GABRIEL
La Barbacoa Comunitaria era el proyecto favorito de Zain.
El jefe trataba la recaudación anual de fondos como una operación táctica, y cada año me ponía a cargo de las parrillas porque, según él, yo era el único del equipo capaz de no quemar una hamburguesa.
Viniendo de un hombre que había sobrevivido al combate y al derrumbe de un edificio, ese era el mayor cumplido que sabía dar.
Me había instalado a las siete de esa mañana.
Saqué las cuatro parrillas industriales del garaje de mantenimiento del parque, las alineé en la plataforma de hormigón detrás del cuartel y prendí el carbón en cada una.
Jesse Harrington apareció sobre las ocho con tres neveras de pollo marinado y carne picada suficiente para alimentar a medio condado, con su sonrisa de siempre.
Jesse siempre tenía esa cara. Resultaba irritante si no estabas acostumbrado.
—Gran asistencia este año —dijo, apilando las neveras cerca de mi puesto—. Bev va a traer su ensalada de patata. La buena.
—Solo hace una.
—Ya. —Sonrió aún más—. La buena.
A mediodía, el pabellón estaba lleno. Las familias se repartían por el césped.
Los niños correteaban alrededor de la nave de vehículos, que habíamos abierto para las visitas.
Un par de compañeros del equipo estaban con la demostración del camión escalera, dejando que los críos subieran y accionaran la sirena, y el ruido se propagaba por toda la manzana en ráfagas cortas y estridentes que volvían locos a todos los perros del barrio.
Yo me quedé en las parrillas. Ahí era donde me sentía cómodo: detrás del humo, haciendo algo con las manos, observando a la multitud sin formar parte de ella.
Desde allí veía todo el pabellón. Las mesas de picnic que se iban llenando.
Bev, que se movía entre los grupos con su taza de café y se paraba a hablar con todo el mundo como si no tuviera prisa.
Hank Rourke, que se dejaba caer en un banco con esa rigidez de piernas de un hombre cuyo cuerpo recordaba cada invierno trabajado.
Tessa Nguyen, de pie cerca de la nave con los brazos cruzados, observando a los niños en el camión escalera con la misma expresión serena y calculadora que ponía en la central.
No estaba buscando a Brenna. No.
Sabía que era mentira, pero me lo repetí igualmente.
Tres días desde el incendio. Dos desde el desayuno en el local de Bev.
El día anterior había pasado por Sugar & Pine de camino a la estación y había visto el coche del perito del seguro aparcado delante.
No paré. No tenía motivo para parar. El informe de Dec estaba presentado.
Habían levantado el precinto. Mi implicación profesional había terminado.
Mi implicación profesional. Como si eso fuera lo que me quitaba el sueño.
Le di la vuelta a una fila de hamburguesas, ajusté los tiros de la segunda parrilla y me dije que si aparecía, aparecía. Whispering Pines era un pueblo pequeño. La barbacoa era un evento para todo el pueblo. Había bastantes posibilidades.
Llevaba diciéndome muchas cosas sobre probabilidades y coincidencias desde la mañana del incendio. Ninguna resultaba convincente.
—Como sigas mirando así ese pollo, le vas a hacer un agujero.
Bev se había materializado a mi lado. Dejó una taza de café recién hecho en la mesa de preparación, junto a mis pinzas, y contempló a la multitud con expresión satisfecha, como quien inspecciona una sala que ha creado con su propia voluntad.
—El pollo está bien —dije.
—No estaba hablando del pollo. —Dio un sorbo a su propia taza —siempre tenía su propia taza— y me lanzó una mirada que sabía demasiado—. La chica de la panadería. Brenna. ¿Viene hoy?
—¿Y yo qué sé?
—Porque has mirado al aparcamiento cuatro veces en los últimos diez minutos. Las he contado.
No respondí. Bev me dio una palmadita en el brazo y se alejó, y la oí reírse por lo bajo mientras se marchaba.
Veinte minutos después, la vi.
Apareció por un lateral del cuartel a pie, lo que significaba que había venido andando desde Main Street.
Llevaba un vestido veraniego amarillo pálido y el pelo recogido de forma que dejaba al descubierto el cuello y la línea de la mandíbula.
Sostenía una bandeja cubierta con papel de aluminio en una mano y las llaves en la otra.
Sus ojos recorrían la multitud en barridos rápidos y breves, sin posarse en nadie el tiempo suficiente como para arriesgarse al contacto visual.
Jugueteaba con las llaves, dándoles vueltas entre los dedos, y cambiaba el peso de un pie a otro como si no acabara de decidirse a quedarse.
Vi cómo se le tensaban los hombros mientras contemplaba a la multitud. No conocía a la mayoría de aquella gente. Llevaba un año en el pueblo, pero un año de madrugar para hornear y jornadas de dieciséis horas detrás de un mostrador no dejaba mucho margen para socializar.
Estaba a punto de darse la vuelta. Lo veía: el ligero giro del pie, cómo la mano se le cerraba en torno a las llaves. Estaba calculando la salida.
Me quité los guantes y fui hacia ella.
Me localizó con la mirada cuando estaba a unos cinco metros, y algo cambió en su postura. No mucho. Solo que el pie que había estado girando volvió a apoyarse en el suelo. Alzó la barbilla. La bandeja se estabilizó en su mano.
