Epílogo. Todo lo que comienza después
Seis meses después
Zyren descubrió que convivir con un niño de dos años era más difícil que comandar una nave nexariana.
Las naves respondían a instrucciones.
Thomas las consideraba sugerencias.
—No debes tocar eso —dijo Zyren.
Thomas contempló el panel abierto frente a él.
—No.
—No es una pregunta. Es una indicación.
—No.
—El dispositivo contiene energía suficiente para dañar el sistema eléctrico de toda la casa.
Thomas introdujo un dedo entre dos conexiones.
Las luces se apagaron.
Zyren permaneció inmóvil en la oscuridad.
—Papá.
—Sí.
—Luz duerme.
Desde la cocina, Emma comenzó a reír.
Zyren cerró el panel y cargó a Thomas.
—Tu interpretación es incorrecta.
—Luz duerme —repitió el niño, apoyando la cabeza sobre su hombro.
Emma apareció con una linterna.
—Creo que acaba de ganar la discusión.
—No estábamos discutiendo.
—Le explicabas algo que no tenía intención de obedecer. Eso cuenta como una discusión.
—En Nexara, ignorar una instrucción de seguridad tenía consecuencias.
—En la Tierra también. Normalmente incluyen una silla en una esquina y un niño gritando.
Zyren observó a Thomas.
El niño había cerrado los ojos.
—Está fingiendo que duerme para evitar las consecuencias.
—Está aprendiendo rápido.
—Eso me preocupa.
Emma se acercó y besó la frente de Thomas.
Después besó a Zyren.
—Admítelo. Te encanta.
Él miró al niño en sus brazos.
—No existe una palabra adecuada.
Emma apoyó una mano sobre su pecho.
—Sí existe.
Zyren la contempló.
Durante sus primeros meses en la Tierra había aprendido que algunas palabras humanas no necesitaban ser precisas para ser verdaderas.
—Lo amo —dijo.
Thomas abrió un ojo.
—Más.
Zyren lo sostuvo con mayor fuerza.
—Más —repitió.
Emma sonrió.
—Creo que quiere que lo digas otra vez.
Zyren acercó la frente a la de su hijo.
—Te amo.
Thomas cerró el ojo.
—Bien.
Emma soltó una carcajada.
La electricidad regresó.
Las luces se encendieron en toda la casa excepto en el panel que Thomas había tocado.
Zyren miró el sistema averiado.
—Continúa siendo preocupante.
La vida no se volvió sencilla después del regreso.
Zyren tuvo que aprender a habitar un mundo que desconocía su existencia. Adoptó la identidad que Gabe había construido para él y comenzó a trabajar en el observatorio como especialista en sistemas ambientales.
El cargo era técnicamente cierto.
Nadie necesitaba saber que los sistemas que conocía pertenecían a otro planeta.
Las autoridades preguntaron por la explosión ocurrida la mañana de su llegada. Gabe entregó informes sobre una descarga eléctrica. Charles utilizó antiguos contactos para impedir que la investigación alcanzara las cámaras subterráneas.
La prensa volvió a perseguir a Emma.
Primero preguntaron por el padre desconocido de su hijo.
Después descubrieron que Zyren Vale había regresado.
Los titulares cambiaron.
EL HOMbrE QUE DESAPARECIÓ DURANTE EL EMBARAZO DE EMMA CARTER.
EL MISTERIOSO ESPECIALISTA QUE RECLAMA SER PADRE DEL HEREDERO CARTER.
GABE HANKINS, DESPLAZADO TRAS DOS AÑOS JUNTO A LA FAMILIA.
Zyren leyó cada artículo.
—Contienen un alto porcentaje de información falsa.
—Por eso dejé de leerlos —dijo Emma.
—Uno afirma que abandoné el país para evitar mis responsabilidades.
—Técnicamente abandonaste el planeta.
—No fue para evitar responsabilidades.
—Los periodistas no aceptarían esa corrección.
Gabe convocó una rueda de prensa.
Esta vez Emma no permitió que hablara por ella.
Se situó frente a los micrófonos con Zyren a su lado.
—Zyren Vale es el padre de mi hijo y mi pareja —declaró—.
Las razones de su ausencia pertenecen a nuestra vida privada.
Gabe Hankins es parte de nuestra familia, dirige temporalmente los intereses empresariales Carter por decisión mía y nunca ha afirmado ser el padre de Thomas.
No volveremos a responder preguntas sobre este asunto.
Una periodista levantó la mano.
—¿Planea casarse con el señor Vale?
Emma miró a Zyren.
Él se inclinó hacia el micrófono.
—Ya estamos unidos bajo las leyes de mi lugar de origen.
Gabe cerró los ojos detrás de ellos.
La sala estalló en preguntas.
Emma tomó la mano de Zyren y se alejó riendo.
—Necesitamos trabajar en tus respuestas públicas.
—Mi respuesta fue precisa.
—Ese es el problema.
