CAPÍTULO 7
El día fue un infierno. Dormí hasta bien pasado el mediodía, y aún así no quería levantarme de la cama. El móvil había sonado varias veces, pero no me había molestado en enchufarlo, y para cuando me levanté, la batería se había agotado.
Mis padres habían venido a verme un par de veces, pero los había ahuyentado.
Podía ver las emociones librando una guerra en su interior, una mezcla de enfado y preocupación paternales.
Afortunadamente ganó la preocupación, de lo contrario mi día habría empezado aún peor.
No creía poder soportar gritos ni que me hicieran sentir culpable.
Ahora estaba en la universidad, tenían que darme algo de espacio.
No es que fuera una mala hija; en general hacía lo que esperaban de mí.
Nunca había sido de las que se quedaban fuera toda la noche de fiesta, pero si quisiera, o si pudiera permitírmelo, podría independizarme y alquilar un piso.
Ellos también lo sabían, y probablemente por eso no dijeron nada.
Sabía lo que realmente les preocupaba: no querían que arruinara mi relación con Ryan. No fuera a ser que hiciera algo que nos llevara a romper.
Me arrastré fuera de la cama y enchufé el móvil. En cuanto se encendió la luz, indicando que tenía suficiente batería, lo encendí. Sonó de inmediato.
Era Becky.
—Hola —dije.
—Suenas horrible —dijo Becky—. Como una fumadora de cuarenta años.
—Gracias.
—Asííí que... —continuó—. Jesse me dice que te fuiste de la fiesta con alguien. Cuéntame más.
—¿Te dijo qué? —me sentí mal al instante.
No quería contarle que Jesse había sido quien me había alejado de la fiesta, ni su posterior intento de agredirme sexualmente, y como amiga sabía que debía hacerlo, pero no era capaz de contárselo.
La felicidad en su voz me rompía el corazón. No podía romper el suyo.
—¿Y bien? —dijo entre risitas.
—Sí, lo hice. Aunque fue inocente. No hicimos nada. Me encontré mal. Eso es todo.
—Eso no es lo que nos contó Jesse —dijo Becky riéndose—. Dijo que estabas muy acaramelada con un tipo.
—¿Nos vio marcharnos juntos? ¿Todavía estabais en la fiesta?
—Sí, no nos fuimos hasta que oímos que te habías ido, sobre las dos de la madrugada.
Yo había dejado la fiesta cerca de las cuatro y media. Se me cayó el alma a los pies al saber que Jesse le había mentido. Pero aun así no podía contárselo. Me dije a mí misma que era porque éramos amigas y me importaban sus sentimientos.
—Bueno, solo me llevó a casa. Puede que nos besáramos, quizás.
—Dios mío, chica, ¿en serio?
Me reí con ella, aunque me dolía la cabeza.
—Sí, pero fue bastante inocente. Solo un poco de diversión antes de atarme a un solo tío. Prométeme que no se lo dirás a nadie.
—Sigues diciéndome que fue inocente, como si no te creyera. Pero te lo prometo. No me atrevería.
Me dejé caer de nuevo en la cama mientras hablábamos y me quedé mirando el ventilador del techo, viendo girar las aspas. Mala idea: al instante la resaca empeoró. Tuve que cerrar los ojos para seguir hablando.
—Entonces, ¿qué hicisteis el resto de la noche?
—Dejamos a Sarah en su casa, estaba un poco decaída.
—Quería hablar. Espero no haber herido sus sentimientos.
—Ya se le pasará. Jesse y yo... —hizo una pausa, riéndose.
—¿Qué? —dije, intentando interrumpir su ataque de risa.
—Lo hicimos —dijo, seguido de más risitas.
Fingí una sonrisa, aunque ella no estaba allí para verla, solo para que no pudiera oír en mi voz otra cosa que apoyo.
—¿Lo hicisteis?
—Me lo monté como una vaquera.
—¿Cómo fue? —en realidad no quería saberlo. Ahora nunca podría contarle que era un imbécil. Becky había ido demasiado lejos. Se haría daño sola, sin mi ayuda. Me sentía como la peor amiga del mundo, pero contárselo la destrozaría.
—Fue maravilloso. Había estado dando vueltas sin camiseta porque alguien le vomitó encima. Asqueroso, ¿no? Paramos en un campo a las afueras del pueblo y lo hicimos en el asiento trasero de su coche.
