A la fuga (Ryan Kaine 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Capítulo Catorce

Lodge Farm, Swadlow, Lincolnshire, Inglaterra

Kaine se recostó en el banco firme. ¿Qué tan agradable sería tener unas horas de descanso tranquilo en una habitación cálida y acogedora con la preciosa veterinaria?

Cerró los ojos por un momento, pero el hedor a sudor rancio y sangre seca que subía desde debajo de la delgada sábana de algodón le hizo fruncir la nariz con disgusto.

Si a él le olía así de mal, ¿qué pensaría Lara?

Tras luchar por ponerse de pie, permaneció tambaleante hasta recuperar el equilibrio y usó el mostrador como apoyo para llegar al lavabo.

Desató el cordón que hacía de cinturón y dejó caer los vaqueros asquerosos al suelo, junto con los calzoncillos manchados de sal y sudor.

Diez minutos después, tras un uso juicioso de la toalla de felpa, jabón líquido, dos toallas y una cuidadosa evitación del nuevo vendaje, Kaine se sentía, y olía, casi humano.

Volvió al banco y se puso con cuidado la ropa que Lara le había dejado.

Tal como ella había prometido, el resto del montón: calzoncillos, camiseta blanca, camisa de leñador a cuadros y pantalones chinos negros, le quedaban bastante bien.

Las zapatillas presentaron un desafío: atarse los cordones sin doblarse por la cintura requirió tiempo y esfuerzo.

Se permitió un momento para disfrutar. Solo alguien que hubiera vivido en la calle durante un tiempo podría apreciar de verdad el efecto reparador de la ropa limpia.

Lo único que le faltaba para completar el deleite era un estómago lleno, pero tendría que conformarse con el prometido bocadillo de beicon sobre la marcha.

Cuanto antes saliera de la granja, mejor sería para la veterinaria.

El tentador aroma del beicon friéndose lo sacó de la clínicay lo arrastró por el pasillo. Desde el umbral abierto, estudió la disposición de la cocina.

Un ambiente rústico con una cocina de gas, muebles de roble, ollas colgando de las vigas y una gran mesa de comedor de roble con seis sillas lo recibió con su calidez hogareña.

Sonaba una música clásica, una pieza ligera de piano que no reconoció y escuchaba cómo tintineaba sobre el chisporroteo del beicon, el crepitar de los huevos friéndose y el silbido de la tetera hirviendo.

¿Un CD o Radio 3? De cualquier modo, no había noticias.

Kaine respiró con más tranquilidad. Con suerte, saldría de la granja sin que ella se enterara de lo que había hecho.

Haría cualquier cosa por evitar ver odio en los ojos color avellana de Lara Orchard.

Se había quitado la bata de laboratorio, y él logró observar bien a su salvadora por primera vez.

Cabello castaño rojizo y ondulado caía sobre sus hombros delgados.

Un polo verde metido dentro de sus ajustados vaqueros azules mostraba una cintura estrecha y caderas anchas.

Llenaba los vaqueros con unas piernas largas y esbeltas y un trasero firme que podría contemplar durante semanas sin aburrirse.

Tosió para anunciar su presencia. Lara, que vertía aguahirviendo en una tetera, se giró. Soltó el aire y dejó caer la tetera sobre la placa caliente. Cayó con un estruendo metálico y un chisporroteo acuoso.

Kaine levantó las manos.

—Perdón. Perdón. No quería asustarte.

—No, no —dijo ella, dándose la vuelta mientras alcanzaba un paño de cocina—. Es solo que, por un momento, pensé que eras Ollie. La ropa.

Maldita sea. Lo último que quería era alterarla.

—El agua. ¿Estás bien?

—Estoy bien. No me alcanzó.

Ella secó el derrame mientras Kaine no lograba pensar en algo que pudiera aliviar su sobresalto y decepción. Se quedó en el umbral, manteniendo la distancia, hasta que ella le señaló la mesa.

—Siéntate, el desayuno está listo. El té no tardará. ¿Cómo lo tomas?

—Lo siento, tengo que irme. Es demasiado peligroso para ti si me quedo.

Kaine se tambaleó y apoyó la mano contra la pared para mantener el equilibrio. Ella corrió hacia él, pero él levantó la mano libre.

—Está bien. Estoy bien.

—Mírate. No estás en condiciones de irte. Come algo. Te hará bien y ya está listo.

A regañadientes, Kaine cedió yle permitió ayudarlo a sentarse en una silla. Contuvo el dolor que le causaba moverse.

—Entonces, ¿té?

Logró esbozar una débil sonrisa.

—Con leche, por favor. Sin azúcar.

Después de la noche que había sufrido y las noticias que había recibido, ver a Lara sirviéndole té en una cocina campestre, con el desayuno servido y música orquestal de fondo, era deliciosamente extraño.

