A quien se lo cuentes 49. Condición
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49. Condición

Condición

—Ahora me toca a mí —dije—. Y usted sabe lo que voy a preguntar.

—Sí.

—¿Está detrás de esa puerta?

Sonia miró hacia el recibidor, sin girar el cuerpo, solamente con los ojos, que es como mira la gente cuando lleva un rato pensando en un sitio.

—Está en la habitación de abajo, que da al jardín. Lo de la puerta del hueco es la luz del pasillo, que se queda encendida.

—¿Está bien?

—Está bien.

—Sonia, se lo voy a preguntar de otra manera y necesito que me conteste exactamente lo que le pregunto. ¿Está herida?

—No.

—¿Puede salir por su propio pie?

—Puede.

—¿Entonces por qué no ha salido?

Y Sonia se quedó unos segundos con eso, y después contestó con una frase que llevo desde entonces sin poder colocar en ningún sitio.

—Porque no sabe adónde ir —dijo—. Y porque lleva ocho días sin comer bien y las personas que no comen no deciden nada.

Es una frase clínica. La he dicho yo.

Está en el libro, casi con esas palabras: que la desnutrición leve y sostenida reduce la capacidad de tomar decisiones, y que por eso el primer objetivo con una persona aislada no es que hable, sino que coma.

Ella la dijo como quien repite lo que le enseñaron.

Y la dijo, además, para explicarme por qué la chica sigue en esa habitación.

Es la única vez en toda la noche en que estuve a punto de levantarme.

Ao que sigue es la sesión se acabó y empezó otra cosa, y lo noté porque me cambió el cuerpo antes que la cabeza.

—Voy a verla.

—Ahora no.

—Sonia.

—Ahora no, y no es que no. —Levantó las dos manos, con las palmas hacia mí, muy despacio—. Es que si entras ahí ahora, se acaba esto, y esto no lo hemos terminado. Termínalo y luego entras y te la llevas.

—¿Me la llevo?

—Claro. —Y me miró como si acabara de decir yo una tontería—. ¿Qué te crees que estoy haciendo?

—Dígamelo usted.

—Te la estoy dando.

Le pedí que me lo explicara y me lo explicó en cuatro minutos, con el orden de siempre.

Que la chica llevaba desde octubre queriendo hablar conmigo. Que en noviembre le dijo que se retiraba, que no quería seguir. Que a primeros de diciembre le escribió un mensaje diciéndole que iba a contármelo todo.

—Y yo le dije que muy bien —dijo Sonia—. Que me parecía bien y que la acompañaba.

—¿La acompañó?

—La traje aquí.

—Eso no es acompañarla.

—Ya. —Y ahí bajó la vista por primera vez en toda la noche—. Es que si se iba a verte ella sola, se acababa.

—¿Qué se acababa?

—Todo.

Y entonces me lo puso encima de la mesa, al lado de los tres billetes doblados, y lo puso con una tranquilidad que no era crueldad, y esa es la parte que no consigo explicarle a nadie.

—Te la llevas hoy —dijo—. Ahora mismo, cuando terminemos. La coges, te la metes en el coche y os vais.

—Vale.

—Y a partir de mañana ella va y declara donde tenga que declarar, y dice quién es y que estuvo en tu consulta. Y con eso a ti se te cae lo de la policía, que lo sé porque lo he leído.

—¿Cómo lo ha leído?

—Eso da igual. —Movió la mano—. Y yo, además, te voy a dar dos cosas más para que a ella no le pase nada. Que ella no sabía lo de la señora de tu consulta. Eso es verdad y yo lo puedo poner por escrito.

—¿Firmado?

—Firmado y con mi nombre. Con el de verdad.

—¿Y usted qué gana con eso?

—Nada.

—Sonia.

—Nada, de verdad. —Se pasó la mano por la rodilla—. A mí lo de la señora de tu consulta me va a caer igual, con papel o sin papel. Y a la chica no le tiene que caer nada, porque ella no lo sabía.

—¿Está segura de eso?

—Estoy segura de eso. —Y aquí me miró de una manera que no había usado en toda la noche—. Cuando salió lo del portal de tu recepcionista en el periódico, se puso mala. Vomitó. Yo estaba delante.

—¿Y siguió?

—Siguió cuatro meses más.

—¿Por qué?

Sonia se lo pensó.

—Por lo mismo que sigue la gente —dijo—. Porque ya había empezado.

Esperé, porque venía lo otro.

—Y a cambio, los martes —dijo.

—Explíquemelo bien.