—Vaya —dije, sin sentirme impresionada en absoluto—. ¿Y cuánto tiempo hace que os conocéis?
—Solo un par de semanas. A decir verdad, ni siquiera sabía si realmente le gustaba. Esperaba que sí y eso, pero no lo sabía. Resulta que ha estado coladísimo por mí desde que nos conocimos. ¿No es genial?
—Vaya. Solo... ten cuidado. No dejes que te rompa el corazón.
Resopló.
—Le gusto de verdad, lo noto. Me pidió salir otra vez.
—Me alegro mucho por ti.
El resto de la conversación fue breve, y cuando colgó me sentí peor que nunca. ¿Qué me pasaba que no podía evitar que mi mejor amiga se involucrara con un completo gilipollas? ¿Era porque yo también estaba en una relación miserable, y mal de muchos, consuelo de tontos?
No creía que mi día pudiera empeorar, pero no sabía que mi miseria estaba a punto de ponerse mucho peor.
Después de comer algo me sentí mejor, y casi me había permitido relajarme un poco.
Acepté el hecho de que no estaba realmente enamorada del desconocido, Scott, y que en mi borrachera me había dejado llevar demasiado emocionalmente y me había vuelto vulnerable.
Menos mal que no había aceptado volver a verlo, y gracias a Dios no había hecho nada más que besarlo.
No contaba los magreos ni haberle recorrido el pecho con la boca. Eso era un extra especial solo para mí.
Seguí evitando a mis padres, y cuando oí a mi madre subir las escaleras me escabullí al baño. Necesitaba una ducha, y así ganaba tiempo antes de tener que dar explicaciones.
Puse el agua un poco demasiado caliente y me metí.
Solo podía pensar en Scott. Quizás había sido un error, pero al pensar en él bajo la ducha, en la sensación de sus labios contra los míos, en cómo gimió cuando le agarré la polla, me excité.
Seguía frustrada, y aunque me alegraba de que no hubiéramos ido más lejos, eso no me impedía saborear el momento.
Mientras me lavaba, me acaricié el clítoris, pensando en lo que podría haber pasado, en un desconocido.
Apenas podía imaginármelo; había estado tan oscuro que la única vez que lo vi bien fue cuando nos separamos.
Probablemente me lo estaba imaginando mucho más atractivo de lo que era en realidad, y mejor así.
Podía seguir siendo sobrenaturalmente atractivo en mi imaginación hasta el fin de mis días.
Descolgué el cabezal de la ducha, me abrí el coño y me recosté contra la pared. El pulso del agua contra mi coño palpitante era maravilloso, y no tardé mucho en tener un pequeño orgasmo.
Aun así, no era ni de lejos suficiente. Quería algo de verdad. Quería mi romance de cuento de hadas con el desconocido.
Probablemente era un don nadie, alguien a quien nunca querría conocer realmente, pero en mi mente se convirtió en alguien extraordinario, un caballero que me salvaría de mi perdición, el tipo perfecto que había dejado escapar.
Casi habíamos tenido algo, y el recuerdo perduraría para siempre en mi mente.
Cuando salí del baño envuelta en una toalla y con el pelo todavía un poco húmedo, me sentía como una mujer nueva. La resaca casi había desaparecido y solo sentía una leve tristeza al pensar en mi aventura. En mi mente se había convertido en algo hermoso.
Y Ryan me esperaba en el pasillo.
Me sobresaltó tanto que solté un gritito agudo —¡Mierda!— y se me cayó la toalla.
Me apresuré a recogerla y taparme, aunque él me había visto desnuda muchas veces.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo y sus labios se curvaron en una mueca de desprecio. Eso no era propio de él. Veía que estaba enfadado, y la culpa me invadió; de repente, mi pequeña fantasía mezclada con la realidad me pareció algo horrible, como si fuera la peor novia del mundo.
Por supuesto que lo era. Le había sido infiel.
—¿Por qué no me has devuelto las llamadas? —preguntó.
—Yo... se me agotó la batería. Todavía no he mirado los mensajes.
Negó con la cabeza, como si lo hubiera decepcionado. Sentí que me ardía la cara y me invadió una vergüenza terrible. «No lo sabe», me dije, «no hay forma de que pueda saber nada».
