CAPÍTULO 5
Scott se quedó a mi lado mientras avanzaba entre la multitud.
No le dejé cogerme de la mano ni del brazo, aunque de vez en cuando nos rozábamos.
Ahora había mucha menos gente que antes, y no encontraba a Becky ni a Sarah.
Jesse y sus amigos también se habían ido.
¿Qué hora era? Había dejado el bolso y el móvil en casa. No tenía pensado ir a ningún sitio.
Estaba varada en la fiesta.
No pude contener las lágrimas. Brotaron sin avisar, y me sentí como una idiota. ¿Había estado fuera tanto tiempo? ¿Por qué me habían dejado tirada así, sin más? Quizá alguien me dejaría usar su móvil.
Scott me prestó el suyo, pero ni Sarah ni Becky contestaron. No pensaba llamar a Ryan. Se pondría furioso, y eso solo me dejaría más a su merced. Ni loca me haría eso a mí misma. La única opción que me quedaba era llamar a mis padres, pero tampoco podía lidiar con su enfado.
Ya no era una niña, aunque según la ley de Idaho era demasiado joven para beber. No quería ni imaginar en cuántos problemas me iba a meter.
—Estoy muerta —dije—. Se acabó. Mi vida ha terminado.
—Oye —dijo Scott—, déjame llevarte a casa. No he bebido.
Me permití mirarlo de nuevo. Llevaba la camiseta en la mano y se paseaba por la fiesta con el torso al aire, sexy de morirse. Me daba rabia porque cada vez que lo miraba me encendía de nuevo con solo ver su piel desnuda. No era nada justo.
—Vale —dije.
Dejé que me llevara hasta su coche. Era un Mustang precioso, plateado y deportivo.
Me encantaban los Mustang, y cuando me senté dentro me sentí como en casa.
Eso no se lo diría. En el asiento trasero había un estuche de guitarra grande, y me pregunté qué tal tocaría.
Todavía podía saborearlo en los labios, sentir el fantasma de su beso como si aún persistiera.
Me llevó de vuelta y ninguno de los dos dijo una palabra, salvo yo para indicarle el camino. No parecía enfadado ni nada, y aguantaba bien mi mal humor. Las pocas veces que cruzamos la mirada, solo vi preocupación.
Me pregunté cuánto recordaría de aquella noche. Ya no podía estar tan borracha, y no quería olvidarlo a él, y mucho menos su beso. Lo que más quería era fingir que habíamos llegado más lejos, en secreto, y poder llevármelo conmigo para siempre, a mi futuro matrimonio vacío.
Si la vida me hubiera llevado por otro camino, me veía con Scott mucho más que con Ryan.
Este tipo era perfecto en todos los sentidos, un caballero que se preocupaba por mi reputación, por mis sentimientos, y eso que ni siquiera me conocía.
Respetaba mis límites, incluso cuando yo había intentado darle permiso.
En cierto modo, me aliviaba que se hubiera resistido.
Todavía podía vivir conmigo misma, sin culpa, sabiendo que no había hecho ninguna estupidez.
Para cuando aparcó en la entrada de mi casa, lo había perdonado.
No salí enseguida; me quedé mirando la casa.
La luz del salón estaba encendida, y se me cayó el alma a los pies al darme cuenta de que mis padres estaban despiertos.
Eché un vistazo al reloj del salpicadero y vi horrorizada que eran las cinco de la mañana.
¿Dónde demonios se había metido el tiempo?
Solo entonces me fijé en lo mucho que había clareado el cielo.
Al final iba a ver el amanecer con Scott.
Había pasado fuera prácticamente toda la noche, y mis padres lo sabían. Las cortinas se apartaron y vi a mi padre mirándonos con el ceño fruncido.
—Estoy tan muerta —murmuré.
—Buena suerte.
—Gracias.
—No hay de qué. Si sobrevives, me gustaría volver a verte, quizá ver tus fotos.
—Claro —dije, aunque sabía que nunca lo haríamos.
Éramos de mundos diferentes, por muy bien que pudiéramos encajar juntos.
Nunca podríamos volver a vernos, estuviera borracha o sobria.
Volvería a mi vida, cumpliendo las expectativas que el resto del mundo tenía de mí.
Por muy buena o mala que hubiera sido esta noche, sería mi último acto de rebeldía.
—Oye —dijo.
Me giré y me cogió la barbilla. Me sobresalté y casi me aparté, pero sus labios encontraron los míos, esta vez suaves, sin lengua, pero con un atisbo de la pasión que habíamos compartido.
Puede que el beso solo durara unos segundos, pero quería que continuara para siempre.
La confusión me nubló la mente mientras sentía que de repente me había quitado todos los problemas de encima.
Con ese beso me vació la cabeza. Nada más importaba, nada más existía.
Quería seguir besándolo para siempre, adorando el respeto que me tenía, más respeto del que yo me tenía a mí misma.
Cuando se apartó, fue como si dejara un agujero vacío en mi pecho, como si acabara de robarme el corazón.
—Por si todavía te intereso —dijo.
Sentí que volvían las lágrimas. Pensé que a estas alturas ya no me quedarían, pero mis ojos seguían traicionándome.
No quería salir del coche. No quería dejarlo marchar, nunca.
Sentía que estaba en una encrucijada. Si pudiera pronunciar las palabras, podría quedármelo y estaríamos juntos para siempre.
No podía dejarlo ir. Mis labios se movieron en silencio, queriendo decirle que volvería a verlo, deseándolo con todas mis fuerzas, sabiendo que si tan solo pudiera hacerlo viviríamos felices para siempre.
Pero no salió nada.
No dije nada, no pude, de tanto que pesaba la responsabilidad de mi vida, y estaba tan atrapada en ella que era capaz de sacrificar hasta mi propia felicidad.
Levantó la mano y me secó la lágrima de la mejilla.
—Eh, no llores.
Entonces salí del coche tan rápido como pude, murmurando un adiós apresurado. Un minuto más con él y no sabía qué habría hecho o dicho. Quizá le habría pedido que arrancara, que me llevara lejos de mi vida, que me ayudara a escapar. Pero era demasiado débil, no tenía el valor.
Mi padre tenía la puerta de casa abierta. Scott esperó a que se cerrara antes de marcharse.
Estaba a la deriva de nuevo, sin nada ni nadie que me sostuviera mientras el río me arrastraba, y por primera vez en mi vida sentí que me hundía, que podía ahogarme.