Emma fue aceptada en la facultad de medicina al comienzo del nuevo período académico.
Leyó la carta tres veces.
Después se sentó en el suelo de la cocina y lloró.
No de tristeza.
No de miedo.
Lloró por la niña que había aprendido demasiado pronto que otras personas podían decidir su futuro. Por la joven que estudió negocios para complacer a su abuelo. Por la mujer que había cruzado el universo y regresado creyendo que quizá su vida tendría que esperar.
Zyren la encontró allí.
No intentó detener las lágrimas.
Se sentó a su lado.
—Fuiste aceptada.
Emma asintió.
—Comienzo en dos meses.
—Eso deseas.
—Sí.
—Entonces ¿por qué lloras?
Ella sonrió entre lágrimas.
—Porque a veces las personas también lloramos cuando conseguimos aquello por lo que hemos luchado.
Zyren consideró la explicación.
—Los humanos utilizan la misma reacción para demasiadas emociones.
—Lo sé.
—Es ineficiente.
—Muchísimo.
Él limpió una lágrima con el pulgar.
—Estoy orgulloso de ti.
Emma apoyó la frente contra la suya.
—¿Qué haré con Thomas, la clínica, las clases y todo lo demás?
—Lo mismo que has hecho hasta ahora.
—¿Salvar dos mundos?
—Permitir que quienes te aman te ayuden.
La respuesta la hizo llorar nuevamente.
Zyren la abrazó.
Esta vez no pidió una explicación.
Gabe fue quien organizó la celebración en el Café Lumen.
Afirmó que se trataba de una reunión familiar sencilla.
Cloe contó treinta y siete invitados.
—Tu definición de «sencilla» necesita tratamiento profesional.
Gabe ajustó la posición de una de las mesas.
—Varias personas se invitaron solas.
—Contrataste un cuarteto.
—Emma merece celebrarlo.
—También alquilaste iluminación.
—El café es demasiado oscuro.
Cloe cruzó los brazos.
—Mi café tiene ambiente.
—Tu café tiene tres lámparas averiadas.
—Una fue culpa de Zyren.
—La reemplazó.
—Con una tecnología que no entiendo y que ahora se enciende cuando alguien está triste.
Gabe miró la lámpara sobre la mesa junto a la ventana.
Emitía una luz amarilla suave.
—Parece útil.
—Un cliente terminó una relación debajo de ella y el lugar brilló durante cuatro horas.
Gabe sonrió.
Cloe lo observó.
Durante los últimos seis meses habían continuado acercándose sin dar un nombre definitivo a lo que existía entre ellos.
Habían cenado.
Habían viajado juntos a Veymont.
Cloe había asistido a dos eventos empresariales y escandalizado a la junta de Hankins al explicar que Gabe necesitaba dormir más y controlar menos.
Gabe había reparado personalmente una tubería del café después de que Cloe le prohibiera contratar a alguien.
También se habían besado.
Una vez.
Había ocurrido la noche del regreso de Zyren, cuando Gabe acompañó a Cloe hasta su casa. El beso fue lento, inesperadamente tierno y lo bastante importante para asustarlos a ambos.
Al día siguiente, Gabe viajó a Veymont por una crisis empresarial.
Cloe no preguntó cuándo regresaría.
Él volvió dos días después.
Ninguno mencionó el beso.
—Vas a seguir mirándome o vas a mover esa mesa —preguntó ella.
Gabe apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.
—Cloe.
—Ese tono nunca trae nada divertido.
—La junta Hankins quiere que regrese permanentemente a Veymont.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Cuándo?
—A final de mes.
—Entiendo.
—No parece que entiendas.
—Eres dueño de un imperio, Gabe. Los imperios suelen exigir la presencia de su emperador.
—No soy un emperador.
—Díselo a tus trajes.
Gabe rodeó la mesa.
—Quiero que vengas conmigo.
Cloe se quedó inmóvil.
—¿A Veymont?
—Sí.
—¿Para qué?
La pregunta lo sorprendió.
—Para estar conmigo.
—Eso no es una respuesta. ¿Quieres que cierre el café? ¿Que abandone Elarin? ¿Que me convierta en la mujer que espera en tu apartamento mientras diriges dos empresas?
—No dije nada de eso.
—Tampoco dijiste qué lugar tendría yo en tu vida.
—Creí que era evidente.
Cloe rio sin humor.
—Las cosas evidentes son tu especialidad. Las palabras, no tanto.
Se alejó hacia la barra.
Gabe la siguió.
—No sé cómo hacer esto.
—Eso al menos es honesto.
—He organizado toda mi vida alrededor de obligaciones. Cuando intento pensar en ti, no encuentro una estructura que garantice que no voy a equivocarme.
Cloe lo miró.
—No existe.
—Lo sé.
—No puedes convertirme en otra responsabilidad.
—No quiero hacerlo.
—Entonces ¿qué quieres?
Gabe sostuvo su mirada.