Le daría diez minutos, no más. Ya había tentado a la suerte, y a la de ella, también. Demasiado.

Con el desayuno más delicioso que había probado en su vida ya devorado dentro del tiempo permitido y el estómago agradablemente lleno, pero no tanto como para forzar los puntos, Kaine apuró lo que quedaba de su segunda taza de té. Su estómago gorgoteó de satisfacción, y él lo acarició suavemente.

Te dije que me ocuparía de ti, colega.

Lara se había conformado con dos rebanadas de pan tostado untadas generosamente con mantequilla y cucharadas de miel, y una taza de café del tamaño de un balde. Comió rápido y se sentó en el extremo opuesto de la mesa. Sus ojos no se apartaron de él en ningún momento.

¿Asustada o curiosa? No podía decirlo. Probablemente un poco de ambas cosas.

Las preguntas debían de estar rondando por su cabeza desde que él apareció en su puerta, y sin embargo, mantenía un autocontrol admirable. En su lugar, Kaine habría hecho una imitación decente de Torquemada y la Inquisición Española.

—¿Te importa si hago una pregunta? —preguntó él. Ella negó con la cabeza.

—¿Dónde están todas tus mascotas, perdón, animales de compañía? Me habría imaginado que la casa de una veterinaria estaría invadida por esas pequeñas bestias peludas —dijo con una sonrisa para suavizar cualquier posible insulto a su profesión.

Una sonrisa fantasmal levantó las comisuras de sus labios carnosos. Se le formaron unos hoyuelos adorables. Sonriendo, parecía de unos veinticinco años y absolutamente deslumbrante.

—Ahora mismo estoy entre perros. Baroness, mi golden retriever, falleció hace poco, y necesito tiempo para recuperarme antes de…nunca he sido de llenar la casa con pequeñas bestias peludas. Y no soy fan de los gatos. Criaturas altaneras. Aunque no se lo digas a ninguno de mis clientes.

Él le devolvió la sonrisa.

—Será nuestro secreto.

Bajó la taza. Era hora de irse. Cada segundo extra que se quedaba la ponía en mayor peligro. Carraspeó y la herida le lanzó una punzada de fuego en el costado. El analgésico tópico no había durado mucho.

—Tengo que irme y…

—Deberías quedarte hasta que estés más fuerte. Alguien tiene que vigilar tu herida por si hay signos de infección. Y como te dije, puede que necesites un tratamiento con antibióticos.

—Está bien. Tengo amigos en… otro sitio a los que puedo recurrir. Estarébien. Como notaste por todas las cicatrices, no es la primera vez que me cosen.

O que me apuñalan por la espalada.

—Cuando escuche las noticias, ¿qué me dirán?

Kaine se irguió. Tuvo que sujetarse el costado al sentir cómo la piel se estiraba alrededor de la herida y le ardía como el infierno.

—Lo que sea que escuches… lo que te digan, no es verdad. Cuando venga la policía, recuerda decirles que te obligué a tratarme. Diles que temías por tu vida. ¿Lo prometes?

Ella esquivó la pregunta con otra.

—¿Qué has hecho? Es grave, ¿verdad?

—Y complicado, pero en el fondo, soy un hombre inocente. Probablemente no lo pensarás así cuando la policía termine de hablar contigo, pero… Joder, lo siento. He dicho demasiado. Necesito alejarme de aquí lo más rápido posible.

Kaine quiso contárselo, desahogarse, pero eso habría sido demasiado egoísta. El reloj en la pared sobre la cocina marcaba las 9:07. ¿Tan tarde era?

—Tengo que irme. Gracias por todo. He dejado algo de dinero en la clínica para cubrir el coste del tratamiento y ese desayuno maravilloso —usó las manos para impulsarse desde la mesa y ponerse de pie—. Ah una cosa más. Mi coche…

—¿Lo reconocerán? —preguntó ella, poniéndose de pie también.

Kaine asintió. Por supuesto que iban a reconocer ese maldito coche.

El equipo de asalto en el parque vacacional lo había demostrado.

El aparcamiento de Cleethorpes también habría estado cubierto por cámaras de vigilancia.

Debería haberlo comprobado antes, pero la operación nocturna, en su forma original, había sido legal y, según Gravel, aprobada tanto por el Ministerio de Defensa como por la Autoridad de Aviación Civil.

Bastardo.

Esa mañana, el cansancio y la pérdida de sangre lo habían vuelto descuidado. Idiota, idiota, idiota.

Gravel iba a pagar. Y lo haría pronto y caro. Lara sacó un manojo de llaves de un cajón en un enorme y viejo aparador galés.

—Hay un Land Rover en el granero. Es viejo, pero fiable y bien mantenido. Nadie sabrá que lo tienes. Deja tu Citroën aquí para cuando venga la policía. Les diré que no sé cómo te fuiste. Vete ya y cuídate.

