16. Sexo sin compromiso
SEXO SIN COMPROMISO
A quella primera noche con Rafael no fue todo lo apacible que yo hubiera podido esperar.
Después de haber estado hablando con él durante largo rato, nos habíamos abrazado con la clara intención de dormir.
Él se quedó dormido casi inmediatamente, acunándome entre sus enormes brazos como si eso le ayudara a conciliar el sueño, igual que un niño pequeño necesita su peluche favorito a la hora de acostarse, pero yo apenas dormí en toda la noche.
Pasé largas horas con los ojos abiertos, en penumbra.
Me sentía a gusto con él, como si la sensación de ternura e intimidad que se había adueñado de mí aquella vez que él me había arropado no me hubiera abandonado del todo.
Rafael me parecía un tío íntegro, maduro, sensato, algo completamente opuesto a lo que yo estaba acostumbrado hasta ese momento.
A pesar de su no demasiado llamativo físico, me resultaba atractivo y sexualmente deseable, y sin embargo, algo me decía que más me valía ir con pies de plomo con él.
Quizás, en aquellos primeros momentos de una relación que al final resultó ser del todo satisfactoria, yo tenía el ridículo miedo de que Rafael se enamorara de mí, sin darme cuenta de que quizás, en el fondo, lo temía porque era precisamente lo que yo deseaba.
Tumbado en la oscuridad junto a su enorme y cálido cuerpo, y acariciando levemente el vello de su antebrazo, sentí por primera vez las punzadas de unos sentimientos que no me sentía preparado para afrontar.
Cuando amaneció, me encontré a mí mismo observándole bajo las primeras luces del día.
Su sueño era tranquilo y silencioso, acorde a su pacífica naturaleza.
Aún mirándole en aquellos momentos de calmada contemplación, tuve que reconocer que no era un chico guapo bajo ningún punto de vista, pero encontré en él una belleza que trascendía lo puramente físico.
Su piel era clara y su frente despejada.
Tenía el puente de la nariz salpicado de pecas, pecas que se extendían por su cuello y sus hombros.
Sus facciones, relajadas por el sueño, transmitían paz y sosiego.
Sus pestañas eran tupidas y muy rizadas, de un color tan claro que resultaban casi traslúcidas, lo que aportaba a sus ojos un nimbo de irrealidad.
Aún tenía el cabello suelto, después de que yo le quitara la coleta la noche anterior, y se desparramaba, ondulado y espeso, en la almohada.
Ahora, mirándolo a la luz del día, me pareció que Rafael era más pelirrojo que moreno, pues el sol reflejado en su cabello le arrancaba tonalidades rojizas, mezcladas con el castaño de base.
A pesar de la calma que él me transmitía, en aquel momento, sintiendo revolverse nuevos y confusos sentimientos dentro de mí, tuve un acceso de pánico que nunca había experimentado ante una situación similar.
Me giré para mirar la hora en el despertador de la mesita de noche y vi que apenas eran las siete de la mañana.
La suave respiración y la calidez del cuerpo de mi nuevo amante me invitaban a adentrarme en el sueño, pero aun así, decidí levantarme e irme de allí.
Tan cuidadosamente como pude, despegué mi cuerpo del suyo y me levanté de la cama.
Cogí mi ropa del suelo y empecé a vestirme.
—Pensaba que no ibas a desaparecer —oí a mi espalda.
Me giré con el pantalón a medio poner y vi a Rafael, que, con un codo apoyado, me miraba desde la cama.
—Y no lo voy a hacer —le aseguré. Me miraba con calma, casi con resignación, como si realmente esperara no volver a verme, y en ese momento pensé que le debía una explicación.
Volví a su lado en la cama y le miré a los ojos—.
Lo siento, pero es que quiero llegar temprano a casa —le expliqué, dándome cuenta al hacerlo de que no estaba siendo del todo sincero—.
No le dije a mi padre que era contigo con quien iba a salir, y no quiero que sepa que he pasado la noche fuera.
No dije nada sobre mi insomnio, ni mis dudas, ni el ataque de pánico que me había entrado al mirarle dormir y sentir algo por él. Ni tampoco sobre las ganas que tenía de volver a besarle.
—Ya —masculló, no muy convencido por mi respuesta.
—No quería despertarte.
—No pasa nada.
—Te llamaré esta tarde —concluí torpemente mientras terminaba de vestirme—. Sigue durmiendo, ¿vale? —le dije al salir de la habitación—, hablaremos luego.
Salí de su piso y volví al mío en metro, absorto en mis propios pensamientos.
Cuando entré en casa, constaté que todo estaba en silencio y que había conseguido llegar antes de que nadie se despertara, así que, esforzándome por no hacer ruido, me dirigí a mi dormitorio, solo preocupado por lo que Pablo me diría al verme.
Sin embargo, a medida que me acercaba a mi habitación, empecé a oír voces estranguladas provenientes de ella.
—¿Dónde están mis pantalones?
—Aquí. ¡ Shh ! No hagas ruido.
—Lo siento, es que se me ha caído el móvil.
—Venga, date prisa.
Con mucho cuidado, abrí la puerta para encontrarme con una estampa de lo más sorprendente: Pablo, completamente desnudo, rebuscaba entre las sábanas de mi cama, que de alguna manera habían acabado en el suelo, mientras Samuel se afanaba por meterse en sus estrechísimos pantalones.
Al oír la puerta, ambos miraron en mi dirección y palidecieron.
