A través del sexo. La saga completa 6. Algo tan pequeño
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6. Algo tan pequeño

ALGO TAN PEQUEÑO

E ntrando en el mes de agosto, pude por fin matricularme en una autoescuela y acudir a clase por las mañanas, con la intención de aprobar al menos el examen teórico antes de empezar el nuevo curso.

Luego, por las tardes, Clara y yo nos íbamos a la playa y ella me bombardeaba a preguntas tipo test sobre el código de circulación, por lo que muy pronto me hice con la materia.

Además, apasionada como era de los coches, empezó a darme clases de conducción en un descampado, así que para cuando aprobé el examen teórico y empecé a hacer prácticas en la autoescuela, ya sabía manejar un deportivo.

Era agradable ver cómo ella iba mejorando y olvidándose de Guillem.

Como si de una imagen especular se tratara, al verla así, yo también me sentía mejor y menos desesperanzado.

A principios de agosto nos corrimos nuestra primera juerga juntos en meses, y ambos terminamos en su piso, llevándonos a la cama a dos completos desconocidos que olían a cerveza y a sudor.

Quizás sacudirse el recuerdo de un amor con un ligue de discoteca no era la mejor de las ideas, pero aun así terminó convirtiéndose en una costumbre que cultivamos el resto del mes y que hacía que nos sintiéramos mejor.

Una vez que Clara hubo retomado el control de su vida sexual, se sintió incluso lo suficientemente fuerte como para quedar con Guillem una tarde y devolverle sus cosas.

Ese día volvió a casa llorando y algo perdida, y empecé a pensar que quizás no había sido buena idea que se vieran cuando ella empezaba a recuperarse, pero aquella fue la última vez que lloró por él. Al menos que yo supiera.

Por mi parte, yo necesitaba una nueva fuente de sexo ahora que Gabriel se había ido a pasar el mes en la costa con su familia. Además, tenía la acuciante necesidad de abrir mis horizontes sexuales y olvidarme un poco de él.

Al principio pensé que nuestra amistad se resentiría tras lo que habíamos hecho en aquella extraña noche de julio, pero de alguna forma que aún no logro comprender, pareció hacerse más profunda.

Durante el resto del mes, el sexo con él se convirtió en algo más intenso, más comprometedor, y para cuando entrábamos en agosto, empezaba a notar el nacimiento de nuevos sentimientos por mi amigo, que ni siquiera estaba seguro de que él inspirara.

Aunque nunca volvió a fingir ser David y jamás volvió a llamarme «pequeño», me resultaba inevitable compararlos a raíz de lo ocurrido, quizás porque ahora Gabriel conocía una faceta de mi sexualidad que no le había permitido explorar hasta ese momento.

Poco a poco, empecé a temer que quizás confundía mis sentimientos por él, o que a lo mejor estaba transfiriendo mis afectos de una persona a otra.

Hecho un lío, casi agradecí que al final se fuera de vacaciones con su familia, para poder alejarme un tiempo de él y poner en claro mis sentimientos.

A pesar de que Clara ya no me necesitaba tanto a su alrededor y yo volvía a tener la independencia de siempre para salir a donde quisiera, seguía dándole largas a mi padre cada vez que me preguntaba cuándo iba a volver.

En parte yo sabía que a Clara le venía bien tenerme en casa con ella, pero en parte tampoco era como si yo tuviera muchas ganas de volver.

Vivir independientemente de mis padres por primera vez me hacía disfrutar de una libertad que no había tenido nunca antes, aunque quizás solo fuera porque no tenía que darle explicaciones a nadie cuando me llevaba a alguien a la cama.

En todo caso, me encontré a mí mismo resistiéndome a volver a casa de mi padre por razones puramente egoístas y no solo por el deseo de ayudar a una amiga.

—Pronto tendré que volver a casa —le dije a Clara un día a mediados de agosto mientras preparábamos el almuerzo—, llevo un mes y medio aquí y mi padre está que trina con este tema. Además, ahora mismo empezará el nuevo curso y…

—¡Jo! —se quejó, colgándose de mi hombro como una niña pequeña—, con lo bien que lo estamos pasando.

—Sí, es verdad.

Y era cierto. Lo pasábamos bien juntos, no teníamos problemas de convivencia y nos sentíamos a gusto y en compañía. Era una pena que tuviera que irme, estaba pasando con ella uno de los mejores veranos de mi vida.

—¿Sabes lo que dice mi hermano? —me preguntó con candidez mientras pelaba una zanahoria—. Que como sigas quedándote aquí, al final no voy a poder echarte.

Reí ante ese comentario.

—Si no fuera porque mi padre no deja de darme la vara, no te librarías de mí tan fácilmente —amenacé con jocosa futilidad.

—Y que no sabe cómo te dejo quedarte gratis.

Ese comentario ya me gustó menos. Era verdad que me estaba quedando en casa de Clara por el morro, pero no esperaba que fuera precisamente David quien me lo echara en cara.

—¿Ah, sí? ¿Y qué más dice tu hermano? —pregunté con acritud.

—Que deberíamos hacerlo oficial, y que deberías ir cambiando tu dirección en el registro de la universidad.

—¿Para qué quiere tu hermano que cambie mi dirección si me voy a ir enseguida?

