Capítulo 10 La noche sin salida #2
Elena guardó carpetas y discos en dos mochilas. Los Ruiz, todavía adoloridos pero útiles, cargaron una caja sellada entre ambos. Samuel llevaba solo una bolsa pequeña con cintas, aunque David lo miró con sospecha.
—No pesa —dijo Samuel.
David levantó una ceja.
—Eso dijo el hombre que intentó cargar medio archivo hace dos minutos.
—Es una bolsa de cintas. No sea dramático.
Olivia sostuvo la grabadora contra su pecho. La frase de la pared seguía detrás de ella. Antes de salir, se acercó y tocó con dos dedos la pintura blanca.
—Te escuché, papá —susurró.
Nadie la interrumpió.
David miró hacia otro lado para darle privacidad.
Mateo también.
Luego se movieron.
El túnel hacia la salida de ventilación era más estrecho que el anterior.
El aire era pesado y el techo bajo obligaba a caminar inclinados.
Navarro avanzaba entre Gabriel y Mateo, con el rostro pálido.
Los tres hombres de Valdés quedaron esposados a una tubería antigua con sus propias bridas. No era cómodo, pero vivirían.
El agua seguía corriendo junto a ellos.
Donde el agua no se congela.
David pensó en Tomás Ortega. Un técnico de mantenimiento.
Un padre. Un hombre común que había visto demasiado y, en lugar de correr solo, dejó un camino para que la verdad sobreviviera.
No había tenido entrenamiento federal. No tenía equipo táctico.
Solo conocimiento del terreno, paciencia y amor por su familia.
A veces, eso era más fuerte que cualquier unidad especial.
Elena caminaba detrás de Samuel, revisando cada pocos pasos que el anciano estuviera bien.
—No me mire como si fuera de cristal —dijo él.
—No lo miro así.
—Sí lo hace.
—Lo miro como abogada de un hombre que insiste en ignorar todas las recomendaciones sensatas.
—Entonces está haciendo bien su trabajo.
Olivia escuchó y casi sonrió, pero el miedo volvió enseguida cuando llegaron a una escalera vertical de metal oxidado.
Arriba, una tapa redonda bloqueaba la salida.
David subió primero. Probó cada peldaño antes de cargar peso. Dos crujieron, pero resistieron. Empujó la tapa apenas.
Nieve.
Aire.
Oscuridad.
Salió despacio.
Estaban detrás de San Miguel, cerca del cementerio antiguo. Las lápidas sobresalían de la nieve como sombras torcidas. La iglesia quedaba a unos treinta metros. Desde allí se veían luces moviéndose dentro.
Hombres.
Valdés había entrado.
David bajó la mirada hacia la abertura.
—Suban.
Olivia fue la siguiente. Mateo la ayudó desde abajo y David desde arriba. Después Samuel, con dificultad y varias quejas dignas. Elena. Los Ruiz con la caja. Gabriel con Navarro.
Cuando todos estuvieron fuera, se agacharon entre las lápidas.
El viento era brutal.
La noche había cerrado por completo.
Silver Creek ya no parecía un pueblo. Parecía una isla pequeña rodeada por oscuridad blanca.
Desde la iglesia llegó una voz amplificada por un megáfono portátil.
César Valdés.
—David Cross, esto termina ahora. Tengo control del edificio. Tengo agentes federales heridos, no muertos por ahora. Tengo autoridad para entregar a todos los involucrados como cómplices de un fugitivo.
Mateo se puso rígido.
—Heridos.
David miró la iglesia.
—Dijo “no muertos” para provocarlo.
—Funcionó.
—Lo sé.
Valdés continuó:
—Entregue la llave, las pruebas y a usted mismo. Si lo hace, los civiles salen caminando.
Samuel murmuró:
—Siempre ofreciendo lo que primero intenta quitarnos.
Elena se agachó junto a David.
—Necesitamos mover estas pruebas antes de responder.
David miró hacia la farmacia. Estaba a una cuadra y media, al otro lado de la calle lateral. La nieve y la oscuridad ayudaban, pero las luces de las camionetas cubrían la zona principal.
—Inés tiene sótano —dijo Gabriel—. Y radio.
—Entonces allí van ustedes —dijo David—. Elena, Samuel, Olivia, los Ruiz y Navarro.
Gabriel lo miró.
—¿Navarro a la farmacia?
—No. Navarro con Mateo y conmigo.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué?
David miró al contratista.
—Porque Valdés cree que todavía le sirve. Y porque puede necesitar escuchar algo que no quiere oír.
Navarro sonrió débilmente.
—Me halaga su fe.
—No es fe. Es cálculo.
Olivia se acercó a David.
—Usted va a entrar a la iglesia.
—Sí.
—Y Mateo también.
—Sí.
—¿Como antes?
Los dos hombres se miraron.
Mateo respondió primero:
—No exactamente.
David añadió:
—Pero suficiente.
Olivia sostuvo la grabadora y las cintas.
—Entonces vuelva.
David no respondió rápido.
Olivia lo señaló con la mirada.
—No me diga algo honesto pero triste. Solo vuelva.
David sintió el peso de aquella orden sencilla.
—Volveré.
