A través de las estrellas te encontré Capítulo 1. El cielo que no debía recordar
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A través de las estrellas te encontré

A través de las estrellas te encontré

Por Lia Hndez

© inepub.com

Capítulo 1. El cielo que no debía recordar

Zyren abrió los ojos bajo un cielo azul.

No púrpura.

Azul.

El color se extendía sobre él con una intensidad imposible, limpio y profundo, atravesado por nubes blancas que se desplazaban sin orden. No seguían rutas programadas ni respondían a corrientes reguladas. Se movían libremente, transformándose con el viento.

Zyren permaneció inmóvil.

Conocía aquel cielo.

No sabía cómo, pero lo conocía.

La hierba rozaba sus manos. Cada brizna era distinta de la siguiente: algunas estaban húmedas, otras dobladas por el peso de pequeñas gotas que reflejaban la luz. El terreno no vibraba bajo sus dedos ni le transmitía información. No intentaba reconocerlo. No parecía saber que él estaba allí.

Era una sensación inquietante.

Y, al mismo tiempo, extrañamente familiar.

Se incorporó con lentitud. Llevaba la armadura oscura del comandante, pero los indicadores de su antebrazo estaban apagados. No había lecturas atmosféricas. No había mapas ni conexión con el sistema central de Nexara.

Ni siquiera podía escuchar el pulso del planeta.

Estaba solo.

A lo lejos, una figura avanzaba entre los árboles.

Zyren intentó ampliar la imagen con su visión, pero su cuerpo no respondió. La figura continuó acercándose hasta adquirir la forma de una mujer.

El viento agitaba su cabello castaño alrededor del rostro. Vestía de blanco y caminaba descalza, sin mostrar temor por el extraño que la observaba desde el centro del campo.

Zyren quiso preguntarle quién era, pero una presión desconocida se cerró alrededor de su garganta.

La mujer se detuvo.

Aún había demasiada distancia entre ellos para distinguir sus facciones. Sin embargo, Zyren vio sus ojos.

Verdes.

No como las luces artificiales de los jardines de Zeythar ni como los mapas energéticos que cubrían los muros del Consejo. Eran verdes como la vegetación que los rodeaba: vivos, profundos y llenos de algo que no podía clasificar.

Ella levantó una mano.

Zyren dio un paso hacia ella.

La distancia no disminuyó.

Avanzó nuevamente. La mujer continuaba frente a él, tan lejana como antes.

—¿Quién eres? —preguntó.

Su voz sonó diferente. Más áspera. Humana.

La mujer movió los labios, pero el viento se llevó sus palabras.

Zyren dio otro paso.

El cielo se oscureció.

Las nubes blancas se detuvieron y, durante un instante, todo quedó suspendido: las hojas, el viento, el cabello de la mujer. Incluso la luz pareció inmovilizarse.

Después llegó el frío.

No descendió del cielo ni surgió de la tierra. Nació dentro de Zyren, propagándose desde su pecho hasta sus extremidades.

La mujer bajó la mano.

Algo apareció detrás de ella.

Al principio parecía una sombra proyectada por los árboles. Luego comenzó a elevarse, adquiriendo volumen, extremidades y un rostro.

El rostro de Zyren.

La criatura poseía sus mismos ojos negros, su misma altura y la misma armadura. Pero sus manos estaban cubiertas de sangre. Una oscuridad viscosa ascendía por sus brazos y se introducía bajo las placas protectoras.

Sonrió.

Zyren nunca sonreía de aquella manera.

—Mírala —dijo la criatura con su voz—. Ya sabes lo que vas a hacerle.

Zyren intentó moverse, pero su cuerpo dejó de responder.

La criatura avanzó hacia la mujer.

—No.

La palabra escapó de su garganta antes de que pudiera analizarla.

La otra versión de él ladeó la cabeza.

—Te enviarán para observarlos. Te ordenarán que no sientas. Y tú creerás que puedes obedecer.

La sangre goteó de sus dedos sobre la hierba.

Donde cada gota tocaba el suelo, la vegetación se marchitaba.

—Pero ella despertará todo lo que eliminaron de nosotros —continuó—. El deseo. El miedo. La ira. La necesidad de poseer aquello que no comprendes.

Zyren forcejeó contra la fuerza invisible que lo mantenía inmóvil.

—No sabes quién soy.

—Sé exactamente quién eres.

La criatura llegó hasta la mujer y colocó una mano oscura sobre su hombro.

Ella no gritó. Siguió mirando a Zyren como si la amenaza que tenía detrás no importara. Como si esperara algo de él.

—Eres el principio del fin —susurró la criatura.

El campo comenzó a arder.

Las llamas no avanzaban desde un punto concreto. Surgían en todas partes, devorando la hierba y trepando por los árboles. El cielo azul desapareció bajo una capa de humo. Más allá del fuego, las torres flotantes de Zeythar se alzaron sobre el horizonte terrestre.

Una a una comenzaron a caer.

Zyren escuchó el estruendo del cristal al quebrarse. Vio los mares luminosos de Nexara apagarse y las tres lunas partirse sobre un cielo que ya no pertenecía a ninguno de los dos mundos.

La mujer seguía allí.

—¡Aléjate de ella! —ordenó.

La criatura sonrió nuevamente.

Esta vez abrió una boca demasiado grande para aquel rostro.

No había dientes ni lengua. Solo un vacío tan profundo que parecía contener la oscuridad entre las estrellas.

La mujer extendió la mano hacia Zyren.

—Encuéntrame.