—Una hora. A la semana. Como antes. —Sonia se acomodó en la butaca y por primera vez en toda la noche se apoyó en el respaldo—. En tu consulta o donde tú digas. Yo pago lo que pagaba.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Siempre.

Lo dijo sin darle ningún peso. Como quien dice «los jueves».

—Y el libro —siguió—. Sin prisa. Con lo que hablemos los martes. Y sale con los dos nombres.

—Eso me manda a la cárcel.

—Eso ya lo iremos viendo. —Y aquí hizo la única cosa de toda la noche que se pareció a una amenaza, y no lo fue, y por eso funcionó—. Inés, yo lo que tengo lo tengo desde hace once años. Y en once años no lo he usado. Piensa un poco en eso, que tú eres muy lista.

—Lo he pensado.

—¿Y?

—Y sé lo que significa.

—Pues eso.

Le dije que no. Otra vez. Se lo dije mejor que en la cafetería, porque llevaba dos semanas montándolo.

Le dije que lo que me pedía no lo puede sostener nadie.

Que una hora a la semana durante el resto de mi vida no es una relación: es una condena con horario.

Que el libro es imposible, no por mí, sino porque un libro así lo lee un juez.

Y que ella misma sabe que nada de eso se puede cumplir, porque una de las dos se va a morir antes y la otra se va a quedar sola otra vez.

Sonia me escuchó los cuatro minutos enteros sin moverse.

Y cuando terminé, no discutió nada de lo que había dicho.

—¿Tú sabes por qué te elegí a ti en 2012? —dijo.

—No.

—Porque leí un artículo tuyo en una revista de la biblioteca de Vicálvaro. —Se le movió algo en la boca que no llegó a sonrisa—. Tres páginas. Sobre mujeres a las que no cree nadie.

—Lo recuerdo.

—Pues fui a la única psicóloga de Madrid que había escrito eso. —Se enderezó—. Y llevo doce años pensando que fue lo único que hice bien en mi vida.

—Sonia.

—Y luego resulta que tú lo cogiste, lo escribiste y lo vendiste, y saliste en la tele con ello, y a mí me pusiste Marta. —No levantó la voz. Ni una vez en toda la noche la levantó—. Y en doce años no has dicho mi nombre en público ni una sola vez.

—No podía. Eso es el secreto profesional.

—Ya lo sé. —Y entonces sí, y me miró de frente—. Lo nuestro era confidencial.

Estuvimos las dos calladas un rato largo, y el dictáfono giró para nada durante ese rato, y yo lo miré girar.

Y ahora viene lo quetengo que explicar por qué hice lo que hice y no voy a decir que no tenía elección, porque tenía dos.

La primera era decir que no y levantarme.

Y si me levantaba, aquella noche, sin haber entrado en la habitación de abajo, la chica se quedaba allí.

Yo no sabía si estaba encerrada o no. Sabía lo que me habían dicho, y lo que me habían dicho me lo había dicho la única persona del mundo a la que no puedo creer.

La segunda era decir que sí.

Y decir que sí ponía a una chica de veinticinco años en mi coche esa noche.

Lo pensé durante lo que dura pensar una cosa así, que es mucho menos de lo que la gente cree.

—Está bien —dije.

Sonia levantó la cabeza.

—¿Está bien qué?

—Los martes.

—Dilo entero.

Y ahí, en aquella habitación, con una lámpara de 2009 apuntando al techo y una caja de pañuelos descatalogada en la mesa, con mi propia voz de las siete y media de la tarde, se lo dije entero.

—Los martes a las siete. Una hora. En mi consulta. Empezamos en enero.

Sonia se quedó muy quieta.

Y después hizo una cosa que no le había visto hacer nunca, ni en 2013 ni aquella noche: cerró los ojos un segundo.

—Vale —dijo.

Se agachó a por el bolso.

—Voy a por ella.

Se levantó y salió al recibidor, y yo oí sus pasos por el pasillo y una puerta.

Estuve sola en aquella habitación cuarenta segundos.

Y en esos cuarenta segundos hice tres cosas que sé enumerar y no explicar.

Miré el dictáfono, que seguía girando, y no lo paré.

Miré los tres billetes doblados por la mitad, encima de la mesa baja, y no los toqué.

Y me quedé sentada en mi butaca, con la espalda recta y las manos en los reposabrazos, mirando la puerta por la que iba a entrar una chica de veinticinco años.

Que es exactamente como me siento desde hace veinte años a las siete y media de la tarde cuando oigo el ascensor.