Esta vez no añadió “si puedo”.
Mateo lo notó.
Samuel también.
Elena organizó el movimiento. Los Ruiz cargaron la caja entre ambos. Gabriel abrió camino hacia la farmacia con la radio baja. Samuel caminó junto a Olivia, una mano sobre su hombro, como si el simple contacto pudiera protegerla del mundo.
David y Mateo se quedaron entre las lápidas con Navarro.
Cuando el grupo se alejó, Mateo habló sin mirar a David.
—Prometiste volver.
—Sí.
—Hace años decías que las promesas en operaciones eran mala suerte.
—Hace años no estaba hablando con una chica que acaba de encontrar la voz de su padre muerto.
Mateo guardó silencio.
Navarro soltó una risa baja.
—Qué escena tan conmovedora. Dos hombres rotos, fingiendo que aún pueden salvar a alguien.
Mateo lo tomó por el cuello de la chaqueta y lo empujó contra una lápida.
—Hablemos claro. ¿Cuántos hombres tiene Valdés dentro?
Navarro respiró con dificultad.
—Suficientes.
David se acercó.
—Sánchez y Reed. ¿Dónde están?
Navarro miró a Mateo.
—Vivos. Atados cerca de la sacristía. Uno sangra. No sé cuánto.
Mateo apretó la mandíbula.
—Si miente—
—No necesito mentir. La verdad ya les duele.
David se inclinó hacia él.
—Entrada más débil.
Navarro sonrió.
—¿Me pide ayuda?
—Le doy una oportunidad de no hundirse con Valdés.
Por primera vez, la sonrisa de Navarro perdió seguridad.
—Ustedes no entienden. Valdés puede caer. Otro tomará su lugar.
—Tal vez —dijo David—. Pero usted no tiene que caer por él esta noche.
Navarro miró la iglesia.
El viento movía la nieve entre ellos.
—Entrada del coro —dijo al fin—. Hay una escalera exterior vieja detrás del campanario. Un hombre cubre la ventana, pero mira hacia la calle, no hacia el cementerio.
Mateo lo observó con desconfianza.
—¿Por qué ayudarnos?
Navarro bajó la voz.
—Porque Valdés me dejaría en ese túnel si le conviene. Y porque esa transmisión federal que usted recibió significa que ya empezaron a borrar piezas. Yo puedo ser una.
David asintió.
—Eso sí lo creo.
Mateo aseguró a Navarro a una reja del cementerio, fuera de la vista directa.
—Si grita, lo dejo para que Gabriel le lea sus derechos durante seis horas.
Navarro casi sonrió.
—Cruel.
David y Mateo se movieron hacia la parte trasera de la iglesia.
La escalera exterior estaba cubierta de hielo. Subía hacia una pequeña ventana del coro, justo debajo del campanario. Tal como Navarro había dicho, un hombre vigilaba cerca, pero su atención estaba puesta en la calle principal, donde Valdés seguía hablando por megáfono.
David se agachó detrás de un muro bajo.
Mateo se colocó a su lado.
Por un segundo, volvieron a ser lo que habían sido: dos operadores esperando el mismo momento, respirando al mismo ritmo.
Mateo susurró:
—A la cuenta de tres.
David negó.
—En dos. Está cambiando el peso al pie izquierdo.
Mateo miró al guardia.
Era cierto.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues hablando demasiado.
—Uno.
—Dos.
Se movieron.
David cruzó primero, bajo y rápido. Mateo cubrió. El guardia oyó algo, giró y apenas alcanzó a levantar el arma antes de que David lo derribara contra la nieve. Mateo le cubrió la boca y le quitó el arma. David lo inmovilizó con bridas.
Sin disparos.
Sin gritos.
Subieron la escalera.
La ventana del coro estaba cerrada por dentro con un pestillo viejo. David sacó la navaja y trabajó el marco mientras Mateo vigilaba abajo.
—Como en Salt Lake —susurró Mateo.
David no levantó la vista.
—En Salt Lake rompiste la ventana.
—Funcionó.
—Nos oyeron desde tres pisos.
—Pero funcionó.
El pestillo cedió.
David abrió la ventana y entró al coro.
Mateo lo siguió.
Desde arriba, la nave principal se veía en sombras.
Había cuatro hombres de Valdés dentro. Dos cerca de la puerta principal.
Uno junto a la sacristía. Otro vigilando a los agentes federales Sánchez y Reed, atados detrás de un banco.
Reed tenía sangre en la sien, pero estaba consciente. Sánchez parecía moverse poco.
César Valdés estaba cerca del altar, con abrigo oscuro y rostro tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Tenía una radio en una mano y el megáfono en la otra.
—Cross —dijo hacia la nave vacía—, sé que me escucha. Usted cree que esta noche trata de pruebas. No. Trata de control. Siempre trató de control.
David observó las posiciones.
Mateo susurró:
—Dos por la izquierda, yo bajo por escalera del coro.
—No. Si bajas, te ven desde el altar.
—Mis hombres están ahí.
—Y si te disparan, seguirán ahí.
Mateo lo miró con rabia contenida.
David señaló la cuerda de la campana, que bajaba cerca del coro.
—Distracción vertical.