Academia de musas 1. Exilio
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Cuando al fin me eligen para algo especial resulta que es para secuestrarme.
Estoy atrapada en una especie de caja o contenedor.
Tengo las rodillas pegadas al pecho, y no siento mi lado izquierdo de estar tirada así durante tanto tiempo.
La cabeza me palpita por el golpe con el que me noquearon antes y algún tipo de guantes metálicos me sujeta las manos a la espalda, quemándome dolorosamente la piel.
Al relajarme, el ardor disminuye, pero es difícil dadas las circunstancias.
Si alguna vez logro salir de aquí —por favor, por favor, dejadme salir de aquí—, temo encontrarme con las palmas abrasadas con ampollas como el queso planchado en la sartén.
Se me escapa un sollozo y, en esta reducida extensión en la que apenas puedo respirar, no hay espacio para que corra el aire, que vuelve caliente y pegajoso contra mi mejilla. Hebras de mi pelo castaño se me pegan a la cara y entorpecen mi visón, obligándome a mantener los ojos cerrados.
Quizá sabría qué hacer si hubiera recibido algo de entrenamiento antes de este nefasto viaje. En cambio, estoy totalmente indefensa.
No tengo ni idea de lo que me va a pasar.
El allegro de mi corazón late más deprisa, y se me hace un nudo en la garganta. Mis palmas pican con un calor familiar. «No».
«Respira. No dejes que el pánico te domine».
Bebí una copa de vino antes del secuestro, lo que al principio ayudó a calmar mi histeria. Pero ahora sus virtudes se han esfumado, y el vino ha viajado de mi cabeza a mi vejiga, donde se ha instalado con una presión incómoda y creciente. No podré aguantar mucho más.
«Inhala».
«Exhala».
«Piensa en cachorros y chicos con hoyuelos».
De hecho, estaba con un chico con hoyuelos cuando me capturaron. Un tipo que claramente no era quien parecía ser.
«Tsss». Jadeo cuando el guante me abrasa la palma de la mano, cerca de la base de la extremidad.
«No pienses en él».
«Inhala».
«Exhala».
«No dejes que el pánico te domine».
¿Quién sabe cuántas horas antes...?
Cuando planeaba mi viaje a Italia, soñaba despierta con enamorarme de un italiano, así que una parte de lo sucedido no fue ninguna sorpresa. Sin embargo, no esperaba que tuviera quinientos años. Tampoco esperaba llorar, aun así, brotan lágrimas nublándome la vista mientras lo observo.
El David.
Las venas de su mano palpitan con tensión.
Casi puedo sentirlo respirar, casi puedo ver cómo la sangre orquesta la vida bajo su piel fría y dura como el mármol, mientras se va preparando para enfrentarse a un enemigo poderoso.
He oído hablar de su expresión decidida, pero, por la manera en que su mirada se clava ahora en mí, parece más. .. inseguro, cohibido.
«Lo sé, cariño, lo sé, a mí me pasa lo mismo».
No puedo creer que casi estuviera a punto de saltarme visitar la Galleria dell’Accademia donde el David de Michelangelo está preparado para dejar pasmados a los turistas desprevenidos a sus pies.
He visto suficientes cuerpos masculinos desnudos (en persona solo uno y medio, pero quién lleva la cuenta) para darme cuenta de lo increíblemente realista que es.
Vaya, aunque nunca haya visto a nadie sin circuncidar, así que no puedo comentar mucho más acerca de ese apéndice en particular. No es que me esté fijando.
El hecho de que una persona pudiera tallar a este hombre de piedra me deja absolutamente perpleja.
Mi padre cita a menudo que «el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios».
Pese a tener un padre judío, una madre agnóstica y un abuelo católico, el concepto de Dios siempre me ha parecido bastante abstracto.
Pero, por primera vez, creo que tal vez entienda lo que significa esa cita.
Se refiere a la capacidad de crear algo tan bello como el David, fabricar carne y hueso a partir de un simple bloque de mármol es sin duda algún tipo de poder divino.
Pero esta certeza de las cotas del potencial humano es un poco bajonera.
Porque ¿cómo aprovecho yo mi potencial?
La pregunta se instala en mí, y por un momento me odio.
Por cada cuadro inacabado, cada canción a medio escribir, cada relato abandonado.
Cada intento que no fue lo suficientemente bueno.
Incluso este viaje, que ya casi ha terminado, y todavía no he hecho lo que se me encargó.
Sabía que iba a resultar complicado encontrar a ese hombre en toda Florencia, pero esperaba finalmente poder demostrar mi valía a mi familia.
Yestá a punto de escurrirse, es la única oportunidad que tengo para hacerlo.
Vuelvo a mirar al David , su intensa mirada parece ahora acusatoria.
Es una sensación familiar. He crecido como el miembro menos habilidoso en una familia de artistas y eruditos, estoy acostumbrada a que me juzguen. Sé que tengo talentos, pero a menudo se sienten más como expectativas.
Y siempre me quedo corta.
Moqueo y miro a mi alrededor para ver si puedo limpiarme la nariz con la manga, pero alguien me está mirando.