Al otro lado del café, los primeros invitados comenzaban a entrar. Emma apareció con Thomas en brazos y Zyren a su lado. Ninguno se acercó.
Todos percibieron que aquella conversación les pertenecía únicamente a ellos.
—Quiero regresar de Veymont y encontrarte aquí —dijo Gabe—. Quiero que me llames cuando tu cafetera vuelva a destruirse, aunque ambos sepamos que podrías repararla sola. Quiero discutir contigo porque eres la única persona que no permite que convierta cada emoción en un plan de trabajo.
Cloe no apartó la mirada.
—¿Y qué más?
—Quiero besarte otra vez.
—Eso tardó seis meses.
—Ciento ochenta y tres días.
—Por supuesto que los contaste.
Gabe dio un paso hacia ella.
—No quiero que cierres el café. No quiero que abandones Elarin. Y no quiero seguir fingiendo que puedo marcharme sin que importe lo que tú decidas.
Cloe sintió que el miedo aparecía.
No el miedo a perderlo.
Uno más profundo.
El miedo a quedarse.
A permitir que alguien ocupara suficiente espacio en su vida para poder herirla.
Gabe esperó.
No intentó convencerla.
No prometió protegerla de todo.
Por primera vez, le entregó una decisión sin intentar controlar el resultado.
Cloe tomó su corbata y lo acercó.
—Tienes mucho que aprender.
—Estoy dispuesto.
—No me mudaré a Veymont.
—Entendido.
—Y no voy a esperar otros seis meses.
—Eso también—
Cloe lo besó antes de que terminara.
Las conversaciones del café se detuvieron.
Thomas aplaudió.
Emma rio.
Zyren observó las constantes físicas de Gabe y decidió, por una vez, no describirlas.
Cuando Cloe se apartó, Gabe continuaba mirándola como si acabara de descubrir algo que ninguna de sus empresas podía comprar, organizar ni garantizar.
—Regresaré cada semana —dijo.
—Comencemos con que regreses porque quieres, no porque lo has puesto en un calendario.
Gabe sacó lentamente el teléfono del bolsillo.
Cloe se lo quitó.
—Definitivamente tienes mucho que aprender.
La celebración terminó después de la medianoche.
Charles se marchó acompañado por Evelyn. Gabe ayudó a Cloe a cerrar el café. Emma caminó hasta la plaza con Zyren y Thomas.
El niño dormía sobre el hombro de su padre.
—Fue un día largo —dijo Emma.
—Sus constantes indican que está agotado.
—También podrías decir que tiene sueño.
—Eso sería menos preciso.
Emma entrelazó sus dedos con los de Zyren.
Las luces de Elarin se reflejaban sobre las calles húmedas. El pueblo parecía el mismo lugar al que había llegado buscando una vida propia.
Pero ella ya no era la misma mujer.
Tampoco necesitaba huir para demostrar que podía elegir.
—¿Eres feliz aquí? —preguntó.
Zyren contempló la plaza.
El café.
La clínica.
El camino que conducía al observatorio.
Después miró al niño dormido en sus brazos.
—Sí.
Una luz violeta apareció en la pulsera.
Thomas abrió los ojos.
—Tres —murmuró.
Emma observó el metal.
Las pulsaciones no provenían de ninguno de ellos.
Una.
Dos.
Tres.
Zyren levantó la cabeza hacia el cielo.
Reconoció la frecuencia.
—Nexara.
Thomas sonrió.
Sobre la plaza apareció el reflejo de tres lunas.
No se abrió ninguna puerta.
Solo una imagen suave, transparente, suspendida bajo las estrellas terrestres.
En el centro surgieron dos figuras.
Lira.
Xantheris.
La transmisión no tenía sonido, pero ambos levantaron una mano.
Zyren hizo lo mismo.
Thomas imitó el gesto.
El reflejo duró apenas unos segundos antes de desaparecer.
Emma miró a Zyren.
—El camino sigue ahí.
—Sí.
—¿Crees que algún día podremos cruzarlo?
Zyren observó a Thomas.
El niño había vuelto a apoyar la cabeza sobre su hombro.
—Cuando él esté preparado para entenderlo.
—Y si quiere hacerlo.
—Y si quiere hacerlo —confirmó.
Continuaron caminando.
Detrás de ellos quedaba el café iluminado, donde otra historia comenzaba entre una mujer que temía perder su libertad y un hombre que nunca había aprendido a vivir sin controlar el futuro.
Frente a ellos esperaba una casa donde Thomas crecería entre relatos de dos mundos.
Algún día preguntaría por las tres lunas.
Querría conocer los mares luminosos, las torres de Zeythar y el planeta que latía al otro lado de las estrellas.
Pero aquella noche solo era un niño dormido en brazos de su padre.
Emma apoyó la cabeza sobre el hombro de Zyren.
Él besó su cabello.
Y bajo un cielo azul convertido en noche, los tres regresaron juntos a casa.
FIN