CAPÍTULO 2
Elliot Mercer nunca había entendido a quienes disfrutaban de las sorpresas.
Una cena de cumpleaños era aceptable. Un regalo inesperado podía resultar encantador. Pero cualquier cosa que implicara cambios repentinos en un plan ya establecido lo dejaba lamentando que no lo hubieran consultado antes.
Por eso, cuando vio a su mejor amigo de pie en la cocina con dos fundas de traje en las manos, desconfió al instante.
—No —dijo Elliot.
Julian Cross parpadeó.
—No te he pedido nada.
—Tu expresión sí.
—¿Qué expresión?
—La que pones cuando estás a punto de complicarme la velada innecesariamente.
Julian dejó las fundas sobre el respaldo de una silla.
A sus treinta y cuatro años, poseía ese tipo de elegancia natural que Elliot llevaba casi toda la vida intentando imitar sin éxito. Vestía unos pantalones oscuros, un jerséy color crema perfectamente ajustado y unas botas que probablemente costaban más que la compra del mes de Elliot.
Llevaba el pelo negro recogido de manera informal en la nuca y contemplaba el mundo con la serena confianza de un hombre que rara vez se topaba con una invitación que no pudiera mejorar.
—Prometiste que vendrías —dijo Julian.
—Prometí que me lo pensaría.
—Dijiste, y cito textualmente: «Estaría bien salir un poco».
—Eso no parece legalmente vinculante.
—Sonó entusiasta.
—Estaba comiendo tarta. Cuando como tarta digo cualquier cosa.
Julian sonrió y abrió la cremallera de una de las fundas.
Dentro colgaba una chaqueta azul noche de solapas estrechas.
Elliot la miró con desconfianza inmediata.
—¿Por qué parece tan cara?
—Porque lo es.
—¿Por qué la has traído aquí?
—Porque vas a ponértela.
—No pienso ponérmela.
—No tienes nada apropiado.
—Tengo ropa.
—Tienes aproximadamente catorce versiones del mismo jerséy gris.
—Son cómodos.
—Hacen que parezcas un bibliotecario universitario inusualmente atractivo.
Elliot sopesó la afirmación.
—Puedo vivir con eso.
Julian suspiró de forma dramática.
Desde el salón llegó una carcajada grave.
—Tiene razón, Jules.
Elliot se volvió hacia la puerta.
Marcus Reed estaba allí, con un plato de galletas saladas y queso en las manos.
Ancho de hombros, alegre y casi siempre hambriento, Marcus había sido compañero de piso de Elliot en el posgrado.
Ahora trabajaba como enfermero en urgencias y poseía la peculiar capacidad de mantener la calma ante casi cualquier cosa, incluidos los arrebatos teatrales de Julian.
A diferencia de Julian, Marcus ya iba vestido con un traje oscuro.
Elliot entrecerró los ojos.
—Los dos estáis metidos en esto.
—Obviamente —respondió Marcus.
—¿Cómo habéis entrado en mi casa?
—Le diste una llave a Julian.
—Eso era para emergencias.
—Esto es una emergencia —dijo Julian—. Llevas tres fines de semana seguidos trabajando, reorganizando las estanterías y fingiendo que no echas de menos tener vida social.
—Tengo vida social.
—Dime una sola cosa que hayas hecho últimamente que no tuviera que ver con tus pacientes.
Elliot abrió la boca.
No le salió nada.
Marcus levantó una galleta hacia él.
—Ese silencio es bastante elocuente.
Elliot aceptó la galleta con bastante menos dignidad de la que le habría gustado.
El evento en cuestión era una gala benéfica en favor de una organización que ayudaba a jóvenes adultos LGBTQ en situación de vulnerabilidad residencial. Julian llevaba años colaborando como voluntario con la asociación, y Elliot había hecho varias donaciones.
Apoyaba la causa de todo corazón.
Lo que no apoyaba era pasarse varias horas charlando de banalidades con desconocidos adinerados y con unos zapatos incómodos.
—Habrá mucha gente —dijo Elliot.
—Eso es lo que suele ocurrir en una recaudación de fondos exitosa.
—Y será ruidoso.
—Probablemente.
—Y alguien me preguntará a qué me dedico y luego se pasará veinte minutos describiéndome su dolor de hombro.
Marcus sonrió.
—Cóbrales.
—Así no funcionan las relaciones sociales.
—Podrían funcionar así.
Julian levantó la chaqueta azul.
—Pruébatela.
Elliot miró a uno y a otro.
Conocía a aquellos dos lo suficiente para reconocer una derrota cuando la tenía plantada en su cocina.
—Vale —masculló.
Julian sonrió de oreja a oreja.
—Estupendo.
—Pero me iré pronto.
—Por supuesto.
—Y no voy a bailar.
—Desde luego.
—Y no voy a dejar que ninguno de los dos me presente a alguien que crea que los deportistas profesionales son un sustituto de la personalidad.
Marcus cruzó una mirada con Julian.
Elliot lo captó al instante.
—¿Qué?
—Nada —respondió Marcus.
—¿Qué habéis hecho?
De repente, a Julian le interesaron muchísimo las costuras de la chaqueta.
Elliot dejó el plato.
—Julian.
—Esta noche vienen varias personas de los Mariners.
Durante un instante, Elliot no reaccionó.
Entonces recordó al hombre callado y agotado que aquella mañana se había sentado en su clínica y había confesado lo mucho que le asustaba perder su carrera.
Caleb Morgan.
