A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

CARA

La detuvieron y la llevaron al cuartel general de los Policías Cambiaformas.

Cierto, no le habían puesto esposas, pero ni Cosburn ni Ryder se apartaron de su lado cuando llegó la ambulancia y se llevó a Jack.

Lo trasladaron a uno de los hospitales penitenciarios cercanos, donde podían vigilarlo y curarlo hasta que estuviera lo bastante recuperado para prestar declaración.

En cierto modo, eso significaba que aquellos hombres la creían, ¿no?

Cara observó cómo dos agentes de policía se acomodaban en la ambulancia antes de que el conductor cerrara la puerta corredera.

El sonido pareció definitivo, pero ¿de verdad había terminado todo?

Quedaban aún tantas cosas por resolver que solo pensarlo le cortaba la respiración.

Por mucho que hubiera despreciado las intrigas de Beatrice, no podía desentenderse sin más de los hombres que su madre había empleado.

Una risa histérica le cosquilleó en el pecho al imaginarse contratando a una empresa para liquidar la organización, igual que se liquida un negocio perfectamente normal y nada delictivo.

Fue casi un alivio que Ryder la hiciera entrar en el cuartel general de los Policías Cambiaformas.

Él aún no había dicho una sola palabra, y su rostro no revelaba en lo más mínimo qué le pasaba por la cabeza.

Cualquier cosa era preferible a quedarse mirándolo todo el rato como un perro que espera una palabra amable, así que Cara echó un vistazo al despacho al que la había llevado.

Ya no quedaba ninguna pertenencia personal del jefe, aunque su nombre todavía adornaba la puerta.

Cosburn se sentó en la silla del jefe y encendió una anticuada grabadora de casete.

¿Acaso allí no tenían sala de interrogatorios, o el hecho de estar en aquel despacho era también una buena señal?

—Bien —empezó Cosburn—, usted declaró en el lugar del crimen que Sorrentino le había hecho una propuesta de negocios.

Era evidente que el cambiaformas oso intentaba hablar con tono neutro, pero no lo conseguía del todo.

—Quería asociarse con usted y quedarse con el negocio de su madre, que acababa de morir en circunstancias sospechosas y aún sin esclarecer. Usted se negó. Él se enfadó y empezó a transformarse en una mantícora.

Intercambió una mirada con Ryder, que se limitó a escuchar.

—Dicho así, suena absurdo —dijo Cara, que se moría por un trago de agua.

—¿Y cómo lo describiría usted, señorita De Luca? ¿Como algo de lo más corriente? Le aseguro que, en mi mundo, quedarse con una organización criminal no es nada corriente.

—Entonces se ha equivocado de trabajo —replicó Cara, que poco a poco iba perdiendo la paciencia.

Nunca había querido tener nada que ver con los negocios de su madre, y ahora Cosburn se comportaba como si el enfrentamiento entre Jack y ella hubiera sido una lucha de poder que se les había ido de las manos—.

Mire, he admitido que herí al señor Sorrentino.

—Su mirada voló hacia Ryder, cuyo rostro era tan inexpresivo como una máscara.

¿Por qué no decía nada? ¡Él sabía cuánto odiaba utilizar sus poderes de súcubo!

—. Estoy colaborando; así se dice, ¿no? Responderé a sus preguntas lo mejor que pueda.

Y si creen que tienen que detenerme, adelante. ¡Me da igual!

A Cara se le subió la voz en las últimas palabras, lo que desmentía lo que acababa de decir. Cosburn asintió satisfecho, como si hubiera reaccionado exactamente como él quería.

—Déjeme terminar, señorita De Luca.

¿Por qué no paraba de repetir su nombre?

—Sigo con el resumen: antes de transformarse en una criatura que solo se ve una vez por generación, si es que llega a verse, el señor Sorrentino perdió los estribos lo suficiente para confesarle que había instigado a Melissa van Buren a cometer los asesinatos.

Cara asintió.

—Dígalo en voz alta, por favor, para que quede constancia —pidió Cosburn. Ella dijo que sí, alto y claro.

—Después de esa confesión, que a usted le viene de perlas, él intentó besarla contra su voluntad. Dada su naturaleza de súcubo, le absorbió energía suficiente para escapar y avisar a los Policías Cambiaformas.

—Es correcto —dijo Cara, que resistía la tentación de acurrucarse en el cómodo sillón de las visitas. Estaba cansada y solo quería acabar con aquello.

Cosburn suspiró.

—Entrevista concluida —dijo, y enumeró la fecha, la hora y su rango antes de apagar la grabadora—. Puede marcharse, señorita De Luca.

—¿Qué? —Creyó haber oído mal.

Él la miró sin parpadear.

—Las pruebas halladas en su casa corroboran su versión —dijo por fin, tras una pausa interminable—.

Hemos encontrado dos de los dardos envenenados de la mantícora.

El señor Sorrentino la confirmará o no. Ya lo veremos.

—Se inclinó hacia delante—. Todo encaja, señorita De Luca.

Todo menos la muerte de su madre, que seguimos sin resolver.

Cuando murió, Melissa van Buren ya estaba muerta, aunque no desde hacía mucho, como confirmó la autopsia.

