A través del sexo. La saga completa 4. Un confidente, muchas revelaciones #3
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4. Un confidente, muchas revelaciones #3

—Sólo siento que te hayas enterado de esta manera porque en realidad no tenías que saberlo. Esto no es asunto tuyo.

—Tampoco es para que te pongas así. —Me di la vuelta, dispuesto a salir del dormitorio, pero David me agarró por el brazo y me atrajo hacia sí.

—Lo siento, es solo que… estoy muy enfadado…

Y lo estoy pagando contigo. —Me miró fijamente a los ojos—.

Pero lo que te he dicho es cierto. Mi pasado es mío y no tengo por qué compartirlo contigo o con nadie.

Lo que importa es que ahora estoy contigo y solo contigo.

Puede que mi pasado sea mío, pero mi presente es tuyo.

Me besó y yo me dejé arrastrar a ese beso, aferrándome a él con abandono. Puede que él tuviera razón y que yo no tuviera nada que reprocharle, pero no podía sentirme extrañamente ultrajado. David rompió el beso y me acarició el pelo.

—Será mejor que volvamos a la fiesta, creo que ya no estoy de humor para esto.

Salió del dormitorio y se encaminó de nuevo al salón, mientras yo me sentaba en la cama pensando en cuántos secretos más descubriría antes del final de la noche.

Después de aquella desastrosa fiesta, David parecía pensar que tenía que compensarme de alguna manera.

Me dejé mimar un poco, porque en realidad yo también sentía que tenía que compensarme.

Aunque no tendría vacaciones hasta el mes siguiente, redujo su horario y me prometió que pasaría todo el tiempo posible conmigo.

Cuando yo intentaba hablar de lo que había ocurrido en la celebración, me daba evasivas y solo una vez me dio unas pocas explicaciones.

Estábamos en la cama y yo acababa de hacerle una mamada grandiosa, así que estaba de buen humor.

Aproveché el momento para preguntarle y me sorprendí al ver que me respondía.

Me dijo que Mariam y él habían estado viéndose un tiempo, pero que al final él la había dejado.

—¿Pero tú eres bisexual? —le solté asombrado.

—No lo sé —me contestó David muy pensativo—, nunca me lo había planteado, pero el hecho es que tú has dado por sentado que soy gay solo porque estoy contigo.

—¿Y no lo eres?

—Si tuviera que elegir, supongo que preferiría a los hombres, lo que me hace ser bastante gay —rio—. Pero… Supongo que soy capaz de disfrutar de una buena mujer, como cualquier otro.

—¿Y por qué la dejaste?

Durante un momento no dijo nada y pensé que no iba a contestarme. Estaba a punto de retirar la pregunta cuando empezó a hablar:

—En realidad, esto va a requerir una pequeña explicación. No te he dicho a qué se dedica Mariam, ¿verdad? —Negué con la cabeza—. Resulta que es actriz porno.

Debí de poner cara de tonto, porque David empezó a reírse de mí.

—No pongas esa cara, que va en serio. Ha hecho unas cuantas películas y trabaja en una sala de espectáculos haciendo porno en vivo. —Me miró de reojo y añadió—: Un show muy cotizado, por cierto.

—¿Y cómo es que es amiga tuya? —No sabía si me sentía asqueado o fascinado.

—Oh, bueno, otra larga historia. La conocí en una fiesta. Ella fue acompañando a un productor de cine…

—¿De cine porno? —pregunté con picardía.

—Así es, pequeño. El caso es que llegó con él, pero salió de la fiesta conmigo. Como suele decirse, el resto es historia.

—Sí, pero todavía no me has dicho por qué la dejaste.

—¿No lo puedes suponer ya? —Enarcó una ceja con incredulidad—. Cuando la cosa empezó a ponerse seria…

—¿Ibas en serio con ella?

Me dedicó una mirada asesina y siguió hablando como si nada.

—Cuando la cosa empezó a ponerse seria —repitió remarcando cada palabra—, me di cuenta de que no podía tener una relación de verdad con alguien con esa profesión.

Ya sé que es su trabajo y que fui muy egoísta, lo admito, pero no me gustaba pensar con quién habría estado aquel día antes de conmigo.

Así que se lo dije. Por supuesto, no esperaba que ella dejara su trabajo, y no lo hizo, pero creo que le afectó más de lo que es capaz de admitir.

—¿Estaba enamorada de ti?

—Después del pequeño espectáculo del otro día, ¿tú qué crees?

—Entonces, ¿por qué seguiste siendo su amigo?

David suspiró.

—No lo sé, pero creo que ya no lo seguimos siendo.

Aquella fue la única vez que David me dijo algo sobre ella y yo me conformé con eso.

Puede que sea una tontería, yo ya sabía que David había tenido otros amantes antes de mí y no me importaba, pero ahora que conocía a dos de ellos, era como si fuera más real y no podía imaginarme a David con otra persona sin ponerme enfermo.

Además, estaba el fantasma de ese tal Ricardo que Mariam había nombrado.

Solo de recordar la sombría expresión de David al escuchar ese nombre me disuadía de preguntarle acerca de él, porque tenía la sensación de que lo que más le había molestado fue que ella lo nombrara precisamente delante de mí.

