Capítulo 46 — Cincuenta mil
El bolso apareció dentro de la cabaña, apartado de la mesa.
Era negro y suficientemente común para no llamar la atención.
A diferencia de la bolsa escondida debajo de una cama en Libertad, este objeto parecía preparado para viajar: asas resistentes, cierre y espacio para trasladar fajos sin exponerlos.
Los funcionarios documentaron su ubicación antes de abrirlo.
Ferraro observó desde un costado. Cada hallazgo de dinero producía una tentación narrativa inmediata: la Policía había encontrado el pago.
Sin embargo, un bolso no explicaba por sí solo a quién pertenecía, quién lo llevó ni qué porción de la operación representaba.
Dentro había dólares. El recuento mencionado por la prensa fue de cincuenta mil.
Era un hallazgo separado del de Libertad, cuyo registro citado había fijado cincuenta y tres mil setecientos dólares y mil pesos.
Consideradas en conjunto y expresadas en números redondos, ambas incautaciones explicaban la referencia ministerial a una operación de aproximadamente cien mil dólares.
Dos lugares, dos recipientes y probablemente dos funciones. El dinero de Libertad parecía conectado con el funcionario que había abierto la puerta. El de Kiyú podía ser el resto de una distribución, un pago para colaboradores externos o un fondo destinado a sostener la huida.
Uno de los interrogados dijo que el bolso había llegado cerrado. Otro aseguró que ya estaba allí cuando entró. Un tercero atribuyó su propiedad a un hombre ausente. Ninguna versión coincidía con las huellas de uso: varias personas parecían conocer el contenido aunque nadie aceptaba haberlo contado.
El oficial del penal había declarado inicialmente haber recibido solo seiscientos dólares.
Después, enfrentado con la evidencia, admitió una suma mucho mayor.
Las crónicas hablaron de al menos diez veces lo reconocido al comienzo; otras informaciones situaron el acuerdo total en cien mil dólares.
La escala quedaba clara aunque el reparto exacto continuara discutido.
Ferraro recordó la oferta que Alazari le hizo dentro del blindado: un millón por cada custodio si abría la puerta en 18 de Julio.
Aquello había parecido desmesurado hasta que empezó a ver bolsas reales.
Alazari no necesitaba pagar siempre lo prometido.
Necesitaba que la promesa fuera lo bastante grande para que alguien diera el primer paso.
El dinero fue embalado, firmado y trasladado. Los números de serie podían relacionarlo con retiros, transferencias o entregas previas, pero esa investigación sería más lenta que la ruta de los fugitivos. El valor inmediato estaba en la presión que produciría sobre los detenidos.
Ferraro colocó una fotografía del bolso delante del hombre que había negado conocerlo. No preguntó si era suyo. Preguntó cuándo lo había visto por primera vez. El cambio obligó al interrogado a elegir un momento y, con él, a reconocer que lo había visto.
La respuesta condujo hacia uno de los colaboradores exteriores. Había participado en contactos, conocía el vehículo y esperaba cobrar. No entregó el paradero de Alazari, pero confirmó que la fuga poseía un presupuesto y una administración.
Fabri comparó la presentación de los billetes con la fotografía tomada en Libertad.
No buscaba declarar que provenían de la misma fuente únicamente porque eran dólares.
Observaba fajos, bandas, denominaciones y orden.
Una similitud podía orientar una pericia; una diferencia podía indicar que el presupuesto se armó desde varios lugares.
El bolso producía una pregunta incómoda: por qué conservar cincuenta mil dólares juntos después de una fuga que ya estaba en todos los informativos.
Quizá esperaban repartirlos. Quizá pertenecían a alguien que no había llegado.
Quizá la reunión no era una celebración, sino una discusión sobre promesas incumplidas.
Uno de los hombres aseguró que Alazari no pagaba personalmente.
El hermano y los intermediarios administraban las entregas para que el fugitivo nunca apareciera junto al dinero.
Esa distancia era parte de su protección.
Quien recibía un fajo podía conocer al pagador local y no tener una sola conversación con el hombre al que estaba liberando.
Ferraro pensó en la diferencia entre precio y costo.
El precio del oficial podía haber sido cien mil; el costo total incluía vehículos, armas, alquileres, teléfonos y silencios.
Los quinientos mil mencionados públicamente como presupuesto de la esposa eran plausibles dentro de esa escala, pero no podían presentarse como dinero recuperado.
La evidencia financiera prometía una investigación larga. Seguir dólares exige bancos, casas de cambio, viajeros y jurisdicciones. Mientras esas solicitudes se redactaban, Alazari podía gastar efectivo sin dejar otra huella que el recuerdo interesado de quien lo recibía.
La cabaña había dejado de ser un lugar de celebración para convertirse en la oficina improvisada donde una banda intentó cerrar sus cuentas.