A la sombra de la Dalia Negra (Policías cambiaformas: investigaciones paranormales nº 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

CARA

Lo que Ryder y ella no se habían dicho siguió sin decirse durante los dos días siguientes. A Cara no le importaba aquel limbo: le permitía mantener la ilusión de que él no solo la ayudaría a encontrar al asesino, sino también a empezar una vida nueva en otro lugar.

En el fondo, sabía que él nunca aceptaría entregar al hombre de su madre.

¿Y no era eso justamente lo que la atraía de él?

Se prohibió tajantemente llamar amor a la necesidad cada vez mayor de tenerlo cerca.

Una vida junto a él era imposible. Ella era Cara de Luca, hija de la Madrina de Los Ángeles y una súcubo.

Empezar de nuevo lejos de la sombra de su madre solo resolvía la mitad de sus problemas.

Ryder jamás se quedaría de brazos cruzados mientras ella se alimentaba de otros hombres.

Y, por valientes que hubieran sonado sus palabras cuando le habló del ritual, apenas creía que pudiera funcionar.

Podía intentarlo, claro. Pero Delia y Margaret se lo habían advertido: no constaba que nadie lo hubiera completado con éxito, pero sí abundaban las pruebas de los incontables seres paranormales que lo habían intentado y habían fracasado.

Odiaba a la súcubo que llevaba dentro. ¿Por qué no era lo bastante fuerte para reprimir esa faceta de su naturaleza?

¿Y por qué no había salido a su padre? De haber sido una cambiaformas hiena, no se habría visto obligada a hacer daño a nadie.

Habría podido aprender a controlar al animal al cuidado de sus tías, igual que ellas se lo habían enseñado a Bessie.

Hablando de Bessie… El día del ataque, Ryder le había dicho que su prima quería hablar con ella.

Marcó el número de Bessie, pero, como las tres veces anteriores, solo saltó el buzón de voz.

Esta vez no dejó mensaje; decidió ir en coche con Ryder al apartamento de su prima.

Como el Red Rose seguía cerrado, llevaba días sin ver a Bessie.

Además, sería una buena oportunidad para estar por fin a solas con él.

Ryder había logrado evitarla, algo que no resultaba difícil en una casa tan espaciosa; y ella, por su parte, no había salido en los dos últimos días ni había necesitado su protección.

Él había conseguido que ella le confiara su deseo más profundo. Ahora le tocaba cumplir su parte del trato. Cerró el libro sobre Elizabeth Short que estaba leyendo y salió a buscarlo.

—Cara, cariño, qué alegría encontrarte. ¿Tienes un momento para mí?

Su madre acababa de salir de la cocina con el cóctel de la tarde en la mano.

Era la única debilidad que Cara le había notado jamás.

¡Bah, tonterías! ¿A quién pretendía engañar?

Su madre se tomaba exactamente un cóctel cada tarde al ponerse el sol y el resto del tiempo evitaba el alcohol, igual que cualquier otro hábito poco saludable.

Cara nunca había visto a Beatrice borracha ni débil, y tampoco mostraba nunca sus emociones.

—Claro —accedió a la pregunta retórica de su madre, y la siguió hasta el invernadero. Esta vez escogió la silla de mimbre orientada hacia el jardín, mientras su madre se sentaba de modo que pudiera vigilar la puerta.

—¿De qué querías hablarme?

Esperaba que no le preguntara por Ryder.

No creía que a Beatrice se le pasara por alto una mentira.

Si descubría que Ryder no era quien decía ser, no dudaría en ordenar que lo mataran.

Incluso era muy posible que lo hiciera ella misma.

De vez en cuando, cuando Beatrice consideraba que sus hombres necesitaban recordar quién mandaba, dejaba seco delante de todos a alguno que la hubiera disgustado.

Eran ellos mismos quienes debían deshacerse del cascarón vacío, de piel fina como el papel, ojos hundidos y extremidades esqueléticas.

Así nunca olvidaban que en el cuerpo menudo de aquella mujer hermosa habitaba un ser letal.

Cara había oído por casualidad una conversación entre Cope y otro hombre en la que Cope decía entre risas que no se imaginaba muerte más hermosa que la de morir en brazos de Beatrice.

El componente sexual de su forma de alimentarse era fuente de rumores interminables entre los secuaces.

La llamaban «la muerte de la Venus atrapamoscas».

Cara se preguntaba cuál de ellos habría acuñado un término tan poético.

Ella prefería describir el acto con palabras objetivas, casi médicas, incluso cuando solo lo pensaba.

—¿Por qué nunca me enseñaste a arreglármelas con poca energía? —Su madre, tan hermosa y tan dueña de sí misma, no se atragantó cuando Cara abrió la conversación.

—¿Y por qué iba a hacerlo? No hay ninguna razón para que reprimas tus ansias y pases hambre —respondió con su voz melodiosa—. Te lo he dicho muchas veces.

—¡Pero ¿cómo lo haces tú? ¡Necesitas mucha menos energía que yo!