—Has venido —dije.
—He hecho un bizcocho. —Levantó la bandeja a modo de prueba—. Pensé que si el cuerpo de bomberos está organizando una recaudación, lo menos que podía hacer era aportar algo. Ya que vosotros... —Se interrumpió—. En fin. Bizcocho.
—¿De qué?
—Pan de plátano con mantequilla tostada. Técnicamente no es un bizcocho, pero está en un molde de bizcocho, así que... —Esbozó una media sonrisa—. ¿Dónde lo dejo?
La acompañé a la mesa de postres, cerca del pabellón, y dejó la bandeja entre un plato de brownies de Bev y una tarta de supermercado que aún estaba en su envase de plástico.
Retiró el papel de aluminio y ajustó los bordes como si estuviera montando un escaparate, y me quedé allí observando cómo se movían sus manos: rápidas y precisas, la gasa de la palma derecha más pequeña ahora, sujeta en los bordes sobre una quemadura que seguía rosada pero ya no estaba en carne viva.
—Has horneado esto en tu piso —dije.
—Tengo un horno decente. No es profesional, pero cumple. —Se irguió y se limpió las manos en el vestido—. No podía quedarme ahí arriba sin hacer nada. Necesitaba hacer algo.
Cómo lo dijo —necesitaba, no quería— me reveló más sobre Brenna Mills que todo lo que había compartido hasta entonces.
Hornear no era su trabajo. Era su manera de procesar el mundo.
Cuando todo lo demás se desmoronaba, creaba algo con sus manos, lo ponía delante de la gente y esperaba que tomaran un trozo.
—Ven —dije—. Te traeré un plato.
Me siguió hasta las parrillas, y llené un plato con una hamburguesa, un poco de la ensalada de patata de Bev y un trozo de pollo a la parrilla que había retirado en el momento exacto porque ese día había estado controlando los tiempos como si me fuera la vida en ello.
Tomó el plato y se sentó en el muro bajo detrás de mi puesto, con las piernas cruzadas hacia un lado y el plato en equilibrio sobre la rodilla.
—¿Organizas esto todos los años? —preguntó.
—Zain lo organiza. Yo me encargo de las parrillas.
—Porque eres el único que no quemará una hamburguesa.
—¿Eso dijo?
—No, lo supongo.
Le dio un mordisco a la hamburguesa y cerró los ojos un segundo —solo un segundo— y cuando los abrió, la señaló.
—Esto está muy bueno.
—Es una hamburguesa.
—Es una hamburguesa perfecta, y no lo digo a la ligera. Tengo opiniones sobre la comida. Muy firmes.
Me apoyé en la mesa de preparación y crucé los brazos.
—¿Qué tipo de opiniones?
—Del tipo que me hizo rehacer una receta de crema de mantequilla cuarenta y siete veces antes de ponerla en la carta. Del tipo que me hizo ir a tres proveedores distintos porque la harina que quería no se conseguía en la zona.
Se encogió de hombros.
—Mi antiguo jefe me llamaba implacable. Creo que lo decía como cumplido, pero no estoy segura.
—¿Dónde fue eso?
—Asheville. Trabajé en una panadería del centro durante dos años después de la escuela de cocina, aprendiendo la parte del negocio.
Ahorré, encontré un local, firmé el contrato de alquiler y luego pasé seis semanas discutiendo sobre conductos de ventilación antes de que el propietario retirara la oferta.
Se encogió de hombros.
—Probablemente fue lo mejor. Pero en aquel momento, fue como el fin del mundo.
—Y entonces encontraste Whispering Pines.
—Encontré un anuncio de un local comercial en Main Street con suelos de madera originales y un alquiler que casi podía permitirme.
Dio otro bocado y masticó despacio, pensativa.
—No encontré Whispering Pines. Whispering Pines era simplemente donde estaba el edificio.
—¿Así funciona? ¿El edificio elige el pueblo?
—Conmigo sí. No buscaba una comunidad. Buscaba una cocina.
Lo dijo con naturalidad, sin autocompasión, pero percibí el peso de sus palabras. Había venido por el edificio. Se había quedado por el edificio. Y ahora el edificio estaba destripado, y las frágiles raíces que había logrado echar en este pueblo estaban ligadas a una cocina que no podía usar.
Un grupo de niños pasó corriendo y uno de ellos casi le tira el plato a Brenna. Lo acercó al pecho y se rio —una risa auténtica, sorprendida y luminosa— y uno de los niños gritó «¡Perdón!» por encima del hombro sin aminorar el paso.
—Entorno peligroso —dijo mientras volvía a colocar el plato sobre la rodilla.
—Gajes del oficio. La barbacoa siempre es un caos.
—Me gusta.
Miró hacia la multitud y su expresión se suavizó de una manera que no le había visto antes. La tensión de su rostro se relajó. Los hombros le bajaron.
—No sabía que esto existía. La barbacoa, quiero decir. Vi un folleto en correos, pero pensé que era, no sé, algo del cuerpo. Para familias.
—Es para todos.
—Ya lo sé.
Me miró.
—Probablemente debería haberlo sabido hace un año.
—Estabas ocupada.