Capítulo 24 — El oficial de veinticinco años
Andrés Aguerre, nombre ficticio utilizado en este relato, era un oficial joven y llevaba poco tiempo en el grado.
Ferraro creía recordar que anteriormente había cumplido funciones penitenciarias; como esa parte no quedó respaldada con la misma claridad en las publicaciones, la conservó como memoria y no como certeza.
Aguerre no fue sorprendido la noche de la fuga por desconocidos que aparecieron de la nada.
Declararía que se había reunido cuatro veces con tres integrantes del grupo.
Cuatro encuentros significaban tiempo para hablar del turno, de las autoridades, de los formularios, de quién podía dudar y de quién preferiría obedecer.
Era joven para la responsabilidad que ejercía y suficientemente experimentado para conocer la estructura.
Llevaba cinco años en la Policía y menos de uno como oficial subayudante.
Había aprendido a obedecer órdenes, a transmitirlas y a reconocer el peso de un nombre superior.
Precisamente esas habilidades lo convertían en una pieza útil.
Ferraro creía recordar que antes había trabajado como agente penitenciario.
La memoria situaba allí parte de su conocimiento práctico, aunque las publicaciones revisadas no permitían asegurarlo con la misma firmeza.
El dato permanecía como recuerdo del investigador, no como certificación biográfica.
Cuatro reuniones eliminaban la explicación de una decisión tomada bajo sorpresa absoluta.
Permitían preguntar por turnos, superiores, formularios y teléfonos.
Permitían también construir miedo. Aguerre sostuvo que le mostraron fotografías de su vivienda y de la casa de sus padres en Flores.
Le hicieron saber, según su versión, que conocían a su familia.
Una amenaza contra los padres convierte cualquier cálculo en algo más oscuro.
El investigador debe considerarla, incluso cuando aparece junto a un pago.
El miedo y la codicia no se excluyen. Un hombre puede aceptar dinero y sentirse amenazado; puede exagerar la amenaza para explicar el dinero; o puede comenzar por ambición y descubrir demasiado tarde que ya no le permiten retirarse.
Alazari y el Loro no necesitaban saber cuál de esas motivaciones dominaba. Necesitaban que el oficial continuara asistiendo a las reuniones.
Aguerre sabía qué documento podía justificar un traslado. Sabía quién debía autorizarlo y qué funcionario estaría de guardia. Conocía además una verdad que ningún plano mostraba: a determinada hora, el cansancio y la jerarquía podían pesar más que una irregularidad.
Un oficial joven vive entre dos necesidades: demostrar que merece el grado y evitar que los veteranos descubran cuánto desconoce. Esa tensión puede volverlo riguroso o vulnerable. Quien le ofrece reconocimiento en el momento adecuado puede presentarse como aliado antes de revelar la exigencia real.
Aguerre conocía a los funcionarios del turno, sus costumbres y la forma en que reaccionaban ante una autoridad superior.
Sabía quién haría una llamada de confirmación y quién aceptaría que otra persona ya la hubiese hecho.
El plan necesitaba ese conocimiento humano mucho más que el plano del edificio.
Las fotografías de las viviendas familiares, si efectivamente fueron mostradas, indicaban vigilancia previa. Obtenerlas era sencillo; utilizarlas psicológicamente, eficaz. Una imagen de una puerta conocida puede convertir una amenaza genérica en una presencia dentro de la casa.
Ferraro pensaría después en qué momento el oficial pudo haber pedido ayuda.
Después del primer contacto todavía podía denunciar una aproximación.
Después del segundo podía colaborar con una operación controlada.
Después del tercero quizá creyó que cualquier confesión lo incriminaría.
La red había convertido el paso del tiempo en una jaula.
Nada de eso eliminaba su responsabilidad. Explicaba el mecanismo. Para prevenir otra fuga no bastaba con llamar traidor a un hombre detenido; había que comprender por qué nadie detectó las reuniones, los cambios de conducta o el acceso irregular a información.
El punto débil no había aparecido de la noche a la mañana. Había sido cultivado hasta encontrar al hombre capaz de hablar en nombre de quienes controlaban los muros.