Beatrice se rió. Cara sintió que una rabia sin nombre le crecía por dentro. Cerró los puños y se clavó las uñas en las palmas para no perder el control.

—¿Qué se supone que es esto? ¿Una charla entre madre e hija?

Te diré una cosa —dijo Beatrice. De su rostro desapareció de golpe todo rastro de tolerancia—.

Toma lo que necesites. Solo así conseguirás inspirar algo parecido al respeto en los hombres que te rodean.

Ese es el único secreto que necesitas saber.

—¿Y si yo no quiero eso? Lo que tú llamas respeto no es más que miedo.

—Escúchame bien, hija. —Beatrice dio un sorbo elegante a su margarita—.

No llegarás lejos si lo que quieres es caer bien.

Solo los débiles ansían afecto. ¿De qué te sirve suspirar por amor?

—Durante un instante terrible, Cara estuvo segura de que Beatrice sabía lo que sentía por Ryder.

Pero el momento pasó sin que su madre mencionara el nombre de su guardaespaldas—.

De nada. Yo lo probé una vez, cuando conocí a tu padre.

¿Y qué saqué de ahí? Nada, salvo un vínculo bochornoso con dos viejas arpías que regentan una casa de empeños y no paran de intentar venderme baratijas sin valor.

«¿Y yo qué? —quiso preguntar Cara—. ¡Al fin y al cabo, soy el resultado de la relación con el hombre al que una vez amaste!». Pero no le salió ni una palabra.

—Bueno, es todo lo que tengo que decir al respecto. Ah, quizá una cosa más: tú, como mi sucesora, deberías plantearte aliarte con Jack. Eres débil y te vendría bien tener al lado a un hombre al que la gente tema, al menos una temporada.

—Eso suena a que piensas retirarte del negocio. —Cara había recuperado la compostura.

—Oh, no. No tengo la menor intención de retirarme a una residencia de ancianos. Solo es un consejo bienintencionado de madre a hija, nada más. Y ahora —dejó el vaso vacío sobre la mesa—, basta de sentimentalismos. Quiero saber si has averiguado algo sobre el asesino.

—Todavía no —tuvo que admitir Cara. Su madre arqueó las finas cejas oscuras. Cara sabía que era señal de disgusto, pero, en una escala en la que el uno era buen humor y el diez un enfado serio, solo habían llegado al cinco.

—¿Tienes la impresión de que tu presencia ha calmado un poco a los humanos y a los seres paranormales?

—Creo que sí. Aunque siete días no bastan para juzgarlo. El ataque a Melissa, desde luego, no ha ayudado a tranquilizar a la gente.

—Te aconsejo que te lo tomes con algo más de urgencia.

En ambos asuntos, Cara. Quiero que todos los cambiaformas y seres mágicos de mi ciudad sigan confiando en mí.

Y quiero la cabeza del hombre responsable de sembrar dudas sobre mí.

Eso no lo tolero ni lo pienso tolerar. —Su voz era tan suave como siempre, pero del todo inexpresiva.

A Cara se le puso la piel de gallina en los brazos al oírla.

—Estoy haciendo todo lo que puedo —respondió.

—Eso no me basta. Creo que hará falta algo más que eso para que todos podamos volver a dormir tranquilos y sin preocupaciones.

Oh, no, conocía bien esa expresión. En la escala del descontento había pasado de un cinco a un nueve en lo que dura un parpadeo.

—No deberías olvidar que aquí hay más en juego que mi futuro y el tuyo. Sé que planeas empezar una nueva vida en algún otro sitio, pero no olvides a quién dejas atrás.

Cara sintió oleadas alternas de calor y frío. Su madre estaba subiendo las apuestas.

—Para mí esto no es ningún maldito juego —dijo, y se inclinó hacia delante, aunque todo en su interior le gritaba que saliera huyendo del invernadero.

—Oh, para mí tampoco lo es. Pero imagina lo que podría suponer tu falta de empeño para, digamos... esa prima a la que tanto quieres. Podría perder el trabajo y acabar en la calle, sin nada.

Detrás de las palabras de su madre acechaba algo más. Beatrice no hablaba solo de retirarle el apoyo a Bessie. Y aún no había acabado.

—¿Y qué me dices de ese joven tan agradable que tanto te gusta? Podría ocurrírseme mandar que investiguen a fondo los antecedentes de Jack.

—Eres un monstruo —estalló Cara—. Haré lo que me pides, pero, si le tocas un solo pelo a Bessie o a Ryder, te arrepentirás. Lo juro por todo lo que considero sagrado.

Se puso en pie y salió lo más despacio que fue capaz.

Solo cuando dejó atrás el invernadero cayó en la cuenta de que su madre había logrado su propósito.

Cara le llevaría al asesino, costara lo que costara.

Y acababa de perder un pedazo de su corazón compasivo y lo había sustituido por piedra fría, tal como Beatrice esperaba de ella.