Entonces, ¿por qué murió su madre casi de la misma manera que otras seis mujeres antes que ella, si la asesina ya no estaba entre los vivos?

Lo único que no cuadra es la ausencia de veneno de escorpión en su cuerpo.

Así que podemos descartar al señor Sorrentino como autor con una certeza casi absoluta.

—Se recostó en la silla—. Ahora voy a contarle algo en confianza.

No me entristece la muerte de la mujer que sobornó a mi jefe y a casi todos mis compañeros para que hicieran la vista gorda con sus actividades.

Me inclino por cerrar el caso. Por otro lado, no me gustan los misterios sin resolver, como puede confirmarle aquí el señor Grey.

Intentaba decirle algo, pero ella no entendía qué.

—Y soy adicto al café —refunfuñó—. Ahora me voy a la cocina a prepararme un café bien cargado. Lo más probable es que tarde un rato. Quizá le apetezca charlar con el señor Grey mientras tanto.

Sin decir una palabra más, desapareció y cerró la puerta tras de sí.

—¿Es una trampa?

—No —respondió Ryder tras una breve pausa—. Cosburn solo quiere oír la verdad, nada más. Si ahora me la cuentas y yo se la transmito, lo más probable es que archive el caso. Todos tenemos ganas de empezar de cero.

—¿Lo hacemos? —No preguntaba por su carrera, y Cara vio que él había entendido bien la pregunta. Contuvo la respiración.

—Sí —respondió él al fin, y le cogió la mano—. Cuéntame qué pasó en realidad y por qué le dijiste a tu madre lo que habíamos descubierto. Nunca lo entendí.

Cara tragó saliva. Tenía la boca seca. ¿Podía confiar en él?

¿Quién le garantizaba que no hubiera un segundo dispositivo de grabación oculto registrando la conversación?

Pensó en los días que habían pasado juntos en casa de Beatrice.

Lo había calado, y él sabía que ella conocía su verdadera identidad de policía cambiaformas.

Ryder había confiado en ella. Hasta el momento en que tuvo la certeza de que lo había traicionado.

¿Qué tenía que perder? Su madre estaba muerta y aún tardaría un tiempo en poder marcharse de la ciudad, como siempre había querido.

Las tías ya no estaban, así que no quedaba nadie que pudiera ayudarla a librarse de su lado de súcubo.

—Me amenazó —admitió por fin. Cara se secó las palmas húmedas en los vaqueros—. Dijo que te mandaría matar si no le decía quién era el responsable de los asesinatos.

La expresión de Ryder pasó del desconcierto a la incredulidad y luego a algo que ella no supo reconocer.

—¿Y por qué no me lo dijiste? Podría haberte protegido, y protegerme a mí también.

—Frunció el ceño hasta que las cejas le formaron una línea recta sobre los ojos—.

¡Maldita sea, Cara! —Sonaba realmente enfadado—.

Sabías desde el principio que era policía.

¿Creías que me iba a quedar de brazos cruzados mientras ella te destrozaba la vida y se deshacía de mí?

¿Crees que soy tan débil como para dejar que me manejen a su antojo y que acaben matándome?

—Así que de eso se trata en realidad —siseó Cara—. Tu ego masculino no soporta que una mujer te proteja. ¿Es eso? No creo que seas débil. Pero tú no... tú no conocías a mi madre. Nadie habría podido impedir que te matara. Tenía miedo por ti. ¡Maldita sea!

La última palabra iba dirigida a las lágrimas que le resbalaban por las mejillas contra su voluntad. Volvió la cabeza, pero ya era tarde: Ryder la había visto llorar.

—Dímelo, Cara. Quiero saberlo. Solo así habrá una posibilidad para los dos.

Alzó la cabeza tan bruscamente que le dio un mareo. ¿Había oído mal o estaba hablando de verdad de un futuro juntos? ¿Cómo iba a ser posible?

—No hay ninguna posibilidad para nosotros. Tú eres un hombre lobo. Yo soy una súcubo. Mato cuando beso. ¿O ya se te ha olvidado?

—No estoy dispuesto a rendirme —dijo con calma y seguridad, de modo que ella sintió el peso de sus palabras por partida doble—. Eres mitad cambiaformas hiena. Tiene que haber alguna manera de que ese lado de tu personalidad cobre más protagonismo.

Se pasó una mano por el pelo.

—He hablado con la madre de un compañero que quizá pueda ayudarnos.

Cara apartó la mirada. Se le encogió el corazón.

Ryder había dicho «nos». Respiró hondo. Creyó oír la voz de su madre advirtiéndole que no confiara en ningún hombre, pero la hizo callar.

Beatrice estaba muerta. Durante demasiado tiempo, Cara había intentado ser distinta de su madre, solo para acabar siendo su reflejo más joven.

Ya era hora de convertir ese deseo en realidad.

Cuando terminó su relato, Ryder se quedó un rato callado. ¿No la creía?

—Entonces, ¿me estás diciendo que tus tías tenían un artefacto mágico que había pertenecido a Elizabeth Short, lo usaron para invocar su espíritu y le ordenaron matar a tu madre?

Se frotó el puente de la nariz.