A pesar de todo, tú (Sempiterno 2)
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Capítulo 1
«Sé que tienes sueño, pero necesito hablar contigo. No quiero que me dejes».
Repito sus palabras en mi cabeza mientras lo observo, tumbado a mi lado; entonces me incorporo y nos miramos unos segundos.
Que vaya a sincerarse conmigo me encanta e inquieta a partes ig uales.
Repaso con la mirada su pelo alborotado, como si se hubiera pasado la noche torturándolo.
Su aliento huele a alcohol y sus ojos están tan turbios que me erizan la piel.
No está borracho, pero estoy segura de que una copa más habría sido su límite.
Sé que ha estado en casa de Daniel y eso no me deja mucho más tranquila. De repente, se sienta en la cama y, cohibido, coge mis manos. Juega con mis dedos antes de besarlos uno a uno.
—Ni siquiera sé por qué no he hecho esto antes —comienza diciendo—. Solo quería que fuera perfecto.
Levanta la vista hacia mí, aún con los labios rozando la piel que cubre mis nudillos.
—Nada es perfecto, por mucho que nos empeñemos en que así sea —intento tranquilizarlo—. Da igual cuánto nos esforcemos, pues siempre habrá algo que lo haga imperfecto.
—Pero no quiero que lo nuestro lo sea, honey —confiesa con un tono de voz que me eriza la piel.
—Zeus... —Me acaricia el labio inferior con el pulgar antes de robarme un beso. Sonrío—. Lo nuestro no es perfecto, mira cómo ha empezado. Aunque eso no significa que no sea verdadero y duradero. Lo nuestro es maravilloso, cielo.
Tras mirarme unos segundos, se acerca y apoya su frente en la mía.
Noto su respiración en mis labios, que él contempla en silencio.
Me acaricia el pelo con ambas manos y las deja a cada lado de mi cuello.
La paz que me invade cuando estoy con él es tan intensa…
Confío plenamente en este hombre que roba un nuevo pedacito de mi corazón y amo cada parte de él. Sé que…
—La cicatriz del ojo fue por una pelea en un bar —corta mis pensamientos, haciendo que contenga el aliento por la inesperada confesión. Traga saliva—. Fue la noche en que pillé a Daniel con Crystal entre mis sábanas.
El corazón se me desboca en milésimas de segundo. No me muevo ni hablo, solo lo observo, agradecida de que, de pronto, haya cerrado los ojos. No creo estar preparada para ver en ellos el mismo dolor que destila su voz.
—Esa noche llegaba de un turno doble. Había estado todo el día trabajando en el hospital y lo único que me apetecía era llegar a casa para verla. Llevábamos apenas dos años saliendo, parecía que todo era perfecto. Aunque lo que en realidad me partió el corazón fue la traición de Dan.
Le cojo la cara entre las manos y abre los párpados al sentirlas.
Como esperaba, sus ojos desprenden inseguridad y tristeza, y daría lo que fuese para que no sintiera nada de eso.
Pero lo único que puedo hacer es abrazarlo con todas mis fuerzas y, cuando lo hago, no tarda en rodearme la cintura, atraerme hacia él hasta que quedo sentada sobre su regazo, y le rodeo las caderas con las piernas.
—No sé qué decir... Dios, cielo… —Hago que me mire y me pierdo en esos dos pozos negros que siempre me miran con tanto amor.
Reprimo las ganas de llorar por él y le beso la punta de la nariz.
Lo abrazo de nuevo, hundiendo la cara en el hueco de su cuello, sintiendo cómo me respira en la piel, hasta que tengo fuerzas para volver a hablar—: ¿Cómo ha sido capaz de algo así?
¿Nunca te ha contado por qué lo hizo? Ahora entiendo por qué te comportas de esa forma tan extraña cuando estoy sola con él.
Dios, si lo hubiera sabido, lo habría evitado.
Zeus solo reacciona ante mis palabras con un gesto de negación, sin separarse de mí.
—Dan no es mala persona, es un buen amigo. Jamás me habría perdonado que lo desplantaras por algo del pasado que él intenta remediar cada día.
No entiendo cómo puede decir cosas tan bonitas sobre alguien tan traicionero. En este momento, solo siento rabia hacia Daniel; he confiado tanto en él desde el primer momento que jamás habría pensado algo tan retorcido.
Madre mía, Jess… Tengo que contárselo.
