2. Flechazos
FLECHAZOS
R einiciamos las clases el segundo lunes del mes de febrero. Empezaba el segundo cuatrimestre, pero ni siquiera la ilusión que me provocaba tener asignaturas nuevas hizo que me sintiera con ganas de ir a clase.
Mentiría si dijera que no había pasado la semana anterior pensando en los hermanos Van Kerckhoven.
Mientras la añoranza por David me estaba matando, los remordimientos que sentía con respecto a Clara me hacían querer ser capaz de retroceder en el tiempo y cambiar las cosas que le había dicho.
Me sentía tan culpable por haber sido desagradable con ella como por el fracaso que había supuesto el intento de recuperar a David.
Pablo me repetía con bastante insistencia que no me torturara por cosas que no podía remediar y que había actuado como yo había considerado más oportuno, a pesar de que noté una leve reprobación en su mirada cuando le conté lo que le había hecho a Clara, incluso aunque él coincidía conmigo en que era mejor dejar de lado mi amistad con ella, al menos tal y como estaban las cosas.
Al mismo tiempo estaba avergonzado porque sabía con total certeza que Clara le contaría a su hermano cada palabra que habíamos intercambiado.
Quizás él se percataría de que mi arrebato contra Clara tenía mucho que ver con su rechazo, pero hasta yo sabía que eso no constituía una justificación. ¿Qué pensaría David de mí?
Encima, y para empeorar un poco más las cosas, ese lunes, al entrar en clase, noté que la mayoría de mis compañeros rehuían mi mirada con un poco más de ahínco de lo habitual.
Y no solo las personas que generalmente mostraban su desprecio hacia mí, sino incluso los que se llevaban más o menos bien conmigo. Incluso Samuel.
Él había ocupado mi sitio habitual a la izquierda de Clara esa mañana, dándome a entender que yo ya no era bienvenido.
No era, por supuesto, que pensara sentarme allí, pues ponerme tan cerca de Clara me parecía una provocación infantil e innecesaria, pero dolía tener que afrontar las consecuencias de mis actos.
Si bien estaba convencido de que no me convenía seguir siendo amigo de Clara, y que en todo caso a ella tampoco le vendría mal quitarse de encima a un amigo que no hacía más que mentirle, observar la estudiada pose de dolida indiferencia que adoptó cuando pasé a su lado me hizo más daño del que pensaba.
Samuel no fue tan diplomático y me lanzó una mirada llena de recriminaciones, que yo le agradecí profundamente.
Clara tenía un amigo que cuidaba de ella y la protegía. Y yo tenía el mío.
El viernes anterior, Pablo me había arrastrado al Sodoma, como había dicho que haría.
Al principio me sentía reacio a ir, pero una vez allí, ahogué alegremente mis penas en el fondo de un vaso y en el más sórdido rincón de uno de los cubículos del cuarto oscuro, donde me entregué al sexo con la frustración de quien no se puede entregar al amor.
Luego, terriblemente insatisfecho y enfermo de nostalgia, había terminado la noche en la cama de Pablo, donde dejé que él me acariciara el pelo hasta que me quedé dormido.
Creo recordar que después de eso metió las manos dentro de mi camiseta, pero para ese entonces estaba tan cansado y falto de consuelo que ya no me importaba.
Avancé hasta el fondo de la clase para sentarme en una de esas mesas del final, que solían estar libres u ocupadas por alumnos de asignaturas sueltas, o por quienes no querían integrarse en la vida social de la universidad. Tal como estaban las cosas, ese parecía ser un sitio perfecto para mí.
Entró un nuevo profesor en el aula, informándonos de que nos daría clases de virología, y todos los alumnos que aún estaban de pie fueron a ocupar sus sitios.
A mi alrededor había algunas mesas libres; en otras se sentaban un chico más bien macabro al que nunca había visto hablar con nadie, un trío de chicas que siempre se ponían en la última fila para poder charlar durante las clases con total impunidad y un chico rubio y con estudiado atuendo bohemio, cuyo rostro me sonaba de verlo en el ir y venir de los pasillos de la facultad.
Saqué una libreta en blanco, mi nuevo libro de virología y unos bolígrafos, y me dispuse a tomar apuntes y prestar atención en clase. Me esperaba una larga semana.
Pasé sentado en ese pupitre el resto de la semana, a solas y aceptando con ecuanimidad mi condena al ostracismo.
Supongo que incluso yo mismo entendía que me merecía cualquier castigo que Clara me quisiera imponer, y supuse que poner a la clase contra mí era uno de ellos.
Sin embargo, mi soledad acabó abruptamente el viernes al mediodía, cuando vi a Samuel poner su bandeja de comida sobre la pequeña y aislada mesa que había elegido en la cafetería.
Se sentó a mi lado sin mediar palabra y empezó a comer.
—No deberías ponerte conmigo —le dije en tono sarcástico y amargado—, por lo visto lo que tengo es muy contagioso.
—No creo que tu idiotez se me vaya a pegar —replicó sin mirarme siquiera—. Y yo, que tú, me guardaría de hacer ese tipo de comentarios. Si no tienes amigos es porque no has querido.
A pesar de que sus palabras eran de una insolencia desconcertante, su tono no era nada agresivo y me tuve que convencer a mí mismo de que Samuel no pretendía meterse conmigo. Aun así, no pude evitar que mi tono de voz fuera bastante seco cuando le pregunté:
—¿Cómo dices?
