3 #2
Tom giró la cabeza hacia ella y, sin palabras, tomó su mano entre las suyas.
—Tranquila —susurró—. Estoy aquí.
Emma apretó los dedos contra los suyos, dejando que ese suave contacto la calmara un poco, aunque el miedo seguía ardiendo bajo la piel de ambos.
—Recordad lo que os he pedido —continuó Khalid con sus ojos fijándose en la carretera llena de polvo, como si pudiera leer la ruta y los peligros al mismo tiempo—.
Nada de improvisar. Nada de emociones visibles.
Escuchad, tomad nota y no hagáis preguntas que no estén previstas. Si algo cambia, yo os avisaré.
—¿Quién es? —preguntó Emma, con apenas un hilo de voz.
—Se llama Faris al-Salim —dijo Khalid, dejando que el nombre flotara en el aire entre ellos—. Es quien ha accedido a hablar con vosotros. Con él trataremos la entrevista.
Tom asintió, apretando un poco más su mano.
—Recordaremos todo lo que nos has dicho.
—Bien —dijo Khalid—. Y escuchad, no es solo un nombre. Es información que puede cambiarlo todo si cae en manos equivocadas. Cada palabra, cada gesto, cada minuto cuenta. Su nombre no se lo diréis a nadie, mantendrá en todo momento el anonimato.
Emma asintió lentamente, tragando saliva.
—Lo entiendo.
—Eso espero —dijo Khalid—. Y recordad: ningún ruido, ninguna ventana, ningún paso en falso. Este barrio no es como el lugar donde estábamos.
El vehículo avanzaba despacio entre calles semidestruidas y el polvo se levantaba como una cortina que los hacía invisibles y visibles al mismo tiempo.
Cada esquina era un obstáculo, cada edificio derruido, una posible trampa.
Khalid conducía con la precisión de quien ha recorrido esas rutas mil veces, pero su rostro seguía serio, concentrado.
Emma rompió el silencio, su voz apenas fue un susurro sobre el rugido del motor.
—Khalid… ¿dónde exactamente se realizará la entrevista? —Sus ojos se clavaron en él, buscando una respuesta que les permitiera calcular riesgos.
Khalid no apartó la vista de la calle, pero el gesto de su mandíbula les indicó que pensaba en cada detalle.
—En un edificio alto, casi en ruinas, con pocas ventanas visibles. Un antiguo taller que ahora sirve como vivienda temporal para quienes confían en Faris. No os preocupéis por entrar, pero nada de asomaros. Nada de llamar la atención.
Tom la miró por el rabillo del ojo, apretando su mano un poco más.
—¿Y cuánto queda? —preguntó él, intentando sonar tranquilo, aunque su voz le traicionaba por la tensión del momento.
—Un par de kilómetros, tal vez menos —dijo Khalid—. Pero no es la distancia lo que cuenta. Es la visibilidad. Desde ciertas alturas, otros bandos podrían veros. Por eso la última parte la haremos a pie y en silencio.
Emma respiró hondo, dejando que la mano de Tom le transmitiera un poco de calma.
—Entonces, primero en coche, luego caminando, sin hacer ruido, y lejos de las ventanas —resumió, casi para sí misma.
—Exacto —confirmó Khalid—. Recordad lo que os pedí: escuchad, no preguntéis más de lo acordado y observad. Faris es importante, pero la seguridad de todos depende de que se cumplan estas reglas.
Tom apretó suavemente la mano de Emma, acercando su hombro al suyo.
—Vamos a salir de esta juntos —susurró.
—Lo sé —dijo ella tragando saliva—. Solo… que no quiero que nada salga mal antes siquiera de hablar con él.
Khalid los miró por el retrovisor, sin responder de inmediato.
—Cada paso que deis aquí es medido. Cada sombra puede ser un enemigo. La entrevista será breve, pero todo lo que hagáis antes y después decidirá si volvéis con vida. No lo olvidéis.
Emma asintió, dejando que el miedo se mezclara con la determinación.
Ya no había vuelta atrás. Cada segundo que los acercaba al edificio medio abandonado era un recordatorio de que Alepo no perdonaba, y que la historia que buscaban escuchar estaba a solo unos pasos de la zona de peligro más absoluto.
Khalid detuvo el vehículo en la esquina de un callejón polvoriento, donde los edificios semiderruidos formaban un laberinto de sombras alargadas.
—Aquí es —susurró, casi sin mover los labios—. Caminad pegados a las paredes, sin prisa y sin ruido.
Emma tomó la mano de Tom un instante, solo para aferrarse a algo estable, y luego ambos bajaron del coche con cuidado.
Cada paso crujía sobre los escombros, cada piedra suelta parecía gritar su presencia.
A su alrededor, la ciudad seguía viva: el murmullo de una conversación lejana, un perro que ladró en un patio vacío, un trozo de metal cayendo de un balcón. Todo amplificado por el miedo.
—No os acerquéis demasiado a las ventanas —advirtió Khalid—. No importa lo que veáis, no hagáis contacto visual. La zona está controlada por la milicia moderada, pero hay otros ojos. Siempre hay otros ojos.
Emma asintió tragando saliva. Cada sombra se alargaba como una amenaza, cada callejón parecía un túnel sin salida.