—¿Jessica lo sabrá? Tengo que prevenirla, no creo que soportara que la engañase.
Zeus levanta la cabeza de mi cuello para mirarme de manera penetrante.
—Dan no va a engañarla —asegura convencido.
—Estás demasiado seguro de eso.
—Confío en él, honey .
Guardo silencio unos segundos, durante los cuales me pregunto si es buena idea seguir metiendo el dedo en la llaga; pero, cuando decido que lo mejor es callarme, hablo.
—¿Cómo puede ser después de lo que hizo?
Siento el estómago revuelto por lo que acabo de descubrir.
—Lleva años disculpándose. —No puedo reprimir un gesto de desaprobación al oírlo, pues el perdón a veces no es suficiente, y Zeus lo nota porque enseguida lo aclara—: Me lo ha demostrado durante años.
Es mi mejor amigo, mi confidente; ha estado siempre ahí, a pesar de los desplantes que le he hecho y del tiempo que estuve sin hablarle.
Jamás ha desistido y eso solo me demuestra respeto y afecto hacia mi persona. ¿Cómo no iba a perdonarlo?
—Yo sigo sin entenderlo, no soy capaz de imaginar cómo me sentiría si Jess me hiciera algo así. Una persona tan importante para mí, a la que quiero tanto, a quien confiaría mi vida, no puede hacer algo así. Es imperdonable.
—No hay nada imperdonable, cielo. No, al menos, cuando pasan cosas peores cada día.
Intento comprenderlo y ponerme en su lugar, pero reconozco que no dejo de darle vueltas. Daniel se ha portado genial conmigo y con Jess; además, es atento, simpático y cariñoso. En realidad, no puedo odiarlo, por mucho que quisiera, porque el dolor de Zeus ahora también es mío. No puedo.
Después, pienso en Crystal, que se las da de víctima en esto cuando no es más que otra depredadora.
Ha hecho algo deplorable engañando a Zeus y se atreve a enfadarse cuando él le paga con la misma moneda.
No es que esté de acuerdo con ese ojo por ojo y diente por diente, porque no apoyo los cuernos, pero la actitud de ella no tiene sentido.
Miro a Zeus, estudiándolo. Ha sido capaz de perdonar a su mejor amigo y de mantener una relación durante cuatro años más después de algo tan doloroso.
¿Habrá sido porque, en realidad, aún la quiere?
¿Tendrá la esperanza de poder solucionar las cosas entre ellos y yo solo sea un entretenimiento?
Las malditas dudas vuelven a rondarme la cabeza y, para calmar mis nervios, juego con el collar que llevo en el cuello.
Zeus roza mi mano con sus labios para detener los movimientos.
—¿Qué pasa por esa cabeza tuya? —pregunta en un susurro.
No sé si decírselo, pero tampoco quiero quedarme con las ganas. Y si algo he aprendido en la vida —y corroboré cuando conocí a Zeus— es que es mejor arrepentirse de lo que has hecho que de lo que nunca hiciste.
—¿Cómo has podido continuar con Crystal? —Trago saliva, me cuesta horrores, pero lo suelto—. ¿La sigues...?
—Por supuesto que no —responde sin pensarlo, poniéndose tenso de pies a cabeza—. No vuelvas a pensar algo así jamás, lo único que siento por ella es desprecio, ya lo sabes.
De repente, algo me burbujea en el interior y es que, aunque lo adoro, sigo sintiendo el maldito rencor por todo lo que nos hemos ocultado.
—Aun así, no rompes ese maldito contrato en el que dice que os tenéis que casar.
—Ya te dije que estoy trabajando en ello. Hemos encontrado una forma, pero —me aparta un mechón que se resbala por mi hombro con un movimiento tan cariñoso que se me ablanda el corazón— necesito que te mantengas al margen.
Pienso en ese abogado suyo, tal vez no esté haciendo bien su trabajo. También pienso en Lucas. Si le contara todo, quizá él daría con alguna solución. Es un buen abogado.
—Es que no quiero que te cases. Hay que buscar otra alternativa... —Me quejo, dolida.
—Estoy en ello, pero hasta que la encuentre el contrato seguirá en pie.
—Pero...
—Nada de peros, no puedo cancelarlo. Necesito el hospital.
Zeus aparta la mirada y me duele su negativa. También me cabrea y no puedo ocultarlo.
—Parece que lo estás deseando .
—¿Cómo dices? —habla entre dientes, enfadándose.
