40. ¿Un final?
—¿Es el tuyo? —dice Aída mirando la pantalla del aeropuerto donde se anuncian las próximas salidas.
—Sí. Gatwick, Londres —suspiro resignado.
De verdad que para nada quería emigrar, pero necesitaba sentirme útil.
Me estaba ahogando sin trabajar. Y lo de la tienda de mi padre no cuenta.
Allí por lo que me estaba ahogando era por el olor y por, para qué negarlo, la posibilidad de acomodarme a una vida que no es la que yo había soñado.
El ser humano tiende a acostumbrarse muy pronto a cualquier situación.
Por suerte, uno de los mensajes de los que esperaba respuesta resultó ser positivo y a los pocos días se convirtió en una entrevista.
Más tarde vino otra y una tercera a los dos días.
Y aquí estamos ahora, apenas dos semanas después.
—Siento haberte avisado con tan poco tiempo, Al. Espero que no tardes mucho en encontrar un nuevo compi de piso. Eso sí, las noches de Nicolas Cage son sagradas —le advierto apuntándole con el dedo.
Mi amigo y compañero de piso…, excompañero, perdón, me sonríe y me da un abrazo que yo acepto de buena gana.
Joder, los voy a echar muchísimo de menos. Ya he tenido una escena similar cuando me he marchado de casa de mis padres y casi no me he podido aguantar las lágrimas. Parece que me esté despidiendo para siempre y yo odio las despedidas.
—Cuídate, J. J.
—Y vosotros. Sed buenos… O no. —Sonrío en un esfuerzo por contener las ganas de llorar—. ¿Hubiera estado bien otro final, verdad?
—¿Por qué dices eso? —suelta Al.
—Después de estos meses, este no es el happy ending que me hubiera imaginado.
—Pero es que tu historia no ha terminado —añade mi amigo.
—Ya, ya. Pero han pasado tantas cosas que, después de todo, creía que la situación se desarrollaría un poco más a mi favor.
—Pero que aquí no termina nada, Javi. Que no es un final —insiste.
—¿Y, entonces, qué es?
—Un inicio, un punto de giro, un plot twist , un descenso a los infiernos si lo prefieres o, mejor, un ascenso del personaje —continúa.
—No te entiendo.
—Pero vamos a ver, ¿no hablas siempre de las comedias románticas? Que, para odiarlas tanto, las tienes muy presentes. —Me da una palmada en el hombro—. Siempre has dicho que no son para ti, que a ti no te iba a suceder nunca una…
—Y a los hechos me remito.
—Es que es de eso de lo que se trata. Esas historias tienen situaciones cómicas, malentendidos, casualidades, giros inesperados…, y todo eso lo has vivido, ¿no?
—¿Y qué hay del final feliz? —insisto.
—¿Tú te has muerto, Javi? —interviene Aída—. Al tiene razón. Vamos, como siempre.
—No, no me he muerto y no sé por qué hablamos de eso antes de coger un avión, la verdad. —Se me vienen a la cabeza unas cuantas películas en las que un montón de gente acaba bajo el mar o, peor, desparramada en un glaciar en los Andes con bufé libre de humano congelado.
—Pues por eso, ¿quién te dice a ti que no encuentras a alguien que merezca la pena en Londres?
Si la idea pretendía animarme, no lo consigue.
Ahora no puedo pensar en otra cosa que no sea que me despido de ellos, de mi familia, de lo que conozco, porque aquí no hay manera de seguir haciendo lo que más me gusta.
¿Por qué no me atraería la idea de ser fontanero, electricista o pintor de brocha gorda?
Esas profesiones hacen falta siempre y en todas partes.
Además, ¿qué pasaría si esa media naranja la encuentro, como dicen, en Londres?
Entonces sería peor, tendría que elegir entre ellos y él.
Entre mi vida de siempre y una vida totalmente nueva.
—Vamos, Javi, o perderás el avión —me aconseja Aída dándome un nuevo abrazo—. Ya te estabas montando una película que no tiene por qué ocurrir, ¿verdad?
—Que malo es conocerse… —reconozco y cojo a Aída de las manos—. Al final he sido yo el que se pira y tú quien se queda.
—La vida —sonríe ella—. Pero que sepas que, si no fuera por Cata, el asiento junto al tuyo hubiera sido mío.
—Lo sé y, en el fondo, me alegro de que no vengas. No la dejes escapar.
—Ni de coña —me dice con una sonrisa a pesar de los ojos encharcados.
—Al… —digo dándole uno de esos abrazos de los de partir en dos un árbol—, no cambies nunca, tío. Eres el mejor.
Cuando consigo despegarme, me giro rápido. No quiero que me vean llorar.
—¡Cuidaos mucho! —Levanto una mano para despedirme mientras avanzo en la cola en dirección al control de acceso a la zona de embarque.
—¡Javi! —grita alguien desde lejos.
¿Os imagináis que ahora me doy la vuelta y es Guillem, que se ha enterado de forma mágica y milagrosa de que me marcho y viene corriendo a impedirlo? Eso sí que sería un buen final, ¿verdad?
—¡El móvil! —Aída me señala su teléfono con el dedo y después a mí—. ¡Que mires el móvil!