—¿Pero qué…? —siseé. Entré en mi cuarto y cerré cuidadosamente la puerta tras de mí. Luego me encaré con ellos—: ¿Pero qué demonios ha pasado aquí?
—Ay, mi madre… —gimió Samuel, redoblando sus esfuerzos para vestirse.
—Verás —dijo Pablo haciendo aspavientos, como si no le importara lo más mínimo estar en pelota picada—, resulta que Samuel vino anoche para hablar, ¿sabes? Y entramos en el dormitorio, y entonces…
Levanté las manos para que dejara de hablar.
—¿Sabéis qué? Prefiero no saberlo. Como mi padre se entere de esto, se os va a caer el pelo —los amenacé—, y a mí también, por cierto.
—Yo ya me voy —dijo Samuel, que ya había terminado de vestirse.
—Sí, venga, antes de que se despierten —le insté. Justo en ese momento oímos con horror cómo se abría la puerta del dormitorio de mi padre, y unas voces en el pasillo.
—Mierda, ya se han despertado, nos la vamos a cargar —dije, empezando a pensar que mi padre iba a creer que nos habíamos montado un trío o algo así.
—Sal y distráelos —me pidió Pablo.
—¿Que los distraiga yo? —exclamé, señalándome el pecho—. Distráelos tú, que es tu problema, no el mío.
—Está bien —convino, mientras se ponía su pijama—. Me los llevaré a la cocina. Tú acompaña a Samuel hasta la puerta, porfi —rogó.
Miré a Samuel, que tenía cara de estar a punto de vomitar del susto.
—Está bien.
Pablo salió del dormitorio, volviendo a cerrar la puerta tras de sí. Luego le oímos exclamar:
—Buenos días, ¿quién quiere desayunar crêpes hoy?
Escuchamos pasos y un par de voces más, hasta que al final los ruidos desaparecieron en la cocina, cuya puerta se cerró.
—Venga, vamos —le dije a Samuel.
Asomé la cabeza por la puerta para asegurarme de que todo estaba despejado y luego le hice un gesto para que me siguiera.
Recorrimos el pasillo en silencio y llegamos al salón sin incidentes.
Abrí la puerta para que saliera y la franqueó con rapidez, sin embargo, una vez en el descansillo, se giró para mirarme.
—Lo siento —dijo con voz compungida.
—¿Pero qué ha pasado? —susurré.
—Vine anoche para disculparme con Pablo, como me pediste que hiciera, y estuvimos un montón de rato hablando aquí, en el salón. Cuando tu padre y Lola se acostaron, nos fuimos a charlar a tu cuarto y… Ya sabes —se encogió de hombros.
—Pero, ¿Pablo y tú…?
—No me preguntes —me pidió—, porque no lo sé.
Asentí, comprendiendo lo que quería decir.
—Está bien, no pasa nada.
—Eres un encanto —me dijo, acercándose a mí para darme un fugaz beso en la mejilla. Luego se echó a correr hacia la salida.
Cerré la puerta de la entrada, pero no pude evitar que uno de los goznes chirriara al hacerlo. Deseando que nadie lo hubiera escuchado, empecé a dar pasitos hacia mi habitación, pero Lola, mi padre y Pablo se asomaron por la puerta de la cocina, arruinando todo mi sigilo.
—Noah, ¿de dónde vienes a estas horas? —me preguntó mi padre al verme junto al umbral de la puerta y vestido de calle.
—Yo… Es que…
—¿Has pasado la noche fuera?
Miré a Pablo, deseando asesinarlo con la mirada por haber arruinado todos mis esfuerzos. Respiré hondo y asentí.
—¿Dónde?
—¿Dónde va a ser, cariño? —intervino Lola con una sonrisita—. En casa de ese chico con el que salió anoche, no creo que haya dormido debajo de un puente. Porque, ¿has dormido algo, verdad?
—Pues me parece muy bonito —bufó mi padre—. Una cosa es que salgas con «un tío», y otra muy diferente que te quedes a dormir en casa de un desconocido.
Chasqueé la lengua.
—Papá, por favor.
—Oh, venga, Carlos, no seas anticuado.
—No es por ser anticuado, no me importa que él… Bueno, que no es por eso. ¿Pero te has parado a pensar que has pasado la noche con un hombre que-no-sé-quién-es, es un sitio que-no-sé-dónde-está?
Miré a mi padre con extrañeza, y me metí en la cocina siguiendo a Pablo, que en un no muy sutil intento de evitar problemas, había vuelto a los fogones nada más escuchar los derroteros de nuestra conversación:
—Una crêpe con extra de nata para mí, por favor —le pedí.
—¡Marchando!
Sin embargo, mi padre no había terminado conmigo y me había seguido para continuar la conversación.
—¿Y si ese hombre te hubiese hecho daño?
—¿Qué daño me va a hacer? —respondí con aspereza.
—Es que anoche vimos un documental sobre asesinos en serie —me explicó Lola aparte—. Le dije a tu padre que no debía verlo, pero…
—Venga, hombre, no me digas que estás paranoico por un documental que viste en la tele.
—Es que nunca se sabe cuándo…
Sonreí.
—Ese tío no es un asesino en serie —le aseguré.
—¿Cómo sabes que es fiable, si le acabas de conocer?
—No le acabo de conocer —confesé—. Además —añadí mientras pensaba: «Ya de perdidos, al río»—, tú también le conoces.
—¿Ah, sí? ¿Quién es? —preguntó con suspicacia.