—Lo que has escuchado, idiota.
Se pone rígido bajo mi cuerpo, sus ojos se clavan feroces en mí y me coge las manos.
—Yo no te he insultado, Ava.
—Lo haces cada día que pasa y ese puto contrato sigue vigente. ¿No te das cuenta?
—No es mi intención, no encuentro otra solución.
Molesta, intento levantarme de sus piernas, pero me agarra con fuerza las caderas para presionarme hacia abajo.
—No huyas, por favor. Entiéndeme.
Lo intento y sé que no tiene lógica nada de lo que me está diciendo —al menos, yo no se la veo—, pero ¿cómo voy a dejar pasar su voz suplicante y su mirada débil?
Suavizo mi postura y me dejo caer un poco más sobre él.
Suspiro, aturdida. Necesitamos encontrar una solución, pero no puedo estar siempre enfadada con él, no cuando me demuestra que intenta por todos los medios que esté cómoda y tranquila.
Con cariño, le paso los brazos alrededor del cuello y le beso en los labios.
—No voy a ninguna parte —confieso, tan segura de que estaré siempre a su lado como lo estoy de que me llamo Ava—. Ahora, ¿qué tal si me cuentas cómo te hiciste la herida?
Parece que no le gusta demasiado mi curiosidad, porque su cuerpo vibra un poco bajo el mío, pero necesito saber la historia al completo. Quiero intentar ponerme en su piel e imaginar cuánto sufrió para poder ayudarlo.
Distraído, coge un mechón alborotado de mi pelo, lo enrosca entre sus dedos y juguetea con él. A los pocos segundos, empieza a hablar bajito .
—Después de encontrarlos, salí de la habitación y Dan vino detrás tratando de explicarse.
Crystal apareció al rato, vestida con mis sábanas.
¡Mis sábanas! —Hace una pausa y se me encoge el pecho—.
No escuché a ninguno, no me interesaba qué tenían que decir.
Me habían traicionado y ya está. Quise pegar a Dan, lo deseaba en aquel momento con todas mis ganas.
Zeus se vuelve a quedar en silencio y me mira, buscando algún atisbo de desagrado en mí.
Pero no puede encontrarlo, pues yo habría querido lo mismo si hubiera estado en su situación; además, por la forma en que me lo cuenta, sé que no le hizo daño.
Desde que lo conocí, me ha demostrado su buen corazón, aunque nunca imaginé que alguien pudiera tener tanto aguante y buen juicio como para soportar algo así por parte de su mejor amigo.
Como no digo nada al respecto, continúa:
—Es mi amigo desde los quince y eso lo tuve presente aquel día.
Así que me fui a un bar, bebí más de la cuenta, demasiado, y me metí en una pelea.
Ni qué decir tiene que fui el que peor acabó, porque me llevé un botellazo y me prohibieron la entrada.
La herida fue profunda, no sé cómo no perdí el ojo.
Respiro hondo, procesando lo que me acaba de contar. No lo juzgo ni le reprocho; el miedo a pensar que podría haberle pasado algo peor me lo impide. Solo pego mi pecho al suyo, lo obligo a tumbarse y le beso la barbilla al quedar sobre él.
Siento sus manos acariciarme la espalda y el pelo.
Observo sus ojos, casi cerrados, y sus labios.
Me acerco a su boca, le beso e invito a abrirla para que me deje entrar.
Sus dedos presionan mis caderas. Aunque su cuerpo empieza a ponerse juguetón, sé que lo que de verdad necesitamos es tumbarnos, acurrucarnos y estar en silencio.
Me muevo despacio cuando el beso termina, me tumbo a su lado y me apoyo sobre su pecho .
—Gracias —dice de repente.
Levanto la cabeza al escucharlo y él mueve la suya para mirarme, a la vez que me acaricia el cuello con la yema de los dedos.
—¿Por qué?
Su media sonrisa me provoca calambres en el estómago.
—Por tu reacción, por escucharme y esperarme.
Siento sus dedos recorrer mi cuello de un lado a otro.
Noto su pecho subir y bajar debajo de mi cabeza, con una respiración tranquila.
Escucho el latido apaciguado de su corazón.
Deseosa de su contacto y apreciando cómo mi cuerpo me recuerda que estoy agotada, susurro la palabra que más me gusta por encima de todo y me gano la mejor muestra de afecto del mundo:
—Zeus.