Por lo demás, David hizo lo posible por cumplir su promesa, pues me dejaba pasar todo el tiempo posible con él, casi vivía en su ático.

Mi madre se quejaba porque nunca estaba en casa, y cada día tenía que inventarme una excusa distinta para pasar el día fuera.

Le decía que iba al cine, o a la playa con unos amigos o lo que fuera, pero siempre estaba con David.

Josemi, que sabía lo de mi «novia secreta», se convirtió en mi coartada perfecta, y me cubría las espaldas tanto ante mi madre como ante el resto de los chicos.

Pero mi madre, que tonta no era, empezó a olerse que algo pasaba.

Tanto insistió, que me di cuenta de que o le decía una buena mentira, o me iba a pillar tarde o temprano.

Al final recordé eso que dicen de que la mejor mentira es la pura verdad, así que me decidí a tener una conversación con ella.

—Oye, mamá… —le dije un día que estábamos solos en casa. Prefería no tener que tratar aquel tema delante de mis hermanos—. Tengo que hablar contigo.

Mi madre me miró con curiosidad.

—¿Y me vas a decir por qué pasas tanto tiempo fuera de casa últimamente? —preguntó con la perspicacia que solo las madres tienen.

Asentí mientras tragaba saliva.

—Es que… estoy saliendo con alguien —le dije armándome de valor.

Pensé que mi madre se iba a enfadar, pero sonrió.

—Pues ya era hora de que te echaras una novia en serio, que ya tienes edad. —Me miró esperando una respuesta, pero estaba tan asombrado que no dije nada—. Tu padre y yo estábamos empezando a preocuparnos.

—¿Papá y tú habéis hablado sobre eso?

—Sí, ya eres mayorcito, tienes que empezar a salir con mujeres, a tener experiencia y a convertirte en un hombre. Ya eres un hombre, ¿no?

Tuve una fugaz visión de David debajo de mí, gimiendo quedamente con mis embestidas. Sacudí la cabeza para apartar esa idea.

—Sí, claro —respondí con cautela.

—¿Y cómo se llama la afortunada?

—Davinia —improvisé. Muy evidente, lo sé, pero fue lo primero que me vino a la cabeza.

—Muy bien. Ten cuidado, que aún soy muy joven para ser abuela.

—No te preocupes. —Eso al menos sí que podía asegurárselo.

Sonrió, dándose por satisfecha, y se fue a la solana para hacer la colada mientras yo me quedaba perplejo donde estaba. Mi madre nunca dejaba de sorprenderme.

Se acercaba el treinta de julio, el día que David y yo haríamos seis meses juntos.

Puede que parezca poco tiempo, y aunque él no me había dicho nada, yo daba por sentado que habría tenido relaciones más largas, pero para mí esos seis meses tenían un significado especial.

En el instituto, cuando un chico llevaba con su novia seis meses, hacía algo por ella.

Lo más usual era regalar a la chica una alianza de plata.

Por esa razón, siempre que había salido con alguna chica, me aseguraba de terminar la relación antes de esa fecha, porque si no, era como si fueses en serio con ella.

Pero esta vez era diferente. Yo quería hacer algo por David, aunque no me lo imaginaba poniéndose una alianza que yo le regalara.

Tenía que ser algo especial, algo único e irrepetible, algo que demostrara sin ninguna duda mi amor por él, y una idea empezó a rondar por mi mente, pero no le dije nada porque quería que fuese una sorpresa.

Lo que sí había decidido era que podíamos celebrarlo de manera especial. El 30 de julio caería en viernes y yo empecé a planear la manera de pasar todo el fin de semana con David. Nunca había pasado la noche entera en su casa y me moría de ganas por hacerlo.

Al inicio de esa semana le dije a mi madre que los padres de Davinia me habían invitado a pasar el fin de semana con ellos en su casa de la playa.

Una mentira un tanto elaborada, pero me pareció que podía funcionar.

Al principio parecía reacia a dejarme pasar dos noches fuera, pero después de mucho insistir me permitió ir, con la condición de que tendría que hablar con los padres de mi chica.

Sonreí con inocencia y le dije que no habría ningún problema. Mi plan marchaba a la perfección.

El jueves le dije a David que había quedado con unos amigos y rompí mi hucha, a ver qué encontraba.

Había apenas siete mil pesetas, mis ahorros de todo el año, pero con eso tendría que bastar.

No voy a mentir y a decir que no estaba asustado cuando entré en el centro de tatuajes, pero estaba tan decidido que apenas lo noté.

Mis amigos me habían hablado de ese sitio; era barato, muy limpio y no te preguntaban la edad.

Estuve esperando un rato hasta que un hombre con pinta de motero se acercó a mí.

Tenía los brazos tatuados por completo y el pelo largo le caía en una sucia coleta sobre la espalda.

Se me quedó mirando un momento hasta que habló con rudeza:

—¿Has pedido hora?

—No —contesté temiendo que no me atendiera.

—¿Es muy grande?

Entendí a qué se refería.

—No, más bien pequeño.

—Está bien, tengo un hueco libre.

Me guio hasta un habitáculo en el fondo del pasillo y me indicó que me sentara en una camilla.

—¿Qué va a ser?