Su voz atravesó el fuego.

La criatura cerró los dedos alrededor de su garganta.

Y Zyren despertó.

Se incorporó de golpe.

Un campo de luz se activó alrededor de su cama, respondiendo al movimiento brusco. Las paredes cristalinas de su cámara pasaron del negro al violeta, revelando las líneas perfectas de la habitación.

Durante varios segundos no reconoció dónde estaba.

El aire entraba y salía de sus pulmones con demasiada rapidez. Su corazón golpeaba contra el pecho, alterado por una reacción para la que no encontraba una causa física.

Colocó una mano sobre su esternón.

El ritmo cardíaco comenzó a descender.

Ciento veinte pulsaciones.

Ciento siete.

Noventa y cuatro.

Aún demasiado alto.

—Análisis corporal —ordenó.

Una voz neutra respondió desde el sistema central:

—No se detectan alteraciones orgánicas. No existen agentes externos en la cámara. Temperatura estable. Composición atmosférica óptima.

Zyren observó sus manos.

No había sangre.

—Analiza mi actividad cerebral durante los últimos diez minutos.

Una serie de proyecciones apareció frente a él. Los datos mostraban una actividad irregular en regiones que, según los registros nexarianos, debían permanecer casi inactivas.

—Clasifica la anomalía.

Hubo una pausa.

Los sistemas de Nexara no hacían pausas.

—No existe una clasificación compatible.

Zyren descendió de la cama. El suelo reconoció su peso y ajustó la temperatura a sus constantes, pero la familiaridad de aquella respuesta no consiguió tranquilizarlo.

Caminó hasta el ventanal.

Zeythar flotaba bajo la noche púrpura.

Las torres cristalinas se desplazaban lentamente para mantener su alineación con las corrientes energéticas del planeta. Más allá de la ciudad, los mares bioluminiscentes pulsaban al mismo ritmo, como si Nexara respirara.

Sobre ellos, las tres lunas ocupaban sus posiciones exactas.

Todo estaba en orden.

No había fuego.

No había ruinas.

No había una mujer de ojos verdes esperando entre los árboles de otro mundo.

Zyren apoyó la mano contra el cristal.

Había experimentado aquella visión siete veces.

En las primeras seis, solo veía fragmentos: el cielo azul, la vegetación, el rostro borroso de la mujer. Nunca había escuchado su voz. Nunca había visto a la criatura.

Y nunca había sentido miedo.

La palabra apareció en su mente con una claridad que le resultó ofensiva.

Miedo.

Los nexarianos conocían su definición. Conservaban registros detallados de las emociones que habían dominado a la humanidad antes del colapso. Podían describir sus efectos químicos, su influencia sobre el juicio y las guerras que había provocado.

Pero conocer una emoción no equivalía a experimentarla.

Zyren cerró los dedos contra el cristal.

Ahora sabía la diferencia.

Una pulsación recorrió el suelo.

Las luces de la cámara parpadearon.

Zyren se apartó del ventanal. Nexara volvió a emitir la misma vibración, esta vez más intensa. No era una alerta del sistema. Provenía de las profundidades del planeta.

Algo había sentido su despertar.

La superficie del cristal cambió. Durante una fracción de segundo dejó de reflejar la habitación.

El otro Zyren apareció frente a él.

El rostro cubierto de oscuridad.

La sonrisa imposible.

Zyren giró de inmediato, dispuesto a atacar.

No había nadie.

Cuando volvió a mirar el ventanal, solo encontró su propio reflejo.

Sereno.

Controlado.

Perfecto.

Entonces una voz surgió a su espalda.

—El Consejo solicita tu presencia.

Zyren reconoció a Vael antes de volverse. El Cronista Supremo del Saber esperaba junto a la entrada, vestido con la armadura ceremonial de los consejeros. Sus ojos plateados recorrieron la habitación y se detuvieron en los datos que aún flotaban sobre la cama.

—Tus lecturas son irregulares —observó.

Zyren cerró las proyecciones.

—El sistema cometió un error.

Vael lo contempló durante un instante demasiado largo.

—Nuestros sistemas no cometen errores.

—Entonces necesitarán una nueva clasificación.

Algo cambió en la expresión del consejero. Fue apenas una contracción alrededor de sus ojos, un gesto tan leve que cualquier otro nexariano lo habría ignorado.

Zyren no.

Vael sabía algo.

—¿Por qué me ha convocado el Consejo?

—Ha aparecido una señal en los registros estelares.

El consejero levantó una mano y proyectó la imagen de un planeta azul suspendido entre ellos.

Zyren dejó de respirar.

Océanos. Nubes blancas. Continentes cubiertos de vegetación.

El mundo de sus visiones.

—No es posible —dijo.

—Eso mismo creíamos.

Vael estudió su reacción con una atención que ya no intentaba ocultar.

—El planeta fue destruido hace milenios, pero ha regresado. Y hay vida humana en su superficie.

Zyren sintió nuevamente el frío.

En el reflejo del ventanal, detrás de Vael, una sombra alta comenzó a tomar forma.

—¿Cómo se llama? —preguntó, aunque una parte de él ya conocía la respuesta.

Vael sonrió.

No era la sonrisa monstruosa de la criatura.

Pero durante un instante, Zyren vio algo igualmente inquietante en ella.

Reconocimiento.

—Tierra —respondió el consejero—. El planeta se llama Tierra.

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En algún lugar al otro lado del universo, una mujer de ojos verdes abrió los suyos y pronunció un nombre que jamás había escuchado:

—Zyren.