6. Algo tan pequeño #2
El primero de esos encuentros se produjo a principios de septiembre, justo el día en el que tuve la primera convocatoria del examen práctico de conducción.
Llegué a casa poco antes del mediodía, bastante cabreado con una señal de stop, y conmigo mismo, por no haberla visto.
En el camino de vuelta hasta la autoescuela, mi instructor había intentado consolarme diciéndome que casi nadie aprobaba a la primera, pero lo cierto era que yo no estaba acostumbrado a suspender nada y no sabía cómo decirle a Clara que había cometido un estúpido fallo de principiante.
Nada más entrar por la puerta, escuché la voz de David, lo que no mejoró mi humor precisamente.
—Esta es la cabeza, ¿ves? —decía él—. Y estas son las manos.
—¿Y el pene, no se ve?
— Mmhh … Yo diría que es esto de aquí.
—Qué cosita más pequeña —respondió ella—. Enséñamela otra vez.
Para ese entonces yo ya había entrado en el salón y los vi sentados en uno de los sofás, mirando con cara de lelos una fotografía en blanco y negro. No necesité un segundo vistazo para darme cuenta de que debía ser una de las ecografías de Lorea.
—¿Qué? —me dijo Clara nada más verme—. ¿Aprobaste? Cuenta, cuenta.
—No, suspendí —respondí derrotado, dejándome caer en el sofá que estaba frente a ellos.
—Bueno, casi nadie aprueba a la…
—Ya, ya lo sé. Hola, David —añadí como si nada.
—Hola —respondió. Parecía algo descolocado por verme allí, quizá habiendo asumido que yo le estaba evitando a conciencia. Lo cual era verdad hasta hacía unos segundos.
—Anda —me dijo Clara, palmeando el sitio libre que había junto a ella—, ven aquí para que le eches un vistazo a mi sobrino.
Me levanté de mala gana y me senté a su lado. Cuando lo hice, me enseñó la fotografía impresa de una ecografía, en la que podían intuirse las formas de una personita.
—Vaya… —dije con admiración, no tenía ni idea de que una ecografía pudiera verse tan bien. Casi podían distinguirse unas menudas facciones, y una manita cerca de la boca, como si el feto se estuviera chupando un dedo.
—En movimiento es mucho más impactante —dijo David—. Incluso le vimos bostezar.
Sonrió y yo le correspondí. Clara se puso de pie.
—¿Una cervecita? Para celebrar lo del niño y para… —Me miró con cara de pena—. Para desearte más suerte para la próxima vez.
—Vale —le dije.
David asintió y ella se fue hacia la cocina.
—Así que es un niño, ¿eh? —le pregunté.
—Así es.
—Estarás contento.
Se encogió de hombros.
—Me hubiera dado igual que fuera una niña.
—¿Y cómo se va a llamar?
—Aún no lo sabemos, pero Lorea quiere que tenga un nombre vasco y yo… —Se interrumpió y me miró a los ojos.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada —dijo—, es que estaba pensando en lo raro que es hablar de esto contigo.
Me encogí de hombros para quitarle importancia al comentario, pero la verdad era que a mí también me lo parecía.
—Esto era lo que tú querías, ¿no?
Apretó su mandíbula en un gesto de disgusto.
—Noah, yo no…
—No, no, lo digo en serio —le aseguré con calma, dándole a entender que mi comentario estaba exento de resentimientos—. ¿Eres feliz?
Me miró largamente durante unos instantes. No volvió a hablar hasta que oímos que Clara se aproximaba.
—Sí —dijo—, por primera vez en mucho tiempo.
—Entonces te felicito —dije poniéndome en pie y cogiendo la botella que Clara me ofrecía. La elevé antes de beber de ella en un mudo brindis y volví a bajar la mirada hacia él.
David me miraba agradecido.
—¿De qué hablabas con mi hermano? —me preguntó Clara más tarde, aquella noche. Se acababa de duchar, tenía el pelo mojado y se pintaba las uñas de los pies mientras yo, de pie a su lado, le secaba el pelo con un secador de mano.
—De nada importante. —Alcé la voz para hacerme oír por encima del ruido del secador—. Le felicitaba por su próxima paternidad y eso…
—Pensaba que te caía mal —canturreó, elevando su carita hacia mí. Apagué el secador para no echarle el aire caliente en el rostro.
—¿Por qué dices eso?
—Me lo dijiste aquella vez —me recordó, refiriéndose al día en que discutimos.
—Lo que dije aquella vez no cuenta —afirmé.
—Pues pensaba que era verdad, como siempre tienes que ir a algún lado cuando él viene…
—¿Ah, sí? —pregunté haciéndome el tonto—. Debe haber sido casualidad.
Encendí el secador de nuevo, pero aun así la oí resoplar con descreimiento.
—Ya, casualidad.
—Sí —dije, no sabiendo si iba a oírme o no—, pero procuraré que no haya más casualidades de ahora en adelante.
Unas semanas más tarde empezamos las clases en la universidad. Ya habíamos pasado la primera mitad de septiembre y el otoño se olía en el aire: los días eran más cortos, el viento más frío y el cielo más azul.
Como parte de mi formación complementaria a cargo de la Fundación ÍCaro, ese año empezaría las prácticas de laboratorio desde el principio del curso, por lo que desde septiembre Clara y yo estábamos ocupados incluso los sábados.
