CAPÍTULO 3
Becky condujo hasta las afueras de la ciudad y cruzó el puente sobre el cañón del río Snake, sacándonos de Twin Falls y llevándonos al desierto. Ojalá hubiera traído una chaqueta, pero Sarah tenía la ventanilla bajada y apenas corría brisa.
—¿Dónde es la fiesta? —pregunté. Había otros pueblos más pequeños en el valle, todos a menos de media hora en coche.
—Está por aquí —respondió Sarah.
Justo al cruzar el puente, había un desvío que se adentraba en el desierto. A nuestra izquierda no había luces ni casas. La oscuridad solo se rompía de vez en cuando por los faros de los coches en la lejana autopista, y a la izquierda, las brillantes luces de Twin Falls al otro lado del cañón.
Me asombraba lo engañosamente grande que parecía Twin Falls desde fuera de los límites de la ciudad. Los turistas debían de pensar que estaban a punto de entrar en una enorme metrópolis. Una vez dentro, el lugar era mucho más pequeño.
Dejé de mirar las luces para fijarme en cómo conducía Becky.
El camino, aunque bien cuidado, era muy irregular para su pequeño coche.
Rodeamos unas colinas y entramos en una gran hondonada, oculta desde la carretera principal.
Allí, casi dos docenas de coches estaban aparcados en el borde, y en el centro ardía una gran hoguera, casi cegadora en la oscuridad del desierto.
Salimos del coche y nos dirigimos hacia la multitud, las tres cogidas del brazo, riendo, felices de estar juntas de nuevo. Si había dos docenas de coches, había casi cuatro veces más gente, quizá más, y estaban por todas partes.
Sarah me dio un abrazo y me guiñó un ojo. Tenía las mejillas sonrosadas y estaba casi eufórica, como si la emoción de la fiesta y la música a todo volumen ya la hubieran embriagado.
Había gente en las sombras hablando, enrollándose, y juro que vi a alguien de rodillas haciéndole una mamada a su pareja, y no precisamente en privado. No pude evitar sonreír para mis adentros. No era la única que había dado sexo oral esa noche.
Ignoramos a las parejitas y nos acercamos a la música, la bebida y el corazón de la multitud junto a la hoguera. Algunas personas bailaban, pero no muchas.
A unos nueve metros del fuego, alguien había montado una mesa con cajas de refrescos tibios y varios barriles de cerveza. Becky cogió un refresco mientras Sarah y yo cogíamos un vaso de plástico y lo llenábamos de cerveza.
Apenas reconocí a nadie, y a los pocos que me sonaban nunca les había dirigido la palabra. Parecía que casi todos se lo estaban pasando bien, y yo también quería pasármelo bien, aunque no podía evitar sentirme como una extraña. Esperaba que unas cuantas cervezas cambiaran eso.
Me puse nerviosa al coger la cerveza, pero nadie dijo nada. A nadie le importaba nuestra edad ni lo que bebíamos.
Sarah levantó su vaso de plástico en un brindis de broma y los chocamos entre risas, derramando parte de la bebida. Calculamos el momento casi a la perfección y salpicamos a un chico que pasaba por allí.
—Lo siento —dijo Sarah mientras ponía los ojos en blanco.
La fiesta estaba llena de chicos como él, con el pelo despeinado y ropa oscura.
Era evidente que no se lo estaba pasando muy bien, porque llevaba una botella de agua.
Abrió la boca para responder, pero Sarah me apartó de un tirón antes de que pudiera saber si estaba enfadado o no.
—Necesitamos hablar —me dijo Sarah—. ¿Tienes un momento para mí esta noche?
—Por supuesto —dije. Sarah desapareció de inmediato entre la multitud y nos dejó a Becky y a mí solas junto a la mesa, donde teníamos que movernos continuamente para apartarnos de la interminable cola de gente que se servía más cerveza.
La seguí con la mirada hasta que desapareció.
Era difícil saber qué se traía entre manos, y probablemente tenía que ver con irse de viaje en verano.
Había hablado de ello unas cuantas veces, de pasar quizá un mes o dos en Seattle con una prima.
No se me ocurría de qué otra cosa querría hablar.
—¿De qué va eso? —preguntó Becky.
Me encogí de hombros y di un trago. Odiaba el sabor de la cerveza, sobre todo porque casi nunca iba a fiestas, y también porque nunca bebía esa cosa.
Estaba segura, dado el porcentaje de gente que la bebía, de que tenía que ser un gusto adquirido, pero no me veía disfrutándola nunca.
Me había puesto un poco achispada con mis amigas unas cuantas veces, pero había sido con combinados de vino, y nunca me había emborrachado de verdad.
El puntillo había estado bien, pero nada más.
Becky había conseguido esas bebidas gracias a su hermano mayor.
El único otro alcohol que había probado me lo había dado Ryan. Nos había conseguido champán y vino en algunas ocasiones, pero incluso entonces no había pasado de un ligero puntillo.
En ese momento decidí que iba a emborracharme lo suficiente como para no poder recordar el nombre de Ryan ni su cara. Me quitaría el sabor de su polla de la boca a base de cerveza.
