A prueba de heladas (Cross Thrillers 1) Capítulo 12 A prueba de heladas #2
94%

Capítulo 12 A prueba de heladas #2

El viento entró como una bestia blanca.

David salió primero y cayó sobre una pendiente cubierta de nieve. Rodó medio metro y se detuvo contra una roca. Estaban en la ladera norte de la mina, por encima del camino principal. A lo lejos, Silver Creek brillaba débilmente bajo la tormenta.

Olivia salió después. David la atrapó antes de que resbalara.

Méndez salió con la cámara protegida contra el pecho.

Mateo fue el último.

Apenas salió, detrás de ellos una luz apareció dentro del conducto.

—¡Vamos! —dijo David.

Bajaron por la pendiente, hundiéndose en la nieve hasta las rodillas. La tormenta hacía difícil ver más allá de unos metros. Eso les daba cobertura, pero también podía matarlos si perdían orientación.

David buscó referencias.

Una línea de pinos.

El sonido del agua.

La pendiente del terreno.

Huellas pequeñas.

“Cuando te pierdas, mira el agua.”

—Por aquí —dijo Olivia.

David la miró.

Ella señaló hacia la izquierda.

—El canal. Lo escucho.

Mateo también se detuvo.

Entre el viento, apenas audible, corría agua bajo el hielo.

David asintió.

—Guíe.

Olivia no esperaba esa palabra.

No “síganos”.

No “quédese atrás”.

Guíe.

Se movió hacia el sonido.

El descenso fue lento y peligroso. Méndez resbaló una vez, pero Mateo la sostuvo. David caminaba atrás ahora, vigilando la salida del conducto. Luces se movían arriba. Hombres de Hale o de Northstar empezaban a salir por la ladera.

Un disparo sonó.

No cerca.

Una advertencia o un intento torpe entre la nieve.

Mateo giró.

—Siguen.

David miró los árboles.

—No por mucho.

—¿Qué significa eso?

David señaló una zona de nieve acumulada sobre una cornisa baja.

—Esa capa está inestable.

Mateo entendió.

—Avalancha pequeña.

Olivia se tensó.

—¿Pequeña como “nos salva” o pequeña como “nos entierra”?

David respondió:

—Depende de dónde estemos cuando caiga.

—No me tranquiliza.

—No era para tranquilizar.

David tomó una bengala de emergencia que había guardado desde la caja de Valdés. La encendió. La luz roja cortó la tormenta. Luego la lanzó hacia la zona opuesta, lejos de ellos, donde la pendiente parecía más firme.

Los hombres que los seguían vieron la luz y cambiaron dirección.

Pisaron la zona cargada.

Primero se oyó un crujido.

Después otro.

Luego la nieve cedió.

No fue una gran avalancha de montaña, sino un desprendimiento ancho y pesado que se deslizó por la ladera con un rugido bajo. Los perseguidores gritaron y retrocedieron. Uno cayó. Otro perdió su linterna. La nieve los arrastró varios metros y bloqueó el paso entre las rocas.

David no esperó a ver más.

—Ahora.

Siguieron bajando hasta llegar al canal. El agua corría bajo una capa rota de hielo, marcando un camino oscuro hacia el pueblo.

Olivia respiraba con fuerza, pero sus ojos estaban vivos.

—Mi papá tenía razón.

David la miró.

—Sí.

—El agua deja señales.

Mateo miró hacia la ladera. Las luces de los perseguidores estaban detenidas.

—También ayuda que David provoque media montaña.

David siguió caminando.

—Pequeña montaña.

—Técnicamente innecesario discutir eso ahora.

Llegaron a la compuerta del drenaje norte casi veinte minutos después. Para entonces, el frío les había entumecido los dedos y el rostro. Méndez seguía sujetando la cámara como si fuera un corazón adicional. Olivia llevaba la fotografía bajo el abrigo, cerca del pecho.

Al entrar al túnel, el aire húmedo pareció cálido en comparación con la ladera.

Mateo cerró la compuerta detrás de ellos.

—Tenemos que llegar a la iglesia o a la farmacia.

David negó.

—A la farmacia. Las pruebas deben duplicarse ahora. Si Hale llega con autoridad federal, intentará asegurar todo.

Méndez habló por primera vez en varios minutos.

—Mi cámara tiene grabación continua desde la entrada al núcleo frío. Incluye el contenedor, la hoja del operativo, el bloqueo, la voz por altavoz y la salida.

Mateo miró la cámara.

—Eso puede salvar el caso.

David añadió:

—Solo si sale de Silver Creek.

Olivia levantó la carpeta.

—Y si la gente la ve.

David asintió.

—Sí.

Cuando llegaron a la farmacia, Inés Morales abrió la puerta trasera antes de que tocaran. Tenía una linterna en una mano y una expresión que decía claramente que iba a regañarlos antes de abrazarlos.

—Entren antes de que se conviertan en estatuas.

Dentro, el sótano estaba lleno de movimiento organizado. Elena trabajaba junto a una impresora-escáner vieja que hacía ruidos dramáticos pero funcionaba. Gabriel coordinaba con la policía estatal. Samuel estaba sentado en una silla, envuelto en otra manta, pero se levantó apenas vio a Olivia.

—Volviste.

Olivia corrió hacia él y lo abrazó.

—Volví.

Samuel cerró los ojos y la sostuvo como si la vida le hubiera devuelto el aire.

Elena se acercó a David y Mateo.

—¿Lo encontraron?

Mateo dejó la carpeta sobre la mesa.

—Más que eso.

Méndez entregó la cámara.

—Grabación completa.

Elena abrió la carpeta.

Leyó la primera página.

Su rostro cambió.

—Esto conecta directamente el operativo de Denver con Northstar, Halcón Ridge y un supervisor federal.

