3
Khalid entró en la vivienda con prisa, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento seco. No se quitó la chaqueta, no miró alrededor, fue directo hacia ellos.
Emma y Tom ya estaban en pie, mochilas preparadas, cámaras revisadas, cuadernos guardados. No dijeron nada, esperaron ante él a que diese la noticia.
Khalid los observó un segundo, midiendo algo invisible, y entonces habló con voz baja y firme.
—Se hará. —Emma sintió cómo el aire regresaba a sus pulmones y miró a Tom con una medio sonrisa mientras ambos asentían—. Pero no como pensáis —continuó Khalid—. Escuchad bien. No lo repetiré.
Tom asintió, apretando la cámara contra el pecho mientras ella cargaba ya la mochila a la espalda para darse prisa.
—Dinos cómo —dijo Tom expectante.
Khalid señaló primero a Emma.
—Tú no preguntas nada hasta que él hable primero o diga que está dispuesto. Nada de improvisar. Nada de repreguntas emocionales.
—¿Y si dice algo clave? —preguntó Emma, conteniéndose.
—Lo dirá —respondió Khalid—. Y cuando lo haga, tú escuchas. Tomas nota. No interrumpes.
Luego miró a Tom.
—Tú grabas solo audio. Nada de imagen. La cámara apagada hasta que yo lo diga o él te lo permita. Si la enciendes antes, nos vamos.
Tom tragó saliva.
—Entendido.
—No iremos directamente —continuó Khalid—. Cambiaremos de coche. Luego caminaremos. Si alguien se detiene, seguimos andando. Si alguien corre, nos separamos.
Emma frunció el ceño.
—¿Separarnos?
—Sí —dijo Khalid sin rodeos—. Si pasa algo, no intentéis ayudaros. Sobrevivir primero. Reunirse después.
El silencio se volvió espeso.
—La entrevista durará diez minutos —añadió—. No más. Cuando yo diga “basta”, es basta. Aunque esté hablando.
—¿Y después? —preguntó Tom.
—Después desaparecemos —respondió Khalid—. Cada uno por su lado. Esta casa deja de ser segura en cuanto salgamos.
Tom enarcó una ceja y elevó una mano.
—Espera, ¿cómo que cada uno por su lado?
—Después de la entrevista no volvemos juntos —dijo sin rodeos—. Ninguno de los tres.
Emma frunció el ceño.
—¿Te refieres a nosotros dos… o a los tres?
—A los tres —respondió Khalid, mirándolos alternativamente—. Si salimos de la entrevista juntos, nos recuerdan juntos. Y aquí que te recuerden es el principio del final.
Tom apretó la correa de la cámara.
—Pero… ¿y la casa?
Khalid negó despacio.
—Esta casa deja de existir en cuanto salgamos por esa puerta. No volvéis aquí hoy. Iremos a otro sitio después de la entrevista.
Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces, ¿cómo salimos de allí?
—Por separado —repitió Khalid—. Con minutos de diferencia.
Por rutas distintas. Sin miraros. Sin esperaros.
—Señaló primero a Emma—. Tú sales con una mujer.
Parecerás una más. Cabeza gacha. Sin hablar.
Si alguien te sigue, no corras. Sigues andando.
—Luego miró a Tom—. Tú esperas. Sales después.
Tomas otra calle. Si te detienen, eres un turista perdido. Nada de periodistas. Nada de cámaras.
—¿Y tú? —preguntó Tom.
Khalid esbozó una sonrisa desprovista de humor.
—Yo no existo durante unas horas. —Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara—. Si uno cae, los otros tienen que seguir. Si uno es seguido, los otros deben desaparecer. No intentéis ayudaros. No miréis atrás. Sobrevivir primero. Reunirse después… si se puede.
Emma tragó saliva.
—¿Y si algo sale mal?
Khalid sostuvo su mirada.
—Aquí algo siempre sale mal. La diferencia es cuántos lo pagan.
Se giró hacia la puerta, preparándose para salir.
—Confiad en mí y haced exactamente lo que os diga. Hoy no se trata de valentía, se trata de no morir por una mala decisión. —Señaló a las mochilas y las maletas—. Cada uno con su mochila. Preparaos —ordenó.
El silencio que quedó tras sus palabras fue denso, definitivo. Emma y Tom asintieron al mismo tiempo, conscientes de que aquel plan no era una opción: era la única manera de salir con vida. Tom se puso la mochila en la espalda y cogió la otra mochila con la mano donde llevaba la cámara.
Emma sostuvo su mirada.
—¿Nos han visto?
Khalid no respondió de inmediato.
—Digamos que Alepo recuerda rápido a los extranjeros.
Se giró hacia la puerta y la abrió apenas un poco.
—Si salimos ahora, llegamos antes de que el barrio despierte del todo. Si no salimos ahora… no salimos.
Emma cerró el cuaderno y lo guardó en la mochila, colocándosela de nuevo a su espalda.
—Estamos listos —dijo Tom.
Khalid asintió una sola vez.
—Entonces venid. Y recordad algo —dijo mirándolos por última vez—, hoy no venís a contar una historia.
Hoy venís a escuchar una verdad. Y aquí…
la verdad siempre se cobra su precio. —Los miró a los dos seriamente, consciente de que no solo se jugaban la vida ellos, sino él mismo—.