Asiento y saco el aparato del bolsillo. Ha enviado un vídeo al chat del que no me he enterado a pesar de tenerlo en modo vibración. Con el jaleo de día que llevo, ¿qué queréis? Si yo mismo estoy temblando.
Aída:
Con la emoción de la despedida se me ha olvidado decírtelo. Pero ha sido una maravilla, J. J.
Javi:
Tú me diste la idea. ☺
Aída:
¿Sí? No me acuerdo. Pero está claro que soy la mejor.
Javi:
Eso por descontado.
Paso el control y me siento junto a la puerta de embarque, que, se supone, me llevará a un nuevo comienzo, a una nueva aventura en un lugar extraño lleno de gente desconocida.
¿Quién me lo iba a decir tan solo unos meses atrás?
Suspiro y me descargo el vídeo con cierto nerviosismo. Le doy a reproducir.
—Acaba de llegar el paquete —susurra Aída al micrófono del móvil desde la puerta entreabierta de su despacho.
—Héctor, es para ti —dice alguien que no se alcanza a ver en la imagen.
Veo en la pantalla como Héctor sale de su oficina y se dirige hacia la puerta.
La imagen se mueve mucho y más de una vez Aída apunta hacia el suelo a medida que avanza.
Menos mal que no se gana la vida como cámara.
Cuando Héctor aparece de nuevo en el cuadro, lo hace con un paquete alargado envuelto en un papel muy elegante.
—¿Otro jamón, Héctor? —dice otra voz.
—Eso parece —responde mi exjefe con una nota de orgullo y una sonrisa bobalicona en la cara mientras se dirige de nuevo a su sala de trabajo.
Por un instante, la cámara capta a Tom y el corazón se me encoge.
No es más que un microsegundo, pero sigue teniendo ese efecto en mí, espero que solo sea por la sorpresa.
Y no sé si es porque ahora un recuerdo va ligado al otro, pero me ha hecho rememorar el momento en que fui en busca de Guillem.
Me sigo sintiendo estúpido por aquello. ¿Veis como os dije que no me podía pasar a mí?
A pesar de los grandes gestos, de tomar las riendas de mi vida, de…
¡Bah! Ya está. Esas cosas no están hechas para alguien como yo.
Tengo que empezar a asumirlo. Por cierto, que me pierdo en divagaciones, en el vídeo no se ve más que media pared y a Héctor de espaldas frente a su mesa, donde ha dejado el paquete.
De fondo, se escucha la respiración de Aída.
—Vamos, abre el paquete, pedazo de… —la escucho murmurar.
De repente, la imagen se emborrona por lo que parece un movimiento demasiado rápido del móvil. Aída vuelve a estar en movimiento.
—¿Querías algo? —escucho a Héctor.
—Esto… No, bueno… Es que he visto esa caja tan grande y pensaba que era para mí. Estoy esperando una cosa que compré por Internet y pedí que me la mandaran a la oficina.
Me da la risa floja por la mentira tan tonta que ha utilizado Aída como excusa para acercarse a su despacho.
—No, no. Es para mí. Pero puedes quedarte si quieres. Yo creo que es de mi colega de Estados Unidos. ¿Te he dicho alguna vez que cuando trabajé en Disney me hice muy amigo del jefe de animación?
—No…
Solo de escuchar el irónico «no» de Aída hace que me aprieten más las ganas de reír. No sé la de veces que este capullo nos ha contado la misma puñetera anécdota que a saber si será verdad.
—Es también español y esto debe de ser suyo porque siempre me manda un jamón en agradecimiento por ayudarlo con unos trabajos —dice mientras desenvuelve el paquete—.
Aunque esta dirección no me suena. Será un proveedor nuevo.
Mira, si está en un envase de estos para mantener la temperatura.
Piensan en todo —añade al dejar al descubierto una especie de caja alargada de corcho—.
¡Y trae una tarjeta! «Por tu buen hacer, por lo mucho que nos has cuidado siempre y los ratos inolvidables que hemos disfrutado juntos» —lee con una sonrisa—.
Qué detalle. Siempre suele ser un Cinco Jotas, aunque esto no pesa mucho…
—Lo abre y…—: ¡Me cago en todo! ¡Ugh!
—Veo a través de la pantalla como le sube una arcada a Héctor—.
¿Pero qué cojones es esto? ¡Ugh! —Otra.
—Joder, cómo huele —dice Aída, a quien se le escapa la risa floja—. Dile a tus amigos que jamones de estos no manden más.
—¿Qué pasa? —pregunta Tom entrando en escena alertado por el pequeño escándalo que se ha montado en el despacho de su tío.
—¡Que algún hijo de mala madre me ha enviado eso! ¡Ugh!
—¿Y qué es?
—Un Cinco Jotas pero después de disfrutarlo —bromea Aída muerta de la risa.
—¡Una mierda es lo que es! ¡Ugh!
El vídeo se mueve de un lado a otro emborronando todo. Aída se vuelve a enfocar y me mira llorando de la risa.
—Ay, J. J.… ¡Eres un genio! ¡Te adoro! —Acerca los labios al móvil y me da un sonoro beso a través de la pantalla.
El vídeo termina y con él un capítulo de mi vida. Al menos, entraré en esta nueva fase con una sonrisa en la cara.