—Necesito vestirme —murmuré.
—No pasa nada, tus padres se han ido. No volverán en unas horas.
—Vale, bien. —Dejaría que me follara, dejaría que tuviera su polvo para aliviar la culpa y me sentiría mejor, sabiendo que así se lo compensaba.
Me siguió hasta el dormitorio. Dejé caer la toalla al suelo y me tumbé en la cama. Tenía el coño todavía húmedo de la ducha. Su falta de preliminares no importaría.
Sin embargo, no se movió; se quedó en el umbral mirándome con rabia.
«Oh, Dios», me di cuenta, «sí lo sabe». Sentí que venían más lágrimas. Parecía que últimamente lo único que hacía era llorar. Lo había arruinado todo.
—Alguien me ha dicho que fuiste a una fiesta anoche —dijo.
—¿Qué? ¿Quién?
—Da igual.
—Sí que importa. ¿Fue Becky? —Tenía que ser ella, era la única con la que había hablado. Sarah sabía algo, pero le daría igual; ni siquiera me había llamado.
—Te fuiste con un tío.
—Sí, pero solo...
—¡TE FUISTE CON UN TÍO!
Me encogí. —Ryan, no fue así...
—¿Sabes cómo queda esto? ¿Lo sabes? ¿Intentas hacerme daño? ¿Dejarme en ridículo?
—Te lo juro, no pasó nada.
Cruzó el dormitorio a grandes zancadas y por un segundo pensé que me iba a pegar. Nunca lo había hecho, pero nunca lo había visto tan enfadado. Sin embargo, no lo hizo; se detuvo al borde de la cama, inclinándose hacia mí con las manos apoyadas a cada lado.
—No volveré a hacerlo nunca —dije, y lo decía en serio; solo quería que se fuera, o al menos que se le pasara la rabia.
Le diría lo que quisiera oír. No sabía qué haría falta para arreglarlo.
De repente le tenía miedo, y eso me dio una visión completamente nueva de nuestro futuro juntos, una que me gustaba mucho menos que todo lo que me había preocupado antes.
Su voz bajó, más calmada. —Por supuesto que no volverá a pasar —dijo—. Nunca volverás a hacerme eso.
—No, no lo haré.
Se sentó a mi lado y levantó una mano. Me encogí, pero solo me acarició el pelo. —Sabes que eres guapa, pero eres joven e ingenua. Cuando seas un poco mayor, serás preciosa. Vas a necesitarme para que cuide de ti y te proteja. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí —respondí—, lo sé.
Se inclinó y me besó, con brusquedad y sin ninguna pasión real. Una mano me agarró un pecho y lo apretó con fuerza, haciéndome daño. Era como si me estuviera dejando claro que yo era solo una posesión, nada más, y que podía tratarme como algo inferior.
Apartó la boca, aunque no quitó las manos de mi cuerpo. —¿Por qué lloras? —preguntó.
—No lo estoy —dije. Aparté la cara, porque las lágrimas no paraban de brotar.
—Ya hablaremos —dijo—. Solo estaba preocupado por ti, porque no contestabas el teléfono. Tengo que quedar con unos amigos, pero volveré esta noche y saldremos a pasarlo bien, ¿vale? Nos olvidaremos de todo esto.
—De acuerdo.
No me moví ni siquiera después de que se fuera, hasta que oí su coche alejarse. Me derrumbé en la cama y hundí la cara en la almohada para llorar.
No me di cuenta de que mi hermana pequeña había entrado en la habitación hasta que me tapó con una manta.
—¿Jenny? ¿Qué pasa?
—Nada, Bobbi, vete.
No se movió de inmediato. Después de un minuto ignorándola, finalmente se levantó y se dirigió a la puerta dando pisotones.
—¿Sabes qué? —dijo—. Si vuelve a hablarte así alguna vez, le voy a cantar las cuarenta. Eres mi única hermana. Te quiero. No quiero que te cases con un imbécil.
Por fin me atreví a mirarla y vi el dolor y la rabia en sus ojos. Ella también estaba llorando. Abrí los brazos y corrió hacia mí, deshecha en llanto.
—Todo va a salir bien —susurré—. Ya lo verás.
Pero no veía cómo.