Alguien muy guapo. Yese alguien tiene un corazón de verdad, aunque sea muy alto sigue dentro de los parámetros del tamaño humano, a diferencia de mi nuevo novio que los supera.
Ahora soy aún más consciente de mis lágrimas.
Vuelvo a mirar al chico, quien vive y respira, y sigue mirándome. Sonríe cuando nuestros ojos se encuentran, y tiene unos hoyuelos que son tan encantadores que decido romper con el David en el acto.
«Lo siento, mi amor. De todas formas, compraré una postal con tu cara».
El señor Hoyuelos se está dirigiendo hacia mí, o tal vez solo esté tratando de ver la escultura desde otro ángulo.
Es todavía más mono de cerca, con sus largas extremidades y el pelo castaño oscuro.
Un aro de azuladas piedras preciosas abraza el lóbulo de su oreja derecha.
He andado a la caza de alguien que lleva un pendiente de zafiro, pero.
.. no así. No tiene nada que ver con el reclutador que me han pedido que busque: un hombre negro que rondará los cincuenta años, con un parche en el ojo o unas gafas de sol, y tres pendientes en una oreja: un zafiro, una esmeralda y una perla.
Este tipo tiene un pendiente de zafiro, sí, pero él es blanco, parece como si estuviera en la universidad, y no tiene nada que oculte sus brillantes ojos marrones de pestañas demasiado largas.
En su camiseta, aparece una imagen del Hombre de Vitruvio de Da Vinci tocando la guitarra eléctrica.
Le pido a mi corazón que lata más despacio.
Finjo rascarme la nariz para poder lidiar con la situación de los mocos tan discretamente como sea posible.
Yo también decido ver al David desde otro ángulo, situándome lo suficientemente cerca para darle la oportunidad al señor Hoyuelos de flirtear conmigo, aunque el hecho de que acabe de verme llorar enfrente de una estatua podría reducir mis posibilidades.
Él sonríe de una manera que demuestra que ha visto mi estrategia, y ahora está lo suficientemente cerca para que advierta que el hoyuelo de su mejilla izquierda es más profundo que el de la derecha.
—Bonita camiseta —le digo.
—Es un alivio ver como alguien aprecia de verdad una obra de arte.
Una ola calor invade mis mejillas.
—¿No es de mala educación venir aquí presumiendo del trabajo de un rival? —le pregunto mirando su camiseta significativamente.
—Da Vinci y Michelangelo no eran rivales —dice con total seguridad.
Considerando que no sé prácticamente nada de los maestros del Renacimiento, le tomaré la palabra.
Me tiende la mano:
—Soy Michael.
Le estrecho la mano con torpeza. Está caliente y callosa, pero con las uñas bien mordisqueadas.
—Soy Ada —respondo mientras retiro mi mano, aunque no puedo decir que quiera hacerlo.
—Como Ada Lovelace —dice arqueando una de sus oscuras cejas.
Esto me coge por sorpresa. Solo una cierta clase de persona asocia mi nombre inmediatamente con el de Ada, condesa de Lovelace, la primera programadora de ordenadores—.
La inventora de la Ciencia Poética —continúa, divertido—, mi tipo favorito de ciencia.
—La física teórica es mi tipo favorito de ciencia —respondo—. Lástima que no se me den bien las matemáticas.
—La física teórica está definitivamente en mi top tres —afirma.
—Para viajar en el tiempo, ¿verdad?
—¿Cómo lo has adivinado?
Debería dejar de sonreír tanto, no quiero parecer demasiado ansiosa. Pero él está sonriendo también.
—¿Así que te gusta la escultura? —pregunta.
—No lo sabía hasta el día de hoy.
La verdad es que ninguna escultura me había afectado así.
—Ah, sí, el David puede surtir ese efecto en la gente.
Siento el fácil flujo de la conversación que llega a una conclusión natural, puedo ver el cambio cortés en sus gestos que indica que se prepara para seguir adelante.
Pero dejé al David por este chico, así que no puedo permitir que se escurra todavía de entre mis dedos. Decido continuar con las preguntas:
—Si sabes tanto sobre su creador, ¿qué más puedes decirme sobre mi nueva obra de arte favorita?
—Ah, así que no he salido airoso de ocultar que soy un insufrible sabelotodo —dice Michael antes de pasar las manos por su espeso pelo castaño, apartándolo de sus ojos, y su antebrazo se flexiona de una manera que me hace querer inspeccionar su forma tan de cerca como la del David .
—Tú dices sabelotodo, yo digo amable educador de turistas ignorantes e indefensas.
—Ah, sí, ignorante e indefensa, los dos adjetivos exactos que usaría para describirte —dice con su ya característica sonrisa—. Bueno, ¿sabías que para familiarizarse con la anatomía humana Michelangelo diseccionó cadáveres?
—No lo sabía.
Michael imita con su mano la posición de la mano del David .
—Esas dosis de realismo se deben a que él era tan conocedor del cuerpo humano como cualquier médico.
—También era pintor, arquitecto e ingeniero, hablando de sabelotodos —añado antes de poner los ojos en blanco.
—Tú dices sabelotodo. Yo digo verdadera encarnación del ideal renacentista —dice antes de bajar la mano.