CAPÍTULO 12
Ocho semanas después de la detención, Caleb entró en la clínica sin la bota ortopédica.
Elliot terminaba unas notas en recepción cuando sonó el suave tintineo de la puerta.
Alzó la vista y se encontró a Caleb de pie nada más cruzar el umbral, con una mano apoyada en la cabeza de Walter, el enorme perro que rara vez se separaba de él.
Ninguno de los dos esperó a que los invitaran a pasar.
Elliot dejó el bolígrafo.
—Llegas temprano.
—Sí.
—Tu cita es a las tres.
—Eso también lo sé.
Elliot se levantó y entonces reparó en las zapatillas corrientes que calzaba Caleb.
La bota había desaparecido. Caleb estaba de pie con el peso repartido por igual, sin aquella ligera inclinación que se había vuelto familiar en los últimos meses.
A Elliot lo recorrió una satisfacción serena que casi le arrancó una risa.
—¿Y bien?
Caleb curvó los labios.
—El cirujano me ha dado el visto bueno para la siguiente fase. Apoyar todo el peso con calzado normal. Sin bota. Molestias mínimas. Quiere que siga fortaleciendo la pierna y que aumente la carga de forma controlada, pero el tendón aguanta.
Elliot recorrió la corta distancia que los separaba.
—Cuéntame lo demás.
—El cuerpo técnico de rendimiento del club se hará cargo de las fases que quedan del protocolo de vuelta a la competición. Tienen el equipamiento y los especialistas necesarios.
Elliot se quedó inmóvil. Habían hablado del traspaso más de una vez, siempre con cuidado de presentarlo como una decisión clínica y no personal.
Las instalaciones que utilizaba el equipo podían medir parámetros que Northline no.
Era el paso correcto. Aun así, la noticia le dejó un leve vacío inesperado bajo las costillas.
—Entonces esta es la última cita.
Caleb asintió.
—Si a ti te parece bien el traspaso.
Elliot lo observó un instante y después sonrió.
—Me parece bien.
Caleb dejó escapar el aire despacio.
—Bien.
Walter dio un solo coletazo contra el suelo. Elliot bajó la mirada.
—Nadie te ha pedido opinión.
Walter no mostró el menor arrepentimiento.
Terminaron la revisión formal sin prisas.
Elliot comprobó las notas de las últimas pruebas de imagen, registró los progresos y confirmó el plan de transición con el director médico del club en una llamada breve.
Caleb escuchó sin interrumpir, algo tan poco habitual que Elliot estuvo a punto de comentarlo.
Una vez cerrado el expediente, Elliot alzó la vista.
—Te doy el alta.
Caleb le sostuvo la mirada.
—¿Oficialmente?
—Oficialmente.
Esperó. Elliot no borró la sonrisa.
—Aun así, espero que sigas el plan del equipo. Poder caminar con normalidad no significa que el trabajo haya terminado.
Caleb inclinó la cabeza con una expresión deliberadamente solemne.
—Entendido.
—Y si empiezas a añadir sesiones extra por tu cuenta, se lo diré a tu entrenador.
—Menuda amenaza.
—Te he visto intentar ejercicios a una pierna cuando se suponía que estabas descansando.
A Caleb le tembló la comisura de los labios.
—Lo dices como si fuera un delito.
—Con ciertos pacientes, debería serlo.
Los dos se echaron a reír. Después la sala quedó en silencio.
El momento pesaba más de lo que Elliot había esperado.
Durante meses había sido el responsable de ayudar a Caleb a recuperar la fuerza y la confianza en su propio cuerpo.
Había visto su frustración, sus tropiezos, la cautela con la que medía cada avance frente a la posibilidad de no volver jamás.
También había visto al hombre que se esconde detrás del personaje público: el hijo que llamaba a sus padres más a menudo de lo que reconocía, el amigo que se interesaba por los demás incluso cuando su propia vida era un lío, el hombre testarudo y a veces exasperante que todavía conseguía hacer reír a Elliot en los peores días.
Y el hombre del que Elliot, sin pretenderlo del todo, se había enamorado.
Caleb miró el expediente cerrado.
—Entonces...
Elliot arqueó una ceja.
—¿Entonces?
—¿Cenarías conmigo?
Elliot sonrió despacio.
—¿Me estás pidiendo una cita?
—Una de verdad.
—¿Con reserva?
—Ya está hecha.
—Te veo muy seguro.
—Aterrorizado, más bien.
Elliot se rio.
—Entonces sí.
La cara de Caleb cambió, con un alivio evidente.
—¿Sí?
—Sí, Caleb. Me gustaría cenar contigo.
Elliot vio cómo la tensión abandonaba los hombros de Caleb. Entonces Caleb se acercó.
—¿Puedo besarte?
A Elliot se le aceleró el pulso. Habían acordado ir con cuidado en cuanto terminara la relación profesional, y Elliot se había propuesto cumplir esa promesa. También llevaba semanas preguntándose qué se sentiría al salvar la última distancia entre ellos sin un límite profesional de por medio.
—Sí —respondió en voz baja.
Caleb le apoyó la mano en la mandíbula y le recorrió una vez el contorno con el pulgar.
Al principio el beso fue cuidadoso, casi una pregunta.
Elliot cerró los ojos. Había imaginado versiones de aquel momento.
En ninguna estaba el leve olor a producto de limpieza de la sala de tratamiento ni el resoplido impaciente de Walter desde la puerta.
De algún modo, eso lo mejoraba. La vida real rara vez se ordena en escenas perfectas.
