CAPÍTULO 15 DOBLE INTERPRETACIÓN (Parte B - El Clímax)
—No —confirmo al otro lado de la línea, y mi voz suena extraña, como si perteneciera a otra mujer. A la mujer del encaje negro. A la mujer que no existe fuera de esta llamada.
Al otro lado, en su despacho silencioso a sesenta pisos de altura, lo oigo respirar.
No es una respiración normal. Es profunda, arrastrada, un sonido húmedo y forzado que llena el auricular y se me mete directamente en el vientre, en las entrañas.
Es el sonido de un hombre ahogándose en su propio oxígeno, en la presión de un deseo que ya no cabe dentro de su piel.
—Vamos a jugar, Elena —dice, y cada palabra es un latigazo lento, deliberado, cargado de una intención que me despoja de la toalla, del dormitorio, de mi nombre.
Un escalofrío violento me recorre de la coronilla a los talones. La toalla, que antes era confort, ahora es una prisa, un obstáculo. Mis dedos se aferran al borde de la tela. —¿A qué? —pregunto, aunque sé la respuesta. La necesito oír de sus labios.
—A darnos placer. Tú allí. Yo aquí. Con solo nuestra voz.
La proposición, dicha con esa crudeza, con esa falta total de romanticismo, es más excitante que cualquier poema. Es un contrato. Un pacto de intimidad a distancia. Me tiemblan las manos.
—Julian, yo… —intento protestar, buscar una salida, aferrarme al último vestigio de la profesora que corrige exámenes.
—Túmbate —corta él, su voz convertida en una orden pura, clara, inapelable. No hay espacio para la duda—. En tu cama. Ahora.
La orden no deja resquicio. Obedezco. Mis piernas, que parecen de gelatina, me llevan al borde del colchón.
Me siento. La toalla se afloja, el nudo que la sujetaba a mi pecho cede.
Me tumbo de espaldas sobre las sábanas frescas de algodón.
La toalla se abre por completo, deslizándose por mis costados y quedando debajo de mí, una capa de terciopelo húmedo entre mi piel y la tela de las sábanas.
Estoy completamente desnuda. Expuesta. Y él, a kilómetros de distancia, lo sabe.
—Ya estoy —susurro al teléfono. El sonido de mi propia voz, tan vulnerable, me avergüenza y me excita.
—La toalla —dice él, su voz ahora es un ronroneo grave, una vibración que siento en el hueco del estómago—. Sácatela. Quiero oír el sonido.
Cierro los ojos. Con un movimiento torpe, me levanto un poco sobre los codos y tiro de la tela húmeda. Sale de debajo de mí con un susurro rasposo. La dejo caer al suelo, donde produce un golpe sordo.
—Ya no está —digo.
—Bien —responde él. Y luego, su voz cambia, se llena de una intensidad obscena—. Ahora, toca tu cuello. Donde te besé anoche.
Una descarga eléctrica recorre mi piel. Mis dedos, temblorosos, ascienden por mi propio cuerpo. Encuentran el hueco de la clavícula, la línea del cuello. La piel está caliente, sensible. Recorro la zona con la yema de los dedos, imaginando que son sus labios, sus dientes.
—Lo estoy haciendo —jadeo, incapaz de contener el sonido.
—Dime cómo se siente —ordena, y en su voz detecto el esfuerzo, la tensión de quien está conteniendo algo salvaje.
—Caliente… sensible. Como si llevara tu marca aún.
—La llevas —afirma—. Baja los dedos. Despacio. Hasta el pecho. Sin tocar los pezones todavía. Solo bordéalos.
Obedeciendo sus instrucciones, mis dedos descienden. Rodean la curva de mis pechos, trazando círculos a centímetros de los pezones, que se han endurecido hasta doler, erectos y anhelantes en el aire frío de la habitación. La anticipación es una tortura exquisita. Gimo, un sonido bajo, involuntario.
—Me escuchas —dice él, y es una afirmación cargada de satisfacción bestial—. Ahora… uno. Solo uno. Con el dedo índice. Tócalo. Suave.
Mi índice, que ha estado orbitando, se posa finalmente en la punta del pezón derecho. El contacto es una descarga de fuego líquido que me hace arquear la espalda fuera de la cama. Un grito ahogado se me escapa.
—¡Julian!
—Así —gruñe él al otro lado, y su voz está distorsionada, ronca por la excitación—. Así quiero oírte. Ahora el otro. Con la palma. Frótalo. Más fuerte.
Aplico mi palma contra el pezón izquierdo, frotando en círculos.
La presión, la fricción, es casi demasiado.
Mis caderas se elevan instintivamente de la cama, buscando una presión que no está allí.
Estoy perdida en sus instrucciones, en el sonido de su respiración cada vez más agitada al otro lado de la línea.
Ya no soy yo quien se toca. Es él, a través de mi mano, a través de su voz.
—Estás mojada —declara, no como una pregunta, sino como un hecho consumado—. Lo sé. Lo siento en tu respiración. Baja la mano, Elena. Ahora.
Mi mano, que parece pertenecerle a él, desciende por mi estómago, mi abdomen, hasta el vello púbico. La humedad allí es real, abundante, vergonzosa. Me detengo.
—No te detengas —su voz es un látigo—. Muéstrame lo que haces. Dime dónde estás tocando.