La buena noticia fue que la universidad me informó de que por fin había llegado a un acuerdo con BioKerck para convalidarme esas prácticas como créditos de libre configuración, lo que me ahorraría tener que cursar tres asignaturas entre tercero y cuarto.
Clara parecía contrariada por el hecho de que a ella no se le ofreciera el mismo trato, pero al fin y al cabo, y como yo le hice notar, ella hacía esas prácticas porque quería.
Ahorrarme esos créditos hizo que no tuviera que matricularme en anatomía aplicada, asignatura optativa de Medicina que me interesaba por mi nulo conocimiento de la anatomía humana, y que había acordado estudiar con Gabriel desde el curso anterior.
Ahora que me sentía confuso con respecto a él, casi agradecía que no coincidiéramos tanto en clase.
A pesar de que Clara y yo éramos amigos otra vez, empecé el curso ocupando mi viejo sitio en la fila de atrás, para reencontrarme con mis amigos del año anterior.
María había roto con su novio después de pasar el verano juntos en Cádiz, Julia había desarrollado una nueva obsesión por la Egiptología, y Eli y Juan José habían terminado liándose durante un concierto de doom metal , pero por lo demás todo seguía igual, y Clara terminó uniéndose al grupo más temprano que tarde.
Gabriel se nos unía bastante a menudo a la hora de comer, aunque ya no tuviéramos asignaturas en común, y el ambiente siempre era divertido y amigablemente distendido, pero empecé a encontrarme a mí mismo evitando quedarme a solas con Gabriel o entablar con él conversaciones de índole personal.
Muchas veces le pillaba mirándome fijamente y con curiosidad, y aunque no me había dicho nada, yo sabía que tarde o temprano me pediría explicaciones por mi extraño comportamiento.
El primer mes de curso pasó vertiginosamente, pero aun así pude presentarme a una nueva convocatoria del examen de conducir y aprobarlo, y justo a tiempo, porque pronto dejé de tener tiempo para nada que no fueran mis estudios.
Para cuando llegó la segunda semana de octubre, ya estábamos hasta las cejas de apuntes, trabajos y proyectos.
Clara, Samuel, los chicos del grupito de atrás y yo nos pegábamos maratonianas sesiones de estudio en la biblioteca, e iniciamos el ambicioso proyecto de coordinar nuestros apuntes y crear el mismo material de estudio para todos.
La sobrecarga mental que conllevaba toda esa actividad resultó ser la mejor cura para mi confusión y mi melancolía del verano.
—Pues menudo coñazo —se quejó Clara un día en medio de la cafetería mientras yo intentaba explicarle cinética molecular. Ella también había obtenido una mejoría sustancial de su salud mental gracias a los estudios, pero se moriría antes de reconocerlo—. ¿Entonces cómo lo calculo?
—Es fácil, Clarita —le dije moviendo mi silla para estar más cerca de ella y enseñarle mi libro—, solo tienes que aplicar la ecuación de Arrhenius, siendo K0 el factor de frecuencia, y Ea la energía de activación de la… —Me interrumpí al ver que Gabriel venía hacia nosotros—. Hola —le saludé.
—Hola —dijo él, sentándose a nuestro lado. Tenía el mismo aspecto despreocupado de siempre, con un cigarrillo colgando de la comisura de los labios y una palestina enrollada al cuello, pero algo en sus turbios ojos verdes me puso en guardia—. ¿Qué estáis estudiando?
—Cinética molecular —bufó Clara.
—Pues menudo coñazo.
—Eso mismo digo yo.
—Oye, Clara —dijo poniendo su cara de encantador de serpientes—, ¿puedo robarte a Noah un ratito?
—¿Qué? ¿Para qué? —pregunté yo, algo alarmado.
—Necesito hablar contigo —concretó dirigiéndose a mí.
—¿De qué?
—De algo personal.
—¿No puede ser en otro momento? —dije intuyendo lo que él querría decirme y no sintiéndome particularmente preparado para esa conversación—. Estoy explicándole a Clara la teoría de Arrhenius…
Ella, que tonta no era y que sabía que pasaba algo raro entre nosotros, me miró alarmada como queriendo decir: «A mí no me metas en esto». En ese momento su teléfono sonó, y sonrió contenta por encontrar una excusa para quitarse de en medio.
—Salvada por la campana —dijo levantándose—. Si me disculpáis…
En cuanto se hubo ido, Gabriel ocupó su sitio, que estaba más cerca de mí.
—¿Qué te pasa conmigo? —preguntó a bocajarro.
—Nada —respondí.
—Llevas todo el mes evitándome —me acusó.
Abrí la boca para negarlo, pero la volví a cerrar.
Pensé que el mes que pasamos separados cuando él se fue a la playa con sus padres serviría para aclarar mis sentimientos por él, pero en cuanto le vi el primer día de clase, mi corazón se había vuelto a disparar.
Desde entonces, más confundido que nunca, me había esforzado por evitar a toda costa quedarme a solas con él.
—Lo siento —dije al fin.
—¿Es por algo que he hecho? ¿Estás enfadado conmigo?
—No, no, es que…
En ese momento volvió Clara para coger su bolso apresuradamente.
—Me voy al hospital —dijo, metiendo sus cosas dentro.
—¿Qué ha pasado?
—Era David —contestó al guardar su teléfono en el bolso—, está en urgencias con Lorea.
—¿Están bien? —pregunté con cierta alarma.