Mateo dijo el nombre con voz fría:

—Richard Hale.

Gabriel maldijo en voz baja.

Inés, que estaba repartiendo mantas, levantó la vista.

—Entonces hagan copias antes de hablar más. Los villanos con traje siempre corren más rápido cuando ven papeles.

Nadie discutió.

Durante los siguientes minutos, la farmacia se convirtió en una pequeña oficina de guerra legal.

Elena escaneaba. Méndez duplicaba grabaciones.

Gabriel firmaba registros de recepción con la agente estatal principal.

Mateo redactaba una declaración inicial a mano, evitando canales federales comprometidos.

David permanecía cerca de la puerta, vigilando.

Olivia se sentó junto a Samuel y sacó la fotografía.

El anciano la tomó con manos temblorosas.

Clara.

Tomás.

Olivia niña.

Una familia antes del hielo.

Samuel pasó un dedo por el borde de la imagen.

—Tu madre odiaba esa foto.

Olivia se sorprendió.

—¿Por qué?

—Decía que el viento le arruinó el cabello.

Olivia miró la sonrisa de Clara en la fotografía.

—Se ve feliz.

—Lo era.

Samuel le devolvió la foto.

—Ellos no son solo lo que les pasó, Olivia. Recuerda eso. Tu padre no es solo una víctima. Tu madre no es solo una pérdida. Fueron vida antes de ser ausencia.

Olivia abrazó la foto.

—Quiero recordarlos así.

—Entonces hazlo. Y cuando duela, también hazlo.

Al otro lado del sótano, Mateo se acercó a David.

—Hale intentará llegar por otro canal. Puede ordenar tu arresto antes de que esto se procese.

David miró hacia la escalera.

—Lo sé.

—Puedes irte.

David giró hacia él.

Mateo no sonaba como un agente poniendo una trampa. Sonaba como un amigo ofreciendo una salida que no quería ofrecer.

—Si te quedas, puede que te arresten antes de limpiar tu nombre.

David miró a Olivia, a Samuel, a Elena, a Inés, a Gabriel, a los vecinos del sótano. Personas comunes, cansadas, asustadas, pero trabajando juntas para que la verdad no volviera a desaparecer.

Ocho meses atrás, habría corrido.

No por cobardía.

Por necesidad.

Pero ahora la necesidad era otra.

—No voy a huir.

Mateo bajó la mirada.

—Tenía que decirlo.

—Lo sé.

—Y yo tenía que escucharte decir eso.

David entendió.

Mateo no estaba solo hablando de la noche.

Hablaba de la grieta entre ellos.

Hablaba de la fuga, de la persecución, de la duda.

—Mateo.

El agente levantó la vista.

David buscó las palabras. No era bueno con ellas. Nunca lo había sido.

—No te culpo por querer atraparme.

Mateo tragó saliva.

—Yo sí me culpo.

—Entonces haz que sirva de algo.

Mateo asintió lentamente.

—Lo haré.

Desde arriba llegó el sonido de frenos.

Gabriel subió la escalera con rapidez. David y Mateo lo siguieron.

Una camioneta federal acababa de detenerse frente a la farmacia, escoltada por dos vehículos oscuros. No eran de la policía estatal. Un hombre mayor, con abrigo largo y rostro severo, bajó del asiento trasero.

Richard Hale.

Mateo lo reconoció de inmediato.

Hale caminó hacia la entrada con dos agentes detrás. La tormenta se movía alrededor de él, pero parecía no tocarlo. Algunos hombres tienen esa clase de presencia: no porque sean fuertes, sino porque están acostumbrados a que otros se aparten.

Gabriel salió primero.

—Esta farmacia está bajo protección estatal y local.

Hale mostró una identificación.

—Asumo autoridad federal sobre toda evidencia relacionada con David Cross.

Mateo salió detrás de Gabriel.

—No.

Hale lo miró.

—Agente Vargas.

—La evidencia está registrada en custodia conjunta. Hay copia estatal, local y declaración de testigos civiles.

La expresión de Hale se endureció.

—Está excediendo su autoridad.

Mateo bajó los escalones hasta quedar frente a él.

—No. Estoy corrigiendo mi error.

Hale miró hacia David, que estaba en la puerta.

—David Cross, queda detenido.

David no se movió.

Mateo se interpuso.

—No bajo su orden.

Los agentes detrás de Hale pusieron las manos cerca de sus armas.

La agente estatal principal apareció a la izquierda con dos oficiales.

—Manos visibles —ordenó.

La calle quedó en silencio.

Incluso el viento pareció bajar.

Hale sonrió de manera fría.

—¿Van a apuntar a agentes federales por la palabra de un fugitivo?

Elena salió entonces, con una carpeta en la mano y el rostro encendido por una calma feroz.

—No por su palabra. Por documentos. Grabaciones. Cadena de custodia. Testigos. Video de evidencia. Y una transmisión suya intentando bloquear material encontrado en una investigación criminal activa.

Hale la miró como si fuera una molestia menor.

—¿Y usted es?

—La abogada que va a asegurarse de que su nombre aparezca en cada copia antes de que pueda enterrarla.

Inés apareció detrás de Elena.

—Y yo soy la dueña del escáner.

Nadie supo qué responder a eso.

Samuel, apoyado en Olivia, salió también.

—Y nosotros somos el pueblo que ya no está solo.

Las ventanas de la calle principal comenzaron a abrirse.

No todas.

Pero muchas.

Vecinos miraban desde dentro. Algunos sostenían teléfonos. Otros radios. Los hermanos Ruiz estaban en la ferretería con la puerta abierta. La señora Castillo miraba desde la farmacia. Incluso los niños, desde el sótano, escuchaban en silencio.