Con los ojos cerrados, sumergida en una oscuridad cargada de su presencia, deslizo un dedo a través de mis labios. Estoy empapada. El sonido es obsceno, íntimo.
—Aquí… —murmuro, ya sin poder formar palabras completas—. Estoy… aquí.
—¿Dónde exactamente? —insiste, su voz ahora es un susurro áspero, urgente—. El lugar. Nómbralo.
La crudeza de la demanda me hace arder. Pero ya no hay pudor. Solo necesidad. —El clítoris —digo, y la palabra, médica, explícita, en este contexto, es lo más excitante que he dicho en mi vida.
Un gruñido largo, gutural, sale del teléfono. Es el sonido de un hombre que está perdiendo el control. —Ródelo. Con la punta del dedo. Despacio. Muy despacio.
Hago lo que dice. La sensación es intensa, brillante, un punto de luz blanca en la oscuridad de mis párpados cerrados. Un gemido continuo, que no he sido consciente de emitir, sale de mi garganta.
—Así… joder, así… —murmura él, y sus palabras ya no son órdenes, son confesiones—. Ahora mete un dedo. Solo uno. Profundo.
Introduzco mi dedo medio en mí misma. Estoy tan excitada que cede sin resistencia.
La sensación de plenitud, unida al roce de mi otro dedo en círculos, me hace ver estrellas.
Mi respiración es un jadeo caótico. Ya no estoy en mi dormitorio.
Estoy en su voz. En sus órdenes. En el sonido de su propia lucha por respirar.
—Yo… yo también —dice él de repente, su voz entrecortada—. Estoy aquí… en mi silla… —Hace una pausa, y oigo un sonido, un roce de tela, un jadeo más húmedo—. Me estoy tocando, Elena. Me estoy imaginando que es tu mano. Que es tu boca.
La imagen que sus palabras pintan en mi mente —él, poderoso, controlado, deshecho en su silla de despacho, con la mano en su erección— es el detonante final. La presión que se ha estado acumulando en mi bajo vientre estalla.
—¡Julian, voy a…! —grito, una advertencia, una súplica.
—¡No! —ruge él—. ¡Espera! ¡No llegues sin mí!
El esfuerzo en su voz es titánico. Me contengo, al borde del abismo, temblando, cada músculo en tensión, mientras al otro lado oigo su respiración convertida en rugido, el crujido de la silla de cuero, el sonido áspero y rápido de su mano moviéndose.
—¡Ahora, Elena! —grita, y es una orden, una súplica, una rendición—. ¡Ahora! ¡Déjate caer! ¡Y dime mi nombre!
Su permiso es la llave que libera todo. El orgasmo me golpea con la violencia de una ola rompiendo.
Es cegador, total, un tsunami de sensaciones que me arranca de la cama, que me hace gritar su nombre una y otra vez, un mantra roto y húmedo que llena el teléfono y, sé, llena también su despacho en la oscuridad.
—¡JULIAN! ¡DIOS, JULIAN…!
Mis contracciones son largas, convulsivas.
Mientras me sacuden, alcanzo a oírlo a él, al otro lado.
Un rugido prolongado, bestial, que no es de triunfo, sino de pura liberación animal.
Luego, un gemido roto, el sonido de algo pesado cayendo, quizá su cuerpo desplomándose sobre el escritorio, y su respiración, desgarrada, desesperada, mezclándose con la mía a través de la línea.
Los siguientes minutos son un borrón de jadeos compartidos, de silencios cargados de la electricidad residual del cataclismo. Poco a poco, el mundo regresa. La sensación de las sábanas frías y arrugadas bajo mi espalda sudorosa. El peso del teléfono en mi mano, pegado a mi oído.
Ninguno de los dos habla. Solo respiramos. Dos extraños, en dos habitaciones oscuras y separadas, unidos por el hilo tenue de una llamada y el eco ensordecedor de una rendición mutua.
Él rompe el silencio primero. Su voz es apenas un susurro ronco, devastado. —Estabas… increíble.
Yo no tengo palabras. Solo un sentimiento de vértigo, de vacío y de plenitud a la vez. Nos hemos dado todo, sin tocarnos. Hemos poseído y hemos sido poseídos a través del sonido. El pacto se ha roto y se ha reforzado al mismo tiempo.
—Tú también —logro decir, mi voz es un hilo.
Otro silencio. Luego, un sonido que podría ser un intento de risa, o un suspiro de asombro.
—El viernes… el viernes no va a ser suficiente.
No es una queja. Es una profecía. Una verdad que ambos acabamos de descubrir en la piel del otro, a kilómetros de distancia.
—No —concuerdo, y es la verdad más aterradora y gloriosa de todas.
Colgamos sin decir adiós. No hace falta. Todo lo que había que decir, se ha dicho con gemidos, con órdenes, con nombres gritados en la oscuridad.
Me quedo tendida en la cama, mirando al techo, con el teléfono aún caliente sobre mi pecho. El olor a sexo y a mi propio cuerpo llena la habitación. Fuera, la vida de Chicago sigue su curso.
Pero dentro de mí, algo ha cambiado para siempre. La línea entre el deseo y la necesidad se ha borrado. La distancia entre su mundo y el mío se ha evaporado.
Y sé, con una certeza que me hiela y me enciende, que esto ya no es un juego. Es una adicción.
Y ambos acabamos de recaer.