No tardé mucho, la verdad. El alcohol eliminó de inmediato el sabor de su semen, pero mi mente seguía dándole vueltas a su polla.
A pesar de mí misma, pensar en haberle dado placer hizo que me excitara.
Intenté calcular discretamente el tamaño de los hombres que pasaban, imaginando cómo sería estar con cualquiera de ellos, hacer el amor.
Me preguntaba qué pasaría si simplemente me arriesgara, si no me preocupara por las ETS ni por quedarme embarazada, y me dejara llevar con alguien que buscara lo mismo que yo: pasarlo bien y punto.
Pero no iba a pasar. No tenía ni idea de cuántas cervezas harían falta para eso, y con mis amigas allí, las posibilidades bajaban a cero.
Antes de darme cuenta, la primera cerveza se había acabado y ya tenía otra en la mano.
Becky me lanzó una sonrisa cómplice mientras cogía también una cerveza, dejando el refresco abandonado en el suelo. Mi conductora designada, mi protección, también se estaba poniendo achispada. Parecía que todas íbamos a pasarlo bien, pasara lo que pasara.
—Tengo unas ganas locas de fiesta —dijo.
Levanté una ceja, pero me eché a reír, y ella me siguió. Ya había olvidado cómo se llamaba aquel.
—Vamos —dijo—, quiero presentarte a alguien.
Becky me cogió de la mano y me arrastró entre la multitud. La risa me salía sola, y por primera vez en no sé cuánto tiempo creo que estaba realmente feliz. No sentía el peso de mis responsabilidades, ni de los estudios, ni de la familia, ni de cómo se llamara aquel. Me sentía bien. Me sentía viva.
Y a mitad del segundo vaso ya me sentía un poco piripi.
Sé que no debería haberme sentido tan borracha con tan poco, pero así era. Quizá era el ambiente, quizá me sentía un poco eufórica con la vida. Simplemente sentaba tan bien escapar.
Las dos fuimos dando saltitos, y ambas atrajimos las miradas de muchos chicos.
Llevaba una camiseta de tirantes y pantalones cortos, en parte por eso no me había puesto otra cosa para dormir, porque ya iba bastante cómoda, y mis hombros al aire y mis pequeños pechos botando atrajeron bastante atención de los universitarios, además de que las chicas pusieran los ojos en blanco.
Me sentía guapa, y cogida de la mano de Becky, sentía que éramos una fuerza de la naturaleza, irresistibles para todos, dos ninfas salvajes del desierto bailando al ritmo de la música desenfrenada de pasión y juerga.
Sí, la cerveza me había quitado el sentido común.
No importaba. Me llevó al otro lado del fuego, donde un par de universitarios bebían apartados de los demás.
Dejaron de hablar de lo que fuera que estuvieran hablando cuando nos acercamos, devorándanos con la mirada.
Me encantó, me encantaba distraerlos. Miré a Becky y me fascinó cómo le brillaban los ojos a la luz del fuego, cómo el alcohol le teñía las mejillas de un ligero rubor, y sentí como si estuviera mirando un espejo, o a mi gemela.
No nos parecíamos tanto, pero a la luz del fuego, en ese momento, sentí como si fuéramos un reflejo la una de la otra, como cuando éramos niñas.
Becky siempre sería como una hermana para mí, y la quería por haberme liberado de mi prisión, como si mi habitación en los suburbios fuera una torre donde me habían encerrado lejos del mundo.
Ella me había salvado de mis dragones. Por una noche.
Los chicos también estaban buenos. Habían venido a disfrutar del momento, como nosotras.
Quizás a conocer chicas, quizás a tener suerte.
Me pregunté qué pensarían de mí si supieran que acababa de chupar una polla hacía unas horas.
Me dio la risa. Quería besar a uno de ellos, solo porque sabía que lo asustaría si alguna vez se enteraba.
Me gustaba la idea. Era como mi propio secreto, y sentía que me daba poder sobre todos, todos los hombres, todos los chicos de allí.
Me prometí besar a uno de ellos antes de que terminara la noche.
La idea me excitaba aún más. Parte de ello, estoy segura, era que el dedeo que había recibido a cambio de la mamada había funcionado, con el tiempo, como unos preliminares.
Me había dejado un poco sensible, y combinado con mis pensamientos, esa sensibilidad se convertía en una ligera necesidad palpitante.
Estaba cachonda.
Becky se acercó a uno de los hombres.
—Hola, Jesse —dijo.
—Has venido —dijo él. Tenía una sonrisa cálida y sincera para ella, y se notaba que le gustaba de verdad.
No me extrañaba que ella hubiera bebido.
El tío parecía un atleta, con músculos que amenazaban con reventar las mangas.
Me entraron los celos al instante. Era muy probable que Becky ligara con este tío, y parecía que podía ser muy divertido.
—Esta es mi amiga, de la que te hablé —dijo Becky.
Le tendí la mano y él me la estrechó con un apretón tan fuerte que supe que podría haberme aplastado si hubiera querido.
—¿Jenny? —preguntó.