Caleb tenía la boca cálida. Elliot le apoyó una mano en el pecho y sintió bajo la palma el latido constante. Cuando se separaron, Caleb sonreía.
—Ha merecido la pena esperar.
Elliot se rió por lo bajo.
—No eres precisamente un juez imparcial.
—No.
Caleb volvió a besarlo. Elliot respondió sin vacilar. Durante unos instantes no hubo mensajes, ni informes, ni límites trazados y vueltos a trazar con cuidado. Solo estaban Caleb y el alivio sencillo y desconcertante de poder desearlo sin disculparse por ello.
Su primera cena oficial fue aquella misma noche, en un pequeño restaurante retirado de la orilla.
Caleb había elegido un local con reservados de respaldo alto y fama de preservar la intimidad de las mesas.
Llegó con una chaqueta oscura y una camisa clara que resaltaba la anchura de sus hombros.
Elliot se fijó. Caleb se dio cuenta de que se había fijado.
—¿Lo apruebas?
Elliot sonrió.
—Servirás.
Caleb se rio, y los acompañaron hasta una mesa junto a las ventanas.
Fuera, las luces del puerto se reflejaban en el agua oscura.
Durante un rato hablaron de cosas cotidianas.
Elliot le contó que por fin había terminado un capítulo del libro que no dejaba de prometerse que acabaría.
Caleb habló de su primera sesión con el equipo de rendimiento del club y de lo extraño que se le hacía volver a las rutinas familiares del entrenamiento después de tanto tiempo alejado de ellas.
Luego la conversación derivó hacia lo que vendría después.
—He estado pensando en la casa —dijo Caleb.
Elliot alzó la vista.
—¿La que quedó dañada?
—Sí.
—¿Qué pasa con ella?
—Ya no creo que quiera seguir viviendo allí.
Elliot lo observó.
—¿Por lo que ocurrió?
—En parte.
Caleb dejó las manos junto a la copa.
—Me gustaba cuando la compré. Era privada. Tranquila. Ideal para alguien que no esperaba compartir gran parte de su vida con nadie.
Elliot escuchó.
—¿Pero ahora?
—Ahora parece un lugar que elegí porque intentaba no necesitar nada.
Elliot miró hacia el agua.
—No tienes por qué venderla solo porque alguien te hizo sentir inseguro allí.
—Ya lo sé.
Caleb sonrió.
—Pero creo que me gustaría algo diferente.
—¿Diferente en qué sentido?
—Un sitio con un jardín lo bastante grande para Walter. Una cocina donde dos personas puedan cocinar sin tener que esquivarse a cada paso. Quizá una habitación donde alguien pudiera trabajar en un libro.
Elliot se quedó mirándolo.
—Es una lista muy concreta.
La sonrisa de Caleb se volvió casi tímida.
—Le he dado vueltas.
A Elliot lo recorrió una oleada de calidez.
—Caleb, acabamos de empezar a salir.
—Lo sé.
—No puedes saber a ciencia cierta si querrías vivir conmigo.
—Eso también lo sé.
Caleb extendió la mano sobre la mesa.
—No te estoy pidiendo que te mudes mañana. Te estoy diciendo lo que espero que algún día sea posible.
Elliot le tomó la mano.
—Algún día suena bien.
Los dedos de Caleb se cerraron un poco más sobre los suyos.
—Bien.
Después de cenar, caminaron un corto trecho por el paseo marítimo.
Caleb aún tenía instrucciones de no forzarse demasiado, así que eligieron un recorrido sencillo y se detuvieron en un banco con vistas al puerto.
El aire de la noche era fresco. Un ferry cruzó las aguas oscuras, con las ventanillas iluminadas contra la línea de la costa.
Elliot se sentó junto a Caleb, con los hombros rozándose.
—¿Alguna vez echas de menos el anonimato? —preguntó.
Caleb se lo pensó.
—En realidad, nunca he sido anónimo. No desde la universidad.
—Debe de ser extraño.
—Lo es.
Miró hacia el ferry.
—Antes pensaba que ser reconocido significaba que había hecho algo importante. A veces es así. Otras, daría cualquier cosa por entrar en un restaurante sin preguntarme si alguien me está haciendo fotos.
Elliot asintió.
—¿Te preocupa que te vean conmigo?
Caleb se volvió hacia él.
—Ya no.
La respuesta sorprendió a Elliot.
—¿De verdad?
—Me preocupa cómo podrían tratarte. Me preocupa que la prensa nos complique las cosas. Pero ya he dejado de fingir que no me importas.
Elliot bajó la mirada. Caleb continuó.
—Ayer hablé con mi representante.
—¿Sobre nosotros?
—Sí.
Elliot sintió una punzada de ansiedad.
—¿Qué dijo?
—Sobre todo, que ojalá se lo hubiera contado antes.
—Parece razonable.
—También me preguntó si pensaba hacer un anuncio público.
—¿Y piensas hacerlo?
Caleb negó con la cabeza.
—No creo que le deba al mundo una rueda de prensa sobre a quién amo.
Elliot sonrió.
—Pero si alguien me pregunta si eres mi pareja, no voy a mentir.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Elliot nunca había querido que Caleb sacrificara nada antes de estar preparado. Aun así, oírselo decir le importó más de lo que esperaba.
—¿Estás seguro? —preguntó.
Caleb asintió.
—He pasado demasiados años organizando mi vida en función de lo que pudieran pensar los demás.
Miró a Elliot.