuiste vos —dijo, sin preámbulos—. Todo este tiempo. Desde el primer día.
Camila, por primera vez desde que Sofía la conocía, no intentó negarlo con su sonrisa habitual. Se sentó lentamente en su cama, la máscara de amistad despreocupada cayendo por completo, dejando ver algo mucho más cansado debajo.
—Sí —dijo, simplemente—. Desde el primer día.
—¿Por qué?
—Porque me lo pidieron. Porque mi familia lleva generaciones sirviendo a la Cofradía, de una forma distinta a la de los Roth, pero igual de vinculante.
—Camila la miró, y por un momento, algo parecido a la culpa cruzó su expresión, rápido, casi invisible—.
No te odio, Sofía. Nunca te odié. Pero tenía un trabajo que hacer, y no elegí nacer con esta obligación más de lo que vos elegiste la tuya.
—¿Y las fotos? ¿Vos las borraste?
—Sí. Órdenes directas.
—¿De quién?
Camila sonrió, una sonrisa triste que no llegó a sus ojos.
—Eso no puedo decírtelo. Todavía no. —Se levantó, empezando a recoger algunas de sus pertenencias con una calma que contrastaba brutalmente con la magnitud de lo que acababa de confesar—. Lo hice por algo más grande de lo que podés entender ahora mismo, Sofía. Algún día, tal vez, lo vas a entender.
Antes de que Sofía pudiera exigir más respuestas, Camila salió de la habitación con una bolsa a medio llenar, dejándola sola con la traición asentándose lentamente, como una piedra fría hundiéndose en el pecho.
Ezequiel llegó minutos después, encontrándola sentada en el piso, la espalda contra la cama, incapaz de procesar del todo la magnitud de lo que acababa de descubrir sobre alguien que había sido, hasta esa noche, su primera amiga real en ese lugar.
—Estoy completamente sola —dijo, la voz quebrada—. Salvo por vos y por Tomás, no tengo a nadie en quien pueda confiar en este lugar.
Ezequiel se sentó a su lado, en el piso frío, abrazándola sin decir nada, dejando que el silencio compartido dijera lo que las palabras no podían alcanzar a decir esa noche.