CAPÍTULO 22
CARA
Cara respiró hondo y se dio la vuelta.
Ryder estaba arrodillado en la alfombra, con la cabeza baja.
El pelo rubio, a media melena, le caía sobre la cara.
Tenía la espalda encorvada y los brazos sueltos a los costados; parecía completamente relajado.
Posó la mirada en la línea del cuello y en los hombros anchos.
Por primera vez se fijó en algo que le había pasado desapercibido todo este tiempo: era un hombre realmente guapo.
Incluso la barba de tres días, que a ella no le gustaba, le sentaba bien y subrayaba su aura masculina.
Sintió que una risa alocada le subía por el pecho.
¿Acababa de pensar en su «aura masculina»?
La risa se le atascó en la garganta cuando él levantó la cabeza de golpe y ella oyó el suave crujido de los huesos.
Cara quiso apartar la mirada, pero no pudo.
Se le afiló la mandíbula, la nariz se le alargó hacia delante y entonces vio asomar los colmillos del lobo.
Se le arqueó la espalda. Los primeros pelos atravesaron la piel lisa a ambos lados de la columna. Ryder cayó hacia delante y se apoyó con las palmas abiertas. No, ya no eran manos, sino las patas de un lobo sobre la alfombra.
Mientras veía cómo el hombre se convertía en lobo, sintió frío y calor a la vez.
No deseaba otra cosa que correr hacia él, ponerse ella también a cuatro patas y…
¿hacer qué? Sacudió la cabeza para librarse de las fantasías inquietantes que se habían apoderado de sus pensamientos.
¿Qué le estaba pasando? Parpadeó para despejar la imagen trémula que tenía ante los ojos e inspiró y espiró hondo.
Tampoco sirvió de nada, porque de repente olió cosas que antes no había percibido.
Papel viejo; venía de la pila de periódicos a la izquierda del sofá.
Cera de abeja. Giró la cabeza hacia el otro lado.
En el aparador del fondo había una lata abierta.
Bessie la usaba para las cuerdas del violín.
El perfume de Bessie pesaba en el aire, igual que el olor de la basura que nadie había bajado.
Cara cerró los ojos para huir del exceso de impresiones sensoriales.
¿Qué le ocurría? Se pellizcó la parte alta del brazo.
El dolor la hizo volver en sí y, de pronto, todo volvió a la normalidad.
Se llevó la mano a la cara, pero, aparte del nacimiento del pelo húmedo de sudor, todo estaba como siempre.
¡Claro que lo estaba! ¿Qué se había creído Cara?
¿Que se estaba convirtiendo en una hiena?
Pura tontería, y ella lo sabía. ¿Cuántas veces, de adolescente, había intentado transformarse con la vana esperanza de no ser como Beatrice?
Basta. No estaba allí para ajustar cuentas con su pasado. Abrió los ojos y se encontró cara a cara con un lobo de dimensiones impresionantes, sentado obedientemente sobre las patas traseras y con la cabeza ladeada.
—Lo siento —dijo, sabiendo que Ryder la entendía—. Me he distraído un momento.
Le habría gustado tocarlo y hundir la mano, aunque solo fuera una vez, en ese pelaje espeso, exactamente del mismo color que su pelo. El lobo jadeó; o quizá le estaba sonriendo. Después la siguió hasta el dormitorio. Cara le abrió la puerta y lo vio entrar con pasos mesurados, casi majestuosos.
Nadie había sacado la basura y a nadie se le había ocurrido mandar limpiar la habitación. Era otro asunto que Cara tendría que tratar sin falta cuando terminaran allí.
Observó a Ryder olisquear por todas partes unos minutos y luego volvió al salón de Bessie y se sentó en el sofá.
Ryder había dicho que no sabía qué estaban buscando.
Era igual de probable que no encontraran nada porque Bessie supiera algo sin tener pruebas sólidas.
No tenía sentido revolverlo todo por una simple corazonada.
Cara tenía que atacar el problema desde otro ángulo.
¿Dónde escondería Bessie algo? Era la única manera de encontrar ese algo indefinido.
¿Era pequeño o grande ese objeto misterioso?
¿Un soporte de datos, tal vez, una memoria USB o un CD?
Era posible, pero poco probable. Su prima estaba a malas con los ordenadores, así que no resultaba verosimil.
De acuerdo, ¿qué opciones quedaban? ¿Una cámara?
Nunca había visto a Bessie con una cámara digital.
Así que, en ese caso, la respuesta también era un no rotundo.
Durante un rato, Cara se quedó mirando la pared de enfrente y se abstrajo de todo lo que la rodeaba, incluso del suave rumor de las patas de Ryder en el dormitorio. ¿Por qué no había llamado a su prima? Quizá Bessie siguiera viva si ella no hubiera andado ocupada con otras cosas.
Y entonces lo supo. El único objeto en el que Bessie habría guardado algo que pudiera considerarse comprometedor era el teléfono.
Se puso en pie y apenas registró que en la habitación de al lado empezaban los sonidos de Ryder volviendo a su forma humana.
Febril, recorrió la habitación con la mirada.
El teléfono de Bessie era un aparato fino, no demasiado grande, pero tampoco tan pequeño como para esconderlo dentro de un libro.
Registró las cajas de la colección de DVD, compuesta sobre todo por clásicos del cine romántico.
Incluso tenía dos copias de «Lo que el viento se llevó».
Cara contuvo las lágrimas que le subían a los ojos y se obligó a seguir buscando.
Levantó los cojines del sofá. Nada. Al final, Ryder volvió junto a ella, vestido y con una expresión sombría, aunque satisfecha.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó mientras la ayudaba a colocar de nuevo los pesados cojines del asiento.
—Su teléfono —respondió Cara—. Si hay algo, sea lo que sea, tiene que estar en su teléfono.
—Lo más probable es que se lo llevara el equipo forense —dijo Ryder—. No me creo que no se lo llevaran como posible prueba.
—¿Y si no lo encontraron? No parece que hayan registrado el piso a fondo —replicó ella.
—¿Qué era lo más importante en su vida? —preguntó entonces Ryder.
—La música —respondió Cara sin dudar—. Para ella era más importante que su familia e incluso que su novia.
—Entonces busquemos un objeto relacionado con la música y lo bastante grande para esconder dentro un teléfono.
Su seguridad era contagiosa, y Cara sintió que recuperaba una parte de su optimismo.
—¡El estuche del violín! —exclamó, y corrió a la diminuta cocina, donde había visto el estuche del instrumento favorito de Bessie. Con los dedos temblorosos, levantó la funda, sospechosamente ligera, y abrió el cierre.
Había encontrado el teléfono de Bessie.