No esperaba volver a verlo hasta el jueves.
—¿Qué jugadores? —preguntó Elliot con cautela.
Julian se encogió de hombros.
—No me sé toda la lista de invitados. Al parecer, el club ha donado un lote para la subasta. Van a venir algunos jugadores.
Elliot asintió.
Aquella información no debería haber significado nada.
Seattle estaba lleno de deportistas profesionales. Trabajaba con unos cuantos. Era perfectamente posible asistir a un acto benéfico sin cruzarse con un paciente en concreto.
Y, aunque Caleb estuviera allí, Elliot se limitaría a respetar su intimidad.
Eso era todo.
—¿Y bien? —preguntó Julian.
Elliot alargó la mano hacia la chaqueta.
—Dame veinte minutos.
La gala ocupaba las plantas superiores de un teatro antiguo cerca del centro.
Hacía poco que habían restaurado el edificio, y sus techos pintados originales resplandecían bajo unas luces colocadas con esmero.
El vestíbulo estaba repleto de arreglos florales.
Los camareros se abrían paso entre la gente con bandejas de agua con gas y champán, mientras un cuarteto de jazz tocaba desde una plataforma elevada que daba a la sala principal.
Elliot tuvo que reconocer que era impresionante.
También tuvo que reconocer que la chaqueta le quedaba de maravilla.
Julian había dedicado una cantidad innecesaria de tiempo a ajustarle el cuello y le había informado de que tenía la responsabilidad de apreciar la buena sastrería.
Marcus le había echado un solo vistazo y había sentenciado que por fin iba vestido como alguien que sale de casa de vez en cuando.
Su satisfacción resultaba contagiosa de un modo irritante.
—¿Lo ves? —murmuró Julian cuando entraron en el salón de baile—. Ya te lo estás pasando bien.
—Estoy disfrutando de la arquitectura.
—Por algo se empieza.
Elliot aceptó una copa de agua con gas y siguió a sus amigos hasta la mesa donde se exponían los artículos de la subasta.
Había paquetes vacacionales, cuadros originales, experiencias gastronómicas y una camiseta firmada de los Mariners dentro de una vitrina iluminada.
Se detuvo a examinar un pequeño óleo de la costa de Puget Sound.
El artista había captado el agua gris verdosa bajo una franja de luz lejana. A Elliot le gustaba esa contención. No había nada especialmente dramático, pero la escena resultaba real.
—¿Piensas pujar? —preguntó Marcus.
—Puede.
—¿Cuánto?
Elliot miró el precio de salida e hizo una mueca.
—Pues no.
Marcus se rio.
Al otro lado de la sala, alguien pronunció el nombre de Julian.
La velada cambió de rumbo de inmediato.
En cuestión de minutos, le habían presentado a un abogado de empresa, al dueño de un restaurante de la zona, a dos arquitectos y a una mujer que se pasó diez minutos explicándole que su perro necesitaba un especialista en ortopedia.
Afrontó las presentaciones con educación.
Respondió a las preguntas sobre su trabajo sin revelar información confidencial.
Resistió la tentación de diagnosticar al perro de la mujer.
Al final consiguió escabullirse hacia un pasillo más tranquilo, con las paredes cubiertas de fotografías antiguas del teatro.
Una escalera subía hasta un balcón que daba a la sala principal. Elliot la subió, agradecido por poder respirar sin que nadie le preguntara si podía recomendarle algún tratamiento para la rigidez crónica de cuello.
Llegó arriba justo cuando una voz conocida habló a su espalda.
—Empezaba a pensar que en este sitio no había dónde esconderse.
Elliot se volvió.
Caleb Morgan estaba a unos pasos.
Llevaba un traje gris marengo confeccionado para que cupiera la bota ortopédica de la pierna izquierda. Llevaba el pelo oscuro peinado hacia atrás, lo que dejaba a la vista una tenue cicatriz junto a la sien, y resultaba bastante más imponente que en la clínica.
También parecía incómodo.
El primer impulso de Elliot fue examinarle la postura.
El segundo, fingir que no se había dado cuenta.
—Depende de qué te estés escondiendo —respondió Elliot.
Caleb sonrió levemente.
—Sobre todo de la gente que me pregunta si estaré listo para la temporada.
—Es comprensible.
—Y de los periodistas.
—También es comprensible.
—Y de un hombre de abajo que se ha ofrecido a ponerme en contacto con una oportunidad de inversión relacionada con contenedores refrigerados.
Elliot se rio.
—Esa suena especialmente peligrosa.
—Me escapé antes de que pudiera explicarme la estructura financiera.
Caleb echó un vistazo a la barandilla del balcón.
—¿Puedo?
Elliot se apartó.
—Claro.
Caleb se colocó a su lado, acomodó las muletas con cuidado y luego bajó la vista hacia la recepción.
Desde arriba, la multitud parecía un mosaico cambiante de telas oscuras, joyas brillantes y conversaciones animadas.
Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo nada.
Elliot percibió el leve aroma de la colonia de Caleb, algo limpio y discreto. También percibió que su paciente tenía aspecto cansado.
Se recordó que no debía comentar nada a menos que hubiera un motivo clínico.
—¿Estás disfrutando de la velada? —preguntó Caleb.
—Más de lo que esperaba.
—No pareces muy convencido.
—Me convencieron de venir dos personas que consideran que quedarse en casa es un defecto de personalidad.
La sonrisa de Caleb se ensanchó.
—¿Amigos?
—Por desgracia.