Tom se mantuvo a su lado, su mano apretando la de ella, su hombro ofreciendo un refugio silencioso.
Ella podía sentir cómo su propia respiración se aceleraba, cómo el miedo se mezclaba con la determinación: estaba tan cerca de la historia que había venido a buscar y al mismo tiempo tan lejos de cualquier seguridad.
—El edificio está al final de esta calle —continuó Khalid—. Un taller alto, en ruinas, casi invisible desde la calle principal. La entrada es discreta. Faris os esperará allí. No os adelantéis. No os distraigáis.
Emma y Tom caminaron en silencio mirando de reojo alrededor.
Las paredes chamuscadas, los balcones rotos y los cristales dispersos les recordaban que cualquier error podía ser fatal. El aire olía a polvo y metal, a humo antiguo, y cada sonido era amplificado por la ansiedad.
Cuando llegaron al edificio, Khalid se detuvo junto a la puerta, inspeccionando los alrededores con ojos que parecían ver más allá de lo visible.
—Aquí termina vuestro trayecto a pie —dijo con voz baja—. Entrad despacio. Nada de mirar alrededor.
Emma respiró hondo.
Sabía que, en ese momento, cada movimiento, cada decisión, cada instante de silencio era más importante que cualquier palabra que pudiera decir después.
Tom le lanzó una mirada rápida y ella le correspondió con un gesto mínimo: juntos, pero conscientes de que allí fuera, en esas calles medio desiertas y controladas, la ciudad no perdonaba.
Khalid abrió la puerta con cuidado y los dejó entrar primero.
—Dentro no hay ventanas visibles —advirtió—. Faris está esperando.
Emma cruzó el umbral y, por un instante, el miedo se mezcló con una extraña sensación de alivio: estaban dentro, protegidos por unos muros que no podían ver desde fuera, pero todavía no a salvo del todo.
La entrevista estaba a solo minutos de distancia y, con ella, la verdad que podía cambiarlo todo.
El interior del edificio estaba en penumbra, con vigas que crujían bajo el peso de años de abandono y polvo suspendido en el aire que parecía ralentizar cada respiración.
Emma y Tom entraron primero, sus pasos fueron amortiguados por escombros y tablones sueltos.
No había ventanas visibles, solo un corredor angosto que se abría a una sala amplia donde un silencio expectante los envolvía.
—Quietos —susurró Khalid desde la puerta—. No hagáis nada hasta que él llegue.
Emma dejó la mochila en el suelo y se frotó las manos, sintiendo cómo la ansiedad se mezclaba con un hormigueo en los dedos.
Tom colocó la cámara en modo standby , aunque no la encendería hasta que Khalid o Faris lo indicasen.
—Va a llegar pronto —susurró Khalid—. Recordad todo lo que os he pedido. Escuchad, anotad, nada de improvisar.
Emma asintió tragando saliva mientras Tom le tomaba la mano de nuevo, solo un gesto para transmitir calma en medio de aquel silencio que parecía absorberlos.
Un golpe seco resonó en la puerta del fondo. Khalid levantó la mano y señaló.
—Él —dijo, con un hilo de tensión que cortaba el aire.
Faris apareció, alto y delgado, con una mirada que mezclaba cansancio y alerta.
Sus ojos se movieron rápido por la sala, evaluando cada sombra, cada rincón y, finalmente, fijándose en Emma y Tom.
Un gesto apenas perceptible les indicó que se acercaran.
Cada paso que Faris daba hacía que Emma contuviera el aliento, no era solo la entrevista lo que temía, era todo lo que podía suceder en esos minutos.
—Buenas —dijo Faris en voz baja, apenas un murmullo, pero suficiente para que la sala vibrara con la tensión contenida—. Gracias por venir.
—Gracias por concedernos la entrevista —respondió ella con una medio sonrisa, intentando aparentar tranquilidad.
Faris los señaló para que lo acompañasen a una mesa donde había unas sillas dispuestas para que estuvieran más cómodos.
Se sentaron alrededor de la mesa y Emma abrió su cuaderno con cuidado mientras Tom encendía discretamente la grabadora de audio, sintiendo cómo el miedo y la concentración se mezclaban en un solo hilo que los sostenía.
Khalid permaneció junto a la puerta, vigilante, recordándoles con la mirada que allí dentro no había margen de error.
Por un instante, todo pareció detenerse: el polvo suspendido, los crujidos del edificio, la respiración contenida. Solo ellos tres y la verdad que estaba a punto de revelarse.
Faris se acomodó en una silla frente a Emma y Tom, manteniendo la mirada fija en ellos.
Cada segundo de silencio antes de hablar parecía estirarse, pesado, como si la sala misma contuviera el aliento.
La sala estaba bastante a oscuras, dando la impresión desde fuera de que no había nadie en el interior del edificio.
—¿Podemos poner ya la grabadora de audio? —le pidió Tom. Faris asintió—. ¿Y la cámara?
—Entendemos que no quiera salir en las imágenes, pero le prometemos que pixelaremos su rostro y distorsionaremos su voz para que nadie pueda reconocerlo —le prometió Emma.
Faris se quedó unos segundos pensativo y, finalmente, asintió no muy seguro.