—Lo que oyes —dijo, llevándose a la boca un pedazo de su comida con el tenedor—. No te lo digo para joder, Noah. Pero la verdad es que te lo has buscado tú solito.
—¿Lo dices porque me he portado mal con Clara?
—Sí, y porque ahora mismo estás más solo que la una.
—Entiendo que la gente esté en contra de mí por lo que le hice…
—¿De verdad crees que es por eso por lo que la gente no te habla?
—preguntó, dejándome perplejo—. ¿Acaso crees que Clara le ha pedido a todo el mundo que te ignore o algo así?
—Le miré con los ojos muy abiertos. ¿Qué otra razón podía haber?
—. ¿Sabes por qué estoy aquí ahora mismo?
—añadió—. Porque ella me pidió que me pusiera contigo, le da pena que estés tan solo —dijo desafiante.
Bajé la cabeza, profundamente avergonzado—.
Y porque me dijo que no se enfadaría conmigo si decido seguir siendo tu amigo.
—¿Y lo vas a seguir siendo?
—Aún no lo sé. Sigo tentado de mandarte a la mierda. Ella es mucho mejor persona que tú.
—Yo solo quería que dejara de verse con ese tío —me excusé.
—¿Lo de Guillem era verdad? —me preguntó.
—Por supuesto que lo era, nunca mentiría sobre algo así. Pero no debí decírselo de esa manera.
—No, no debiste. ¡Mierda! —siseó—. Ella no se lo ha creído, y si voy yo con el cuento, va a pensar que también le estoy mintiendo.
—¿Y qué hacemos? No vamos a dejar que sigan juntos, ¿no?
—Tú nada, guapito, que ya has hecho más que suficiente —me dijo—. Y yo tampoco puedo hacer mucho, salvo esperar que ella se dé cuenta por sí misma. Mira la que has liado —me reprochó.
—Lo siento. Lo siento muchísimo.
—¿Y entonces por qué no vas a disculparte?
—Porque creo que lo mejor para Clara y para mí es que no seamos amigos por el momento. —Samuel fue a protestar, pero le interrumpí—: Hay cosas que tú no sabes, y que no te puedo contar.
—Entonces es verdad lo que dice Pablo…
—¿Qué dice Pablo? —pregunté poniéndome a la defensiva.
—Que tienes un secreto, y que solo él lo conoce.
—Sí, es verdad.
—¿Y eso qué tiene que ver con Clara?
—No te lo puedo contar sin desvelar ese secreto.
—¿No estarás enamorado de ella, no?
—Claro que no —me ofendí—. No es nada de eso.
—Oye, por cierto, ¿cómo está él? Hace tiempo que no le veo —preguntó como si tal cosa.
—Bien, como de costumbre. Ya sabes que Pablo es como un gato y siempre cae de pie. ¿Lo preguntas porque tienes ganas de salir con nosotros? —inquirí con cautela.
—A lo mejor sí… —contestó evasivo—. Clara tiene planes solo para dos este fin de semana.
Hubo un momento de silencio en el que ambos retomamos nuestra comida hasta que me atreví a preguntar:
—Entonces, ¿por qué la gente no me habla?
— Aaaah , ¿te ha picado el gusanillo, eh?
—Algo así.
—¿Estás seguro de que lo quieres saber?
—Sí, claro. ¿Es porque soy gay? —aventuré.
—Siempre pensando en lo mismo —dijo, negando con la cabeza en señal de reprobación—. Si fuera por eso, yo tampoco tendría amigos, ¿no? —añadió con bastante lógica.
—Supongo —convine—. Entonces, ¿por qué es?
—Porque intimidas a la gente.
—¿Qué? —me sorprendí—. Yo no intimido a nadie.
—Oh, sí que lo haces —rio—, y muchísimo. Lo que pasa es que no te das cuenta.
—¿Y me puedes decir por qué?
—¿Con sinceridad?
—Te lo ruego —pedí soltando el tenedor.
—Pues porque eres muy directo, no te cortas a la hora de decir determinadas cosas, como cuando saliste del armario delante de los chicos de la clase diciendo que te gustaban las pollas —me dijo—.
¿A quién se le ocurre…? —musitó—. Además, eres uno de los más listos y un poco marisabidilla.
Siempre te comportas como si tuvieras la razón, y lo peor es que casi siempre la tienes.
Encima eres muy guapo, y aunque yo sé que eres un tío humilde, das la impresión contraria, la de tenértelo un poco creído.
—¿En serio doy esa impresión?
—Sí, me temo que sí. No das facilidades a la gente para que te conozca, y salvo conmigo o con Clara, casi no hablas con nadie más y parece que tampoco quieres.
A las chicas les desconcierta que seas tan distante con ellas; a los tíos les pareces una amenaza, y eso quizás sí que sea porque eres gay.
Las personas con las que nos movemos te aceptan mayoritariamente porque eres amigo de Clara y mío, pero no entienden por qué nos caes tan bien.
—¿Le caigo mal a todo el mundo?
—No es eso, pero hay mucha gente que no sabe qué opinar de ti. Deberías abrirte un poco más, Noah, hacerles ver que eres buena gente. Además, si me permites que te diga una cosa más… Se nota que no encajas aquí —añadió con cierta cautela.