A través del tiempo y del Atlántico
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Capítulo 1
Southampton, Inglaterra
La bofetada resonó en la estancia con un eco seco y afilado. Catherine apenas pestañeó. Esperaba esa reacción de su padre, aunque eso no mitigaba el ardor en su mejilla ni la indignación que hervía en su pecho.
—Te casarás con quien yo disponga —bramó Herbert Cavendish, con el rostro enrojecido por la furia—. El apellido Cavendish no se mezclará con el de un americano advenedizo. Antes te encierro hasta que recapacites.
«Tranquila, no pasa nada, todo ha salido a la luz antes de tiempo. Igualmente me desposaré con Ian en cuanto el barco llegue a Estados Unidos. Allí el plan está listo para nuestra huida», se repitió la joven, intentando mantener la compostura.
Catherine sostuvo su mirada, resuelta a no derramar una sola lágrima ni darle el placer de verla doblegarse. Pese a que sus manos temblaban bajo las faldas de su vestido, su voz salió firme.
—Está bien, se hará como usted diga —se rindió, fingiendo una inocencia impecable, con el semblante más afligido que su rostro podría ofrecer—.
Aunque, si me permite hacer una petición, por favor, déjeme elegir a alguien de mi agrado.
Si tengo que pasar el resto de mi vida con un hombre al que no amo, lo mínimo que pido es que no sea un viejo decrépito.
Sin desviar sus iris castaños, observó el rostro de su padre transformarse en un gesto de pura indignación. Sin embargo, ella sabía que había una gran diferencia entre fingir que acataba su mandato a acceder a la primera; no la creería ni por un instante.
—¡Eres igual de deslenguada que tu madre!, que Dios la tenga en su gloria. Ve a preparar el equipaje, el barco zarpará mañana.
—Como ordene, padre.
La forma en que su progenitor pareció creerla hizo que Catherine comprendiese, con un escalofrío recorriéndole la espalda, que el hombre tenía una carta oculta.
Con Herbert Cavendish nunca podías estar segura de qué pensaba.
Era un hombre de negocios, astuto y resabiado por la edad, conocido por adelantarse a las jugadas de sus adversarios incluso antes de que estos siquiera lo planeasen.
Eso la inquietó, sabiendo que aquella frialdad que destilaban sus pupilas no presagiaba nada bueno.
Salió del despacho con una sensación de ahogo, temiendo que su ansiada libertad para amar se hundiese en el Atlántico.
Esa noche, una pesadilla la sacudió del sueño: Ian se hundía en un océano infinito y oscuro, mientras ella gritaba su nombre sin poder alcanzarlo.
Despertó con el pecho oprimido y el sudor frío pegándole los rizos a la frente.
Serenándose, se dijo que no tenía tiempo para miedos irracionales.
Sin reparar en la luz matutina que se filtraba luchando con las espesas cortinas, decidió dirigirse a la cocina en busca de algo que templara su inquietud.
Sintiéndose agotada, pensó en dormir un rato más, en cambio, unas voces apagadas en el despacho de su padre la detuvieron en seco.
—No, Howard, la muy boba no se ha enterado de nada. —La voz de Herbert sonaba satisfecha—. Cuando todo ocurra, debes ser el hombro en el que llore. Quiero que la sangre de los Cavendish permanezca pura. Y quién mejor que el hijo de mi difunto hermano para perpetuar nuestro linaje.
Catherine sintió un golpe en el estómago. Howard. Su pariente. Su supuesto amigo. ¡La obligarían a casarse con él!
—Por supuesto, tío —respondió el joven con suficiencia—. Doblegaré el espíritu libertino de mi bella prima. Le prometo que no tardará en entender su lugar.
Al otro lado de la madera, Catherine sintió cada gota de su sangre helarse, obligándola a retroceder un paso con estupor. Con el corazón a punto de estallar, se giró de golpe al sentir una mano firme sujetándola del brazo.
—Niña, no puede estar aquí —susurró Madeleine, su au pair de toda la vida, con el rostro pálido de preocupación.
—¿Tú lo sabías?
La mujer arrastró a la joven hasta el dormitorio, en donde, tras cerrar la puerta, preguntó:
—¿Qué ocurre?
—Padre quiere obligarme a desposarme con Howard… —Iba a continuar cuando observó sus vestidos perfectamente estirados sobre el diván.
Tras un intercambio rápido de información, Catherine la miró a los ojos con la urgencia de quien ve su mundo tambalearse.
—¡Tengo que llegar al puerto! Ian me espera.
—La ayudaré a preparar lo indispensable.
—No hay tiempo —dijo Catherine con los ojos brillando de determinación—. No necesito nada más que los brazos de Ian para saber que juntos enfrentaremos todo.
Madeleine asintió tras un instante de duda y, sin una palabra más, la arrastró hacia la puerta de servicio. Antes de abrir aquella salida hacia un futuro incierto, la abrazó.
—Corra, mi niña. Y no mire atrás.
Con la emoción desbordando sus ojos, Catherine abandonó la propiedad Cavendish con la mente puesta en ese transatlántico que la llevaría directa a la libertad.