—¿Dónde está la comisaría más cercana?

—En Caistor o Grimsby. Ambas a unos treinta minutos.

—Bien, perfecto. Llama en cuanto me vaya.

—¿No debería darte más tiempo?

¿Por qué lo estaba ayudando? ¿Simple lealtad hacia su esposo muerto, o estaba tratando de retenerlo allí mientras la policía ya corría hacia la granja? Kaine no podía perder tiempo en debates internos. Tenía que seguir adelante y esperar lo mejor.

—Asegúrate de decirles que estoy armado. Levantarán controles en las carreterasy esperarán a los equipos de respuesta armada como respaldo. Eso me dará más tiempo.

—Está bien. Lo haré. Le tomó la mano.

—Nunca podré agradecerte lo suficiente por esto, Lara. Cuando esté a salvo, haré que un amigo te devuelva el coche, con una revisión completa. Estará funcionando como un Ferrari y con el depósito lleno de diésel. Conozco a uno de los mejores mecánicos del Reino Unido.

—Gracias, pero no es importante, tengo otro coche. No espero volver averte ni a ver el Land Rover. ¿Me he explicado con claridad?

Luchando contra el impulso de besarle la mejilla, Kaine la siguió por elpasillo hasta la puerta principal. El sol habíahecho una aparición tenue yel patiobrillababajo suluz amarilla. Lara señaló un enorme granero de madera a unos cincuenta pasos del final del bloque de establos.

—Las puertas están al otro lado. ¿Estás en condiciones de conducir? Intentó sonreír de nuevo.

—El desayuno me convirtió en otro hombre. Estoy fuerte como un toro.

—Mentiroso —dijo ella, extendiendo la mano—. Las llaves, ahora.

sigo.

—No. No quiero que dejes ningún rastro de evidencia en el Citroën. Ve tú delante. Yo te

Frunció el ceño, pero pareció comprender su lógica.

—Está bien. Sígueme al granero. Abriré las puertas —dijo, y se alejó al trote.

Kaine la observó cruzar el patio, impresionado, y no solo por la forma en que se movía. Una gran mujer. Rápida mentalmente. Alguien en quien confiar en una crisis. Si las cosas fueran diferentes…

A mitad de camino hacia el Citroën, apuntó con el llavero a su coche y presionó el botón.

Las cerraduras hicieron clic y el sistema emitió un zumbido; las luces de emergencia parpadearon dos veces.

Tomó una chaqueta del asiento del pasajero y la arrojó sobre el asiento del conductor, manchado de sangre, antes de deslizarse tras el volante.

Antes de poder arrancar el motor, el zumbido vibrante de un helicóptero acercándose desde el noreste hizo sonar todas sus alarmas internas.

¡Mierda! ¿Ya?

El dolor en su costado disminuyó mientras la adrenalina recorría su cuerpo.

Encendió el coche, metió primera y salió disparado. El Citroën derrapó de lado mientras las ruedas motrices luchaban por tracción sobre el barro. La puerta del conductor se cerró de golpe por el impulso hacia adelante, y él siguió la ruta que Lara había tomado alrededor del costado del granero.

El sol le cegó por un instante al girar la esquina hacia el lado opuesto del edificio. Una sombra cruzó el suelo frente a él.

Lara había abierto las puertas dobles del granero. Kaine lanzó el Citroën hacia la oscuridad sin comprobar si había espacio suficiente para acomodarlo. Tiró del freno de mano y abrió de un empujón la puerta del conductor.

El helicóptero se estabilizó envuelo estacionario, a treinta metros del suelo, y el fuselaje giró de lado. La compuerta de carga estaba abierta; el interior, oscuro. El cañón de un fusil de asalto asomaba por la abertura.

—Ryan Kaine —tronó una voz sarcástica desde un altavoz colgado bajo la cabina—, sabemos que eres tú. Ese Citroën te delata. Vamos, cabrón. ¡Muéstrate! ¡No nos hagas esperar!

Lara se giró hacia el helicóptero y alzó la vista. Enmarcada en la puerta, iluminada por el sol, se convirtió en un blanco fácil. Una muerte sencilla.

—¡Al suelo! —gritó Kaine—. ¡Ahora!

Ella se volvió, con el ceño fruncido en una expresión de desconcierto.

Estallidos fuertes resonaron por encima del zumbido de los rotores del helicóptero. Nubes de tierra se levantaron a su alrededor. Una bala pasó a centímetros de su talón.

Kaine se lanzó desde el Citroën, la derribó con un placaje al estilo rugby y arrastró a ambos fuera de la vista, detrás de una pared de pacas de heno.

—¿Qué estás haciendo? —gritó ella, empujándolo en el pecho con las palmas—. ¡Quítate de encima!

—¡Lara, basta! ¡Nos están disparando!