Tened esto en cuenta y no lo olvidéis. —Señaló a Emma—.
Eres periodista y por lo tanto un objetivo.
—Señaló a Tom—. Eres cámara y por lo tanto un objetivo—.
Luego se señaló a sí mismo—. Doble objetivo: colaborador para unos y traidor para otros.
Tengo familia —reconoció—. Haced lo que os digo sin titubear.
—Los dos volvieron a asentir—. Aún no ha amanecido.
Esperad en la puerta hasta que os dé la señal.
Khalid fue el primero en moverse. Salió fuera, entornó la puerta y se perdió en la penumbra del callejón.
Tom lo observó desde la rendija de la puerta, respirando despacio, sintiendo cómo el corazón le latía en la garganta. Cada sombra parecía más densa, más amenazante que la anterior.
Emma se encontraba tras él, a su espalda, esperando a que recibiesen la orden.
Cada músculo de su cuerpo temblaba con una mezcla de frío y adrenalina.
Podía escuchar su propio corazón golpeando con fuerza en los oídos, casi eclipsando los ruidos de la ciudad.
Cada sonido parecía amplificado, cada sombra que se movía se volvía una amenaza, y no podía evitar pensar que un solo paso en falso los convertiría en un blanco fácil.
Tom estaba a su lado, con la cámara colgando del hombro, los dedos tensos sobre la correa y mirando por la rendija de la puerta.
No decía nada, pero Emma podía sentir su inquietud, el leve temblor en su respiración.
Miraba por la rendija, intentando calcular distancias, reconocer obstáculos y anticipar peligros.
Y mientras tanto, el miedo crecía, silencioso pero implacable, recordándoles que Alepo no perdonaba la curiosidad ni la imprudencia.
Tom se giró un segundo hacia ella y la observó. Permanecía totalmente tensa y su respiración era acelerada, clavando la mirada al suelo.
—Todo saldrá bien —susurró intentando calmarla.
Emma alzó su mirada y se fijó en sus ojos marrón verdoso. No pronunció palabra, solo asintió intentando convencerse a sí misma.
Tom volvió a mirar al frente e inspiró hondo. Emma detectó por aquella respiración que el momento había llegado.
—Vamos —susurró Tom apoyando la mano en su hombro—. Paso lento, tranquila —recordó.
Emma asintió y dio el primer paso fuera de la casa.
El suelo estaba cubierto de polvo y escombros, cada piedra suelta crujía bajo sus botas.
Se obligó a no mirar hacia arriba ni hacia los edificios cercanos.
Cada ventana, cada balcón roto, podía esconder ojos.
Cada callejón podía ser una trampa mortal.
Khalid apareció unos metros más adelante, inclinado junto a un muro en ruinas, haciendo un gesto para que lo siguieran.
Avanzaron en silencio, cada uno con la sensación de que el aire mismo podía delatarlos.
Ni una palabra, ni un respiro más fuerte de lo necesario.
La ciudad estaba viva, respirando entre ruinas y polvo, y ellos eran apenas una nota al margen de su ruido.
Incluso en la oscuridad que precedía al amanecer se sentían observados a cada paso que daban.
Llegaron al primer punto acordado, un pequeño patio semicubierto donde las sombras se mezclaban con la oscuridad y Khalid señaló hacia una esquina del callejón.
—El coche está allí. Esperad, no os mováis hasta que os lo indique.
Emma se agazapó junto a Tom mientras Khalid inspeccionaba la ruta. Podía sentir cómo sus músculos se tensaban, listos para correr o caer al suelo en cualquier momento. Cada paso que faltaba hasta el coche era un desafío a la paciencia, a la concentración.
Finalmente, Khalid levantó la mano y señaló con un movimiento rápido.
—Ahora. Despacio. Manteneos pegados a las sombras.
Caminaron con cuidado, evitando los charcos y los escombros y llegaron al coche.
Era un vehículo viejo, discreto, pintado de un gris apagado que casi se confundía con el polvo de las calles.
Khalid abrió la puerta trasera para Emma y le indicó que entrara primero, luego Tom. Por último, él se sentó al volante, revisando los espejos con precisión militar.
—Bien —dijo Khalid mientras arrancaba el motor—. Esto es solo el primer tramo. Nada de hablar. Nada de mirar por las ventanillas.
Emma respiró hondo y apoyó la cabeza contra el asiento.
Khalid conducía despacio, con los ojos fijos en las calles destruidas que se extendían ante ellos.
El motor del coche rugía como un animal herido entre edificios a medio derruir.
Emma se recostó un poco más contra el asiento, la mochila apretada al pecho, mientras Tom revisaba la cámara una vez más, aunque sabía que no la usaría hasta que Khalid lo indicara.
—Vamos al norte del centro histórico —explicó Khalid finalmente, rompiendo el silencio—. Un barrio medio abandonado. No hay coches circulando ni comercios abiertos, pero está controlado por una milicia local moderada, no extremista.
Emma frunció el ceño.
—Moderada o no, ¿significa que nos pueden reconocer?
—Sí —respondió Khalid con firmeza—. Es más peligroso que aquí donde tenéis la casa segura. Allí la zona es visible desde otros bandos. Cualquier movimiento equivocado y podríais llamar la atención de los que no quieren que esta entrevista ocurra.