Capítulo 10 La noche sin salida #3
Mateo entendió.
—La campana.
David asintió.
—Cuando suene, todos miran arriba.
—Y tú bajas por el lateral.
—Nosotros bajamos.
Mateo respiró hondo.
—Bien.
Abajo, Valdés levantó la radio.
—Equipo exterior, revisen cementerio y farmacia. El pueblo está moviendo algo.
David se tensó.
Mateo también.
No quedaba tiempo.
Mateo tomó la cuerda de la campana y tiró con fuerza.
La campana de San Miguel estalló sobre la noche.
Un sonido profundo, enorme, que sacudió la iglesia y atravesó la tormenta.
Todos abajo miraron hacia arriba.
David saltó desde el coro a una viga lateral baja y de allí al suelo detrás de los bancos. Mateo bajó por la escalera con rapidez. El primer hombre de Valdés giró, pero David ya estaba encima. Lo desarmó y lo empujó contra el banco.
Mateo neutralizó al guardia de los agentes federales con un golpe seco en el hombro y otro en la rodilla. Reed rodó para apartarse. Sánchez gimió.
—Vargas —murmuró Reed.
—Callado y vivo —respondió Mateo.
Gabriel, desde la puerta lateral, apareció con Tomás y Andrés Ruiz. Habían vuelto después de dejar las pruebas en la farmacia. Empujaron el banco contra los dos hombres de la entrada, atrapándolos el tiempo justo para que David y Mateo los desarmaran.
Todo ocurrió rápido.
Casi perfecto.
Hasta que Valdés tomó a Samuel.
Nadie lo había visto entrar de nuevo.
El anciano estaba junto a la puerta lateral, quizás había regresado detrás de Gabriel, incapaz de quedarse lejos. Valdés lo agarró del cuello del abrigo y sacó una pistola pequeña, presionándola contra su costado.
La iglesia quedó inmóvil.
—Basta —dijo Valdés.
Su voz ya no era elegante.
Era fría.
Samuel respiraba con dificultad, pero no suplicó.
David se detuvo a mitad de la nave.
Mateo apuntó a Valdés, pero no tenía ángulo limpio.
Gabriel palideció.
—Suéltelo.
Valdés sonrió.
—Sheriff, usted ha dado suficientes órdenes por una noche.
Samuel miró a David.
No había miedo en sus ojos.
Eso fue lo que más le dolió a Olivia cuando entró por la puerta lateral un segundo después.
—¡Abuelo!
El grito rompió algo dentro de todos.
Elena intentó detenerla, pero Olivia ya estaba dentro.
Valdés la vio.
Y sonrió.
—Ah. La llave viviente.
David habló con calma, aunque cada músculo de su cuerpo estaba listo.
—Valdés. Esto terminó.
—No. Esto apenas se volvió honesto.
Valdés miró a Mateo.
—Agente Vargas, si me detiene, su propio mando enterrará las pruebas. Si deja que Cross se las lleve, será cómplice de un fugitivo. Si dispara, el anciano muere. Dígame, ¿qué orden le enseñaron para esto?
Mateo no respondió.
Porque no había una.
No para una iglesia helada.
No para un anciano justo.
No para un amigo acusado y una niña sosteniendo la verdad de su padre.
David dio un paso.
Valdés presionó el arma contra Samuel.
—Otro paso y cae.
Samuel habló entonces, con voz baja pero clara:
—Olivia.
Ella lloraba en silencio, pero levantó la mirada.
—Mírame a mí, no a él.
—Abuelo…
—Mírame.
Olivia obedeció.
Samuel sonrió apenas.
—Tu padre no murió por una llave. Murió porque creyó que algún día tendrías una vida sin miedo. No le entregues esa vida a este hombre.
Valdés apretó la mandíbula.
—Cállese.
Samuel no lo hizo.
—David.
David sostuvo su mirada.
—No deje que use mi edad como escudo. Ya viví lo suficiente para saber que uno no negocia con quien solo entiende fuerza.
Gabriel susurró:
—Samuel, no.
Valdés perdió la paciencia.
Movió el arma apenas.
Ese fue el error.
Mateo lo vio.
David también.
Pero Olivia se movió primero.
No corrió hacia Valdés. No intentó ser heroína. Hizo algo más simple.
Arrojó la llave hacia el suelo, lejos de todos.
El metal golpeó la piedra y resbaló bajo un banco.
Todos miraron instintivamente.
Valdés también.
Solo medio segundo.
David cruzó la distancia.
Mateo disparó a la mano armada de Valdés al mismo tiempo que David empujó a Samuel hacia Gabriel. El disparo fue preciso. El arma cayó. Valdés gritó y retrocedió, pero David lo derribó contra el suelo antes de que pudiera recuperar equilibrio.
Gabriel atrapó a Samuel.
Olivia corrió hacia ellos.
Mateo mantuvo el arma sobre Valdés.
—No se mueva.
Valdés, en el suelo, con la mano sangrando, aún intentó sonreír.
—No entienden nada. Las pruebas no saldrán de este pueblo.
Desde fuera llegó un sonido grave.
Motores.
Más de uno.
David miró por la ventana.
Luces subían por la calle norte.
Camionetas.
No de Valdés.
No negras.
Luces rojas y azules, borrosas entre la nieve.
Gabriel se acercó, incrédulo.
La radio de Inés estalló con su voz emocionada:
—¡Llegó la estatal! ¡Repito, llegó la policía estatal! El mensaje sí salió, Gabriel. ¡El mensaje salió!
Mateo respiró hondo.
Elena cerró los ojos de alivio.
Olivia abrazó a Samuel con fuerza.
David no se permitió relajarse.
Todavía no.
Valdés lo miró desde el suelo.
—Usted cree que ganó.
David se agachó junto a él.
—No.
Tomó la llave del suelo y se la devolvió a Olivia.
Luego miró a Valdés otra vez.
—Creo que esta noche dejó de estar solo en la oscuridad.
Afuera, las sirenas se acercaban.
La noche sin salida, por fin, había encontrado una grieta.