—De repente me di cuenta de lo que Clara estaba insinuando y la miré sorprendido.

Ella esbozaba una sonrisita, como si hubiera estado gastándome una broma, y comprendí que posiblemente David ni siquiera había dicho aquellas cosas—. ¿Pero qué…?

—No te vayas —me suplicó, soltando la zanahoria y corriendo hacia mí—. Quédate a vivir aquí conmigo.

—Pero Clara…

—No, no digas nada. David y yo lo hemos hablado y creo que hemos llegado a la solución: sé que tú no tienes tanto dinero como yo, y no te voy a pedir que me pagues un alquiler ni nada por el estilo, pero también sé que si te pido que vivas conmigo, no vas a querer hacerlo gratis.

Así que he pensado que podemos hablar con tu padre, y que te dé una cantidad de dinero al mes, para tu manutención y eso.

¿Qué? ¿Qué me dices? —preguntó con expectación.

—Que si no voy a pagarte nada, no me parece…

—Algo sí que pagarás —insistió—. Compartiremos todos los gastos. Pagaremos a medias el agua, la luz y el teléfono. Y los gastos de la compra, claro, pero no quiero que me pagues nada por el alojamiento. Al final te saldría más barato que si te fueras a vivir a cualquier otro lugar.

—Estás siendo demasiado generosa conmigo —le dije, bastante emocionado.

Ella rio.

—Ya me dijo David que dirías algo así. Entonces, ¿qué? ¿Tenemos un acuerdo?

—Creo que sí —dije.

Clara me abrazó y empezó a dar palmas y saltitos. Durante un instante me sentí tan feliz que casi fui capaz de hacer lo mismo. Casi.

—¿Vivir juntos? —me dijo mi padre cuando se lo propusimos—. ¿Vosotros dos?

—Sí —respondió Clara con entusiasmo—. ¿Qué tiene de malo?

Mi padre sonrió con candidez. En esos últimos meses le había cogido cariño a la despreocupada forma de ser de mi amiga.

—No tiene nada de malo, es que no me esperaba que mi hijo quisiera independizarse tan pronto. —Se volvió hacia mí—. Solo llevas viviendo aquí un año…

Lola entró en el salón trayendo consigo una bandeja con cafés y dulces para todos, y se sentó junto a mi padre.

—Es algo que he pensado desde que me vine aquí —les expliqué—. No es que no me guste estar con vosotros —dije rápidamente al ver la cara de alarma que ponía mi padre—, pero no puedo dejar de recordar que al principio tú no querías que viviera contigo, porque ibas a empezar a convivir con Lola.

Mi padre se ruborizó levemente.

—No es eso, hijo. Yo…

—No hace falta que te expliques, Papá —le dije—, no te estoy reprochando nada. Pero pienso que tenéis derecho a vivir en intimidad. Y yo también.

—¿Y qué es lo que tienes planeado? No quiero que empieces a trabajar y descuides tus estudios. Necesitas sacar buenas notas para mantener la beca…

—Por eso mismo nunca me había planteado en serio la posibilidad de irme, pero ahora… La verdad es que Clara me ha ofrecido unas condiciones muy generosas —dije mientras sonreía—, y he hecho algunos cálculos. Si pudiera disponer del dinero de mi beca para mi manutención, sería más que suficiente.

—Parece que lo tienes todo pensado. —Mi padre se recostó contra el sillón y nos miró a ambos.

—Entonces, ¿te parece bien? —pregunté con expectación mientras Clara me cogía de la mano.

—Espero de ti que sigas siendo responsable, y que esto no sea una excusa para hacer lo que te venga en gana —me dijo, señalándome con un dedo—, tienes que seguir aprobando con buena nota.

Si quieres costearte tu independencia con el dinero de la beca, la tienes que conservar.

Y no creas que si la pierdes voy a gastarme un duro en mantener a un gandul.

—A pesar de su tono rudo, Clara y yo sonreíamos cada vez más, viendo venir un «sí».

—¿Entonces? —volví a preguntar—. ¿Me dejas?

—Noah, tienes diecinueve años —dijo mi padre con una enorme sonrisa—. Ni siquiera necesitabas pedirme permiso.

Dedicamos el resto del mes a hacer mi mudanza, que no fue tan engorrosa como yo me había temido en un principio.

Al fin y al cabo, en las pocas semanas que había pasado en casa de Clara, muchas de mis cosas habían terminado en su piso de alguna manera u otra: la mayoría de mi ropa de verano y mis enseres de aseo, algunos de mis libros y casi toda mi colección de CD’s.

Mover el resto de mis cosas nos llevó un par de días, y solo porque el coche de Clara estaba mejor diseñado para fardar que para transportar mercancía.

Para cuando empezó el curso, yo estaba más que instalado en su ático y disponía del dinero de mi beca a mi antojo por primera vez desde que la obtuviese.

Lo único que me molestaba era que David seguía pasándose por allí muy a menudo, y a mí se me empezaban a acabar las excusas para salir precisamente cuando él estaba a punto de llegar.

La consecuencia lógica fue que hice de tripas corazón y me preparé para empezar a encontrarme con él con relativa frecuencia.

Al fin y al cabo, ¿cuánto tiempo más podía estar retrasándolo?